INTRODUCCIÓN
Un espectáculo natural
PAISAJES SOBERBIOS. UNA FAUNA ABUNDANTÍSIMA Y CULTURAS con profundas y firmes raíces son los tres grandes argumentos de Namibia para el viajero. Sus territorios acogen escenarios de aridez espeluznante, como los desiertos del Kalahari o del Namib, donde dunas altas como montanas, destellantes lagos de sal y extensas planicies tapizadas de arbustos se alían para componer escenarios delirantes. En contraste con tanta aridez, el río Okavango alimenta un universo feraz en la franja del Caprivi y norte de Bostwana, un complejo dédalo de brazos de agua, pozas y planicies antes de desaparecer engullido por las arenas del Kalahari.
Infinidad de animales hallan refugio en esas regiones. Beneficiados por la presencia humana, elefantes, rinocerontes, leones, jirafas, leopardos o hipopótamos campan a sus anchas por marismas y eriales. Pero si la presencia de estos colosos resulta la más llamativa para muchos viajeros, no es, ni mucho menos la única. Gacelas y antílopes, cocodrilos, pequeños mamíferos, aves de todo tipo, así como reptiles o insectos únicos, hacen las delicias de naturalistas y aficionados a la zoología, que hallan en Namibia una fuente incesante de deleite. Y eso, por no hablar de las abigarradas colonias de focas de la solitaria costa atlántica.
Durante Siglos, pueblos Como los Bosquimanos, los Topnaar o los Himba fueron los custodios de tanta riqueza natural. Adaptados a un entorno rigurosísimo y sostenido por una concepción del mundo, aprendieron a arañarle el sustento a la tierra sin herirla con su rastro. A su manera, fueron precursores de la sostenibilidad y la ecología cuando aún faltaban siglos para que ambos conceptos se formulasen en Occidente. Hoy, su cultura resiste los cantos de sirena de la modernidad, a menudo encarnada en agresivos proyectos económicos impulsados por empresas y estados.
Pero Namibia tiene todavía un cuarto y a veces inadvertido aliciente para el viajero curioso: su condición de país que avanza con paso firme hacia la prosperidad, nación que ha sabido dar el salto del colonialismo a la plena soberanía sin pagar un peaje de desestructuración, sangrientos conflictos internos y miseria crónica. Con todos sus problemas pendientes, es el ejemplo de que existe un futuro posible para el continente africano.
MINERÍA
Un gran tesoro muy codiciado
PIEDRAS PRECIOSAS, MINERALES Y COMBUSTIBLES IMPULSAN LA ECONOMÍA LOCAL
LA RIQUEZA DE Namibia y no se percibe a simple vista. El motivo es que se oculta bajo tierra, en forma de copiosos depósitos, yacimientos y filones. Y en ellos, los diamantes son la estrella más rutilante: aportan el -40% de las exportaciones totales de Namibia, porcentaje que sube a un desaforado 70% en Botswana. Semejante concentración extrema la fragilidad de ambas economías, muy vulnerables ante cualquier recesión en la demanda mundial, como la que hubo a finales de la década de 1980.
Carentes del capital necesario para invertir en nuevas instalaciones, los dos países se han visto obligados a incentivar la inversión extranjera. Desde la década de 1990, se han sucedido las reducciones de impuestos, las facilidades para la importación de maquinaria y equipos, la tolerancia ante la inmigración de ejecutivos y técnicos extranjeros...
Fruto de todo ello, las principales compañías mineras operan hoy en la región, atraídas por la cantidad y calidad de las reservas locales: sólo en junio de 2004, la empresa canadiense Diamonds Fields extrajo 60.000 diamantes de primerísima calidad en la zona de Lüderitz. De manera casi simultánea, una prospección de la estadounidense Advances Resources In-ternational reveló la existencia de enormes bolsas de gas en el subsuelo del desierto del Kalahari.
No faltan, pese a todo, las voces críticas. Éstas cuestionan que las ganancias redunden en beneficios sociales para la población. En su argumentación, denuncian cómo las compañías utilizan su influencia para la expulsión sistemática de los mineros individuales y el cierre de las pequeñas explotaciones. Incluso han obligado al gobierno al desplazamiento de comunidades enteras, como ha sucedido con el pueblo san (bosquimano), expulsado de sus territorios tradicionales en el Kalahari a raíz del descubrimiento de depósitos de diamantes en esa desolada región.
La sostenibilidad de la economía de Namibia pasa por un mayor control de la actividad minera, que haga compatibles los intereses de las empresas y los de la población. Pero ese cambio sólo será posible con la aquiescencia del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, las dos instituciones que financian la mayor parte de las infraestructuras y de los proyectos.
FLORA
Despensa y botiquín al aire libre
TRAS LA APARENTE ESTERILIDAD DE LOS DESIERTOS del Namib o del Kalahari, se oculta una biodiversidad vegetal apabullante: hasta veintitrés mil especies habitan ambos territorios, de las que siete mil son endemismos. Algunas de estas plantas sirven de alimento a la escasa población humana capaz de resistir tanta desolación. La nuez de Mangetti, por ejemplo, tiene cinco veces más calorías y diez veces más proteínas que los cereales europeos, y aporta un 60% de la presencia vegetal en la dieta de los san (bosquimanos). Otras especies, como los melones silvestres tsama, no sólo alimentan, sino que hidratan, permitiendo la supervivencia durante las atroces sequías. Y lo mismo ocurre con los deliciosos pepinos silvestres o con el morama, un fruto cuya pulpa contiene un volumen insospechado de agua.
Tanta riqueza botánica ha interesado a las corporaciones farmacéuticas, que encontraron en la flora del África austral y en sus usos tradicionales una panacea para la elaboración de medicamentos y cosméticos. El caso de los áloes es tal vez el más conocido, pero no el único. Un ejemplo llamativo es la garra del diablo [Harpagophytum spp.), un tubérculo con efectos beneficiosos en el tratamiento de la artritis y del reumatismo. Comercializada desde la década de 1960, su recolección es hoy la principal fuente de ingresos para unas veinte mil familias de Namibia, Botswana y Sudáfrica.
CONFLICTOS DE PROPIEDAD
Según la cites (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres), el mercado mueve setecientas toneladas anuales de tubérculos de garra del diablo, de las que el 92% proceden de Namibia y el resto se reparten entre Botswana y Sudáfrica. Los recolectores perciben entre 0,80 y dos dólares estadounidenses por kilogramo, menos del 1 % del negocio generado por la planta.
