PARTE III: Por las Quebradas de Cafayate y Humahuaca.
Ya conozco Cafayate a la perfección de otros viajes anteriores así que la idea acá es más que nada “hacer sociales”; “ver que onda” con los mochileros aprovechando que acababa de entrar “en su territorio”. Estoy sobre la ruta clásica del backpacker argentino que elige el noroeste: el circuito San Miguel de Tucumán - La Quiaca vía Cafayate.
Me ubico en el camping Loro Huasi pagando 2 noches por adelantado. El lugar rebalsa de carpas y vehículos. Intentar armar la carpa a la sombra es utópico así que me resigno a hacerlo en un pequeño claro que encuentro absolutamente a rayos del sol. Bañado en sudor termino con la carpa y me voy al buffet a comer un sándwich de milanga rociado con una cerveza Salta. Hablando con el chico del buffet, cafayateño el muchacho, me comenta que durante los meses de enero y parte de febrero la reducida población indígena que aun persiste en la zona se refugia en los cerros ante la gigantesca “invasión” turística (básicamente mochileros) que se registra en la ciudad. Rara vez se dejan ver durante esta época.
Camino la ciudad hasta bastante más allá de sus confines, donde la Ruta 40 ya se enfila certera hacia Animaná. A la pasada veo que en el cruce con la Ruta Nacional 68 se disponen gran cantidad de mochileros haciendo dedo hacia Salta. La ciudad esta hermosa como siempre. Su marcado estilo colonial y la dedicación de su gente por conservarlo de la mejor manera la hacen única y sin duda un referente obligado de la provincia. Las viejos cascos de estancias al pie de los cerros, ahora trasformados en bodegas, completan este escenario maravilloso. Vuelvo al camping y veo que junto a mi carpa había armadas dos nuevas: unas chicas de El Palomar, Buenos Aires y otros chicos de Rosario, Santa Fe venían a ser mis nuevos vecinos. Iniciamos la charla de la manera más clásica para un viajero: contándonos procedencias y destinos previstos. Tanto las chicas como los chicos vienen con el itinerario clásico para la región. Luego de cenar los chicos se van a la plaza “a ver que onda” y yo “ataco” la bolsa de dormir como si fuera la última vez. Fue un día largo y estoy muerto…
Al día siguiente el sol me despierta a las 9 de la mañana. A volar de la incandescencia de la carpa se ha dicho…
Sigo haciendo sociales con más gente de los alrededores, todos vienen de Amaicha y van hacia Salta. A mí particularmente me interesa también ir a Salta, pero por la Quebrada de Cafayate, ya que las veces anteriores lo hice por la Quebrada de las Flechas hasta Cachi y de ahí adentrándome en la bellísima Quebrada del Obispo. Recuerdo esa hermosa sensación de estar entremedio de las nubes observando esa obra magistral de la naturaleza.
Quiere la suerte que esa tarde, antes de la hora de cena, me haga amigo de una familia oriunda de la capital salteña que han ido a pasar unos días a Cafayate, y que al día siguiente salen con su auto de vuelta a casa. Al contarles mis intenciones de conocer la Quebrada de Cafayate, fiel a la generosidad salteña, me ofrecen llevarme con ellos. Durante la cena no pararon de convidarme con su exquisito asado y vino. ¡Ay que buena la gente de Salta!, no me canso de decirlo. Nunca dejan de sorprenderme con su hospitalidad y bondad.
Esa noche sí salgo a caminar, sobre todo para bajar la tremenda comilona, y me encuentro con algo que no había visto las veces anteriores: la presencia de cantores folclóricos animando las noches en la plaza principal. Son espectáculos a la gorra realmente muy buenos que hacen que aquellos que van con poca plata puedan también cantar y bailar.
A la mañana siguiente, a las 10 en punto, pasa por la puerta del camping don Ramón Nievas: el hombre que junto a su hija, su nieta y su pequeño bisnietito me mostraría la Quebrada de Cafayate a la perfección, mejor que cualquier agencia de turismo. El Obelisco, El Sapo, El Anfiteatro, La Garganta del Diablo… en todas, absolutamente en todas esas curiosas formaciones rocosas fuimos parando a lo largo del viaje para que yo pudiera conocerlas y sacarles fotos hasta cansarme. Que magnifico recorrido. La Ruta Nacional 68 viborea incansablemente entre los cerros rojizos de la Quebrada hasta alcanzar el valle.
Bastó nombrar el famoso pueblo de Alemania para que al pasar por su acceso nos desviáramos para que yo pudiera apreciarlo. Es un sitio totalmente único, rodeado de montañas y con su pintoresca estación ferroviaria estilo inglés como núcleo central. Esta se encuentra bien conservada ya que allí viven algunas familias de artesanos emigrados de las grandes ciudades hacia ese paraíso. No hay luz eléctrica ni proveeduría de alimentos más allá de un pequeño kiosco enfrente a la estación. Una vez por día pasa un camión de reparto con destino a Talapampa y allí aprovecha la gente del lugar para comprar sus alimentos. Si alguien quiere una experiencia hippie bien "sesentosa" sin duda ese es el lugar.
