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Azules de México - 2ª parte

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Piramides

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heraldica
14/02/2008


Jueves 4 de octubre: COZUMEL

A las 7 de la mañana ya resplandecía un sol de justicia, y antes de tomar el primer bocado, nos pegamos un baño en las aguas caribeñas con crema solar protectora del 45!. Era increíble la temperatura que hacía en pleno mes de octubre. Después, para seguir sufriendo, fuimos a una terraza que había muy cerca del hotel, donde nos desayunamos con zumo natural de varias frutas y unos huevos revueltos “venenosos” con espinacas, cebolla, jamón y queso pa´chuparse los dedos y el brazo entero!!! Qué bueno estaba todo, y qué bello era vivir en momentos como este. Había que llenar el cuerpo de energía para bucear más tarde por el que dicen es el segundo arrecife de coral más importante del mundo, después del de Cairns en Australia.

Desde los hoteles de Playa del Carmen se ofrecen excursiones a Cozumel, pero nosotros lo hicimos todo por nuestra cuenta y nos salió muchísimo mejor de precio. El billete de ida y vuelta en el ferry a la isla Cuzimal en idioma maya “Tierra de las golondrinas”, nos costó 170 pesos, unos 11 euros. Luego una vez llegados a la isla a pie de barco, había un montón de empresas que ofrecían excursiones para salir en barcas a bucear, mejor dicho a “snorquear”. (El palabro es un anglicismo asimilado por los mejicanos, pero para que todo el mundo lo entienda, es bucear con aletas, gafas y tubo de plástico, como de toda la vida de Dios!). Nosotros elegimos el último stand que se llamaba “la abuela” y por 250 pesos (unos 17 euros), la excursión incluía la parada para bucear en 3 arrecifes, bebidas, y guía en castellano y en inglés. Era todo por y para los yankies una vez más, pero teníamos que pasar por ello, estábamos en la clara minoría. Lo que sí estaba claro es que nos habíamos ahorrado 20 euros cada uno, buscando la excursión por nuestra cuenta. Y no fue nada difícil, el embarcadero en Playa del Carmen no tiene pérdida y en Cozumel tampoco.

Ahora con la perspectiva del tiempo, puedo (aunque ya lo pensé en su día) confirmar que la experiencia fue inolvidable, única e increíble!!!!. Nunca pensé que el bucear en aguas cristalinas, y nadar junto a peces de todos los colores y estrellas de mar, me pudiese gustar tanto. Alucinante!!! . Salimos puntualmente a la 1 de la tarde, y aunque llovía bastante, enseguida se despejó el cielo y nos metimos mar adentro, en la barquita capitaneada por un mejicano de ojos verdes y un guía majísimo que nos enseñó a ponernos adecuadamente la máscara y el tubo (todo en esta vida tiene sus misterios). Nuestros compañeros de viaje eran en su mayoría parejas de jóvenes “made in USA” recién casados, y otra pareja también del Norte de Río Grande, pero de más edad, casi octogenarios. La anciana en cuestión no pesaba más de 40 kilos, y todo en ella eran arrugas, pliegues y humo que salía sin parar de su boca fumadora. Era un “crack”!, la tía. Abría las botellas de cerveza con su abridor personal y entre cigarrillo y cigarrillo, saltaba al agua para snorquear con una agilidad pasmosa.

En las tres paradas que hizo la barca para ver distintas zonas del arrecife, pudimos ver peces payaso, estrellas, abanicos de mar y un sinfín de especies que yo pensaba que sólo existían en los reportajes de Jacques Cousteau!!! Más tarde, nos enteramos de que precisamente fue en estas aguas y en este arrecife de Cozumel, donde tuvo anclado su barco callypso, el famoso comandante francés, Jacques Cousteau, para realizar sus estudios científicos. Cuando por fin llegamos a tierra, casi 3 horas más tarde, seguíamos “flotando en una nube” como si acabáramos de formar parte de una película de Walt Disney. La última bocanada de humo de la ancianita, en la despedida, directa sobre nuestras caras, nos devolvió a la realidad.

A las 6 de la tarde teníamos previsto volver en ferry a Playa del Carmen, pero antes, y después de nuestra aventura marina, nos rendimos un homenaje gastronómico. Ya estábamos un poco hartos de comer tacos, burritos y carne en general, y sucumbimos a la tentación: una parrillada de pescado, con langosta incluida, en un restaurante un poco alejado del centro turístico. Buenísima y a muy buen precio! Langosta fresca a precio de sardina, cervecita fresca, sin agobios de turistas y con un servicio amabilísimo, ¿qué más podíamos pedir?.

Yo personalmente para acabar el día en Cozumel, hubiera deseado no verme “atacada” por los gritos estridentes de las americanas con unas copas de más. Es increíble el timbre de voz que tienen algunas, directamente proporcional al consumo de alcohol. En Cozumel, atracan muchos buques de cruceros y hay que ver a los yankis desembarcar, comprar compulsivamente en las tiendas y beberse todo lo que tenga más de un grado, mientras cantan, bailan, y hacen el payaso con globos de colores en la cabeza. Increíble, pero cierto!