Diversas ONg’s y la misma cites se han manifestado ante esta situación, solicitando dos tipos de medidas: por una parte, un control de la actividad extractiva que garantice la perdurabilidad de las especies y la biodiversidad; y por otra, el reconocimiento de los saberes tradicionales en forma de patentes internacionales. Por el momento, sólo Sudáfrica ha legislado alguna protección, mientras Namibia y Botswana se resisten a restringir la actividad extractiva.
La urgencia de las medidas es cada vez mayor, al multiplicarse los descubrimientos: un principio activo de la hoodia, un cacto del Kalahari usado por los san para la inhibición del apetito en las épocas de escasez, empieza a aplicarse en fármacos contra la obesidad; diversas mesembriantemáceas ya se usan para el tratamiento de enfermedades mentales... La experiencia de las culturas africanas aporta un creciente caudal de información a los grandes laboratorios, pero éstos aún se resisten a pagar por ella.
WINDHOEK, UNA CIUDAD RISUEÑA QUE INVITA AL PASEO
CAPITAL DE NAMIBIA, SE CONSTRUYÓ A FINALES DEL SIGLO XIX PARA QUE ALBERGARA LA SEDE DE LA ADMINISTRACIÓN ALEMANA EN ESTE TERRITORIO. HOY, SUS VENERABLES EDIFICIOS DE ORIGEN GERMÁNICO CONVIVEN CON RASCACIELOS DE ACERO, AMPLIAS AVENIDAS Y MODERNAS OFICINAS
A LAS CINCO DE LA TARDE, Un sol maduro ilumina la fachada principal de la iglesia de Cristo. Está estratégicamente situada sobre una loma, en la intersección entre la calle Fidel Castro y la avenida de Robert Mugabe. Desde allí, se ve la catedral de Santa María. cuyas dos torres cambian el humilde color de la hojalata que las culmina por un tenue y suge-rente malva propio de una acuarela. Dos hombres, uno negro y otro blanco, conversan en un idioma que parece cercano al alemán.
Desde esa iglesia de Cristo, uno de los símbolos más fotografiados de Windhoek, la capital de Namibia, se contemplan atardeceres hermosísimos. Pero su cielo no se tiñe con colores ardientes, que cambian del amarillo al rojo, del rojo al lila y del lila a la noche oscura, sino que se mantiene con el mismo azul brillante que lucía a las nueve de la mañana. Únicamente, alguna nube se deshilacha ante el espectador y da movimiento a un fondo estático y gentil. Lo que sí cambia es el armazón, el aspecto de las casas, los edificios, las torres y, en el caso de la iglesia de Cristo, su fachada de cuento, que los alemanes evangélicos levantaron en el año 1910 siguiendo el más puro estilo germano... tirando a cursi.
A su espalda está el Tintenpalast (literalmente, el Palacio de la Tinta), sede de la Asamblea Nacional. Pero esta insulsa casona colonial, que se eleva en una hondonada desde el año 1913, casi no disfruta del espectáculo gratuito y diario que ofrece el ocaso.
No ocurre lo mismo en el fuerte Alte Feste, cuartel general de las tropas coloniales y embrión de la ciudad desde que, en 1890, la administración alemana decidió establecer su centro de operaciones en la tierra herero.
EL RECUERDO TRÁGICO
Ante las sencillas torres blancas del Alte Feste, que resplandecen al atardecer, se levanta un monumento ecuestre que recuerda a un puñado de soldados muertos por los altivos herero y sus vecinos, los Nama, entre 1903 y 1907, cuando se sublevaron en defensa de su territorio. La guerra, claro, la perdieron los más débiles, y pronto aparecieron los primeros edificios oficiales para ofrecer servicio a los europeos y también para legalizar su rapiña.
Por mucho que el viajero busque y rebusque, no encontrará en Windhoek ninguna referencia monumental a los miles de nativos muertos en aquella contienda, incluidos muchos de los nueve mil prisioneros retenidos por los alemanes, hombres, mujeres y niños. Tras su desigual victoria, el general Von Trotha legitimó el exterminio: "Dentro de los límites de la frontera alemana, todo herero armado o desarmado, con ganado o sin él, será eliminado".
Desde la independencia del país, hace catorce años, hay quien aboga por eliminar esos vestigios colonialistas y erigir en su lugar otros que honren a los héroes negros, que también los hay, y con mayores méritos. Pero por ahora, el gobierno no se decide a adoptar una medida tan drástica, porque casi todos los turistas que visitan el país son blancos de procedencia germana, llegados de Sudáfrica o Alemania, y podrían enfadarse o incluso cambiar el destino de sus vacaciones.
Los nombres de muchas de esas calles son desconocidos hasta para el mejor de los taxistas. Claro que tampoco hacen falta: basta con dar una referencia cercana, para que se sepa más o menos de qué se habla. También sorprende la mezcla extraña de personajes que figuran en las intersecciones y esquinas. Lógicamente, hay algunas vías públicas dedicadas a políticos africanos, como Robert Mugabe, Jan Jonker o Sam Nujoma. También a dirigentes de estados del Tercer Mundo, como Fidel Castro —con su segundo apellido-, a descubridores británicos como David Livingstone, a músicos italianos como G. Antonio Rossini o Giuseppe Verdi, a inventores como Alexander Graham Bell, Thomas Alba Edison o Michael Faraday, y a personajes alemanes como Otto von Bismarck. En medio de ese trasiego nominal, cruzando el centro de norte a sur, la arteria principal se llama Independence Avenue.
Para el recién llegado, en Windhoek no sucede nada que no ocurra en esa avenida de la Independencia o muy cerca de ella. A falta de un espacio que se pueda considerar "plaza mayor", la población local toma al asalto las verdes praderas de los jardines del zoo y come, descansa o duerme una siesta a la hora del almuerzo bajo los cipreses, los flamboyanes y las palmeras. El lugar favorito, el más deseado, es la acogedora sombra de una enorme acacia de la especie camel thorn, que se alza frente al lugar donde se descubrieron restos de unos elefantes prehistóricos que ramoneaban por allí hace unos cinco mil años.
