TRES JOYAS DEL PELOPONESO (GRECIA) ELAPHONISSOS, MONEMVASSIA Y LA PENINSULA DE MANI 17 AL 22 de JUNIO de 2006
Voy a intentar ser moderado y ponderado al referirme a Elaphonissos, (no confundir con Lafonissos, playa de Creta) cosa en este caso, harto difícil. Para ello, primero tengo que hacer un ejercicio de memoria y recrearme la imagen de hermosas playas que nos hayan impactado y que hayamos tenido la suerte de haber podido disfrutar… de entrada no quiero pensar en algunas calas de Menorca porque esta Isla es mi “patria chica” y podría faltar al primer párrafo del relato, pero aún con toda esta carga de favoritismo, seguro que resisten cualquier comparación.
Con toda franqueza… muchas de las que recordamos y que cuentan con grandes atractivos que no quiero ni puedo menospreciar, a nuestro modesto entender, ninguna está a la altura de Elaphonissos en Grecia. Dirán que estoy exagerando, pero les voy a convencer de que digo la verdad.
Porque Elaphonissos, aunque no tenga, por ejemplo, las palmeras o los deliciosos virucuetos entre las grandes piedras negras de la isla de Virgen Gorda, en las Islas Vírgenes del Caribe, sí tiene además de un paisaje embriagador, un clima perfecto para el baño, una tranquilidad isleña a toda prueba, es casi solitaria y el agua es cristalina con un fondo de arena blanquísima en suave declive adentrándose en el mar por más de 100 metros.
Pero es que además tiene algo que ninguna de las otras puede ofrecer… sus aguas son muy poco saladas, así que, el reposo bajo la sombrilla es confortable y placentero sin picores ni escozor en los ojos. Será indudablemente gracias a manantiales de agua dulce sumergidos, que nosotros no pudimos descubrir y que deben de aligerar en la mezcla con el agua de mar, la carga salina de la gran bahía.
Por otro lado, castíguense un poco y recorran el casi kilómetro del largo de la playa y llegarán a un pequeño istmo que termina en un montículo desde el que se puede contemplar desde una cierta altura esta playa en forma de media luna y la que empieza a continuación, también con esta forma, pero en mi apreciación, con otras características que la desmerecen un poco, sólo un poco. La inclinación es algo más fuerte, lo que permite que aquí si puedan amarrar algunas ruidosas “excursiones” procedentes de Neapoli y los yates particulares además, yo diría que la arena no es tan blanca.
El montículo en sí es digno de apreciar. Tiene entre-saliendo de la blanca arena unas curiosas rocas de un color azul celeste que le dan un aspecto sorprendente, además diversas plantas de mediana altura han conseguido enraizar en la arena y salpican en verde y con sus flores de color violeta, este raro entorno.
Si nos situamos en lo más alto, mirando a tierra, vemos a la izquierda nuestra paradisíaca playa de Simos, a la derecha la de los yates y en medio de las dos y a lo lejos aún se divisa una tercera playa “Kato Nisi” que nosotros no visitamos… para qué… acaso podría superarse esto. A nuestra espalda y al fondo se divisa claramente la Isla de Kithira y en medio, el Estrecho de Elaphonissos con las pequeñas siluetas del constante tráfico de barcos de todo tipo, que usan esta importantísima ruta mediterránea. Entusiasmado con esta descripción no les he hablado de la Isla. Tiene 19 Km.2, unos 7.000 habitantes y el único Camping (de reciente construcción) está en la playa de Simos, en la Bahía de Sarakiniko, que es la que les he venido relatando.
La isla dista menos de 600 metros del continente. Un Ferry conecta Vatika con la principal población de la Isla, que también tiene por nombre Elaphonissos, en un recorrido de unos 20 minutos. Nos costó 16,60 Euros pasar la Autocaravana y las dos personas en cada trayecto. A las personas sin vehículo les costaba 80 céntimos. El nombre de Elaphonissos o Elafonissos, viene de Elafia (Ciervo) Por lo visto, estos animales se cazaban aquí y eran de color rojizo.