Joyas de plata, productos de lujo (en la isla no se pagan impuestos) y artesanía mejicana. Tampoco era cuestión de no sacar el mejor invento del mundo de la cartera. Y la visa, pues volvió a quemar, volvió a dejar huella de nuestro paso por la isla, porque era claramente un caso de vida o muerte, no había más remedio que gastar, gastar y gastar. Menos mal que el barco llegó puntual y no nos dio opción a seguir gastando. ¡Salvados por la campana, digo, la sirena!

El sol cegador de la mañana había dado paso, a estas horas de la tarde, a un cielo naranja, casi incendiario. Dejamos las bolsas de las compras en la habitación y sin pensarlo dos veces nos fuimos a bañarnos a las aguas increíblemente templadas del Caribe. Esas mismas aguas que horas antes nos habían regalado uno de los mejores momentos del viaje, dejándonos nadar junto a los “vecinos” del fondo del mar. No había gente en la playa, ya era de noche, y sólo algún “pirao” como nosotros se bañaban a la luz de la luna, como Dios nos trajo al mundo, pero fue otra experiencia “religiosa” inolvidable: bautizo de baño integral en aguas caribeñas sin más ropa que nuestra piel! . Nos costó salir del agua, pero era nuestra última noche antes de seguir ruta hacia el sur, y decidimos volver a la taquería del día anterior, al Fogón, para rematar un día genial. Así lo hicimos, y así nos despedimos de Playa del carmen. Al son de las “mañanitas que cantaba el rey David”, interpretado por un dúo que amenizaba la terraza de un bar en donde nos tomamos sendos tequilas para olvidar….que nos teníamos que despedir de este lugar paradisíaco. Pero tampoco era cuestión de ponerse tristes, porque lo que aún nos esperaba en Tulum y en Yucatán no nos iba a defraudar.

Viernes 5 de Octubre: Xel-ha y Tulum

Desde Playa del Carmen hasta Tulum, teníamos por delante más o menos 60 kilómetros. Volvimos a desayunar en la terraza del “100% natural” un zumo que rezumaba vitaminas y unos huevos revueltos de los que resucitan a un muerto. Habíamos oído hablar de Xel-Ha pero tampoco sabíamos del todo lo que nos íbamos a encontrar allí. En el camino, volvimos a ver varios “resorts” de lujo, en su mayoría de capital español. A las 10 de la mañana llegamos a esta macro – instalación de selva “tocada” por la mano del hombre. En realidad, “Xel-ha” que significa “donde nace el agua” consiste en un gran acuario, donde la gente puede, nadar, bucear, snorquear, jugar y volver a ser niño a cambio de los 42 euros que cuesta la entrada.

En la entrada se incluye la comida y las bebidas sin límite en cualquiera de los restaurantes y terrazas que hay en el recinto, el uso de bicicletas para recorrer todo el parque, y el uso de todas las instalaciones: flotadores, lianas, gafas, aletas y tubos de snorquel, previo depósito de 200 pesos, que se devuelve al final de la jornada, cuando se retornan las gafas y las aletas. (El tubo lo regalan al salir como recuerdo de Xel-ha).

Nada más entrar en el parque, a mano izquierda vimos el “delfinario”, donde la gente (pagando un suplemento) puede nadar con los delfines. Nosotros optamos por subir al tren que nos condujo hasta el inicio del río que va a desembocar al mar. Desde el primer momento, fuimos testigos de escenas inolvidables. Para empezar y antes de vernos disfrazados de peces globo, con nuestros flotadores, chalecos salvavidas, gafas, tubo y aletas (lo siento pero las fotografías están vetadas), nos encontramos con un pobre hombre español que preguntaba en el guardarropía si tenía que quitarse los calcetines. Formaba parte del conjunto “todos con pulserita”, “todos nos movemos juntos” y “todos dormimos en el mismo hotel”. Una vez más los marcianos “por libre” éramos nosotros.

Escenas de reír por no llorar, cuando la gente intentaba caer en plancha sobre los donuts-flotadores, intentando mantener el tipo con los flotadores, y toda la parafernalia… Un circo!
Lo bueno fue que nos reímos muchísimo y lo pasamos “padrísimo”!!!. Poco a poco, fuimos nadando, flotando y buceando hacia la apertura del río al mar. Las aguas no eran tan cristalinas como en Cozumel, y aunque las comparaciones son odiosas, los peces de colores no se veían tan nítidamente como el día anterior. Demasiada gente, demasiados flotadores y demasiados turistas asustando a los pobres pececillos. Cuando llegamos a la parte más abierta del gran acuario, paramos un rato para comer en el restaurante de buffet libre que estaba hasta la bandera de gente, arrasando y sirviéndose comida sin límite, como si fuese el día del Juicio Final. Uno de esos momentos en los que da vergüenza pertenecer al género humano.  Menos mal, que pronto salimos de allí y nos “brindamos” una siesta debajo de un cocotero, con un cigarro en una mano y una “margarita” helada en la otra. ¿Qué más podíamos pedir a la vida? Sólo una cosa, encontrar un buen sitio para dormir esa noche en Tulum. Y aunque tuvimos alguna que otra aventura, al final lo conseguimos, un trozo de paraíso en la tierra!

