Escribí muchos diarios sobre Ginebra, sobre cada una de sus comunas, sobre la ciudad vieja y los parques, sobre su historia y su presente. Pero todo eso es muy largo, y será, más que una crónica para este foro, un libro. De modo que, rompiendo un poco las convenciones, dejaré este reciente escrito que intenta mostrar un poco lo que es Ginebra medieante la inteioridad de un forastero solitario que camina por sus margenes.
JUEVES 6 DE MARZO DEL 2008
La nieve no ha llegado para quedarse, pero sí la bise . La bise es un viento sumamente cruel que hiela la piel de los ciudadanos de Ginebra, y el sol no puede hacer nada contra él. La bise, este viento helado que viene del lago de Ginebra sacudiendo las banderas de la confederación de manera histérica, es lo que hace al clima tan traicionero. Uno puede despertar y ver un centelleante sol desde la ventana. Abrirá la puerta, saldrá a la calle confiado, hasta entusiasmado, incluso ilusionado con la posibilidad de un rayo de calor. Pero ahí estará la bise, y lo sabremos al sentir una ráfaga gélida que paraliza el rostro. Cuando sopla la bise, la ciudad queda más deshabitada.
La gente camina protegida con gruesas capuchas forradas de plumas de oca que cubren sus cabezas; llevan las caras envueltas en bufandas de lana y las manos con guantes de piel. Encapuchado y enguantado, salgo a caminar sin rumbo fijo. ¿A dónde voy? Podría decir que voy a donde me lleve el viento, pero seré más preciso: voy a donde me lleve el sistema, el infalible sistema de buses que me protegerá del viento. En la Rue de Vermont espero el 8 junto a una pareja de cuervos. De un lado, las torres de los organismos internaciones, en este caso OMPI y UIT, y del otro lado las nevadas cumbres de los Alpes suizos. En los pases peatonales de las esquinas, en este caso un sendero rojo con líneas amarillas, todavía quedan minúsculas gotas de aguanieve. Viene el 8, con mucha puntualidad y con poca gente. Pasa por un local de Mercedes Benz al lado de una gasolinera Migrol, y gira en la Rue du Grand-Pré.
Cruzamos el puente de Cornavin, Pasaje des Alpes, y ya estoy entre la estación y los grandes hoteles, los bancos, los restaurantes regionales, las joyerías. Bajo en Mont Blanc y cruzo el lago a pie, por el puente. El lago está agitado, y las banderas de la confederación son sacudidas por el viento. Los patos siguen ahí, dejándose llevar por la corriente, van y vienen por su patria ginebrina como yo: sin destino fijo, sin hallarle un sentido a su paseo. Pienso que si pasase en Ginebra unos cuantos años, me volvería pato. El viento me empuja hasta la Place du Molard, bajo la ostentosa torre del reloj. Durante unos segundos miro fijamente las agujas, y empiezo a considerarme incapaz para soportar el viento. Todavía me falta un poco para volverme pato, un poco. Entonces me subo al primer autobús que se me ofrece: el 29. Va para Gare Zimeyza, y esto implica volver al otro lado del lago. Aliviado del viento, me siento en el último asiento, al lado de un musulmán. Veo por la ventana dos elegantes señoras africanas codiciando el escaparate de Cartier. Avanzo entre las joyerías y los bancos por la Rue du Rhône, y giro por Coutance pasando por Manor, el gigantesco centro comercial.
Tomo nota de que fuera del autobús se me está complicando la escritura a causa de los guantes, y recuerdo que hace poco más de un mes, en una isla poblada de campesinos indígenas, se me complicaba tomar notas en la libreta debido a las gotas de sudor que incomodaban mi frente enrojecida por el sol. Mientras tanto, avanzo por la Rue de la Servette, y la gente, que ya está llenando el autobús, sube al vehículo aliviada, bufando, soplando velitas invisibles, y a veces alguno se toca la cara como para comprobar que la cara sigue allí. Paso por los cines de Balexert, la aduana de Ferney-Voltaire, la pista del aeropuerto, el complejo Pfister y el centro comercial de Meyrin. Intuyo que en Meyrin terminará este trayecto y a partir de la Rue des Bouolines empiezan a escasear las torres de edificios y a sobrar los espacios verdes. Me bajo en la arrêt Zimeyza y, luego de cruzar por una rotonda con una extraña máquina industrial en el centro, camino por la Rue Virginio-Malnati. Ya estoy de nuevo en la tranquilidad y la campestre elegancia de un barrio suizo, con sus pináculos, sus banderitas, sus sólidas casitas de piedra y madera.
Se destacan dos pináculos que son iglesias. Hay en esta comuna algunas iglesias extrañas, y me detengo frente a la más extraña de todas, que tiene en la puerta un cartel que dice así: Eglice Copte Orthodoxe. Otra iglesia ortodoxa, pienso, pero esta no es rusa, y debajo del francés la inscripción está en árabe, aunque la iglesia es evidentemente cristiana. La Iglesia Copta fue fundada en Egipto, en el siglo I. Copto, de hecho, significa “egipcio”.
Parece que durante la época de Nerón, las prédicas de San Marcos, responsable de la llegada del cristianismo en la tierra de los faraones, fueron el origen de la Iglesia Copta. Esta Iglesia oriental forma parte de las que se han separado de las otras y evolucionaron por su cuenta. Se destaca por preservar la doctrina cristina ortodoxa en su forma más antigua y más pura, oponiéndose firmemente a cualquier mínimo cambio.