En Independence Avenue, también hay una torre con un reloj. Se construyó donde se encontraba la sede del antiguo Banco Deutsch-Africa, tal vez con la idea de marcar la hora ciudadana... cuando aquí es el sol quien dicta la hora exacta. No es una torre muy elevada —ni siquiera alcanza la altura de dos pisos—, ni su reloj es una obra de arte. Pero, a falta de otros hitos simbólicos, en cualquier ciudad europea sería el kilómetro cero. Aquí, en cambio, todos prefieren quedar a la entrada del Hotel Kalahari, que da paso a un centro comercial muy frecuentado; o frente a las tres casas coloniales que se conservan en esa calle, el edificio Erkrath, el restaurante Gathemann y el hotel Kronprinz, edificado en 1902; o en la fuente Gibeon, que de fuente sólo tiene el nombre y está hecha con 31 meteoritos caídos en la región de Mariental; o en la recoleta plaza de Gutenberg, donde apenas hay sitio para las mesas del restaurante The Gourmet y el magnífico escaparate de la joyería Horst Knop... Todo ese revoltillo cabe en un pañuelo, porque el cogollo de Windhoek es el de una ciudad de provincias con aires de capital surafricana.
Dos mujeres Herero. con una circunferencia corporal considerable, pasean sus trajes coloridos y su extraño sombrero sombrero. Cuando alguien les pide permiso para fotografiarlas, nunca contestan que ”no”, ni tampoco piden dinero a cambio porque no lo necesitan y porque en Namibia esta mal visto. Nadie pide salvo los Himba. En la tienda de artesanía Bushman se amontonan los recuerdos de poco valor, junto a tallas, máscaras y artilugios cotidianos más dignos. Lo mismo sucede en el mercadillo diario de la peatonal .calle Post Street.
Al mediodía, un grupo de adolescentes cantan, bailan una obra que reproduce el noviazgo y la boda de dos jóvenes sureños.
Los curiosos, pese a ser también negros, se sorprenden y aplauden de manera cariñosa dejando claro el desconocimiento que hay entre las distintas culturas nacionales, uno de ellos, con aspecto de ejecutivo satisfecho, dice: "He nacido aquí y nunca había visto algo como esto". Luego, a las cinco de la tarde. Cuando el sol maduro ilumina la fachada de la iglesia de Cristo, todos levantan sus tenderetes y se dirigen a sus respectivas casas.
Pero la vida continúa, porque Windhoek es de las pocas ciudades africanas donde el se puede caminar por su centro al anochecer sin temor a un sobresalto. Cuando se encienden las luces y la ciudad se convierte en un mar de candeleros, hay quien se pregunta donde se meten las casi trescientas mil personas que la habitan. Parece más pequeña de lo que realmente es, y ese engaño, como de trampantojo sucede porque los barrios periféricos de los negros pobres se esconden detrás de las colinas en un alarde de humildad.
Uno de esos suburbios, el más frecuentado, es el de Katutura. A pesar de la sencillez, sus calles están limpias, las casas, bien pintadas, y se puede percibir un ambiente tranquilo. O al menos, no tan opresivo ni violento como en otros barrios africanos. En Katutura, se halla la sede de Penduka, una cooperativa con un merito extraordinario. Una joven extiende un líquido gomoso sobre una tela pintada de color verde manzana.
Otra lija el borde de una taza, mientras su hermana dibuja trazos sobre la pared cerámica. Otra más borda una tela en la que cuenta historias de su vida con dibujos naíf, como si fueran jeroglíficos, y luego, firma con su nombre:
"Suker confeccionó este mantel en Penduka durante el mes de febrero de 2004". En la tienda, se venden los objetos que hacen estas mujeres, abandonadas por sus maridos o víctimas de los malos tratos. De modo que resulta placentero sacar la tarjeta de crédito o dejar unos billetes junto a la caja registradora.
Más allá de los suburbios, comienzan las grandes fincas namibias, casi todas explotadas por granjeros blancos. En medio de esa inmensidad poco habitada, Windhoek permanece pequeña y ordenada, limpia, sosegada y luminosa. Como si nunca pasara nada en ella.
EL KALAHARI
LA SOLA MENCIÓN DE LA PALABRA Kalahari evoca aventura. Y desierto. Pero el Kalahari no es un desierto de postal con dunas de arena fina. Es más correcto describirlo como una sabana reseca que, aunque sedienta, exhibe dispersa mucha más vegetación de la que cabría esperar: acacias, arbustos espinosos... También unos inesperados melones silvestres, los tsama melón, muy apreciados por las criaturas que pueblan esas arideces.
Donde hay vegetación, hay algo de agua, y por lo tanto, condiciones para que se desarrolle la vida animal. Claro que, cuanto más se avanza hacia el sur, hacia la desolación, más escasean la fauna y la flora, y más preparado debe estar el viajero para afrontar los inclementes rigores del Kalahari. Tarde o temprano, le resultarán inevitables, dado que este desierto ocupa casi el 85% de la superficie de Botswana, una extensión mayor que España, y sus oscilaciones térmicas sobrepasan los 40"C de diferencia entre el día y la noche. Parece lógico, por tanto, que la moneda del país reciba el nombre de su bien más preciado: pula, lluvia.
El monótono paisaje está atravesado por pistas Tsaotde arena roja, que contrastan con unas hierbas pintadas de amarillo por los rayos solares. Resulta fascinante. Tanto, que adormece los sentidos, y no es el momento de despistarse: el sol no tardará en descender, y los animales, embotados por la calima, emprenderán su búsqueda de agua o de presas. Por eso, se prohíbe circular de noche por los parques nacionales.
Dentro del Kalahari, hay dos: al suroeste del país, se encuentra el Gemsbok, un espacio protegido que, sin atender a fronteras, se estira hacia el interior de Sudáfrica y forma el conjunto denominado Parque Internacional Kalahari-Gemsbok. El segundo parque es la Reserva de Caza del Kalahari Central, y se encuentra en pleno centro de Botswana.
ORIENTACIÓN EN LA NADA
Allí estamos nosotros. Mi compañero conduce evitando las roderas más profundas y lanzando miradas nerviosas a la brújula que sostengo con una mano. La otra sujeta un mapa poco detallado, que da fe de nuestra escasa preparación. Eso sí, algo hemos aprendido en otra reserva más septentrional, la de Chobe. Por ejemplo, que en Botswana las pistas se cruzan y zigzaguean a derecha e izquierda sin decidirse a avanzar en la dirección correcta. También que, pese a la advertencia de no bajar del vehículo por el peligro que representan los animales en libertad, más de una vez hay que desatascar el todo terreno a empujones. Y eso, por no hablar de los pinchazos y otros accidentes menores. Por ese motivo, nos hemos provisto de gasolina y de ruedas de recambio.