Después de la siesta recorrimos el parque andando y por caminos escondidos, por donde no pasaba nadie, fuimos viendo varios cenotes, más o menos espectaculares. http://es.wikipedia.org/wiki/Cenote. Desde que llegamos a Méjico habíamos oído hablar de esta especie de piscinas naturales, ocultas en las grutas. En el parque de Xel-Ha por fin vimos alguno de ellos, y más tarde en nuestra ruta hacia Mérida, también veríamos más.
A las 5.30 de la tarde cerraban el parque, y de repente, nos dimos cuenta de que casi éramos los últimos en abandonarlo. Al volver de nuestro paseo ya no había nadie, y después de cambiarnos, de recoger el tubo de snorquel que nos dieron de recuerdo, y de leer alguna que otra horterada en el libro de visitas, tales como “Demos gracias a Colón por habernos acercado al pueblo de Méjico”, salimos de Xel-Ha en nuestro súper “buga” hacia Tulum, un lugar del mundo, del que había oído hablar mucho, y al que tenía unas ganas locas de ir.

En Tulum, lugar famoso por sus ruinas mayas que se encuentran a orillas del mar, nos habían recomendado dormir en algún hotel que tuviese cabañas en la playa para pasar la noche. Yo reservé en uno de estos hoteles, pero cuando llegamos a la recepción, no tenían registrada mi reserva. Había sitio, no era ningún problema por falta de habitaciones, pero sí que fue otro golpe de buena suerte, porque después de ver las habitaciones de este hotel, y de buscar otros sitios, cuando ya era casi de noche, encontramos una habitación de la que me enamoré literalmente cuando la vi. Era una habitación enorme, como una gran cabaña, con techos de paja, y decoración autóctona. (ver fotos). Me hubiese quedado a vivir allí el resto de mis días. Al principio el chico del hotel nos pedía 1300 pesos (creo que notó en mi cara lo que me gustaba esa habitación). Le dijimos que era caro y que nos lo teníamos que pensar. Cuando regresamos, nos bajó el precio a casi la mitad, a 750 pesos (unos 50 euros) ya que él sabía que lo que nos pedía al principio era un robo a mano armada. En temporada baja, y con el hotel casi vacío, no podía dejarnos escapar.

No puedo describir con palabras la noche que pasamos allí, en ese rincón del paraíso. El único ruido que se escuchaba era la brisa del mar, un mar que esa noche estaba bravío a causa del fuerte viento que no amainó hasta la madrugada. La mosquitera de la cama se movía al ritmo de la brisa marina y las hojas de las palmeras no dejaban de ulular como si fueran búhos perdidos en una selva mágica. Fue increíble e inolvidable. El hotel se llama “luna maya”, y desde aquí lo recomiendo, sobre todo su “sky suite”. https://lunamaya-tulum.com/rooms/sky/. Para los que quieran dormir en una cabaña menos sofisticada y a un precio mucho más asequible, hay otras opciones. Hay cabañas para todos los gustos. Desde las tan austeras, que ni el sub- comandante Marcos dormiría en ellas, hasta las más sofisticadas, como las del Blue Tulum: donde los precios no bajan de los 300 euros por noche! http://www.eurostarshotels.com/ES/hoteles-en-mexico-tulum-eurostars-bluetulum.html. Sea donde sea, Tulum es un lugar de la Riviera Maya a no perderse por imperativo legal!

Sábado 6 de octubre: Tulum-Valladolid- Chichen Itzá – Progreso- Mérida

No fue precisamente una noche tranquila, a causa del oleaje pero tampoco nos importó. Cuando nos despertamos, con un sol radiante que resplandecía ya a las 7 de la mañana, nos esperaba una mesa frente a un mar ya más calmado. Yo no podía de dejar de mirar el color azul turquesa del agua, tan limpio, tan puro y tan descaradamente bello. No pudimos evitar la tentación de bañarnos en esas aguas antes de desayunar. Ese mismo día nuestra ruta nos llevaría al interior, a Yucatán, así que teníamos que aprovechar las últimas horas junto al mar. Después de desayunar, mano a mano, y con la única compañía del mar y un camarero, cogimos el coche y nos fuimos a ver las famosas ruinas de Tulum.

Hay que andar unos 300 metros desde el parking hasta la entrada principal y a las 10 de la mañana el sol pegaba sin remisión. Una vez más nos pusimos a imaginar cómo sería ese mismo paseo en pleno mes de agosto. La entrada, como en el resto de museos mejicanos cuesta 45 pesos (unos 3 euros). Nos unimos enseguida a un grupo de italianos que iba guiado y cuando llegamos al centro de las ruinas, justo al lado de la pirámide principal (la que sale en todas las fotos) que cae al mar, nos disgregamos del grupo y bajamos hasta el mar. La arena era tan blanca que nos cegaba y el agua de un turquesa indescriptible invitaba al baño. Mi querido esposo así lo hizo, no lo dudó ni un momento, se quitó la ropa y se tiró al agua como si unas fuerzas sobrenaturales tiraran de él. A mí me dio mucha envidia, pero me contuve, tampoco era cuestión de que nos llevaran al cuartelillo por escándalo público! . Cuando salió del agua, no daba crédito, gritaba para quien quisiera oírle que había sido el mejor baño de su vida. Y no me extrañó su alegría, porque uno no se baña todos los días en ese mar y con las ruinas mayas de Tulum cubriéndote la cabeza. (ver fotos). Las iguanas hieráticas que abundaban por la zona, también fueron testigos mudos del baño de su vida. Una de ellas hasta nos guiñó un ojo!

