Lo dice el tango, que 30 años no es nada. Volver, con la frente marchita......
Me parece imposible que hayan pasado 30 años desde viví en Berlín. Por aquel entonces yo tenía 20 y necesitaba vivir deprisa y comerme el mundo. Berlín era una “isla” en medio de un país de más allá del “telón de acero”, bueno, más bien era media isla, porque la ciudad estaba dividida en dos, una parte, la del este que era capital de la República democrática de Alemania, y la otra parte, pertenecía con un estatuto diferente, a la República federal de Alemania. Yo había vivido en la parte occidental de esa ciudad a los 20 y durante un año. Recuerdo una ciudad con cierto grado de morbo, por aquello del muro, de estar dentro de un país comunista.
La experiencia no fue buena, más bien malísima, pero como no hay mal que por bien no venga, me sirvió al menos para madurar, y aprender alemán. Pasaron los años, y decido volver. La ciudad está ya unida, cayó el muro, los alemanes ya no pertenecen a dos paises. Pero, nada más entrar en la ciudad, me doy cuenta, por muchos años que pasen, siempre habrá dos Berlines. Fria, bueno, heladora tarde-noche. Llegamos al aeropuerto Tegel, el que antes funcionaba en el Berlin occidental. Los vuelos sólo llegaban de Munich, Frankfurt, o Hamburgo, creo recordar que también habia vuelos de París o Londres, pero nada más. Ahora hay vuelos de todas partes del mundo, se ha quedado pequeño, y según me contó el conductor que nos llevaba al hotel, estaban en la duda de sí renovaban el de Schönefeld (el aeropuerto de Berlin – este) o el de Tempelhof , antiguo aeropuerto berlinés, que ya quedó en el centro de la ciudad.
Lo primero que observé, obviamente fue que ya no estaba el muro donde yo lo recordaba. Nuestro hotel, el Meliá Berlín, está en Friedrichstrasse, en la parte que antiguamente era Berlín este. Durante el trayecto, fui charlando con el conductor, intentando recordar mi alemán, yo le conté de mi estancia en la ciudad, y él me fue contando las novedades que habian ocurrido desde que yo la habia abandonado. Yo recordaba que la parte este de la ciudad era más bonita, más cuidada, más antigua, recordaba el paseo Unter den Linden como un lugar precioso para pasear.
Así que nada más instalarnos, nos fuimos a cenar a un restaurante que nos habían recomendado, cerca de las iglesias gemelas, y después, a pasear a Unter den Linden hasta la Puerta de Brandenburgo, que ahora se la ve grandiosa, preciosa. Hace 30 años, estaba en “ tierra de nadie”custodiada por un lado por el muro, y por el otro por guardias rusos.
Un viejo sueño, visitar la isla de los museos, y en particular, el museo Pérgamo. Sin palabras, absolutamente impresionante. Confieso que poder pasar por las puertas de Babilonia, me impresionó en gran manera. Aquella tarde ya a última hora, fuimos a Alexander Platz, donde está la antena de la tv de la antigua DDR. Está tal y como yo la recordaba, y me di el gusto de subir a admirar el panorama. Esa noche cenamos en un restaurante que se llama “Am lezten Intztant”, según dicen, el más antiguo de Berlín, donde dimos cuenta de unos buenos codillos.
Berlín este, Berlín oeste, el muro, todo ya pasó al recuerdo. De verdad pasó? Pues la verdad no, aún queda algo en el ambiente, en el aire, de la vieja división. Ya no queda ese olor que diferenciaba una parte de otra de la ciudad, pero sí quedan los viejos edificios de la parte oriental, típicas de todas las ciudades de más allá del telón de acero, las viejas avenidas, queda la sensación de se respira una ciudad diferente, de que quedan muchos años aún, hasta que la ciudad esté de verdad unificada.
La zona occidental, absolutamente igual que hace 30 años, gandes avenidas, muchas luces, mercadillos. Lo que sí aprecié fue que los alemanes son gente más alegre. Ya no son de hierro. Parece mentira, pero se han humanizado? No puedo dejar de citar la visita más emotiva. Esta fue al monumento homenaje al holocausto, Frente al Bundestag. La parte de arriba simula un cementerio, con bloques de piedra que simularan viejas tumbas. Pero lo verdaderamente emotivo, es la parte de dentro. Está dividido en zonas, y en cada una de ellas te cuentan experiencias,.
Gente que salvó gente, gente que murió, lo que vivieron, lo que sintieron, lo que murieron. No puedo olvidar lo que me impresionó una carta de una niña, en el campo de concentración de Mathausen, le escribe a su padre una carta de despedida, y le cuenta que pasa mucho frio, justo antes de ir a la cámara de gas. La carta se quedó debajo de una piedra, hasta que fue encontrada, y guardada.
Se me encogió el corazón en esta visita. Me hacía la pregunta, de qué hubiera sentido haber pertenecido a la comunidad judia, pero al fin y a la postre, lo importante no es la comunidad a la que se pertenzca, ni la religión, ni la cultura, sino la calidad de la persona. Desde luego algo no se le puede negar a Berlín, y es que es un lugar pleno de naturaleza, lagos unidos por el rio, bosques de ensueño.
Pero así es Alemania entera.
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