Si el Chobe es el mayor santuario de elefantes de la Tierra, el Kalahari central es el reino del león de melena negra y del leopardo. Ambos serán más rápidos que nosotros si tenemos que abordar el coche a toda prisa. Y siempre queda el consuelo de pensar que estamos en mejor situación que el más famoso de los exploradores Victorianos, David Livingstone (1813-1873), quien cruzó el Kalahari a un ritmo de tres kilómetros diarios sin la ayuda de plano alguno, ni bueno ni malo, puesto que nadie lo había trazado. En sus palabras, aquélla era "la tierra más triste que nadie haya visto", un comentario muy adecuado teniendo en cuenta que nuestro destino es la zona de acampada de Deception Pan.
En ese lugar, se forma una charca con hasta un metro de profundidad tras la época de lluvias, entre noviembre y marzo. El resto del año, reverbera por el calor y, desde la distancia, da la impresión de ser un lago extenso. De todas formas, aunque deba su apelativo a un espejismo, es el lugar del Kalahari donde se concentra una mayor variedad de fauna.
A principios de la década de 1980, aún se creía que el ganado, la fauna silvestre y los hombres debían vivir en compartimentos separados, y los parques nacionales se vallaban para impedir que las bestias se desplazaran a su antojo. Entonces, una tremenda sequía golpeó el Kalahari: manadas enteras intentaron huir hacia el norte, pero tropezaron con el "cordón sanitario" y murieron sin remedio.
Los influyentes zoólogos Mark y Delia Owens movilizaron a la opinión pública con sus artículos, en los que hablaban de "cercas de la muerte". Como consecuencia, las directrices sobre vida salvaje cambiaron en muchos países. Pero para científicos como Jonathan Adams y Thomas McShane, la acción de los Owens "hizo retroceder las políticas de conservación en Botswana por lo menos cinco años".
LA CUADRATURA DEL CÍRCULO
Efectivamente, el gobierno de Gaborone se volvió muy cauteloso al aceptar ayudas exteriores para la protección de la vida salvaje, reduciendo los presupuestos con ese fin, a la vez que intentaba conciliar sus intereses económicos con la necesidad de mantener improductiva una vasta extensión de territorio.
Cuando llegamos a Deception Pan, comprobamos que la nueva política de "puertas abiertas" es un hecho. El área de acampada no está protegida por barreras, y la única medida de seguridad es un vigilante-adormilado que, con un rifle, permanece sentado cerca de una puerta hecha de troncos sin desbastar.
Montamos la tienda donde nos parece más seguro. El sol es un círculo rojo que se hunde en la sabana, recortando el perfil de unos inmensos baobabs. Un grupo de jirafas avanza hacia el ocaso, cimbreando el cuello en una coreografía salvaje. La noche se puebla de sonidos.
Los Owens pasaron siete años en Deception Pan, estudiando la hiena parda, una variedad pequeña con una crin que se eriza amenazadora, pese a ser una especie menos agresiva que la hiena manchada. Es un consuelo, puesto que nos despertamos sobresaltados al sentir que algo o alguien nos olfatea desde el exterior de la tienda. El concepto de Edén africano, tan extendido entre quienes procedemos de sociedades industriales, se desmorona cuando uno se siente una hamburguesa a punto de ser devorada. Por suerte, nuestros feroces vecinos son respetuosos y no rasgarán la tela para zamparnos. Sólo entran en la tienda si encuentran las cremalleras mal cerradas.
Los días siguientes, pasamos el tiempo calculando cuánta gasolina, agua y provisiones nos quedan, y apostándonos cerca de las charcas más concurridas. Abundan los antílopes de todo tipo. Desde las ligeras gacelas springbok a los inmensos órices de cuernos rectos y larguísimos, conocidos con el nombre de gemsbok. También alcanzamos a ver un leopardo con los bigotes ensangrentados. No hay ningún león a la vista, aunque escuchamos sus rugidos por la noche. Pero, sobre todo, echamos en falta la presencia humana.
En teoría, la Reserva de Caza del Kalahari Central es el último reducto del pueblo san o bosquimano, que en otras épocas habitó una extensa región comprendida entre Tanzania, Uganda. Etiopía y Sudán. Aunque el nombre de la reserva incluye la palabra "caza", lo cierto es que se creó en 1961 para confinar a los bosquimanos, más que a los animales.
Por desgracia, el subsuelo de estas tierras está cuajado de diamantes, la fuente casi exclusiva de riqueza de Botswana. Ese hecho impulsó el reasentamiento de los san al noroeste del desierto, o incluso en países vecinos.
La palabra bosquimano españoliza la holandesa bosjeman o la inglesa bushmen, "hombre de los bosques", que los colonos usaban para designar despectivamente a este pueblo nómada. Hoy, los antropólogos los llaman san, que significa "aborigen", término menos peyorativo. Sin embargo, ellos aluden a sí mismos con el nombre de las tribus a las que pertenecen: ikung, gwi...
CAÑÓN DEL RÍO FISH
El rastro de la serpiente Nama
KOUTEIGN KOORU, LA SERPIENTE, intentó escapar sin éxito, zigzagueando hacia la costa del sur namibio. En su huida, abrió un profundo rastro: el cañón del río Fish. Así cuenta el pueblo Nama el origen de la mayor garganta fluvial de África. Pero los geólogos han hallado una explicación menos poética: el desfiladero se formó en el macizo Koubis hace quinientos millones de años, como consecuencia de una fractura de la corteza terrestre; después, la erosión y la acción del hielo en la época glaciar ahondaron aún más el cauce.