Con el pelo mojado y la ropa más o menos seca, recorrimos el resto del enclave arqueológico, que tampoco es muy grande, y salimos a coger el coche para continuar nuestra ruta hacia la península de Yucatán. En ese preciso momento, surgió uno de los momentos angustiosos del viaje, de esos momentos surrealistas que uno no cree que puedan darse. De repente, con el desfase horario nos entró la duda de si ese día era sábado o domingo, víspera de nuestra vuelta a España. Preguntamos a dos personas y nos dijeron que era domingo. Yo no entendía nada y tampoco quería que nos sucediera lo mismo que nos pasó en Las Vegas, dos años antes, cuando nos confiamos que aún nos quedaba un día más de estancia en la ciudad de los casinos, y resultó ser que no!.

Yo juraba que no, que tenía que ser sábado y que aún nos quedaban un par de días hasta nuestra vuelta a España. No había periódicos, y todo empezaba a ser una pesadilla, porque nadie nos sacaba de dudas, al contrario. Finalmente, un señor nos confirmó que efectivamente era sábado y no domingo. Yo lo volví a preguntar al menos 2 veces más para asegurarme y al final nos convencimos de que no era domingo. Nos empezamos a reír cuando ya nos tranquilizamos, pero ese momento “tensión” fue realmente angustioso.

Ya calmados, salimos de Tulum en dirección a Valladolid. La carretera era también una línea recta hacia el infinito, con algún bache que otro, pero bastante transitable. Nuestro “chevy” se portaba bien, y agradecimos durante toda nuestra aventura el haberlo alquilado con aire acondicionado. A los lados de la carretera, íbamos dejando atrás, algunos poblados de indígenas, con sus casitas de colores, sus hamacas de hilo colgadas entre los árboles y sus niños correteando y sonriéndonos al pasar. Me recordó mucho a la India, a esos niños de ojos grandes y sonrisas abiertas que saludan al extraño. (Sonrisas sinceras y genuinas, aunque haya gente que no crea que los pobres del mundo puedan ser felices y sonreír de verdad) Qué equivocados estamos los “realmente pobres de espíritu” del primer mundo!!!!

Hasta nuestro destino, Mérida, la capital de Yucatán, había 270 kilómetros de distancia. Entre Cancún y Mérida se puede recorrer esta distancia en autopista, pero a la ida preferimos ir por el Sur, pasando por Valladolid y Chichen Itzá. La ciudad homónima de Valladolid no tiene gran interés turístico. Una plaza central de estilo colonial, con la catedral y el ayuntamiento en los flancos, y algunas calles con casas de colores, que a esas horas del día estaban bastante animadas. Estacionamos el coche en la plaza, y nos dimos una vuelta por la plaza y la catedral en honor a San Gervasio. Un templo bastante austero, por cierto, donde había un par de personas rezando. Justo a lado de la catedral, entramos a una tienda y compramos las hamacas típicas del Yucatán hechas con fibra de algodón. Son típicas de la zona, al igual que las guayaberas de Mérida, y no podíamos irnos de allí sin comprar una.

Hacía calor, mucho calor, y teníamos sed. En una especie de mercadillo quisimos tomarnos una cerveza pero no nos dejaron. No vendían alcohol si no nos sentábamos a comer. Así que, volvimos a la canícula, y entramos en una tienda, donde sí nos vendieron un par de cervezas para beberlas “in situ”. (Tampoco está permitido beber alcohol en las calles). No estábamos en Estados Unidos, pero tampoco muy lejos del país de los “pecados prohibidos”….Cuando ya tuvimos claro que en la ciudad Homónima no teníamos mucho más que hacer, porque tampoco había mucho más qué ver, volvimos a coger el coche en dirección a la recién declarada “Maravilla del mundo”: las ruinas mayas de Chichen Itzá.