Tienen su propio Papa en El Cairo. Mientras observo la fachada de la Iglesia un paso detrás de la hermética reja, un hombre abre la puerta. Es una especie de musulmán cristiano. Su cara, musulmana, su barba, abundante, su creencia, copta, y sus ojos me miran. Me miran, sí, me miran, me miran sin asombro, casi sin vida, y siguen mirándome cuando la cabeza se inclina lentamente hacia la izquierda. Entonces el devoto camina unos pasos y hace sonar las campanas.
Mientras hace sonar las campanas, me sigue mirando, y por un momento me parece ver en su boca una expresión siniestra. Sigo caminando, al son de las campanas, y me subo al bus 55, rumbo hacia Avancher, me subo sin pensar en nada. A partir de aquí, me resulta fatigoso narrar el trayecto. Resumamos así: voy y vengo, subo y bajo, cambio un autobús por otro, avanzo y retrocedo, camino y me quedo parado. Me subo a un bus para huir del viento, y bajo del bus en cualquier lado. Se me ocurre que podría subirme a uno que jamás he visto pasar: el 54. Bajo en una parada que, según el mapa, combina con el 54. Pero la parada del 54 no la veo por ningún lado, y esto es muy extraño, muy extraño en Ginebra. El 54 va a Bois de Bay, y parece ser un lugar muy apartado de todo. Me subo a un bus que, sin ser el 54, se acerca a un camino que conduce a Bois de Bay.
En este momento estoy en el 6, que va hacia Vernier-ecole. Me bajo a contramano de una pequeña multitud de niñatos, niñatos de todos los colores y de todas las nacionalidades, pero todos se hablan en francés. Entonces sí, diviso a lo lejos una solitaria parada al costado de una ruta y, a medida que me voy acercando, constato que se trata del 54. Es un lugar poco habitado, y se nota que más adelante empieza el puro campo. El extraño autobús pasa solamente tres veces en todo el día. ¿Para qué un autobús que pasa solamente tres veces? Falta una hora para que pase, y no pienso quedarme ahí parado, victima del viento, para tomarlo.
Empiezo, pues, a caminar, y en quince minutos ya estoy en el campo, rodeado de verde. Paso por una granja, y veo una vaca gorda. En la granja no parece que haya nadie, la vaca y yo somos lo únicos seres vivos de la región. Nos quedamos unos minutos frente a frente, mirándonos a los ojos. Aquí estoy yo, frente a la vaca, y pienso que, si me quedase mucho tiempo en suiza, podría convertirme en vaca. En una vaca al costado del camino, frente a una granja vacía, entre medio de los alpes, que acaso se cruza con otros ojos igualmente solitarios que se quedan mirándole unos minutos sin pensar en nada. Pero todavía me falta un poco para volverme vaca, un poco. Y ya estoy pensando nuevamente. ¿Qué pienso?
Me acuerdo de Camus, precisamente de la idea representada por el personaje de El extranjero: el absurdo. Hago memoria y, mientras miro a la vaca, empiezo a recitar de memoria la teoría. Según esta teoría -le digo a la vaca-, el absurdo no está ni en el hombre ni en el mundo. El absurdo está en el matrimonio entre el mundo y el hombre, y este matrimonio, naturalmente, no podría existir si se separan las partes. El absurdo es el matrimonio entre el llamamiento de claridad de la mente humana y la oscuridad del mundo.
El hombre, horrorizado ante el absurdo, comete el error de querer vencerlo eliminado una de las dos partes del matrimonio. Algunos eliminan al mundo, es decir, la oscuridad del mundo, y se aferran a la religión y a la filosofía que, iluminándolo con creencias de toda índole, no hacen otra cosa que negar su oscuridad, como el señor de la Iglesia Copta que me hizo una sonrisa siniestra. Y otros eliminan al hombre, es decir, se suicidan, como tantos suizos. Esto no está bien, querida vaca. No hay que negar el absurdo: hay que enfrentarlo. No hay que eliminar ni al mundo ni al hombre, por más mal que se lleven. Al absurdo no hay que matarlo sino aceptarlo: hay que aceptar que la vida es eso, es este absurdo. Hay que aceptarnos, aceptar esta incongruencia entre el deseo de la razón y el misterio del mundo, este despropósito de la nimiedad frente a la inmensidad, esta imposibilidad de sentido.
Entonces la vaca muge, como diciendo: a mí qué me importa Camus, yo soy vaca, yo no leo libros ni mucho menos los escribo, yo no tengo ningún problema con el mundo. Lo acepto, acepto a la vaca, acepto su mugido, y también me acepto a mí mismo. Acepto este absurdo, esta caminata hacia Bois de Bay que es un descampado, un descampado con algunas pocas granjas vacías atravesado por una ruta solitaria. Entonces oigo un sonido del motor rompiendo el silencio.
¿El 54? ¿Podré volver con el 54 todo el camino andado? No puede ser, lo que viene es una camioneta, una combi blanca. Pero cuando la combi blanca se acerca, veo que tiene en el parabrisas un cartel y un número: ¡54! El chofer nos mira, a la vaca y a mí, y me da tanta importancia a mí como a la vaca. Yo hablo, y la vaca muge, ¿es tan importante la diferencia? Y el 54 pasa.
Lo veo que se aleja, es el anómalo autobús de Ginebra, el que pasa tres veces al día, por una ruta en medio de un campo, y que es una camioneta de particulares. Vuelvo caminando con la esperanza de encontrar más allá otro autobús que me lleve al centro. A la vaca no la saludo, y no sé nada más de ella. Ya me había olvidado de la bise cuando empiezan a caer los copos de nieve. |
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