Salimos por fin, después de vivir momentos de incertidumbre por algunos patrocinios, que tardaron más de lo contemplado originalmente, con rumbo a Tapachula. Por vez primera la lluvia acompaña el recorrido.
Altos pinos de enhiestos troncos escoltan el rodar del automóvil. Oficinas del Instituto Mexicano de Inmigración pueden observarse con mayor regularidad. Siguiendo el cauce del río Suchiáte, las casitas se aferran con pies y manos a los montes que las resguardan.
Hasta los muertos sienten miedo de resbalar por la falda de la montaña. Tapachula: la otra frontera de México. Todo parece estar en calma, aunque aquí y allá escuchamos recomendaciones para evitar encuentros indeseables. Con todo, decidimos descansar en la ciudad.
En la frontera de Guatemala los gestores (en Nogales los llamamos coyotes), aparecen por doquier, dificultando la realización de los trámites migratorios. Una vez dentro del país sorprende la aparición de gasolineras norteamericanas: Shell, Texaco, Chevron. La gasolina probablemente sea de mejor calidad, sin embargo no es muy barata. Ventajas y desventajas de un petróleo controlado por el Estado.
La Antigua es una ciudad colonial de calles empedradas. Víctor, un amable paisano que la fortuna hizo coincidir con nosotros, se ofreció para mostrar los sitios representativos del lugar: la antigua universidad de San Carlos, El exconvento de Santo Domingo, el edificio de la primera imprenta.
Paseamos del brazo con Doña Beatriz de la Cueva, recorremos claustros, patios abiertos, escuchamos a Fray Pedro el beato: “Sólo un alma tenemos, y si la perdemos…” Regresión temporal; instantes del pasado que laten en la memoria. Gracias a la generosidad de Víctor, pasamos la noche en su casa para partir a la mañana siguiente muy temprano, con dirección a El Salvador.
Nos despedimos con la promesa de dedicar más tiempo a Guatemala en la próxima visita. Los dos volcanes guatemaltecos dicen adiós por su cuenta: humo sagrado, reflejo escondido; volcán de fuego, volcán de agua: elementos opuestos de energía originaria. El Salvador obliga también a ciertos trámites burocráticos, engorrosos pero relativamente rápidos.
Ya de nuevo en el trayecto, playas de arena negra, volcánica, atrapan la vista costa abajo. Debido a la preocupación por fechas y horarios de la salida del contenedor para el vehículo en Panamá, pasamos de largo este pequeño país.
Justo a la entrada de Honduras, fuimos sorprendidos sin el cinturón de seguridad por un oficial hondureño. Tuvimos la necesidad de ayudarlo a ayudarnos, no hubo otro remedio. El papeleo de ingreso resulta lento, mal organizado, caro… ¿Alguien extraña las dos horas de fila para entrar a Nogales, Arizona. Cambio radical en la puerta de Nicaragua. El trámite es gratuito, sencillo, buen augurio de lo por venir. A la orilla de la carretera, el lago de Managua toma presa la mirada. Con su playita poblada de arbustos y sonido de mar chiquito.
Granada. Ciudad colonial, renacida de las cenizas como ave fénix. Los edificios fueron reconstruidos luego del incendio provocado por William Walker, con apego a un estricto canon para conservar la estructura original. Cenamos un platillo típico regional: yuca, plátano frito, morcilla, chorizo, chicharrón… algo de castigo para el estómago.
Frente a La Casa de los Leones se puede leer la siguiente inscripción: “Dale limosna mujer / que no hay nada en el mundo más triste / que ciego ser / y estar viviendo en Granada. Pronto estaremos en contacto.
Adiós, y hasta donde América nos permita encontrarnos de nuevo.
Más relatos de este viaje en http://www.xamerica.com.mx/blog/
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