Cuando llegamos a nuestro destino, empezó a rugir una tormenta con toda la carga eléctrica que el “Todopoderoso” quiso mandar. Aprovechamos para comer algo y esperar a que amainara, mientras veíamos un baile típico, interpretado por chicos y chicas que al mismo tiempo que bailaban, y taconeaban, hacían malabarismos para no dejar caer las bandejas que llevaban sobre sus cabezas. Cuando ya dejó de llover, entramos en la recientemente declarada “Nueva maravilla del mundo”: las Pirámides de Chichen Itzá. http://es.wikipedia.org/wiki/Chich%C3%A9n_Itz%C3%A1. Se trata de uno de los conjuntos arqueológicos más importantes del mundo, y nosotros teníamos la oportunidad de verlo en persona y con un guía de excepción, llamado Iván. No tenía más de 10 años, cargaba con una pesada mochila de artículos de artesanía, y lucía una sonrisa que nos embaucó desde el primer momento. A pesar de ser sólo un niño, empezó a contarnos la historia y los orígenes de las pirámides con todo lujo de detalles. Llegamos enseguida a un trato con él, no le íbamos a comprar ningún recuerdo, pero sí le pagaríamos su servicio de guía. Era increíble, cómo con apenas diez años, tenía muy claro que de mayor quería ser arqueólogo y que para ello, iba a la escuela entre semana y los fines de semana ayudaba a su familia, vendiendo recuerdos allí en Chichen Itzá.

Con el calor húmedo, después de la tormenta, fuimos recorriendo las diferentes zonas, al ritmo de las explicaciones de nuestro guía Iván. Nos explicó en qué consistían los rituales, a menudo sangrientos de los mayas. En qué consistía el juego de la pelota, el significado de los distintos Dioses mayas, http://enciclopedia.us.es/index.php/Mitolog%C3%ADa_maya y de las ceremonias que aún se celebran con la llegada del equinoccio de primavera y otoño, cuando se observa en la escalera norte del castillo o Pirámide central, una proyección solar serpentina, consistente en 7 triángulos de luz, invertidos, como resultado de la sombra que proyectan las escaleras de ese edificio al ponerse el sol. Cuando se produce el fenómeno, la sombra de una “serpiente imaginaria” que desciende poco a poco hasta la base de la pirámide, hace que los turistas acudan en masa a verlo, porque dicen que uno puede recargarse de energía.

Otro fenómeno que no enseñó nuestro amigo Iván, era una prueba de oído. Resulta que cuando te colocas a unos metros frente a la pirámide de Kukulcán, al aplaudir, el eco que se escucha es el sonido que emite el pájaro Quétzal, al que los mayas y los aztecas consideraban aves enviadas de los dioses y era su forma de comunicarse. Hicimos la prueba y realmente fue increíble, el eco era alucinante!Un par de horas estuvimos recorriendo la recién proclamada “maravilla del mundo” y cuando empezó a llover otra vez, a media tarde, nos despedimos de Iván, animándole a seguir estudiando para conseguir su sueño de convertirse en antropólogo, y volvimos a coger el coche para seguir nuestra ruta, antes de que anocheciera. Hasta Mérida, la capital del Yucatán, teníamos aún un par de horas de carretera, y decidimos no parar hasta alcanzar nuestro destino final. Al llegar a Mérida, ciudad de un millón de habitantes, optamos por cambiar de planes en el último momento y seguir hasta la costa, hasta una ciudad de playa llamada Progreso.

¡Craso error! Nosotros pensábamos que nos íbamos a encontrar con otro paraíso costero como Tulum pero qué equivocados estábamos!!! Playa? Sí… kilométrica!!! Hoteles? Sí, varios a pie de playa pero a punto de caerse a trozos. Al principio dudamos de si quedarnos o no, pero cuando ya probamos el tercer hotel y vimos el panorama tan desolador, decidimos volver sobre nuestros pasos y probar suerte en Mérida. Y menos mal que así lo hicimos porque Mérida nos encantó desde el primer momento. Como estábamos bastante cansados después de un día más que intenso, buscamos hotel en el mismo centro de la ciudad. Qué bien hicimos de no quedarnos en Progreso! Nos alojamos en un hotel-hacienda, llamado “Casa del Balam” http://www.casadelbalam.com, uno de los de más solera de la ciudad. Un 5 estrellas, por 75 euros la habitación doble con desayuno, y una arquitectura colonial que nos trasladó a otros tiempos, de cuando Mérida era una de las ciudades más ricas y prósperas del país.

Había ambiente de fiesta y baile en la plaza mayor. Después de una ducha reconstituyente en nuestro baño de “lujo asiático” y de una cena en el maravilloso patio, al lado de la piscina, salimos a dar una vuelta para disfrutar de la Mérida nocturna. El calor era intenso, y el ambiente aún más. Vimos como la gente bailaba muy cerca del hotel más emblemático de Mérida, el famoso Gran Hotel, http://www.granhoteldemerida.com.mx, dónde se reunieron en su día, el líder revolucionario de Nicaragua, Sandino, y José Martí, también líder revolucionario de Cuba, cuando les echaron de sus respectivos países y esperaban que Méjico les refugiara. Desde allí, llegamos hasta la catedral de San Idelfonso que según dicen, se construyó con las mismas piedras que en su origen formaban parte de una pirámide maya y que es conocida en todo el país por contar con el crucifijo más grande de toda Latinoamérica. Aunque la visita del interior de la catedral la dejamos para el día siguiente. A medianoche, estábamos ya cansadísimos y nos retiramos a tiempo para disfrutar del poco tiempo que nos quedaba ya en el país.

