Volvimos de las vacaciones en Santiago, contentos, llenos de cuentos y de experiencias nuevas. Los nenes han disfrutado muchísimo, aprendieron a esquiar y conocieron la nieve, que era una de sus grandes expectativas.
De mis andanzas por el blanco elemento solo les diré que tiré unos cuantos pesos chilenos en equipamiento y que bajé de la montaña prendida como una garrapata del instructor, para nunca más volver. Lo mío, desde mi metro cincuenta lo digo con propiedad, no es la altura.
Como algunos saben, fuimos a visitar a nuestros primos, que se instalaron en marzo en Isla Negra, 3 de Julio Nunca me consideré una persona testaruda, aunque hay un montón de insensatos que conozco que dirían lo contrario. Sin embargo, conocer Isla Negra, la casa de Neruda, se convirtió en una idea fija ni bien supe que vendría a Chile. Allá fuimos. Yo pensé que era al sur, pero es al este de Santiago. Está cerca de un pueblito…o el pueblito se formó cerca de ella, no se. Está ahí, convertida en museo, recorrida diariamente por cientos de personas, que nos robamos un poco de ese espíritu, que nos llevamos ese aire con olor a barco en los pulmones, esa gota de océano Pacífico, ese puñado de arena en los bolsillos.
Cerrás los ojos, sentís el crujir de la madera bajo tu paso, podés imaginártelo escribiendo sobre el escritorio hecho con un pedazo de barco salvado del mar, comiendo en esa mesa redonda y generosa, caminando entre mascarones de proa que añoran el mar gris que entra por la ventana o entre su colección de insectos o piedras de colores, sentado al fuego rodeado de esos libros que el salitre mudó a la Chascona en Santiago. El dormitorio parece un altar con la cabecera de la cama hacia el oriente como los místicos, con el mar a los pies, como el resto de la casa. Una casa hecha de a pedazos, hecha con retazos, con hallazgos, llena de colores y de historias.
Una casa donde uno puede verlo, parado en la baranda, sintiendo el mar rugir, viendo las algas que ennegrecen las rocas, con el viento en la cara y los ojos entrecerrados. Me abandoné en una roca, en la arena húmeda, la miré desde abajo y entonces comprendí a Cortázar, cuando decía de Neruda que “sus casas son la prueba de que ninguna sustancia, ningunaflor había entrado en sus versos sin ser lentamente mirada y olida, sin darle y ganarse el derecho a vivir siempre en la memoria de los que recibirían en pleno pecho esa poesía de encarnación verbal, de contacto sin mediaciones”.
Farellones, 6 de julio Finalmente llegamos a este lugar, rodeado por los Andes, luego de subir 2500 metros diabólicamente distribuidos en 40 curvas de 180°. El día fue una fiesta de sol y nieve. EL atardecer, un regalo conmovedor. Muchas veces sentada frente al mar he sentido este avasallamiento: hoy sentí que el mar se había hecho piedra frente a mi, con la nieve como espuma. La nieve. Como tantas otras cosas, no es como la imaginaba, pero tiene razón el cantor cuando dice que es lo más blanco que hay. Subimos al Cerro Colorado, que es blanco por donde lo mires, por un camino angosto y serpenteante. Solo el abrazo del paisaje pudo abstraerme del terror de los precipicios.
Estamos en un refugio de montaña, muy cálido, con una terraza a la Cordillera desde donde puede verse La Parva, un pueblito colgado de la montaña. Hacia el otro lado, en el valle, bajo una nube de smog, se adivina Santiago. Hace un rato nos sentamos a escuchar el silencio de la montaña. El lugar es sobrecogedor. Me quedaría sentada en esta terraza a ver cómo cae el sol sobre cada recoveco, a escuchar como corre el río que pasa y no se ve, a sentir este silencio de fondo. Todo es nuevo para el cuerpo. Los ojos y los oídos no se acostumbran al paisaje, a percibir en cinemascope para no perder detalle.