De la leyenda, el Fish conserva la forma ondulante de serpiente, y un recorrido peligroso en la época de lluvias. Con 160 kilómetros de longitud, más de 25 kilómetros de ancho y 500 metros de profundidad, constituye uno de los enclaves naturales más espectaculares del sur de África. A pesar de su belleza, el cañón del río Fish no recibe demasiadas visitas. Esta poca afluencia de público es un alivio para los excursionistas que llegan a las termas de Ais Ai con los pies reventados, tras cinco días y 85 kilómetros de caminata desde Hobas, sin asistencia de ningún tipo. El esfuerzo no es apto para trekkers no iniciados, e incluso las autoridades del parque exigen un certificado médico que garantice la salud de quien emprende la ruta a pie. Mucho más cómodo es sobrevolar en avioneta la zona, si bien el precio por apenas media hora pue¬de resentir el presupuesto del resto del viaje.
Además, desde el aire no se ven las cebras de montaña, ni tampoco las huellas de leopardo, los pequeños damanes de las rocas -parientes lejanos del elefante- o los esquivos saltarrocas. Tampoco sorprenderemos babuinos ni ardillas de tierra tras un recodo del camino, y mucho menos descubriremos la silueta de los peces que dan su nombre al río y que resisten la época seca dentro de unas pozas cada vez más pequeñas.
CUANDO EL RÍO CRECE
El recorrido sólo es posible desde mediados de abril hasta septiembre, mientras dura el invierno austral. Entre noviembre y abril, el termómetro alcanza 40"C en pleno día. Durante marzo y abril, tras las lluvias, el Fish recupera su caudal y la ruta adquiere otro aspecto, desaparecen las piscinas de agua verdosa y la corriente fluye rumbo al sur.
Tras cinco jornadas a pie, el excursionista deja atrás la roca estratificada de las paredes del cañón para entregarse a los ahora renovados manantiales de agua sulfurosa en Ai Ais. El lugar ha conservado su nombre Nama, que significa aguas ardientes, y curiosamente sirvió como base de los alemanes para sofocar la revuelta de aquel pueblo surafricano a principios del siglo XX.
DESIERTO DEL NAMIB
Solitaire es una polvorienta parada de diligencias donde parece que hay de todo, pero sólo una vez. Si quien hace su pedido delante tuyo quiere el mismo kilogramo de arroz que prevés pedir, seguramente te quedarás sin él. En nuestro viaje hacia el desierto, representa la única y última oportunidad para repostar gasolina y comprar cualquier cosa que necesitemos mientras dure la visita a una de las principales atracciones turísticas de Namibia: Sossusviei, el corazón del Namib.
Al parque nacional de Namib-Naukluft sólo se puede acceder por Sesriem, la entrada al Namib interior. Después de plantar las tiendas sobre un suelo impermeable a las piquetas, nos acercamos al cañón de Sesriem. Con una profundidad de treinta metros y una extensión de un kilómetro, ha sido pacientemente excavado por el río Tsauchab. Si bien ahora tiene el lecho seco, durante los años con una precipitación lluviosa extraordinaria—para una zona donde la pluviosidad media es inferior a 150 milímetros anuales—, arrastra grandes cantidades de agua e inunda las lagunas desecadas de Sossusviei, setenta kilómetros al sur, creando un espectáculo insólito. A las enormes charcas que se forman al pie del mar de dunas, acuden flamencos y ánades de todo tipo, y un territorio extremadamente árido y desolado se vuelve puro bullicio de fauna.
De madrugada, salimos hacia la Duna 45, donde nuestras guías de viaje dicen que se contemplan los más espectaculares colores del amanecer en el desierto. Sin embargo, el tiempo corrobora que las oníricas salidas y puestas de sol son un caprichoso regalo del cielo: el día se levanta nublado. Horas más tarde, nos acercamos al valle de Sossusviei, unos treinta kilómetros más adelante. Las nubes han ido desapareciendo, consumidas por la aridez del día. Cuando escalamos las dunas —Sossusviei alardea de poseer las más altas del planeta: hasta 390 metros—, contemplamos un espectáculo magnífico, un ondulado mar de arena que se extiende cien kilómetros a la redonda.
LOS ORÍGENES GEOLÓGICOS
El Namib es el desierto más antiguo del planeta. Con una longitud total de dos mil kilómetros —de los que 1.400 corresponden a la costa namibia— y una anchura que varía entre ochenta y 140 kilómetros, ocupa toda la larga franja costera de Namibia, Sudáfrica y el extremo sur angoleño. Sus vastos mares de dunas, como el que ahora observamos en Sossusviei, brotan al pie del Atlántico y avanzan para fundirse en las llanuras pedregosas del interior, que llegan a alzarse mil metros sobre el nivel del mar.
Aunque su origen se remonta a hace ochenta millones de años, el Namib no ha permanecido inalterado, como hoy lo conocemos. Esa arena roja que contemplamos desde el techo de Sossusviei es originaria del desierto del Kalahari. Hace cinco millones de años, el curso del río Orange la transportó desde el interior del continente hasta el Atlántico. Después, la fría corriente oceánica de Benguela la llevó hacia el norte y la depositó en la costa Namibia, desde donde se ha internado hasta aquí gracias a los vientos oceánicos, que la han hecho avanzar de oeste a este, formando las dunas actuales.
Este proceso ha continuado de forma ininterrumpida: los ríos han volcado sedimentos continentales en el mar, y éste los ha devuelto a la costa, desde donde el viento oceánico los arrastra hacia el este, hacia el interior. Las dunas más antiguas, como éstas de Sossusviei, donde estamos, son las que más se internaron. Las más recientes ocupan la franja costera.
Las siguientes etapas del viaje nos acercarán a la costa de los Esqueletos, la franja litoral comprendida entre Walvis Bay y la frontera angoleña. La pista nos aleja del mar de dunas y se interna hacia el norte, atravesando infinitas llanuras y ascendiendo un par de puertos que nos brindan una vertiginosa panorámica del desierto. Después, el camino traza una curva hacia la izquierda que nos dirige a la costa,
y las dunas vuelven a hacer acto de presencia, aunque con tonalidades más pálidas. El color de la arena, formada principalmente por cristales de cuarzo, depende de su antigüedad. Las arenas de la costa, más jóvenes, tienen tonalidades ocres. En cambio, las del interior adoptan tonos más rojizos a medida que la oxidación tiñe los granos con el paso del tiempo.
