Hemos decidido dedicar el fin de semana de un caluroso mayo en recorrer algunas de las poblaciones más singulares que circundan el Moncayo. En Bulbuente dejamos la carretera nacional para dirigirnos hacia Talamantes, un pueblo bajo la sombra del castillo y la protección de las Peñas de Herrera, rodeado de manantiales y con cierto sabor pirenaico.
Después de recoger algunas nueces que los nogales despreciaban a nuestro paso nos encaminamos a través de una pista de tierra hacia Alcalá de Moncayo, circundamos una parte de la orilla del Huecha para penetrar en un pueblo cuyas piedras rezuman historia. Visitamos la iglesia de Santa Maria, en la que destaca su portada románica y tres capiteles que representan la flora y fauna de la zona.
Continuamos el viaje hasta Añón, el municipio más grande del Somontano. Nuestra intención es visitar las cuevas del Rey y así lo hacemos, son magníficas y de fácil acceso.
Nuestro siguiente destino es Trasmóz, mejor dicho, su castillo, ruinas venerables con una legendaria historia. Actualmente se celebran sobre este escenario algunos ritos inspirados en antiguas y diabólicas leyendas de brujería. La próxima etapa es Vera, antesala del Moncayo, pasamos sin detenernos, ante los muros del Monasterio de Veruela. Llegamos a sus acogedoras callejuelas, disponiéndonos a buscar un lugar para pernoctar. Tenemos que reponer fuerzas, pues nos espera un ilusionante y perseguido objetivo.
Después de atravesar el pequeño y ordenado pueblo de San Martín, ascendemos por el Cucharón casi tres mil metros, hasta hollar la cumbre del Moncayo. Una gran montaña, tan cercana como desconocida para los zaragozanos. Hemos tenido mucha suerte, está despejado, algo que no es muy frecuente en el lugar, así podemos disfrutar de la cumbre y de los paisajes que desde arriba se pueden admirar. Todo a vista de pájaro. Pero sobretodo sentir la grandeza de la naturaleza a nuestros pies.
Decido irme a descansar, este paisaje me ha inspirado así que me decido a escribir una invitación para mi próximo viaje, sí para ti mismo que estas leyendo estas lineas:
VEN CONMIGO AL VIAJE MÁS ALUCINANTE
Prepárate para partir. Sólo llevamos en los bolsillos, ilusión, amor y disposición a la sorpresa. Es fascinante viajar en los brazos del amor, a través de indómitos bosques lluviosos, regiones serenas y luminosas. A salvo de malos aires, espíritus intranquilos y encantamientos malignos. Es fascinante atravesar selvas floridas y diluvios eternos, acompañado de lo mejor que llevas dentro. Solos, sin nada. Desnudos… hasta allí donde nacen las sonrisas. Es fascinante conocer de tu mano y ver como los lugares más tenebrosos se transforman a nuestro paso en espectros multicolores, en una llamarada visual. Es fascinante vivir la aventura, la utopía, desvelando misterios. Cerrando el cielo. Lidiar con los vientos. Adelantarnos a los sueños. Cruzar fronteras.
Es fascinante ver como se desdibuja el dolor, nos conciliamos con la vida, derrotando la amargura. Comer de la fruta prohibida. Experimentar el éxtasis. Acariciarte a la sombra de Taj Mahal, el mayor templo dedicado al amor. Rebozar nuestros cuerpos en las dunas del Sahel. Gritar bajo las bóvedas del Sacré Coeur. Sumergir nuestros cuerpos en las cálidas aguas del Amazonas. Reírnos en Picadilly Circus. Levantar barricadas con los adoquines de Paris. Preguntar por la felicidad a los monjes del Potala en el Tibet. Bailar en el malecón habanero. Sorprendernos con los hielos patagónicos.
Tocar el cielo desde la cresta del K2. Hacer el amor en las calientes arenas del Kalahari. Hablar el quechua en Uyuni. Esnifar el polvo blanco en el Chocó colombiano. Besarte bajo la luz de la aurora boreal. Fumar hachís en el Atlas marroquí. Saltar al vacío desde el Cerro Torre. Pisar por primera vez la Antártida. Okupar en Berlín. Llamar a las puertas del infierno irakí. Firmar la paz en Somalia. Enseñar a leer a los niños de Phnom Penh. Trotar en las estepas de Mongolia. Jugar a la ruleta rusa en Saigón. Dormir plácidamente en la hierba recién cortada del Central Park. Caminar sigilosamente por la delgada línea que separa la vida de la muerte. Esquivar a las prostitutas de la Gran Vía madrileña.
Perder el conocimiento bajo los efectos del ron en Santiago de Cuba. Escuchar música en el zócalo mexicano. Solidarizarse con las Madres Locas de la Plaza de Mayo. Regatear en mil zocos árabes. Pescar peces dorados en el Cuerno de Oro de Estambul. Hablar de tú a tú con el dios arco iris en Wana Picchu. Sortear las minas de Camboya. Forcejear con un asaltante en las calles de Cali. Hacernos amigos de Rosario Tijeras en las fabelas de Brasil. Cruzar en patera el estrecho de Gibraltar. Pintar graffitis en el muro palestino. Subir a los tres volcanes en el lago Atitlán. Caminar sobre las aguas del Mar Rojo. Contaminarse de la dignidad de los indios de Chiapas. Superar todas las pruebas en un aeropuerto. Sobrevivir a las altas temperaturas de Nueva Delhi, a los mosquitos del Pantanal amazónico, al caótico tráfico de Barcelona. Beber una cerveza en la Grand Place. Exhibirnos en el Barrio Rojo de Ámsterdam. Visitar a Lenin en la Plaza Roja. Coquetear en la alfombra roja de Cannes… San Sebastián.
Transportarse a lomos de un elefante en Namibia. Salir con vida de la Costa de los Esqueletos. Cazar con los bosquimanos. Bailar con los Himba. Tomar un mate en Ushuaia, en el fin del mundo. Masticar coca en Lima. Morder el peyote en Sonora. Hacer de turista en los países bálticos. Platicar con los garífunas de Livingston. Rodear con nuestros brazos el viejo roble de Sucre. Bajar a las minas de Potosí. Discutir con los aduaneros chilenos. Admirar la belleza de las mujeres de Zambia. Tragar saliva en Johannesburgo. Ensimismarnos viendo saltar a las gacelas en Ethosa. Retroceder al feudalismo en Jaisalmer. Me gusta Guatemala, me gustas tú. Cruzar la frontera del miedo en Rajastán. Indignarse en la hamada argelina de Tindouf.
Cumplir un sueño en Mostar. Emocionarnos en Victoria Falls. Abrazar la locura en Chelsea. Perdernos en el metro moscovita. Enamorarnos en Brujas. Descender en los alocados tranvías de Lisboa. Danzar con los niños afeminados de Puskar. Sentir escalofríos en el castillo de Drácula en Transilvania. Balancear los sahumerios con los indios de Chichicastenango.
Escuchar historias amargas y simpáticas de los ciudadanos del mundo. Mientras estos recuerdos permanezcan conmigo, este alucinante viaje nunca terminará. |
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