25 septiembre 2007. Había llegado el momento de abandonar Potosí en dirección a Sucre. Tras un pequeño incidente, tomamos un taxi compartido, por 40 bolivianos, hacia la cuna de la libertad iberoamericana: Sucre. No en vano fue la primera ciudad de América que logró su independencia un 25 de mayo de 1809. Ayer fue la antigua capital de Bolivia, hoy sólo es la capital oficiosa del país al albergar la Corte Suprema de Justicia. Y bien les pesa a los sucreños. No pierden la ocasión de reclamar que la primera y única Constitución de Bolivia (allí es donde se firmó) le otorgó ese ¿privilegio?
Hay varias fórmulas para hacer ese recorrido de 145 kilómetros que cae desplomado por un desnivel de unos dos mil metros que quita el hipo: bus, ferrobús o taxi compartido. Por rapidez y comodidad, elegimos éste último. Muchos kilómetros a nuestras espaldas por todo el país nos llevaron a optar por un pequeño ‘lujo’. ¿El paisaje? Por fin, en muchos días de aridez, se tiñe de verde por momentos.
La carretera ha abandonado el ripio tradicional y deja paso al asfalto, que sólo se ve truncado en las zonas geológicamente inestables. Las montañas abrazan la carretera y deja ver ese impresionante paisaje que se abre a veces a muchos metros, barranco abajo. Como en ocasiones anteriores, no por habitual resulta menos descorazonador ver cómo muchos campesinos se apean del autobús que nos precede en cualquier lugar, aparentemente en mitad de la nada, y emprenden la marcha hacia su casa o campo, perdido más allá del alcance de la vista.
Dos horas y media después de haber abandonado Potosí, nos encontramos en Sucre. El blanco de sus fachadas es la primera imagen que entra por la retina hasta sorprender. No es Andalucía, es Sucre. Atrás habíamos dejado el color ocre, y nos adentrábamos en un mundo blanco. Primero, como de costumbre, a patearnos la ciudad en busca de un alojamiento. Fue laborioso encontrar un hostal mínimamente acogedor. La Policía de Turismo no siempre resulta la opción más eficaz. Al final, elegimos el Hostal Veracruz, en la bulliciosa calle Ravelo, porque, al menos, su ducha desprendía agua caliente.
Pocas ciudades como Sucre conservan el verdadero espíritu colonial. Señorial, aristócrata, recoleta, acogedora, tranquila. Ordenada, limpia y cuidada.
A eso contribuye el hecho de que está prohibido pintar sus casas de otro color que no sea el blanco. Y esa obligación les tiene condenados a pintarla de arriba abajo cada año. Los tejados de los edificios también son uniformes, de color ladrillo.
Es pequeña, tan pequeña que parece irreal que sus habitantes todavía hoy se disputen con los paceños la capitalidad del país. ¿Por qué renunciar a ese sosiego? ¿Por qué sustituir la quietud por esos atascos, revueltas, bloqueos constantes… que alborotan y paralizan la Paz?
Sus calles rectilíneas guían al visitante por sus iglesias y palacios, por sus campanarios y torres coloniales. Sus habitantes presumen de tener la mayor concentración de iglesias y museos de Bolivia. Así que a cada paso, el viajero se topa con un templo, un palacio o cualquier edificio centenario que guarda sabor y belleza. Hasta cuatro nombres ha tenido a lo largo de la historia: Charcas, Sucre, Ciudad Blanca y La Plata. Pero si hay un lugar que recoge como ningún otro la esencia de esta ciudad es la Casa de la Libertad. Allí en agosto de 1825 se reunieron los miembros de la Asamblea Deliberante para proclamar la independencia del país. Y, como en prácticamente la totalidad de las ciudades bolivianas, la plaza principal adopta el nombre del día en que retornó a la libertad tras siglos de ocupación española. Simón Bolivar, su liberador, como también de Colombia o Ecuador, preside la Plaza 25 de agosto.
182 años después, ese lugar no olvida que una Guerra Civil (1899) les arrebató la capitalidad a favor de La Paz. Desde mediados de agosto de 2007 se ha convertido en un polvorín. Grupos de manifestantes y fuerzas policiales de Sucre, con gases lacrimógenos incluidos, se han enfrentado en multitud de ocasiones. La Constituyente que prometió Evo Morales les separa entre barricadas y fogatas, entre heridos de ambos lados. Los sucreños reclaman que la Asamblea Constituyente debata su demanda de ser capital efectiva y no sólo oficial de Bolivia.
Días antes de nuestra presencia, los informativos se hacían eco de los enfrentamientos. Días después, también. Pero el panorama que nosotras contemplamos no fue ni mucho menos ese. Todo era calma en una ciudad universitaria, donde los muchachos perpetrados con libros y cuadernos vienen y van por calles antiguas y con una historia que atesora el origen del país. Es tan rebelde como intelectual.
La Catedral Metropolitana, en la plaza central, es punto de referencia visual, al menos por sus 16 estatuas de tamaño natural que vigilan la ciudad. Son los 12 apóstoles más los santos de Sucre. Lo ideal dejarse llevar por el colorido de los mercadillos, de las tiendas de artesanía y por esas empanadillas salteñas que no sólo llenan el estómago sino que deleitan al paladar. Una buena opción para conocer algo más de la vida de los sucreños es comer en su mercado, perderse entre sus platos y conversar con sus tenderas, como Mónica, una niña de 11 años que ayuda a su tía a hacer la comida día tras días después de salir de clase. El sabor de su gastronomía y el bajo coste de sus menús invitan a olvidar que la limpieza del lugar no siempre resulta apto para todos los gustos. Alejarse los escrupulosos, pero no los que quieran acercarse a la cultura boliviana, mezcla indígena y criolla.
Sucre es bella en sí misma, aunque después de recorrer numerosas ciudades típicamente coloniales ha perdido mi interés. Es de estas ciudades que miro, pero no veo. Por eso en día y medio resulta perfecto para hacerse una idea de la ciudad y proseguir camino. A medida que nos despegamos de los Andes nos alejamos de comentarios favorables a Evo Morales. Y de qué manera. Por primera vez, alguien nos habla abiertamente en contra del primer presidente indígena de Bolivia. Los carteles que se descuelgan por los balcones denotan que Evo no es bien recibido en la ciudad. No quiere entrar a debatir sobre la capitalidad del país, y los sucreños no se lo perdonan.
El sol quema, no broncea. Estamos a 2.600 metros de altitud y eso se siente. Al menos, si el destino es el mirador de la Recoleta, desde el que observar una vista inusual de la ciudad. No perderse el interior del convento de la Recoleta para abrazar el árbol milenario, un cedro de unos 1.400 años de antigüedad, al que la leyenda el confiere ‘poderes’ para encontrar a la pareja de tu vida. Tres vueltas en sentido de las agujas del reloj y a esperar…
Y, como en Sucre todo evoca libertad, es obligada una parada en la Iglesia San Francisco. Al alzar la vista, uno se topa con una torre cuadrangular (la otra es triangular). Lo característico, la llamada campaña de la libertad, desde la que se llamó al pueblo a la independencia el 25 de mayo de 1809. De plaza en plaza se llega al Parque Bolívar para comprobar que los parques están tan bien preservados como sus calles y edificios. Un excelente lugar para ver una réplica de la Torre Eiffel, sentarse y leer un libro, relajarse, pensar, broncearse o simplemente mirar a la gente cómo pasa la vida. Un oasis de tranquilidad. (continuará...)
Por Mar Peláez |
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