El olor… creo que no huele. Apenas 2500 metros más abajo la nariz es bombardeada por el combustible quemado y acá no siento nada. Es como estar suspendida en el aire, es como ser parte de la montaña, como el camino, como el sol que colorea, como el cóndor que se abandona al aire. Santiago, 8 de julio. Volvimos a Santiago, la de las puertas lindas y los perros abandonados. La ciudad va mutando en cada barrio, en un gesto esquizofrénico muestra una cara distinta cada vez. Así camino por Paseo Ahumada y parece que todo Santiago estuvo allí, corriendo para un lado y para el otro, entre tiendas de zapatos. Camino un poco más, alrededor de La Moneda, con su cambio de guardia y los carabineros convertidos en atracción turística.
Me paro en frente e imagino. Los versos de Pablo Milanés me nacen solos. Afortunadamente este Santiago ya no es el mismo. Camino más, edificios imponentes de otras épocas, con sus puertas gigantes y doradas. Los niños corren palomas en la Plaza de Armas, entre los evangelistas que recitan sus credos a viva voz, entre ajedrecistas y pintores. Todo alrededor se venden bolsos. Santiago nos ha recibido con días de sol, que se cuela persistente a través de la nube y nos abriga. Podemos caminar por estas calles, subir los cerros y contemplar la montaña que se impone a la ciudad. Estas montañas que se cuelan entre los edificios, que aparecen maravillosas a la vuelta de una esquina, que les dan este clima casi sin viento, asombroso para las acostumbradas víctimas de la sudestada, son las mismas que los sofocan, creando un aro en el que se concentran todos los gases de los autos, de las industrias, de las calderas de calefacción. Esa nube que solo los abandona después de una lluvia intensa, muy de vez en cuando.
Caminamos por Avenida Providencia y por 11 de Setiembre. Son las 7 de la tarde y las vidrieras fulguran y todo el mundo parece estar comprando algo. Los barcitos comienzan a llenarse. Providencia adentro es un mundo aparte: edificios bajos o casas, árboles por todos lados. Las calles tienen nombres que evocan olores y colores: El Vergel, El Bosque, Las Dalias. Estamos cerca del bullicio pero hay silencio. Un santiaguino decía ayer, que uno puede andar 10 km sin ver un pobre en Santiago. Y no es que no los haya, pero la ciudad está fragmentada. Da la impresión de que las cosas y la gente no se mezclan. Hay una campaña para acabar con los campamentos en el metro. En Valparaíso, por ejemplo, los pobres cuelgan de las montañas, en casitas que, de lejos, parecen pintorescas.
Santiago, 13 de julio La gente no me ha parecido muy distinta, abstracción hecha del tono de voz y ciertas palabras que nos causan la gracia de la ignorancia.
Es muy divertido dejarse llevar y encontrarse “al tiro nomás” cantando las frases, mimetizándose con la ciudad. Empiezo a hablar con la gente y descubro, como siempre, mundos fascinantes y distintos, hechos de cuevas y meandros. Que te parece la palabrita? La aprendí en la escuela, una vez, hablando de no se que río y no la había vuelto a usar en mi vida. Un taxista contaba, haciendo apología de la política exterior del “Pinocho”, cómo habían minado la frontera, otro, que me tomó a las puertas del Sheraton y me cobró el doble por el viaje, no por eso renegaba de su espíritu evangelizador y me explicó que los hijos son como las flechas del carcaj, que un día lanzamos a la vida y dejan de pertenecernos, pero que el día del juicio tendríamos que rendir cuentas por la puntería. La seguridad pública es algo de lo que se sienten orgullosos: Santiago, la capital más segura de Latinoamérica.
El almacenero hacía alarde de la incorruptibilidad de los carabineros, de su vocación de servicio y lo decía con una confianza que me generaba un sentimiento extraño entre la compasión por su inocencia o envidia de que fuera realmente cierto. La corrupción no es un tema extraño, presente permanentemente en las páginas de los diarios: no parece haber grandes escándalos, pero discuten todo el tiempo sobre nepotismo, por ejemplo, en el plano jurídico y ético, con una altura que me pareció destacable, tal vez por la falta de costumbre. La estrella de mis vacaciones fue la “jueza Express”, que dictó 700 sentencias en una semana, se supone que para ganarse un bono de productividad. Como es muy linda y está toda retocada, están averiguando si alguno de sus fallos benefició a un cirujano plástico muy conocido del que es clienta. No me vas a decir que no es un escándalo paquete: nada de sobresueldos, coimas o cosas de mal gusto, apenas un retoquecito con botox o una levantadita de párpados.