En mapas Venecianos y Portolanos del siglo XIV la isla se denomina “Cervi” Los “Portolanos” eran unas cartas de navegación ilustradas (modernas para la época) ideadas, según unos por los Italianos y según nosotros por los Catalanes. Una buena argumentación en este sentido, sería ojear el magnífico “Atles Catalá” que se conserva en la Biblioteca Nacional Francesa o los mapas que dibujó el Catalán de Os de Balaguer (Lleida) Don Gaspar de Portolá del viaje de Cristobal Colón a America y la colonización de California. En este Camping llamado Simos Paradise y situado en Kournospila, (49,50 E las 3 noches) tuvimos la suerte de entrar en relación con un matrimonio Griego que teniendo en aquellos momentos a su hija en Barcelona, dentro del intercambio estudiantil de Erasmus, se mostraron abiertos a desvelarnos algunos aspectos de la vida Griega que se nos resistían.
Vivían en Atenas y era el segundo año que pasaban sus vacaciones en éste Camping. Arrastraban una caravana de Lujo y hacían el recorrido de noche para tratar de evitar los locos automovilistas de su País. No resultaba fácil el diálogo ya que el inglés de Stephanos el marido, ejecutivo de una gran empresa Ateniense, era limitado. Afortunadamente, Maria la mujer, que tuvo que rememorar el inglés de sus tiempos de estudiante, consiguió mantener fluida la conversación. No quisiera que interpretaran ustedes éste párrafo como una crítica, todo lo contrario, es mi modo de pensar que cuando vas a un País es tu obligación intentar expresarte en su idioma y los esfuerzos de los nativos para entenderte son siempre de agradecer.
Nos invitaron a tomar un café en su inmaculada parcela, que tenían estupendamente acondicionada con toldo, flores y alfombra. Allí nos obsequiaron con un nescafé griego y aún más importante, nos explicaron la forma de prepararlo. Y el truco es que lo agitan con un pequeño artilugio con pilas que venden por muy poco dinero en los grandes superficies y que dotado de un motorcito y una especie de minúscula hélice hacen la mezcla del nescafé con la leche o el agua endulzados con azúcar o miel, según preferencias, pero fríos, esto hasta que se forme una espesa espuma, añadiendo al batido unos cubitos de hielo y sirviéndolo en vasos de tubo. Es delicioso y en cuanto tuvimos ocasión lo adquirimos y después de dos años sigue funcionando para nuestro placer.
Nos invitaron a cenar en un Restaurante por ellos frecuentado en la pequeña capital de la isla. Así pudimos degustar un surtido de deliciosas especialidades Griegas. Además sentados en el malecón del puerto, con la vista de la Iglesia de Agios Spyridon y con el mar a ambos lados casi con la única iluminación de la luna, convirtieron la velada en algo difícil de olvidar. Nos recomendaron la visita a la Península de Mani y nos detallaron algunos aspectos de su historia tan querida por los Griegos ya que fue el único territorio griego que nunca llegó a ser enteramente dominado por los Turcos. Así sus habitantes son muy especiales y un poco agrestes. Edificaban sus casas en piedra a modo de fortalezas y con torres de defensa, curiosamente aún hoy en día, muchos de los nativos las siguen construyendo con estas características.
Nos despedimos de Maria y Stephanos agradeciéndoles su amable invitación de visitarles a nuestro paso por Atenas, pero calculamos que posiblemente todavía seguirían de vacaciones. Espero se decidan algún día a visitarnos en Barcelona ya que nos consta que su hija les ha ponderado la hospitalidad de nuestras gentes. Ahora tengo que retroceder en el tiempo ya que nuestra visita a Monemvassia fue anterior a Elaphonissos. Monemvassia (que significa única entrada) Fundada en el año 583, es una península algo especial, cuando te aproximas ves un gran peñón, parecido al de Gibraltar, si bien ellos prefieren compararse con Saint Michelle en Francia. Está dentro del mar y unido al continente por una estrecha lengua de tierra. Tiene 300 metros de alto y 1,8 Km. de largo. Arriba, si dispones de unos prismáticos se pueden divisar los restos de una Fortaleza medieval. Pero lo que no se puede ni adivinar desde tierra es que escondida y amurallada a casi nivel del mar existe una preciosa población.