Domingo 7: Mérida- Izamal- Cancún

Empezaba la cuenta atrás. Nos levantamos con fuerzas renovadas después de una noche durmiendo a pierna suelta, y después de desayunar en el mismo patio de la noche anterior, rodeados de vegetación, salimos a pasear por el centro de Mérida, pero esta vez con luz natural. El centro está plagado de edificios históricos: la universidad del Yucatán, la Catedral, varias casas-palacio, como La famosa Casa de Francisco de Montejo, una joya de arquitectura de estilo plateresco, con su fachada imponente, la también monumental Casa de José peón Contreras, y la Casa Cárdenas, también conocida como la casa de los ladrillos. Son sólo algunos ejemplos, porque el centro monumental de Mérida es todo un museo de arquitectura colonial. Era domingo, lucía el sol, y además de deleitarnos viendo la belleza que nos rodeaba, también pudimos dar rienda suelta al consumismo atroz. Yucatán es un buen sitio para ir de compras. Guayaberas, artesanía, hamacas, ropa de algodón y todo tipo de caprichos para quemar la visa sin paliativos. En poco menos de dos horas, y después de la visita cultural, acabamos con las manos llenas de bolsas, sin saber muy bien dónde meteríamos todo para que cupiese en nuestras maletas. Cargamos el “chevy” hasta la bandera y con el cielo encapotado, amenazando lluvia, dejamos Mérida a mediodía. Lo que parecía una amenaza se convirtió en pocos minutos en un diluvio torrencial que nos obligó a apartarnos en el arcén del famoso Paseo de Montejo. Esta amplia avenida fue construida en homenaje al fundador de la ciudad de Mérida, Francisco de Montejo y León y nosotros, a pesar de la lluvia, pudimos ver las lujosas villas que flanquean esta avenida, la más rica y lujosa de la ciudad.

Cuando por fin salimos de Mérida, tomamos la autovía que lleva directamente a Cancún. Desde Mérida hasta Cancún hay unos 310 kilómetros, y se puede hacer en su totalidad por autopista pagando dos peajes, por un importe total de más o menos 25 euros. Cuidado y ¡Ojo al dato! Los peajes no se pueden pagar con tarjeta y no hay ni una sola gasolinera en todo el trayecto, así que….dinero en metálico y depósito de gasolina lleno para evitar sorpresas!!

A unos 50 km de Mérida, nos desviamos unos kilómetros para visitar la ciudad amarilla de Izamal. Yo había leído algo sobre su color, pero no pensaba que fuese realmente tan amarilla. Es impresionante cuando llegas y ves las calles, los coches, incluso las bicicletas de un amarillo intenso que deja al viajante “nokeado”. Cuando entramos por la avenida principal, no había mucha gente por las calles, y el cielo volvía a amenazar lluvia, con un color gris plomizo que hacía destacar aún más la intensidad del amarillo. (ver fotos)

Aparcamos el “chevy” en la plaza mayor, y andando por las calles adoquinadas llegamos al que dicen es el atrio más amplio de Latinoamérica y segundo más grande del mundo, sólo superado por el atrio de la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Se trata de uno de los edificios religiosos más impresionantes del siglo XVI, conocido como el convento franciscano de San Antonio y está construido sobre una gigantesca plataforma Maya. El interior de la Iglesia está bastante descuidado pero todo se compensa con las vistas sobre la ciudad amarilla, desde el gran patio amurallado del convento. También vimos a lo lejos un montículo que resultó ser la pirámide maya de "Kinich Kakmo". En ese momento, entendimos el por qué a Izamal también se la conoce como la “ciudad de los cerros”.

Según parece Izamal fue un enorme centro ceremonial maya. Dicen que es un enclave más antiguo que Chichén y Uxmal y que contiene una gran riqueza arqueológica. La pirámide que vimos es una más de las que en realidad existen, ya que la ciudad colonial se asentó sobre la ciudad prehispánica y se han mantenido hasta la actualidad numerosas plataformas prehispánicas que parecen cerros. Después de tomar varias fotos del espectacular atrio, fuimos paseando hasta la pirámide para subir hasta la cima y ver la ciudad desde otra perspectiva. Justo en el momento de la llegada a la base de la pirámide, empezó a llover y a caer “piedras de agua” desde el cielo gris. Volvimos corriendo sobre nuestros pasos y nos refugiamos en un restaurante que resultó ser un lugar entrañable y muy recomendable.

Se llama “Kinich” http://www.sabordeizamal.com/ y desde aquí lo recomiendo para probar las exquisiteces de la afamada gastronomía yucateca, como el “Poc Chuc Kinich”: carne de cerdo asada y marinada, con chiltomate, cebolla asada, naranja y guarnición de fríjol colado, o los “papadzules”: huevo cocido envuelto en tortillas hechas a mano, bañadas con salsa de semilla de calabaza molida. La oferta es variada y amplia y nosotros optamos por probar una especie de guisado de pollo con una salsa de color negro tizón, y otra especialidad a base de carne marinada con tortitas de maíz, hechas mano en un horno que se encuentra justo en el comedor. El sitio está decorado con mucho gusto, en un gran patio techado como las cabañas de la playa de Tulum y con mucha vegetación. Fue una buena elección, sin duda!

