LA SELVA NEGRA Y ALZENAU.
1ª parte Algunos hechos fortuitos hicieron posible nuestro viaje a la Selva Negra: el bosque más bonito de Alemania.
Teníamos muchas ganas de viajar. Pero, ¿a dónde?; eran tantos los lugares que queríamos visitar…
Por mi parte, un gran interés por conocer el pueblo donde nació y vivió sus primeros ocho años Antonio, mi marido. Se trata de Alzenau, muy cerca de Frankfurt (Alemania). Y por su parte una gran ilusión por mostrarme su casa, la guardería, el colegio, el bosque donde jugaba… Sí, un bosque donde jugar al lado de la casa, como en los cuentos. Y también presentarme algunos amigos que aún conserva allí.
Esto no era suficiente para desplazarse tan lejos durante ocho días.
La revista de viajes de Nathional Geografic , a la que estamos suscritos, publica en el mes de junio (2007) un artículo dedicado a la Selva Negra. La Schwarzwald se sitúa al sur de Frankfurt. Era lo que faltaba para lanzarse de lleno a esta aventura. Completé la información que tenía a través de internet y elaboramos una ruta perfecta, diría yo.
Día 1º: De Vva. de los Castillejos a Alzenau. 15/08/07
De madrugada,nos desplazamos en coche hasta Sevilla. Allí tomamos el avión que nos llevó hasta Frankfurt. Nuestro amigo Uwe nos estaba esperando y nos llevó en su coche hasta Alzenau, a unos 30 kms. Nos esperaban su mujer, Carmen; sus hijos,Pascal y Tapea y sus suegros, Carmen y José. La casa, preciosa. Y una barbacoa de carne y salchichas alemanas y unas ensaladas… Ummmmm! No tengo palabras.
Después de almorzar paseamos por el pueblo toda la tarde. Hacía calor y mucha humedad.
Quietud, silencio, todo en orden, todo limpio y muy poca gente en la calle pero, eso sí, siempre en bicicleta, desde el más pequeño al más grande. Se respiraba paz y tranquilidad. Todo era diferente para mí. Vimos la casa donde vivió Antonio, su kindergarden (guardería), el colegio, el bosque, la iglesia, el castillo. Algo muy especial y romántico fue pasear por la orilla del río Kahl, que cruza el pueblo. ¡Qué casas y qué jardines! Flores y más flores. Una más bonita que la otra. Tejados de pizarra a dos aguas y preciosos balcones de madera de los que cuelgan flores de los más variados y alegres colores, y siempre en serie: combinan dos o tres colores y repiten esta combinación desde una esquina hasta la otra.
Al atardecer empiezan a llegar de todas partes olores a mantequilla caliente para preparar la cena.
Vamos a recoger a Frank, hermano de Uwe, y a su mujer, Daniela, para ir a cenar a un pueblo cercano: Seligestad.
Me resulta complicado entenderme con ellos, un poco en inglés. Menos mal que Antonio habla muy bien alemán y traduce para que yo siga la conversación. Carmen también habla español, es hija de españoles emigrantes en Alemania.
Tengo que decir que este pueblo es de postal, de ensueño. Destacan sus casas, con vigas de madera que se entrecruzan en las fachadas, sus calles empedradas y una enorme basílica benedictina cuyo huerto merece la pena visitar para disfrutar del colorido, el orden y una gran variedad de especies: acelgas de colores, manzanos enanos, perales trepadores…
Cuando salimos del restaurante donde cenamos llovía con ganas. Nos mojamos un poco y nos fuimos a dormir a casa de Carmen y Uwe. La tormenta nos acompañó parte de la noche.
Mi deseo de conocer Alzenau ya se había cumplido. Estaba tan contenta…
Día 2º: De Alzenau a Freudenstad. 16/08/07
Madrugamos tanto como Uwe para ir a trabajar. Carmen había preparado una mesa llena de cosas exquisitas para desayunar: embutidos, bollos de pan blanco, integrales, con nueces…, mermeladas caseras, miel, zumos…
Nos despedimos y emprendimos nuestro viaje hacia la Selva Negra. Volvimos dirección Frankfurt para desviarnos, un poco antes de llegar, hacia Baden-Baden. No tardamos en estar aquí, aunque no nos detuvimos pues deseábamos meternos de cabeza en plena naturaleza y visitar, sobre todo, pueblos pequeños.
Nuestra primera parada, Mummelsee. Hacía frío y llovía. Nos tomamos un imbis (tentempié) junto a la orilla del lago. Al fondo, un bosque de abetos cubierto de niebla. Bonita estampa. Algunos valientes se atrevieron a subir en barcas de pedales para recorrer el lago. Continuamos por la Schwarzwaldhochstrasse, la carretera turística más antigua de Alemania. Llegamos a Allerheiligen, donde encontramos los restos de una antigua abadía, en la que ahora se hacen representaciones teatrales; y, seguidamente, el camino para bajar a las siete cascadas de Büttenstein. Un chubasquero y un paraguas, imprescindibles en Alemania, nos bastaron para resguardarnos de la lluvia, que empezaba a ser más suave.
