26 septiembre 2007.
De Sucre sale una vía hacia Vallegrande, el lugar donde hace justamente 40 años falleció el Ché. Pero eso lo dejaríamos para más adelante. Nuestro próximo destino sería Cochabamba para ver el rostro selvático. Y qué viaje. La distancia entre ambas ciudades se cubre en 11 horas, o eso al menos en la teoría. El inicio de la expedición no podía ser más halagüeño. No sólo porque escogimos un cómodo autocar, semi cama, sino porque la luna llena iluminaba en los primeros tramos un paisaje de acantilados.
La carretera asfaltaba ascendía metros y nos daba una última oportunidad de contemplar las luces de fondo de Sucre. Pero, pronto, el calor comenzaba a ser agobiante en el interior del viejo autocar. Las ventanillas, por las que entraban oleadas de polvo, no lograban mitigar la sensación de agobio. Nadie parecía percatarse de que la calefacción estaba encendida al máximo, y eso que la temperatura exterior no lo aconsejaba. Supongo, que la resignación de los bolivianos les impedía alzar la voz incluso en un tema tan justo. Supongo también que están desgraciadamente muy acostumbrados a este tipo de incomodidades.
Como en viajes anteriores, éramos las únicas extranjeras que viajábamos. Bolivia no es aún un país muy turístico, y son pocos los turistas hispanos que se dejan seducir por su magia. Aguantamos en silencio durante horas, hasta que el calor hizo que el ambiente fuera irrespirable. Protestamos, pero no logramos respuesta. Ya en la cabina del chofer, comprobamos el motivo de tanto calor. El autocar se estaba recalentando y corría el riesgo de pararse si quitaba la calefacción. La odisea no había hecho más que empezar. Continuamos en esa estrecha cabina, junto al conductor, el ayudante y otra pasajera sin asiento, y sobre el motor del vehículo. Allí, al menos, se podía respirar.
El sudor del ‘autocarero’ iba en aumento, y no sólo por el calor. El paso del bus se realentizaba. Tanto, que al final dio su último suspiro, o eso parecía. Se detuvo un rato y prosiguió más lento si cabe. El ayudante del conductor iba insuflando aire en marcha por una pequeña cavidad. Sus intentos fueron fallidos y, después de varias intentonas, el autocar se detuvo. Lo hizo frente a dos casetas en las que un grupo de bolivianos se afanan en vender galletas, dulces, bebidas…
Tres horas allí detenidos, en medio de la absoluta nada, esperando a que un mecánico apareciera a las 3 de la madrugada para hacer que el motor arrancara. Y apareció ese milagroso mecánico que nos puso de nuevo en ruta. Sin más contratiempos, el autocar llegó a Cochabamba catorce horas de viaje de iniciado. El cansancio había hecho mella en nosotras y no pudimos resistirnos a un sueño reparador en el Hostal Jordan. 27 septiembre 2007.
Y poco puedo contar de Cochabamba. Quizá por nuestro cansancio o quizá porque se nos abrió como una ciudad que no quiere ser conocida, pero lo cierto es que no tuvimos mucho interés en conocer el lugar de la ‘eterna primavera’. Una gran estatua, a semejanza del Cristo de Sao Paulo, da la bienvenida, desde las alturas, al visitante. Abajo, la Plaza de Armas 14 de septiembre aglutina toda la vida de la ciudad. Rodeada de palmeras y árboles de alegres colores. Parece mentira, pero la ciudad celebraba en ese momento el Día Internacional del Turismo.
Pese a estar llena de puestos que invitaban a recorrer el departamento, la información que facilitaban era exigua, como si no tuvieran ganas de atraer a los turistas. Lo único que nos llamó la atención fue el Palacio Portales, en la zona Queru-Queru, iba a ser la morada del ‘rey del estaño’ o sea de Simón Patiño. Nada hacía presagiar que este vendedor se convertiría en el hombre más adinerado de toda Bolivia. Pero así fue. Encontrar una veta de estaño fue su secreto. El palacio que ordenó construir y que no llegó a ocupar es hoy la sede de la Fundación Patiño y un buen exponente de un lujoso pasado. (Continuará...)
Por Mar Peláez |
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