CONTRASTE DE TEMPERATURAS
Hacia el mar, una densa e inesperada neblina se come los brillantes colores del día y cubre el horizonte. Sin embargo, no es un fenómeno insólito, sino propio de este desierto africano lamido por frías aguas antárticas, traídas des de el sur por la profunda corriente oceánica de Benguela. Sobre todo durante los meses de septiembre y octubre, se producen fuertes vientos locales que desplazan las capas superficiales de agua hacia el interior del océano, aflorando el agua fría de la corriente de Benguela a la superficie. Cuando aquélla confluye con los cálidos vientos del desierto, origina nieblas muy espesas, que llegan a extenderse hasta cien kilómetros hacia el interior. De ahí proceden la niebla de ahora o el cielo tapado de Sossusviei.
Esta niebla se produce durante unos ciento veinte días al año y es imprescindible para la vida en el desierto, ya que aporta la humedad necesaria para la subsistencia de vegetales y de pequeñas criaturas. Junto a los fragmentos de vegetación, a las semillas y a los insectos muertos que los vientos oceánicos arrastran hacia los campos de dunas, permite la existencia en estos territorios extremos de animales como el avestruz, la cebra, el órix. Las gacelas, los chacales y las hienas. Se alimentan de las plantas que, en los años de lluvia, han crecido gracias a la germinación de semillas transportadas por el viento. Además, las arenas también acogen a pequeñas criaturas que, adaptadas a la aridez de forma ingeniosa, son capaces de sobrevivir escondidas en las dunas: escarabajos —se contabilizan más de doscientas especies—, serpientes, arañas y escorpiones.
Después de reponer fuerzas en la coqueta y colonial Swakopmund, nos dirigimos hacia el norte. Atravesamos una zona de unos doscientos kilómetros que es muy popular entre los pescadores de caña, quienes entre noviembre y marzo acuden en masa a los múltiples campings y a otros complejos especialmente concebidos para ellos que encontramos en la carretera. El insólito poblamiento de este árido tramo de costa, sólo rodeado de dunas y de un mar gélido, está íntimamente ligado a la abundancia de pesca que genera el afloramiento del agua fría de las profundidades: éste arrastra consigo una gran concentración de nutrientes en suspensión, base de una rica cadena trófica que engordará peces cada vez mayores, hasta llegar a ballenas y focas, a gran cantidad de aves... y a los mismos pescadores.
Pasamos por una de las muchas colonias de focas de Namibia: Cape Cross. Atraídas por tanto pescado, las focas han invadido unos cuantos enclaves de la costa con sus colonias de cría. La visita merece la pena, ya que es una ocasión única para un paseo entre más de ochenta mil focas —en la época de cría, en noviembre y diciembre, llegan a doscientas cincuenta mil— que toman el sol, se pelean por el mejor sitio, amamantan a sus crías y surfean en las aguas oceánicas. Pese al intenso y persistente hedor a amoníaco y a otros mil demonios, resulta divertido contemplar las caras de felicidad de quienes recorremos la colonia, incrédulos ante un espectáculo que, sin embargo, oculta una desagradable historia entre bambalinas.
Estos opulentos animales —los machos llegan a pesar 360 kilogramos—, con una vida de apariencia regalada, comen una cantidad diaria de pescado equivalente al 8% de su peso. Al cabo de un año, sus "capturas pesqueras" superan el millón de toneladas; trecientas mil toneladas más que las flotas pesqueras namibia y sudafricana juntas. Este hecho ha propiciado el control de sus poblaciones: cada mañana, se matan doscientos ejemplares en Cape Cross, para su transformación en productos que se exportarán a diferentes destinos: pieles para Europa, afrodisíacos para Asia...
Sin embargo, la medida sólo ha conseguido aumentar las poblaciones de otros pre-dadores marinos que han sustituido las focas. Éstas, diezmadas, representan hoy una competencia menor, y el problema sigue sin resolverse.
Un buen sitio para pasar un par de días después de visitar Cape Cross es el territorio que rodea Brandberg, en el interior. Allí se eleva el monte Kónigstein, el más alto de toda Namibia con 2.579 metros de altitud. Es un paisaje emotivamente remoto, otro de los rincones del Namib donde la nada sobrecoge. Además de metafísica, el desierto también regala una clase magistral de existencia: la welwitschia. Esta especie vegetal, con un aspecto desolador y enmarañado, está más cercana a los fósiles que a las plantas, y es exclusiva de estas llanuras pedregosas. Sus dos únicas hojas se resquebrajan y resecan de una forma lamentable, y la planta siempre está a punto de morir... pese a que su media de edad es de seiscientos años, y a que algún ejemplar alcanza incluso los dos mil años de vida.
Una insólita zona de acampada al oeste del núcleo de Brandberg nos permite saborear este entorno. Es el Ugab River Camp Site y está dirigido por una organización no gubernamental (Save the Rhino Trust) que se dedica a la recuperación de la escasa población de rinocerontes negros que aún habita la zona.
De vuelta a la costa, tardamos poco en traspasar la escenográfica puerta del parque de la costa de los Esqueletos. Ante nosotros, se extienden quinientos kilómetros de litoral yermo y azotado por el viento, cubierto de niebla durante la tercera parte del año y que es, además, el mayor cementerio de pecios del mundo.
EL DESAFÍO DE LA SUPERVIVENCIA
Los barcos embarrancaban debido a la niebla, a las fuertes corrientes marinas y a los violentos vientos que azotan esta costa. Y el naufragio era un problema menor: el auténtico reto era la supervivencia en un Namib que siempre se mostró tozudo y fiel a su etimología como lugar desierto, inadaptado a la vida.
También nosotros hemos tenido mala suerte, pues la niebla nos acompañó todo el camino a lo largo de nuestra visita costera. Espesa y fría, das escapadas fuera del coche para observar los restos de naufragios visibles en la zona sur, la única accesible en automóvil. Al territorio del norte, en cambio, solamente se puede acceder desde el aire, a través de algún safari en globo aerostático o en avioneta, unas alternativas que resultan mucho más caras.
Dejamos la costa de los Esqueletos por la puerta oriental del parque, la entrada al Damaraland y, más al norte aún, al Kaokoland. Ambos son territorios de ondulados promontorios graníticos y con una vegetación de sabana, los preferidos por el elefante del desierto, un animal especialmente adaptado a esas zonas áridas. No en vano, es capaz de aguantar hasta cuatro jornadas sin beber y de desplazarse setenta kilómetros al día en busca de agua.
