Panamá es un país multirracial, multiétnico, por ende multicultural. Ocho grupos constituyen su población indígena: Ngöbes (Guaymies), Kunas (Tules), Emberá (Chocoes), Buglé, Bokata, Wounaan, Teribes (Nasos) y Bri-Bri.
Dos de estos grupos indígenas han trascendidos nuestras fronteras por su llamativa cultura y extraordinaria artesanía: los Kunas y los Emberás. Hoy puedes ver a los Kunas por las calles de la ciudad de Panamá ataviadas con sus coloridas vestimentas. Visitar su comarca Kuna Yala (antes llamado San Blas) y convivir entre ellos es más vivencial que visitarlos durante una excursión. Yo conviví con ellos un año en una de las islas que se resistía a cualquier cambio.
Los Emberás, por su lado viven hace siglos en las profundas selvas del Darién. Pero por razones desconocidas en los años 70, dejaron Darién (hace frontera con Colombia) y aparecen una década después cerca de la urbes. Se establecieron en las riberas del río Chagres (este río divide dos importantes provincias) alentados por su cacique, Antonio Tócamo. Construyeron sus aldeas y vivían de la caza, la pesca y la agricultura de subsistencia hasta que en 1984 la zona fue declarada Parque Nacional. Después de aquello sus vidas sufrieron un vuelco tremendo. Se les restringió la caza. Se vieron obligados a colgar sus largas cerbatanas. Su agricultura fue limitada a sus aldeas y la pesca regulada. Pero en vez de marcharse (llevan más de 300 años migrando de selva en selva) decidieron más bien explotar su propia cultura. Se asesoraron, les enseñaron y aprendieron, y hoy son la primera comunidad indígena que vive exclusivamente del etnoturismo.
Hoy cuatro son las comunidades indígenas que viven dentro del parque: los Emberá Drúa, losTusipono Emberá, los Parará Púru y los de San Juan de Pequení. Los Parará Púru han sido los que más han sabido explotar su cultura. Tanta es su fama que reconocidos tour operadores organizan constantes giras hacia allá.
Así que atizados por la curiosidad decidimos aventurarnos y de paso les extendimos la invitación a cuatro españoles que estaban de paso por Panamá ávidos por conocer el Panamá Indígena. En menos de 45 minutos estábamos en el embarcadero del lago Alajuela (represado por el Madden en 1914). Abordamos el cayuco (largo tronco ahuecado) ataviados con chillones salvavidas e iniciamos la travesía.
Navegar las mansas aguas de este lago es como hacerlo sobre un espejo. El sol te abruma, pero la suave brisa que roza tu cuerpo lo anula. La quietud del agua, apenas interrumpida por el movimiento del cayuco indica que te mueves y terminas acariciando el agua. Navegas absorto en completo y riguroso silencio. Solo el rumor del lago se escucha como algo lejos. Sigues navegando hasta que te das cuenta que el lago esta plagado de erizantes ramitas. Son las ramas de los árboles que quedaron sepultados cuando el sitio fue represado.
Al cabo de unos minutos nos detuvimos frente a una caverna. El motorista nos dijo que el lago estaba en su nivel bajo y que podíamos entrar. Y eso hicimos. Al inicio nos toco entrar agachados hasta que la oscuridad se materializó. Nuestras voces retumbaban. Alguien encendió una linterna y sobre nuestras cabezas pendían largas espadas de roca calcificada (estalactitas). Brillaban a la luz. Había algo de frío y opresión. Nos pareció muy raro que solo habitaba el lugar un murciélago.
Retornamos a la amplitud del lago, y volvieron los sentimientos de serenidad. Al cabo de un trecho largo el lago se angostó. Estamos sobre el río Chagres dijo orgulloso el motorista. Es el río más famoso de Panamá. Ha transportado más oro que todos los ríos juntos del mundo. Es motivo de estudio en las escuelas y universidades. Es el río más histórico de Panamá. Por el pasaron miles de doblones, tesoros, telas y mercancías durante la época colonial. Después cruzaron miles y miles de forajidos, buscadores de oro, ladrones, gente ávidos de hacerse ricos, buscapleitos, bandas de ladrones, comerciantes y vendedores cuando se desató la fiebre de oro de California en el siglo XIX. La novela del panameño, Juan David Morgan, “El Caballo de Oro”, retrata esta trepidante odisea con pasmosa realidad.
Revivía yo esta novela cuando alguien vociferó llegamos. Un alegre comité de bienvenida, nos recibía. Mujeres. Todas adornaban sus cabezas con una tiara de grandes papos (hibiscus), una flor de grandes pétalos rojos. Eran mujeres llamativas no solo por sus tocados si no por lo colorido de sus parumas, una colorida pañoleta que usan como falda. Todas tenían esa tierna sonrisa a la Monalisa.
