Trancones, mercados de frutas, pitos y desorden es lo primero que veo al llegar a La Paz por una entrada llamada El Alto.
Desde allí se puede ver toda la ciudad muy grande y un poco grisácea –a mi juicio- que sorprende en su ambigüedad porque desde arriba, las siluetas de algunos edificios me causan curiosidad pero no logro descifrar si tiene todos los componentes de una ciudad capital o simplemente es como una pequeña ciudad intermedia. Llegué sola luego de estar en Copacabana rebelándome de los ritmos de viaje apresurados de mis compañeros que deseaban llegar rápidamente a La Paz por diferentes razones y me recibió un caos impresionante.
Tomar un taxi hasta el hostal valía lo mismo que ir de Copacabana a La Paz en un trayecto de 4 hrs., así que decidí echarme la mochila al hombro y caminar aproximadamente 20 cuadras hasta allá. De El Cementerio al hostal me encontré con comercio desperdigado por los andenes, venta de esencias y amuletos (ovejas disecadas) para la buena suerte, mercancía de contrabando, artesanías, ropa… todo en bajada y subida, pues La Paz está a 3.800 mts. de altura.
Mi primer encuentro con los paceños fue un poco decepcionante; al no llevar la dirección exacta del hostal, tuve que preguntar uno por uno (con la mochila de 60 lts. en la espalda y una llovizna incómoda) en casi cinco cuadras a la redonda y realmente, la cordialidad no fue una nota predominante. Sin embargo, como los mochileros siempre corremos con suerte, en el camino me encontré con un par de franceses que por casualidad conocían a mis amigos. Llegué al Solo cama, (uno de los hostales más sucios y de dudosa reputación en los que he estado) y estaban todos mis compañeros; qué bueno… abrazos, besos y unas horas más tarde fiesta!!!
Al grupo se habían unido Joan Sebastian, Emanuelle y Pascal, tres canadienses de Québec, amigos de Steve, -que ya viajaba desde hacia un mes con nosotros- y en la noche también se habían unido un peruano, una suiza (que está recorriendo el mundo por un año) y un chileno más. Así, felices salimos por las calles de La Paz con el tambor de Joan Sebastián hasta llegar a la Plaza del Estudiante –uno de los lugares más céntricos- y armamos tremendo carnaval. Justo ahí en medio de la fiesta tuve mi segundo encuentro con los paceños, pero esta vez mucho más grato.
El tambor sonaba, todos bailábamos (y los que me conocen saben como bailo en una rumba), cantábamos, reíamos y por ahí pasaba un chico con una guitarra al hombro acompañado de su novia, entonces surgió una sorpresiva invitación: “ven boliviano, únete a la fiesta, ven”. Él miró a su novia, ella sonrió, luego dijo tímidamente “no” con la cabeza, dio tres pasos más hacia delante y de repente, retrocedió, abrió la guitarra y se echó a tocar y a cantar.
Más tarde, de un hotel bastante prestigioso ubicado al frente de la Plaza del Estudiante, descendieron tres quinceañeras muy elegantes con vestiditos rosa y tacones, con ganas de unirse también a nuestra fiesta poco glamurosa pero muy animosa, sin embargo, el encargado de logística del hotel se las llevó enseguida.
De allí nos fuimos a muchos bares, coreamos canciones de rock suramericano, recibimos invitaciones etílicas de varios paceños y yo por lo menos, me reconcilié con ese pedacito de ciudad que apenas conocía, pero que ya me empezaba a gustar… |
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