Mi idea originalmente era acampar allí, pero la desinformación plena que reina en Cafayate sobre el lugar me desalentó de hacerlo. Me dijeron que era un “pueblo fantasma”, sin forma alguna de proveerse de comida ni bebida (ellos ni enterados del camión que pasa todos los días desde Cafayate), y que estaría a merced de “animales salvajes” y “almas en pena”. Con este panorama hay que ser muy guapo para pasarse una nochecita.
Lo cierto es que nada de eso, obviamente, es cierto y perfectamente se puede pasar, no una, sino varias noches acampando en el predio de la estación, previo aviso, claro está, a los amables artesanos que viven allí. Creo que muchos se pierden la oportunidad de vivir una muy linda experiencia en Alemania solo por la indiferencia con la que se trata al pueblo en Cafayate (me refiero a la oficina de turismo).
Bien, sigamos viaje que don Ramón espera. Salimos de Alemania a través de un atractivo puente de estructura metálica color rojo mientras me ato a la muñeca una pulserita artesanal que acabo de comprar como recuerdo de mi paso por tan bello lugar. Andamos un ratito más y nos detenemos en el restaurante de Talapampa para almorzar. Acá observamos varios micros de la empresa El Indio haciendo su parada técnica en su viaje Salta-Cafayate y viceversa. Con el estómago lleno seguimos viaje hacia Salta. Pasamos rápidamente por La Viña para después ver hacia mi derecha el hermoso espejo de agua del dique Cabra Corral. Ya en la última parte del trayecto atravesamos longitudinalmente las pequeñas ciudades de El Carril, La Merced y Cerrillos para ya luego ingresar a la autopista de acceso a la ciudad de Salta. Mi amigo Ramón se desvía por la avenida Monseñor Tavela para dejarme justo en la puerta de la terminal de ómnibus.
En este punto me despido de toda su familia y él me ayuda a llevar algo de mi equipaje hasta el interior. Como si no hubieran sido suficientes todas las atenciones que tuvo él y su familia conmigo insiste en darme algo de dinero para mi viaje por si me viera en alguna urgencia, a lo cual me niego rotundamente antes de despedirlo afectuosamente. ¡Que nivel humano encuentro siempre en la gente de Salta! Sinceramente emociona.
Aquí me voy a ver por primera vez en mi viaje leyendo nombres de ciudades y pueblos para decidir hacia donde dirijo mi rumbo. Cualquier lugar podría ser el elegido. Averiguo y El Quebradeño a San Antonio de los Cobres se fue hace un par de horas y no hay otro hasta mañana. Salta ya la conozco de pe a pa y dado lo costosa que se puso últimamente prefiero no pernoctar acá.
La verdad es que no quiero irme de la zona sin pasar por la alucinante Quebrada de Humahuaca una vez más, y especialmente por un pueblo que amo: Purmamarca, en la provincia de Jujuy. Saco pasajes en un micro de la empresa Ballut a Tilcara para las 22hs., así que me queda un rato para caminar por “Salta, La Linda”.
Bonita y prolija como siempre Salta es hoy sin duda la capital turística y económica del NOA, desplazando así del podio a San Miguel de Tucumán que históricamente lo fue. Más fotos a la Iglesia de San Francisco y la Plaza 9 de Julio y de vuelta a la terminal que se larga la lluvia.
El micro sale puntual a las 22 hs. El destino final es La Quiaca por lo que entre el pasaje se ven algunas de las famosas cholitas que cruzan a Villazón. Vengo medio distraído mirando la película que pasan cuando al pasar veo las luces de General Güemes y posteriormente el control policial en el límite provincial. ¡Chau Salta, hasta Siempre!
Ya en tierras jujeñas paramos en Perico, Palpalá y San Salvador de Jujuy. En cada una de estas ciudades bajan y suben montones de personas y el micro tarda largos minutos en volver a ponerse en marcha. Entrada la madrugada abandonamos la ciudad capital de la provincia y nos metemos de lleno en los valles jujeños a través de la Ruta Nacional 9.
El sueño me vence y entredormido escucho al acompañante del chofer decir: “Cruce Purmarmaca, ¿quienes bajaban acá?” Detrás de mi aparecen tres mochileros con acento porteño que bajan en las penumbras de la ruta con caras de desorientados. Supongo que no les habrá quedado otra que caminar los 3 kilómetros cuesta arriba hasta “Purma” con las mochilas a cuestas y en la más absoluta oscuridad.