Cuando decidimos irnos de la “ciudad amarilla”, ya había dejado de llover y olía a hierba mojada. Continuamos nuestra ruta hacia Cancún por carreteras secundarias, durante unos 30 km, mientras íbamos atravesando pueblos y aldeas, en donde había muchos niños jugando en la calle, que nos regalaban sonrisas al pasar, mientras nos decían adiós con sus manos. Daba la sensación de que ya supieran que nos quedaban pocas horas en su país. Y así era, a las 6 de la tarde llegamos a Cancún, nuestro último destino en Méjico, antes de volver a España. Dejábamos atrás muchos recuerdos, muchas sonrisas y muchas cosas que contar, aunque, aún nos quedaba la última noche en el lugar más visitado del país: Cancún o “nido de serpientes”.

Desde el primer momento, ya intuimos que no hubiese sido nunca nuestro lugar de vacaciones preferido. No hay mucho que ver en Cancún, lo único que puede merecer la pena es pasar el día en Isla Mujeres, una pequeña isla a la que se puede ir en Ferry desde esta ciudad hotelera. A mí me recordó vagamente a la Manga del Mar Menor, salvando las distancias, claro, porque Cancún está construido para yankees y a la medida de los yankees!! 20 kilómetros de hoteles desde un extremo hasta el centro de esta “ciudad de vacaciones”, como una barrera de cemento de lujo, entre una laguna y el mar abierto. El Hilton, el Marrito, Meliá, o Barceló, las grandes cadenas hoteleras están presentes en esta “gran muralla” del capitalismo.

Nuestro hotel llamado “Sotavento” no tenía nada que ver con estas grandes moles con cientos de habitaciones. Nos costó un poco encontrarlo pero valió la pena. Un sitio tranquilo, dentro del “maremagnum” de neones, cemento y hoteles colosales.
http://www.atrapalo.com/hoteles/34487-0_sotavento: Dejamos las maletas, nos dimos un baño en la piscina cuando ya era casi de noche, y nos pusimos nuestras “mejores galas” para la cena de despedida. Nos habían recomendado volver a cenar al restaurante “Puerto Madero” de Cancún, para repetir la experiencia de DF, pero optamos finalmente por ir al centro de la ciudad. El centro de esta ciudad casi de ficción, es también un centro en el que no hay ni un resquicio de antigüedad, o de historia. Una iglesia casi cósmica, de esas creadas por un arquitecto alucinado de los años 70, y grandes avenidas comerciales, plagadas de restaurantes y oficinas de viajes que ofrecen excursiones para visitar la Riviera Maya en tropel.

La humedad del ambiente a las 9 de la noche era bestial, y no tardamos en pararnos en una terraza a tomarnos unas “Coronitas”. Por un lado, a la izquierda, teníamos a un grupo de jovencitas mejicanas haciéndose fotos con gorros charros típicos y poniéndose las botellas de vino, que les ofrecía el dueño del bar, en la boca como si de verdad estuviesen engullendo alcohol; Por otro lado, un grupo de 4 italianos piraos, y rojos como gambas del sol caribeño que habían tomado, bebían cervezas, y semi-inconscientes, por los cigarros misteriosos que fumaban sin parar, aún tuvieron el temple de pedirle al camarero que les cambiara el mantel de plástico que tenía más agujeros que un queso “gruyère”. Surrealismo en estado puro!

Pero el momento más “kitsch” del viaje llegó a continuación. Después de las cervezas y de ver los agujeros del mantel de plástico, no quisimos quedarnos a cenar allí y buscamos por los alrededores. Encontramos un lugar, llamado “Pericos” www.pericos.com.mx/inicio.htm, que resultó ser lo más hortera que jamás hubiese podido imaginar. ¡Pobres mejicanos, teniendo que hacer estos “shows” para satisfacer a los turistas de risa floja !!!. Para empezar, nada más entrar te ofrecen la posibilidad de disfrazarte con trajes típicos para hacerte una foto de recuerdo, tipo “Pancho Villa y María Felix” en color sepia y marco “envejecido”. Seguidamente, nos colocaron en una mesa de “parejita”, frente a dos mesas enormes de suecas, danesas o rubias sin nacionalidad definida. El espectáculo era casi dantesco. Mientras las camareras vestidas “ad hoc” cuales Sarítisimas en la película “Veracruz”, iban de un lado a otro, corriendo, sirviendo platos, ellos, los camareros, y sobre todo uno de ellos, hacía reír a las escandinavas sin definir, portando un plato gigante sobre la cabeza, que hacía girar sobre su cabeza antes de servir la mesa.