En esa región, el relieve se vuelve generoso con el hombre y le ofrece cuevas y abrigos rocosos donde protegerse. También bastante caza. Fue el hogar de los primeros bosquimanos que, en zonas como Twyfelfontein, dejaron más de dos mil cuatrocientos petroglifos, utilizados, al parecer, para sus ritos iniciáticos y propiciatorios de la caza. Hoy, forman una fabulosa galería de arte al aire libre... y una excusa que ni pintada para el cierre de este relato. '
PARQUE NACIONAL DE ESTOSHA
UN DESFILE DE VIDA ANIMAL
BLANCO. HORIZONTE LLANO, sin una arruga en el terreno. El cielo pierde su característico color azul cuando el sol se eleva sobre la antigua laguna de Etosha. Blanco es también el suelo, costra salina y arena, viejo fondo lacustre fruto de los periodos glaciares de África Austral. Cegador. Los ojos del observador se convierten en dos ranuras, intentando disminuir la brillantez del mundo que lo envuelve. Blancos son los orices, blancos, los elefantes. Pero no esos que aparecen de vez en cuando en el Sureste Asiático y son portadores de suerte. No, blancos por el rebozado del aire en suspensión, del barro blanco. Blanco.
El parque nacional de Etosha tiene su razón de ser en la cubeta de un lago que se seco miles de anos atrás pero que, con las lluvias estacionales —o alguna ocasional que caiga fuera de temporada—, se inunda y aporta entonces el bebedizo universal: agua para los animales, agua también para las plantas.
Elefantes como ya no se pueden ver en casi ningún otro lugar de África, si exceptuamos el parque nacional de Chobe, en Botswana. Rebanos de hasta cincuenta unidades se mueven cansina pero silenciosamente por la estepa. Están organizados como una escuadra romana: los ejemplares mas poderosos abren y cierran la marcha. Las hembras, en los flancos. Y en el centro, a resguardo de los desalmados con los dientes afilados, las crías.
Tal vez por las grandes distancias que deben recorrer en busca de agua, quizá porque se saben señores indiscutibles del territorio, los elefantes de Etosha se acercan a los coches de los turistas sin remilgos. A veces, incluso frotan su piel contra la chapa del automóvil, provocando un momento de pánico en los ocupantes.
"Laguna de agua seca". 0 "Lugar inmenso". Los que entienden de etimología, dicen que ese es el significado del vocablo Etosha. Ambos lo describen con exactitud.
Entre octubre y abril, llueve. Suficiente para que el perímetro de la antigua laguna, con unos cinco mil kilometres cuadrados de superficie, alcance un nivel de agua de hasta un metro de altura. Entonces, hay una increíble explosión de vida. Las orillas se convierten en un pastizal verde, y miles y miles de aves aparecen para disfrutar. Algún ano ha habido hasta un millón de flamencos, tiñendo grandes extensiones de la planicie con su rosa cursi. Y también están los depredadores, que se ponen las botas con el festín pantagruélico que la naturaleza les ofrenda. Elefantes, leones, rinocerontes y leopardos son las mas afamadas estrellas del parque nacional. Los grandes proboscidios son fáciles de ver. También los leones, que si en la sabana de gramíneas del África oriental se confunden con los mares de hierba dorada, en este lugar destacan, oro sobre beige. Los rinocerontes negros aun se encuentran en buen número varios centenares. Aunque están a punto de extinguirse en casi todo el planeta, aquí guardan un estado de salud poblacional razonable los esfuerzos para salvarlos de la caza furtiva han sido grandes e imaginativos. No en vano, en esta zona austral del continente fue donde se hicieron las primeras pruebas de cortarles el cuerno. El propósito es que pierdan su valor para los buscadores de medicinas milagrosas.
Guepardos y leopardos son esquivos y astutos. Solo con mucha suerte tendremos un encuentro fugaz. Tal vez, mientras duerman , la siesta en un árbol o peguen lametones en agua de una pequeña charca .
Pero en la sabana arbustiva de Etosha hay un montón de actores secundarios. Son los que alegran los momentos de espera entre aparición y aparición de las estrellas principales: avestruces de porte altanero, gacelas de rostro negro para los amantes del ballet, avutardas negras para los incrédulos, pájaros picozapatos para quienes no creen en la creatividad df la naturaleza, elands y kudus para los aficionados a las sopranos de gran tonelaje...
En la actualidad, el parque nacional tiene una extensión cercana a los 23.000 kilómetros cuadrados, aunque cuando fue declarado área protegida, a principios del siglo XX, poseía mas de cien mil; era el mayor parque del mundo. Sucesivas reducciones en función de los tiempos que corren, de intereses económicos y de la relocalizacion de las tribus que tradicionalmente habían ocupado esas tierras, lo dejaron en su actual tamaño.
Cuando un disco de color naranja despunta por el horizonte, se abren las puertas de los campamentos. Entonces docenas de coches salen enloquecidos, prestos a dispersarse por las pistas, a observar a los animales durante las dos o tres primeras horas diurnas, las buenas, cuando la luz es rasante, y el calor, soportable. A partir de media mañana, los animales se esconden entre las acacias espinosas y solo se dejan ver los incombustibles pajarillos que sal-tan de rama en rama o los especialistas del desierto, como chacales, avutardas y milanos.
REFUGIOS EN LA OSCURIDAD
Al acabar la jornada, pasa lo mismo a la inversa. Los campamentos cierran sus puertas a la puesta del sol. Cuando el astro cae detrás de los árboles, los automóviles desfilan ordenada-mente hacia los lugares de acampada. Algunos se apostaran cerca y estrujaran los últimos minutos de avistamiento. Justo antes de que los guardas echen el candado, traspasaran el recinto donde, mas o menos, hay seguridad.
Los campamentos principales de Etosha tienen un gran encanto. Uno de los más codiciados es el fuerte de Namutoni. Es blanco, desde luego, y cegador, como todo lo que tenga relación con este paisaje. De planta cuadrada, fue construido en 1901 por los alemanes, la potencia colonial del momento. Tuvo una vida corta, pues sucesivas batallas con los ovambo, los pobladores legítimos de la tierra, lo dejaron hecho fosfatina. Se reconstruyo en 1957, se adapto a las necesidades turísticas y hoy es un lugar modesto pero simpático. Resulta delicioso dormir en una de sus torres, en las antiguas habitaciones de los soldados.