A las 2 de la mañana llegamos a Tilcara. Nomás al bajar del micro en la terminal se escucha la música que viene del interior de los muchos lugares de “esparcimiento nocturno”, que al compás del enero tilcareño dotan a Tilcara de una nightlife bastante dudosa de traerle ciertamente beneficios. Entre borrachos, vendedores varios y turistas desconcertados me interno en la fría madrugada tilcareña en busca de un alojamiento económico, ya que para camping la cosa estaba fresca.
Caminando en sentido a la plaza escucho un hombre que me pregunta si busco alojamiento. Si, le respondo sin dudar, y me comenta que por 20 pesos me ofrece una habitación para mí además de cocina y comedor. Excelente vamos para allá. Cuando estamos a punto de salir para la casa gira la cabeza hacia un costado y me pregunta: “¿ellas están buscando habitación?” Yo giro la cabeza también y veo delante de mí a tres chicas mochileras con claro aire extranjero. El hombre intenta en vano comunicarse, ya que ni ellas hablan una palabra de español, ni el hombre se las entiende con el inglés. Dada la situación me veo en la obligación de hacer de traductor, y da la casualidad que las chicas están en la misma circunstancia que yo, es decir buscando un lugar donde pasar la noche. Presentaciones mediante todos nos encaminamos a nuestro alojamiento. El lugar es aceptable, tal como lo describió el hombre: comedor, cocina, baño y dos habitaciones con tres camas en cada una.
Las chicas, que si no lo dije antes lo hago ahora; son dos japonesas y una canadiense que están empezando juntas un viaje por Sudamérica. Finalmente ellas toman una habitación y yo la otra; si quieren compartir no me ofendo pero parece que solo piensan en dormir… jaja
Al día siguiente nos levantamos cerca del mediodía y nos vamos a caminar un poco por el pueblo. Los vahos del alcohol parecen haber bajado con la luz del sol pero la cantidad de gente sorprende. Tilcara parece una Babel quebradeña. Gente de todas las razas y nacionalidades se pasea por sus calles. Comemos unas pizzas y luego nos vamos para el célebre pucará.
Mis nuevas compañeras no parecen sorprenderse mucho con la obra arquitectónica edificada originalmente por los Omaguacas y reconstruida más recientemente por Salvador Debenedetti. Claramente les llaman más la atención las llamas del zoológico de altura que todo el fuerte mismo. “What a big ass they have” es una de sus apreciaciones para con estos simpáticos camélidos.
Ya cansadas de ver cactus y “casitas de rocas” me invitan a sentarnos a contemplar los cerros y sacarnos fotos con tan bello paisaje.
Ya de vuelta en la plaza principal caminamos entre la muchedumbre y los puestos de artesanos. Al oírnos hablar en inglés los vendedores se nos pegan como moscas y hacen que uno se sienta verdaderamente incomodo, bueno al menos yo que no estoy acostumbrado a ese asedio; ellas parecen tomarlo como algo natural y les ponen sonrisa de ocasión a todos sin comprar nada. Logramos sentarnos en un banco de la plaza y yo les comento sobre la belleza de Purmamarca, que es un sitio único y no deben perdérselo. Es así que decidimos salir hacia allá esa misma tarde. Pasamos a buscar las mochilas que dejamos en el alojamiento y nos vamos a la terminal.
Sacamos pasaje en la empresa Panamericano. Yo conociendo previamente el abarrotamiento de visitantes que sufre la zona durante el mes de enero, y comprobándolo nuevamente ahora, no espero viajar con demasiadas comodidades pero la realidad supera mis negros augurios. Viajamos comprimidos peor que sardinas en lata y con un calor agobiante. A la gente del lugar que suele movilizarse constantemente por los pueblos de la Quebrada de Humahuaca se le suman innumerables mochileros de los más variados orígenes y el viaje se vuelve tortuoso. Los 25 kilómetros de distancia parecen triplicarse en esas condiciones. Al pasar por Maimará se ve otro grupo de mochileros dispuesto a abordar la unidad. La lógica presupone que el chofer les dirá que ya no hay lugar. Lo lógica falla por la altura supongo, como la “pelota que no dobla”, y todos suben nomás.
Yo miro a las chicas con una mirada de disculpas, como diciendo: “no pensé que esto iba a ser tan así”. Una de ellas entiende mi gesto y me dice que no me preocupe, que ya habían pasado por un trance comparable: en La India habían viajado aun peor…
Finalmente arribamos a “Purma”. Bajamos del micro maldiciéndolo con todas nuestras fuerzas. Ahora nos vemos en otro problema. Yo tengo carpa pero ellas no. Y si estamos viajando juntos no puedo “cortarme solo”, así que decidimos ir a buscar algún alojamiento económico para los cuatro. Al igual que Tilcara, “Purma” desborda de mochileros. El panorama es aun peor ya que el pueblo es mucho más chico y la gente se amontona más.