Cuando desembarcamos le colocaron una tiara de hibiscus a las visitantes sobre sus cabezas con una dulzura y luego las condujeron hacia la aldea. Arriba (el muelle está abajo) estaba otro comité; la orquesta con sus tonadas aflautadas, tamboreos melodiosos y charrasqueos rítmicos. Estaba compuesto por cinco indios ataviados con sus andias, una especie de taparrabos en forma de delantal que les cubre perfectamente sus tesoros. Otros vestían una especie de minifaldita muy hermosa tejida de miles de coloridas cuentas(le llaman chaquiras). Luego me enseñaron como se fajan encima la andia y créanme, resultan anatómicamente cómodos. La mayoría llevan bandoleras de collares de coloridas cuentas sobre sus pechos. No dejaban de tocar sus tonadas. Me llamó la atención que el flautista tenia una prótesis en la pierna izquierda. Me dijo que se la había arrancado un cocodrilo.
De inmediato todos notamos que las mujeres tenían extraños dibujos geométricos pintados en sus cuerpos y lo más llamativo era que andaban desnudas del torso. Mostraban sus pechos sin recato ni temor alguno. Al principio nosotros éramos los apenados, pero después ya ni le prestábamos atención a ello. A diferencia de las mujeres, los hombres no estaban tan pintados. El más pintarrajeado era al que le faltaba la pierna. Igualmente noté que los hombres de mayor edad mantienen larga su cabellera o a lo totumo (corte de media calabaza) a diferencia de los jóvenes que mantienen cortes de cabello mas de ciudad.
Nos invitaron a pasar a una choza grande, realmente grande, alto y sin paredes. Estaba confeccionada de troncos y techo de penca (hojas de las palmeras) muy bien tejidas. Noté de inmediato que las mujeres adolescentes (no se si solteras también) se cuelgan pecheras confeccionadas de muchísimas monedas. Y como pesan. En cambio las adultas solo llevan largos collares con los senos al descubierto. Nos pidieron que tomáramos asientos (en unas rústicas gradas) y Marlene (nombre occidental que usa para nosotros, aunque ella dio su nombre indígena, el cual olvide) nos ilustro ampliamente sobre su cultura, su pueblo, sus ancestros sus faenas diarias y sobre todo fue muy explicativa sobre sus artesanías, cesterías y tallado en madera y semillas. Quedamos asombrados de la maestría con la que elaboran estas artesanías. Tenían dispuestos en el perímetro de la gran choza una especie de vitrina de sus productos. Canastas, platones, cestitas, hechas con fibra vegetal (ampliamente explicada por Marlene) teñidas de tinte igualmente vegetal que provee la selva. Te puedes quedar el día completo deleitándote con tanta belleza. Marlene nos explico que el costo dependía de los dias invertidos en su elaboración. Los costos eran bastante accesibles. Yo quede realmente fascinado con las estatuillas elaboradas en durísima madera (cocobolo) y con semilla de tagua (semilla de un coquillo que su agua se endurece como el granito). Estos Parará Púru son unos maestros en este arte. Vi al brujo tallando un trozo de cocobolo con una navajita de un filo bárbaro sin rebanarse los dedos.
Después viene la jornada de los tatuajes. Por la irrisoria suma de 1USD las mujeres te tatúan el cuerpo con un tinte vegetal (lo llaman jagua) que se desvanece en 4 o 5 dias. Y lo hacen con una pajita finísima remojada en su totumito de tinte. Tienen una destreza asombrosa para pintarte. Todos nos tatuamos los brazos.
Luego nos mostraron sus danzas (relacionados con los animales de la selva al cual imitan). Marlene nos instruía sobre cada baile. Las mujeres adultas, jóvenes y niñas (también muchachos) participan en estas danzas. Cuando menos lo esperas te sacan y te meten al ruedo.
Cuando finaliza las danzas te invitan a otra choza, más pequeña, para darte un banquete. En hojas de plátano arreglados en forma cónica (los platos de la selva) te sirven un buena guarnición de tilapia (un pescado bastante carnoso) acompañado de plátano frito o yuca salcochada. Te llenas con una sola porción. Comes sentado sobre el piso de corteza de árbol y metes literalmente la mano al plato (una rica y olvidada costumbre acorde con el entorno).
Después estas en libertad de recorrer la aldea y quedas maravillado. Ves hortalizas en la que abundan plantas medicinales, y monos capuchinos deambulando. Un grupo anterior a nosotros venia de visitar una cascada cercana y hablaron hermosuras del mismo. La tarde cayó rápido y el motorista regresó por nosotros. Un día no basta para conocerlos completamente.
Tienes que convivir con ellos, ponerte su andia, terciarte los largos collares, tatuarte, dejarte larga la cabellera, tallar tagua y cocobolo, sin rebanarte los dedos y observar con microscópica atención su vida, su cultura y en menos de lo que esperas te libraste del stress de nuestras ciudades. |
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