Por un momento pensamos que iban a salir de algún armario, los Hermanos Marx vestidos de charro, era increíble lo que tienen que hacer algunos para ganarse la vida…. El colofón llegó, cuando un par de animadores de la “soirée” empezaron a animar a todo el mundo, a levantarse para bailar en cadeneta los “grandes éxitos” como la “Cucaracha”… Alguien da más? En este caso no vale lo de ¿alguien da más por menos?, porque para más inri, la comida no fue para “tirar cohetes” y sin embargo el “sablazo” fue de órdago. En fin, ¡qué lejos quedaba nuestro restaurante favorito, el “Fogón” de Playa del Carmen, pero qué risas nos echamos también en este frikie planet!. Antes de irnos a dormir, ya de regreso al hotel en nuestro súper “chevy” tuvimos la gran revelación: “Un país se sustenta en la religiosidad de la nación”. Así rezaba un cartel que vimos en una ciudad donde reina el Dios del dinero… ironías de la vida.

Lunes 8: Despedida y cierre

El desayuno en el hotel Sotavento se sirve, mejor dicho se “autosirve” en un comedor, situado al lado del embarcadero y junto a la piscina. Un lugar idílico, para un desayuno más bien pobre y escaso. Pero tampoco se puede pedir mucho por el precio de la habitación: 50 euros la habitación doble, en un Cancún donde los precios son muy superiores. Teníamos que devolver el coche, cerca del aeropuerto antes de las 10 de la mañana, y así lo hicimos. Regresamos por donde habíamos venido, el día anterior, y volvimos a ver la hilera de hoteles de lujo que forman esa especie de Arrecife de cemento, partiendo el mar en dos.

En la empresa de alquiler de coches “El Álamo” nos revisó el coche un pobre hombre, que sudaba la gota gorda, mientras una “tigresa” vestida de camuflaje también dejaba las llaves de su vehículo. No tuvimos ningún problema, nos despedimos de nuestro chevy-compañero de aventuras y ya en el aeropuerto esperamos pacientemente a que saliera nuestro avión con destino a Toluca, para a continuación dirigirnos al aeropuerto de la capital de Méjico. En la espera del aeropuerto de Cancún, una pareja formada por un galán de 4ª y su re-putada acompañante, montaron un “pollo” a la jefa de cocina del restaurante, quejándose de la poca frescura de los alimentos que tenían en los platos. Una vez más me apiadé de los mejicanos que tenían que aguantar a tanto turista inoportuno.

Cuando nos llegó la hora de partir, nos acomodamos en el avión, y el piloto inspirado y ocurrente nos presentó desde la cabina, a su co-piloto con estas palabras: “estimados pasajeros, les presento a mi compañero de viaje, con nombre de actor de telenovela. Se llama Julio Alberto”, un aplauso para él!. Humor, humor, humor… que no falte nunca!
Al llegar a Toluca teníamos dos opciones: volver con el autobús de la compañía “volaris” hasta la parada de la Torre de televisa, como hicimos a la ida, o coger directamente un taxi de la compañía “caminante” que nos llevaría directamente al aeropuerto de DF. Elegimos esta última opción, y por 37 euros, nos llevó un taxi hasta la misma puerta del aeropuerto.
http://www.caminante-aeropuerto.com.mx/. Esta empresa tiene varios servicios desde el aeropuerto de Toluca y es una buena opción para trasladarse hasta la capital mejicana.

Unos 50 km separan Toluca del DF y a pesar de la comodidad de ir en un taxi privado, nos tragamos casi dos horas de atascos y bocinazos. ¡Habíamos vuelto al tráfico y al caos de la ciudad más populosa y contaminada del mundo!. Por suerte, llegamos a tiempo al aeropuerto y pudimos facturar las maletas, que más tarde fueron objeto de robo, y comprar las botellas de tequila que al día siguiente serían requisadas en Madrid. Pero bueno, esto es otro cantar, y otra historia para no dormir, nada agradable y que desde luego, no nos iba a fastidiar el viaje, dejándonos un gusto amargo. Era mejor despedirse con unas letras de Chavela Vargas:

Por eso no habrá nunca despedidas,
Ni paz alguna habrá de consolarnos
Y el paso del dolor ha de encontrarnos
De rodillas en la vida
Frente a frente y nada más


















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Ultimos comentarios:

luc_osorio dijo:

He de decir que he flipao con tu diario!!!! tan fuerte!!! tan desconcertante y tan .....raro????? jejejeje es que a veces me haces reir, otras siento penita por ti, en algunas me siento orgulloso y en otras simplemente me pierdo...Bueno, en fin, espero que en verdad te la pasases padre en mi pais!!!! tan multi-cultural, tan dispar, tan...raro???? ah!!!! leia de las chicas norteamericanas que gritaban jejejeje es la euforia!!!! pero en españa tambien la gente grita para hablar no????... Un saludo desde Mexico

jueves, 14 de febrero de 2008, a las 14.17

PILARRR dijo:

Hola me encantó el diario, me he hecho una buena idea de la zona gracias a tus descripciones, en especial y aunque la parte del DF la he leido a toda prisa, de la parte caribeña creo que lo que más me ha gustado a sido Tulum y por lo del "buceo" Cozumel. SALUDOS!

viernes, 15 de febrero de 2008, a las 09.44

vilmapitu dijo:

Me encanto leer lo que en mayo hare, si Dios quiere!!!!!! Sera la 2ª vez que viaje a Mexico, pais que deja recuerdos tan gratos!!!!! vilma

lunes, 18 de febrero de 2008, a las 12.58

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