Durante horas buscamos infructuosamente donde meternos: todo lleno y donde había lugar cotizaba en dólares. Ya casi desesperanzados encontramos que en el camping Arco Iris también ofrecían dormis por 21 pesos la noche. Nos abrazamos de alegría y ahí nomás nos registramos.
Durante la noche caminamos por ahí, comemos unas empanadas y nos vamos a dormir con la idea de ir a recorrer el Paseo de los Colorados mañana. Muy temprano en la mañana me despierta Emily, la chica canadiense, y me dice casi susurrando que ellas ya salen a ver “las montañas” por si quería ir con ellas. Miro el celular y no son ni las 7 de la mañana. Les digo que vayan yendo y yo las alcanzo en un rato. La verdad es que estoy muy cansado para levantarme tan temprano, además podemos ir tranquilamente un poco más tarde. Lo cierto es que al levantarme, ya alrededor de las 9, encuentro un papel sobre la cama de Emily diciendo que han decidido partir hoy directamente para La Quiaca, ya que suponen que temprano en la mañana no habrá tantos mochileros y podrán viajar normalmente.
Las chicas pensaban seguir principalmente a Bolivia y Perú. Habiendo experimentado el dificultoso viaje de ayer supongo que no deseaban volver a repetirlo para conocer otros pueblos de la Quebrada. Emily acaba el manuscrito con la frase: “See you somewhere in the world” y a continuación las firmas de las tres.
Yo pienso quedarme dos noches más en Purmamarca, aunque me paso al camping que me resulta mucho más barato. ¿Que agregar sobre el impresionante Cerro de 7 Colores y este fantástico pueblito a sus pies?, yo particularmente creo que es lugar más bello de Argentina. Camino por el Paseo de los Colorados, subo a uno de los cerritos y me quedo contemplando esa hermosura incomparable. Esa paleta de pintor que no le falta
absolutamente ningún color. Maravilla suprema de la naturaleza. Me pregunto si las chicas habrán visto algo de todo esto antes de irse.
Al volver a la plaza me la encuentro saturada de gente y mochilas. Logro sentarme sobre uno de los bordes de piedra que tiene la placita y observo el incesante arribo de mochileros. La gran mayoría tiene un look excéntrico: pulóveres de llama o similares, pantalones sueltos de colores vivos generalmente rayados, y las chicas suelen usar trenzas o pañuelos de colores en la cabeza. El calzado en general suele ser zapatillas aunque no de las marcas clásicas. Las mochilas y carpas parecen todas ser de muy buena calidad, superando ampliamente mi pobre equipamiento. Estos son los que yo llamo “Mochileros Ideológicos”. Son aquellos que proviniendo en general de barrios acomodados de Buenos Aires viajan a la Quebrada de Humahuaca con un discurso progresista y en busca de un aborigen nativo de la región el cual previamente tomó la determinaron de huir a otros lugares a causa de la llegada masiva de estos, tal cual me lo confirmara aquel chico en Cafayate.
Muy paradójico me resulta ver a algunos de estos chicos escribiendo, al mismo tiempo que arruinando, con aerosol la pared de una hostería en Purmamarca con la frase: “No destruyan Purmamarca”. En fin creo que esto sucede cuando los destinos turísticos no hacen una seria planificación turística. Para algo estamos los profesionales en la materia que nos “rompemos” durante 4 años estudiando las problemáticas y flujos del turismo a fin de que esta actividad sea beneficiosa para todos, y en especial para el residente.
Al cabo de las dos noches en mi querida “Purma” me harto de hacer una cola de media hora para ir al baño para finalmente terminar haciendo pis detrás de un árbol, y otra de una hora y media si tengo la osadía de querer darme una ducha. Me fastidio muchísimo de escuchar borrachos gritando estupideces por las calles del pueblo hasta la salida del sol.
Me “pudro” de no poder dormirme hasta las 6 de la mañana, cuando el último borrachín cae vencido por el sueño, y tener que despertarme a las 8 porque me da el sol de lleno en la carpa. En fin me canso del descontrol generalizado y decido ir a conocer una región de Jujuy poco explorada: Las Yungas.
Vuelvo a San Salvador de Jujuy en un micro de la empresa Cota Norte donde milagrosamente logro sentarme. En la terminal jujeña combino, previa espera de dos horas, con un Ballut a la ciudad de Libertador General San Martín, más conocida como Ledesma por el nombre del ingenio azucarero. El micro se anuncia a Yuto, allá en la frontera nor-oriental entre Jujuy y Salta. Acomodo mi mochila en la bodega del micro doble piso, busco mi asiento y mirando hacia la gente que hormiguea por los andenes de la terminal pienso en que me deparará mi nuevo destino. |
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