Ni bien entramos a Santiago me sorprendieron los muros con los graffiti: liberar a los presos políticos. En la Moneda conocimos unos periodistas que nos explicaron un poco sobre el tema. Conocimos también estudiantes universitarios, viajeros belgas o guías americanos que cuentan en inglés, frente a la Plaza Constitución, la misma historia que le estoy contando a Catalina. Fue divertido cuando seguimos dentro de la Moneda a un guía peruano, pensando que nos haría una visita guiada e inmediatamente nos sacó del edificio.
Lo seguimos unos cuantos pasos hasta que se detuvo y nos hizo ponernos en círculos a su alrededor. Muy serio, como si fuera a decir un discurso, preguntó: Alguien quiere trocar? Ahí nos dimos cuenta de que estábamos en medio de una excursión de brasucas, que, por cierto, son como los japoneses en el Louvre, andan por todos lados. Conocimos a Robert, un alemán que sube a la montaña desde el año 46, en que llegó a Chile. Imaginate mis cálculos mentales, las relaciones que hice en un segundo. Evidentemente por mis ojos delatores se colaron el asombro y la prevención y el hombre se sintió en la necesidad de aclarar que el padre era solo un soldado, como casi todos los jóvenes en la Alemania nazi.
Conocimos también a Pedro, que nació en la montaña igual que Clemente, que me invita un cigarrillo en la noche silenciosa de Farellones y me cuenta de glaciares incas y desprendimientos. Escribo sus nombres para no olvidarlos. Nunca había conocido gente de montaña. No es que sean distintos de nosotros, pero el amor que sienten por el lugar que eligieron para vivir, la forma en que hablan de su belleza, cómo respetan sus desafíos, como reconocen sus señales, cómo aceptan compartir esto con otros, como nosotros, atraídos por la novelería pero ignorantes de todo… eso los transforma, les pone un brillo especial en la cara. Y ahí uno piensa que conocer algo es la derivación perfecta de amarlo.
Todo el mundo en Santiago, salvo la gente que conocimos en la montaña, desde los taximetristas, pasando por la mamá con la que charlé en la plaza, el encargado de la oficina de turismo o el conserje del edificio, cuando les pregunto a dónde ir, contestan, invariablemente: y…tienes Parque Arauco o el Alto Las Condes, allí hay hartas tiendas…
Es decir, te mandan al shopping! Es que el consumo en esta ciudad es impactante: un día de semana, tres de la tarde, no podés caminar entre las bolsas de la gente, las plazas de comida abarrotadas, los estacionamientos enormes y carísimos colmados, los embotellamientos por todos lados, los autos nuevitos”de paquete” dijera el nunca bien ponderado Don Francisco, que acá es casi un prócer.
Dentro del JUMBO, que tiene dimensiones inhumanas, hay una cafetería!
Es que a uno de repente, al ver estas concentraciones de gente, me ha pasado lo mismo en otras ciudades grandes, se le viene la aldea encima y se siente perdido, abrumado por el número. Mientras escribo se han hecho las 9 de la mañana y el cielo deja entrever algunos espacios celestes entre los picos nevados.
Te conté que hay una araucaria altísima recortada en la montaña?
15 de julio Después de un día de lluvia, finita y persistente, salió el sol en Santiago. Ayer las montañas no estaban y la ventana perdió todo su encanto. Cada tanto me asomaba, como reclamando el milagro, y nada. Hoy me desperté temprano y con la ansiedad de quien espera a los Reyes, corrí al ventanal: toda espera tiene su recompensa. Parece que nevó en la cordillera y el paisaje es aún más impactante porque el blanco cubre la montaña hasta la mitad. La nieve se confunde con las nubes que la miran desde el cielo y con la niebla santiaguina que avanza desde el valle. Te dije ya que mirar la montaña es como mirar el mar?
Es tarde ahora. Mañana volvemos a Montevideo. El cielo no está absolutamente despejado pero logro ver algunas estrellas. Los ojos se acostumbran a la oscuridad y empiezo a divisar algunas luces que suben por la ladera. Una sombra, un poco más oscura que la noche se recorta en el cielo. Es la cordillera que, a modo de despedida, deja que la vea. |
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