Afortunadamente, nosotros la visitamos a primera hora de la mañana y aún así el aparcar en esta lengua de tierra no fue nada fácil. Entramos por la única puerta situada en la muralla y pronto te sumerges en estas estrechas y preciosas calles algunas con escalones, con la impronta de las sucesivas y alternadas dominaciones Turca y Veneciana, estos últimos la llamaron “Malvasia”. Muchas de estas casas de piedra vista o coloreadas con casi toda la gama de ocres, han sido acondicionadas como deliciosos Hoteles. Nos aseguraron que habitan aquí unas 6000 personas y que tiene más de 40 Iglesias. Permítanme que lo dude, nosotros no identificamos más de cuatro o cinco, pero tampoco nos vimos con fuerzas para subir a la Fortificación de arriba, en cuanto a la población hay constancia de haberla habitado 30.000 personas. Tal vez todas estas estadísticas cuenten con la parte del asentamiento en tierra firme.
Descubrir rincones a distintos niveles, encontrarse con una callejuela sin salida, una terracita de un bar abierta al mar, un pequeño Museo gratuito en el que se guardan entre otras cosas, valiosos restos de una ermita muy derruida en su emplazamiento, es una experiencia dulce de recordar. En una de las dos explanadas o plazas hay una delicada Iglesia Ortodoxa. El conjunto asemeja a un Belén de Navidad y perderse por sus calles cuidadas con cantidad de emparrados y flores, además con las calles recién regadas y sin turistas, permitían encontrarse con sus habitantes desinhibidos en sus quehaceres habituales.
Me despido de Monemvassia recomendándoles vivamente su visita, especialmente si son amantes de la fotografía, y es algo que no esperas encontrarte en Grecia, con sus carteles de atracción del Turismo plagados de deslumbradoras casas blancas. Me queda referirme a la Península de Mani. La carretera, tómenla con calma y precaución, en sus endiablados giros para escalar las alturas de acceso desde Githio tuvimos un susto mortal. Una endiablada furgoneta en una curva, se nos abalanzó ocupando el lado contrario de la calzada y todavía no me explico como pude esquivarla.
Llegar a Mani es casi como adentrarse en la Frontera del Oeste Americano, paisajísticamente es por supuesto muy diferente, aquí es montañoso y agreste pero el rompimiento con la civilización del resto de Grecia es notable y no es que sea inculta o salvaje, pero tiene un aire absolutamente diferente, sus habitantes se consideran descendientes de los Espartanos y su carácter parece que es belicoso y rudo, mostrado en muchas ocasiones con sus mismos vecinos o pueblo de al lado. Como antes he citado consiguieron que ni los Turcos pudieran imponerles reglas. El paisaje es muy abrupto con algunos pueblos diseminados por las montañas, y sus casas de piedra se confunden en el entorno.
Entramos en una tienda de alimentación y conseguimos hacernos entender lo suficiente para que nos vendieran y cortaran unos pedazos de ternera, pero en unas raciones tan grandes que de cada una luego hicimos tres.
En otra población entré en una Panadería, después de llamar y golpear el mostrador sin que acudiera nadie, me aventuré a asomarme por una puerta desde la que tampoco obtuve respuesta, detrás de unos sacos descubrí un pasadizo que conectaba con una tienda de mayor tamaño parecido a un autoservicio, totalmente desértica de clientes, al fondo y apoyada en la Caja semi-dormitaba un anciana. Me acerqué y se percató de mi presencia pero permaneció inmutable en su posición. Señalándole la panadería intenté que me permitiera adquirir algo de pan y pareció reflexionar para finalmente sin mediar palabra golpear con su bastón en el techo. Al poco apareció un impresionante y fornido mocetón que a indicación de la abuela, me acompañó a la panadería y me vendió unas barras, siempre sin una palabra…
Preguntamos en una tienda de souvenirs por un Camping y ni siquiera sabían de qué les hablábamos. Desde arriba intentamos hacernos una idea de posibles puntos en la Costa para pernoctar, pero se veía muy entrecortada y sin apreciables poblaciones. Pensamos que adentrarnos con nuestro vehículo por aquellas empinadas y sinuosas carreteras podría acarrearnos como mínimo otro susto y decidimos regresar a Githio.
A nuestra edad, las aventuras… las imprescindibles. |
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