Okaukuejo es otro campamento estelar en Etosha. Tiene fama por una gran charca, de unos veinticinco metros de largo, donde los animales de la sabana acuden cada noche a beber. Las autoridades han instalado unos potentes focos que iluminan la lámina de agua durante una hora. Entonces, se puede vivir en directo la película que habitualmente nos perdemos: el drama descarnado de la fauna africana. Beber es imprescindible para la vida, pero también el momento mas propicio para la muerte.
Todas las instalaciones están en perfecto funcionamiento, en la actualidad en un proceso de mejora y calidad que harán competencia a los lujosos lodges del exterior del parque y revalorizara aun mas el conjunto de poder dormir en el interior del parque. Quien desee beber champán frío o alojarse en cabañas de ensueño, deberá buscar entre los hoteles y bungaloes privados que perlan el perímetro exterior de la zona protegida. Y pagar otros precios, claro. Los parques namibios no son caros, y sus instalaciones, tampoco. A cambio, el viajero deberá moverse en un ambiente mas acorde con la adustez del paisaje.
La sabana arbustiva de Etosha facilita, en teoría, el avistamiento de fauna salvaje. Es ver-dad, los horizontes llanos y la ausencia de vegetación en muchas porciones de terreno, hacen sencilla la localización de los animales. Pero, por otra parte, estos se han convertido en eficaces "despistadores". Quietas bajo las ramas de una acacia, unas gacelas pueden pasar inadvertidas al observador inexperto. Una quebrada en el terreno oculta a una familia de leones que duermen tras el festín nocturno. El color blanco del paisaje camufla unos orices solo delatados por sus cuernos en forma de lanza.
Los puntos de agua se convierten, entonces, en la apuesta segura. Siempre habrá allí algún animal: jirafas despatarrándose —el momento mas peligroso del día para ellas, pues no pueden incorporarse rápidamente—, patos, gangas, antílopes ruanos, chacales... Las charcas, marcadas en los mapas, son a menudo alimentadas artificialmente. Los gestores del parque saben que, para conservar el éxito de público, el cliente debe quedar satisfecho. Así que se han instalado molinos de viento que bombean agua de las profundidades de la tierra. De este modo, no hay muertes masivas durante las largas sequías, y los visitantes tienen asegurada la visión de fauna salvaje.
Por su tardía independencia, en 1990, Namibia tiene todos los tics de Sudáfrica en su gestión de la vida silvestre. Algunos son buenos, como demuestran los resultados: vallados de algunas zonas protegidas para evitar la caza furtiva, gestión sostenible de las reservas, infraestructuras turísticas austeras pero eficaces... Pero, lógicamente, también se arrastran algunos de los defectos, como estar a favor de la eliminación selectiva de elefantes, o dificultar las migraciones naturales de los herbívoros con esas vallas que, en teoría, les sirven para sobrevivir. Pero si en algo destaca el país —y, por supuesto, también Etosha—, es en la preparación de sus guardas. Conocen el oficio y el territorio, y saben donde se localizan los animales.
Desde la seguridad que proporciona una gestión muy profesionalizada, los visitantes olvi-dan a veces que se hallan en el África sin domesticar. No es extraño tropezarse con una civeta al ir al lavabo en un campamento. 0 descubrir que unos monos han arrasado la colada de la tienda vecina. 0 que unos facoceros han entra-do en la habitación mal cerrada, y ahora todo esta revuelto y con olor a tocino pulgoso.
Etosha es inabarcable. Uno puede vagar por sus pistas, rebozándose en el polvo blanco que levanta el coche —y que invade cada rincón de nuestro cuerpo y equipaje— un DIA tras otro, y tener la sensación de que siempre se llega por primera vez a ese desierto cegador, pedregoso, inhóspito, pero que tal vez por esa misma dureza, atrapa. Parece imposible que en un erial de plantas espinosas puedan vivir tantos animales, desplazándose cientos de kilómetros a temperaturas muy altas para alcanzar un punto de agua donde serán devorados. Un drama alentado por la luminosidad cegadora que, en ocasiones, es tan tenebrosa como la oscuridad.
LA VEGETACION, EL OTRO GRAN SECRETO DE ETOSHA
ÁRBOLES QUE SE AFERRAN AL POLVOLA RESISTENCIA ES LA UNICA ARMA PARA SOBREVIVIR EN ESTE SUELO POROSO Y SECO, UN TERRENO S6LO APTO PARA ACACIAS, PALMERAS Y ALOES
La mayor parte de Etosha esta desprovista de vegetación. Existen grandes extensiones donde solo hay polvo y piedras. Cuando aparecen plantas, tienen una característica común: son especialistas en agarrarse a un terreno que no les ofrece nada. La acacia espinosa, de la que se alimentan muchos herbívoros, desde la jirafa a la gacela de rostro negro, ha desarrollado púas como bisturís para su defensa. Aunque sin éxito completo, pues si bien es el árbol mas abundante del parque, hay milla-res de gacelas que se deleitan con sus brotes.
Las Lluvias estacionales son mal retenidas por el terreno, que es calizo y filtra toda el agua. Pero incluso así, el mopane desarrolla una hoja muy jugosa que se cotiza al alza entre los ungulados. Esta especie se conoce popularmente como "árbol paraguas", pues adopta una copa alta y uniforme, y los brotes de las primeras ramas están bastante alejados del suelo para no ser devorados.
UNA ESPECIE COTIZADA
Los áloes, que ni siquiera sufren las molestias de las cabras domesticas a causa de sus hojas correosas y punzantes, adornan los pedregales mas inh6spitos. Después de ser tradicional-mente ignorados por el ser humano, ahora se aprovechan para la venta del milagroso jugo de sus hojas a la gran industria cosmética. Habrá que analizar las consecuencias de este aprovechamiento en un terreno muy sensible.
Las palmeras aparecen diseminadas de forma escasa, generalmente en zonas donde el terreno es mas esponjoso. Con sus largas raíces y su resistencia, pueden permanecer verdes todo el ario, incluso durante las peores sequías. Aun así , los elefantes, que comen gran variedad de vegetales diferentes, son aficionados a arrancar sus ásperas hojas y a devorarlas sin inmutarse, pese a su dureza quitinosa.
Unos cuarenta kil6metros al este del campamento de Okaukuejo, hay una foresta que los lugareños han bautizado como "el bosque encantado". Se trata de la arboleda más compacta que se puede encontrar en el interior del parque nacional. El resto de la reserva es un pedregal de polvo fino como la harina.
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