Salimos hacia el Coliseo, ya se sentía el calor, llenamos nuestras botellitas de agua en las fuentes publicas, ¡claro! no les comenté ese detalle, Roma antiguamente tenía un acueducto que traía el agua hacia la ciudad que estaba amurallada y se repartía por medio de fuentes públicas, algunas de ellas aun quedan, desde 300 años antes de Cristo, eso hace de Roma espectacular y mas en verano, claro.
En los alrededores del Coliseo ya se ve el típico comercio turístico, te venden de todo, postales, llaveros, Coliseos hechos ceniceros, etc., obviamente made in china y al cambio peso argentino/ euro, cada baratija era muy cara. Al pie se encuentra el Arco de Constantino, es un arco de triunfo sobre alguna batalla ganada por el Emperador que le da nombre.
Una cola importante para ingresar al Coliseo y unos italianos vestidos de antiguos romanos, se ganan unos euros sacándose fotos con los turistas. Por suerte la entrada es organizada y eso que la gente entra de a miles por hora, en grupo o solos. Alquilamos una audio guía por 4,50 euros e ingresamos. ¿Que se puede decir del Coliseo que no se haya dicho?, ¿Que es majestuoso?, ¿Qué se te arruga el corazón al ver su arena y pensar en las miles de personas que pasaron por ahí?, 1935 años después de su construcción, descubriendo que aunque el tiempo y la historia todo lo hacen cambiar, hay cosas que sobreviven al tiempo.
Teníamos ganas de ir hasta la Galería Borghese, pero nos fijamos en la guía y figuraba que cerraba a las 14hs, así que sin pausa y con prisa nos fuimos hacia allá. Tomamos el metro que era lo más rápido para cruzar la ciudad, pleno mediodía, imaginen el calor, comenzamos a recorrer la Villa, es un lujoso jardín, lleno de árboles milenarios, en su interior hay varios edificios importantes, es imposible seguir un mapa, nos perdimos, corrimos como locos por senderos preciosos, sin tiempo para admirar su belleza en detalle. La “galería” increíble. O mejor dicho, increíble Bernini y sus maravillas: su “David” literalmente me emocionó.
Ya era la hora de comer y el parque nos invitaba a repararnos en sus arboledas de los 45° de calor que estarían haciendo. Compramos pizza, ¡nuevamente! ¿Pero no estamos en Italia acaso? y la comimos sentados al lado de una de las fuentes, el agua, ¡fresquísima! . Caminamos por el parque y salimos a la Porta Pinciana, una de las tantas puertas que quedan en pie de la antigua muralla, allí comienza la famosa Vía Vittorio Venetto, cuna de la legendaria Dolce Vita inmortalizada por Federico Fellini.
Nos tomamos nuevamente el metro y volvimos hacia el Foro Romano para recorrerlo, lo primero que puede observarse es el Arco de Septimio Severo y toda la majestuosidad de los emperadores de la época, demostrando su poderío. Caminamos por la Vía Sacra, la calle principal de la Roma antigua y uno viendo todo esto no puede dejar de imaginarse a Julio Cesar o Nerón caminando por ahí.
A la noche ya habíamos planeado ir al Trastevere, un popular barrio con edificaciones medievales, el cual se transformo en centro turístico después de la Segunda Guerra Mundial. Es muy pintoresco e invita a recorrer sus calles, en algún lugar se escucha una tarantella. Gente en la calle, en los restaurantes con mesas afuera, artistas callejeros, teatro al aire libre -vendedores de chuchearías y de carteras de imitación .Paramos en un restaurante y pedimos menú turístico 13 euros….no es al cambio una bicoca, pero comimos a lo emperador Son casi las 00hs, sabíamos que a esa hora, pasaba el ultimo bus que nos llevaría hasta el hotel, por suerte el recorrido nos mostró a Roma de noche y sus monumentos iluminados, imperdible.
¡Mañana al alba nos vamos hacia Nápoles! Nuevo día en Roma, nos levantamos temprano ya que nos pasaban a buscar para ir a Capri, Viajamos por la ruta que une Roma con Nápoles viendo los paisajes de las regiones de Lacio y Campania, realizamos una parada logística en Casino, a lo lejos se ve, su famosa Abadía de Monte Casino, la cual en 1944 fue totalmente destruida por los bombardeos, luego fue reconstruida “donde estaba y como estaba “.
Al llegar a Nápoles fuimos directamente al puerto, allí nos encontramos con Pino, un típico Napolitano, que tenia el oficio de guía tatuado en su cuerpo, nos hizo entrar y bajar antes que todo el mundo de un ferry de por lo menos 500 personas que nos llevaba a la isla, nos sentó en primera clase. Durante el viaje pudimos ver la Bahía de Sorrento, soñando con un viaje romántico en auto descapotable por la costa Amalfitana…
¡Llegamos! Que emoción nos albergó, estábamos en Capri, ya podíamos ver la belleza de la picola isla, casitas pintadas de colores pastel, bellísimas. Y se venia la hora del suspenso, el momento de la verdad ¿Podríamos visitar la Grotta Azzurra? “Chi lo sa”. Porque según la altura de la marea podría no haber sido….pero fue. De pronto nuestro turno, hay que sentarse en el piso de un bote y luego para entrar se debe uno recostar hacia atrás ¿Se entiende?
La gruta es oscura, no muy grande y de pronto el botero que dice “mira hacia alla“ y el agua apareció iluminada desde abajo con una luz celeste sobrenatural, pienso en quien hace más de un siglo atrás se encontró con este milagro, lo que debe haber sentido. Maravilloso. La vuelta por la gruta es breve, el botero dentro cantó una estrofa de “Santa Lucia, al salir, nobleza obliga había que dejar propina.
Regresamos hacia el puerto navegando en lancha sobre un mar azul marino intenso y limpio para subir en unos buses mínimos a Ana Capri. Zigzagueando como locos, llegamos a destino para comer. Luego paseamos por esa arquitectura típica del mediterráneo, luminosa, apretada, llena de flores, con callecitas curvas y una iglesia cada tres metros…
Capri, nos encantó, da para quedarse y disfrutar del mar. A descansar, el día había sido largo, y los ojos llenos de recuerdos. |
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