Mereció la pena caminar y bajar un montón de escalones para contemplar el agua que caía con fuerza en cada salto.
Continuamos hasta Oberkirch, pasando por Lierbach, Oppenau, Ramsbach, Hohenrain y Lautenbach, pueblecitos con mucho encanto. El cielo se ha ido despejando y las nubes han dado paso al sol, de manera que cuando llegamos a Oberkirch el horizonte estaba claro. Nos detenemos para dar un largo paseo y conocer el pueblo. Primero repusimos fuerzas en una pastelería que te decía: -¡Entra! al pasar por la puerta. El café, buenísimo. Las tartas, también, aunque son mucho menos dulces que la repostería española. El río Mulhbach cruza el pueblo. Vas caminando y el oído te avisa de que estás cerca del agua, vida y encanto de la gran mayoría de los pueblos de la Selva Negra, que se asientan en los valles. Los geranios rojos y rosas se asoman al río por las barandillas, como queriendo darse un chapuzón. ¡Qué maravilla!.
Regresamos a Oppenau y seguimos por Löcherberg, Bad Peterstal y Griesbach; una bonita ruta con mucho bosque de abetos, algunas praderas, granjas y casas con flores. Dimos una vueltecita por Kniebis y, por fin, llegamos a Freudenstad. Son las seis de la tarde, brilla el sol y nos disponemos a buscar un hotel: Metgerci Hotel Jägerftüble (80 euros), limpio, acogedor y en pleno centro. Nos marchamos a pasear por el pueblo y a cenar. Vimos la plaza del mercado, que es la más grande de Alemania. Cenamos muy bien y después fuimos a una heladería italiana, también en la plaza. Me llamó la atención que la gente se sentaba en la puerta en una especie de velador y se arropaba con mantas que el bar tenía para ese fin. Se liaban de uno en uno o compartían la manta con alguien más.
Día 3º: De Freudenstd a Friburgo. 17/08/07
Cargamos las pilas con un desayuno generoso (incluido en el precio del hotel) y partimos hacia Alpirsbach, un lindo pueblo situado en el valle del río Kinzig. Tiene una gran fábrica de cerveza y el convento de St. Benedict, donde se ubica el museo de la cerveza. Schiltach me pareció precioso también, quizá un poco más aún. Nada más aparcar el coche oímos el agua correr. Es la del río Kinzig. Una noria da vueltas sin parar y, justo encima, se encuentra un antiguo aserradero convertido en museo. Interesantísimo. Camino de Triberg, pasamos por Gutach donde está un museo: Schwarzwald Freilicht, con edificios tradicionales de esta región.
Seguimos en busca del reloj de cuco más grande del mundo. Y lo encontramos al borde de la carretera. Tiene el tamaño de la fachada de una casa y funciona con monedas. Bonito, bonito.
Llegamos a Triberg. En la entrada de las cascadas nos dieron la bienvenida dos ardillas juguetonas que echaron a correr cuando nos acercamos. Un lugar demasiado turístico pero igualmente encantador.
Pasamos por Furtwangen y, a través de una pintoresca carretera de montaña, llegamos a Neukirch y después a Hexenloch para visitar una casa con molino de agua, una joya en plena naturaleza, que fue una fábrica de relojes de cuco. Hoy, un museo.
La ruta hasta Friburgo sigue siendo espectacular. Este bosque me tiene encantada. Olor a tierra mojada y a hierba recién cortada.
Pasamos por St Märgen y St Peter. Se ven muchas granjas en este trayecto. Por cierto, me quedé con las ganas de visitar alguna.
Glottertal es un pueblo muy cuidado, con una gran oferta hotelera. Su aspecto es impecable.
Entramos en Friburgo, donde teníamos previsto quedarnos hoy. Al principio, un poco asustados. El panorama ha cambiado por completo. Hemos llegado a una gran ciudad: tráfico, avenidas, altos edificios…¡Ay, dios mío!, y sin una reserva para dormir, aunque sí varias direcciones y teléfonos de hoteles que buscamos en internet.
El primero, completo. El segundo, carísimo (120 euros), céntrico y muy bueno. Una ducha y a la calle. Empieza a anochecer, el ambiente de la plaza de la catedral es perfecto. Vamos a una pequeña bodega y nos tomamos un vino. Después nos vamos a cenar a uno de los restaurantes que está por aquí. Un pequeño paseo y a descansar. |
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