La primera capital de Guatemala tiene una historia muy movida. Erupciones volcánicas y poderosos sismos han definido el destino de esta ciudad que hoy en día tiene una agitada actividad cultural, turística y religiosa.
Por las mañanas, luego de desayunar con sus cuatro hijos, Antonio Lobos toma su pequeña carreta de madera y se instala en la esquina norte de la Plaza Mayor de La Antigua, donde durante el siglo XVII solían pasar la noche los mercaderes que llegaban de muy lejos a vender sus productos. Antonio también viene de muy lejos, de la provincia de Quetzaltenango, al oeste de Guatemala. Durante todo el día, él vende a los turistas y antigüeños helados de vainilla con fresa bañados con un chorro de jalea de moras azucaradas. La mayoría de sus clientes son extranjeros que se alojan por varias semanas a estudiar español, y que luego de sus clases se toman un respiro en la plaza central para leer en su idioma natal, o practicar su nueva lengua con los pobladores de La Antigua. Una fusión cultural que se cultiva en este pequeño pueblo desde que se fundó, y que se percibe fácilmente mientras se desayuna con una hamburguesa acompañada de tortillas de maíz y frijoles negros, en una casa colonial del siglo XVI, construida por conquistadores españoles sobre remotas tierras mayas. Fusión que se repite en toda América, pero con distintos trazos, paisajes y colores.
Quizá en muchos destinos turísticos la historia no aporta nada emocionante al viajero. Sin embargo, en las calles empedradas de Antigua lo que se respira es leyenda y tradición, detalles que todos debemos conocer antes de iniciar un recorrido por sus añejas construcciones, calles y avenidas. Cuentan las crónicas que a finales de 1523, Don Pedro de Alvarado abandonó México con el propósito de conquistar Guatemala. Al igual que en otros territorios del “nuevo continente”, la rivalidad entre grupos locales resultó muy útil a la hora de dominar la zona. Fue así como la primera capital guatemalteca se fundó provisionalmente sobre tierras de dominio Cakchiquel el 25 de julio de 1524; y bajo la guía del santo que los acompañaba esa mañana recibió el nombre de Santiago de los Caballeros. En su poderoso y rápido avance, las tropas españolas exploraron nuevamente esta región buscando una mejor zona. Al fin, tras el sondeo de varias posibilidades para el asentamiento, los conquistadores optaron por trasladar su pequeña ciudad a Almolonga, y tres años después, Santiago de Guatemala se asentó en las faldas del Hunahpú o Volcán de Agua.
Los nuevos y antiguos
Acompañando al ejército llegaron varios religiosos con el objetivo de evangelizar a las comunidades mayas. Fue así como bajo el poder de la cruz y la espada, una nueva sociedad fue tomando forma en la segunda Santiago. Sin embargo, este fue sólo el inicio del destino destructivo que habría de marcar el carácter de esta ciudad. En 1538, un brutal incendio causó grandes pérdidas entre los pobladores. No fue la única desgracia. Durante el amanecer del 11 de septiembre de 1541, una tormenta que cobró fuerza con el lodo acumulado en el Volcán de Agua destruyó totalmente Santiago.
Para ubicar a la nueva capital, aún llamada Santiago de Guatemala, los sobrevivientes se mudaron al Valle de Panchoy, a escasos kilómetros más lejos del volcán. Aunque la naturaleza siguió dando muestras de su fuerza y agresividad, la decisión y el optimismo fueron las cualidades que reinaron en la capital por mucho tiempo. No en vano, durante más de dos siglos, Santiago fue el centro político, religioso, comercial y cultural del istmo centroamericano, abarcando lo que corresponde a las actuales regiones de Chiapas, parte de Yucatán, Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.
Un nuevo comienzo
Sin embargo, a tan enorme prosperidad se opone la tragedia causada por terremotos como el del 12 de febrero de 1689 que dañó casas, centros religiosos y templos. Y cuando el potente sismo del 29 de julio de 1773 destruyó por completo a Santiago de Guatemala, el gobernador dio la orden de trasladar la capital. Luego de esta decisión, Santiago de Guatemala pasó a llamarse La Antigua Guatemala.
Pese a este trágico destino, La Antigua no llegó a convertirse en un municipio abandonado. Pasó el tiempo y el afán de los antigüeños por recuperar sus edificios más distintivos se incrementó. Es así como, luego de ser nombrada con el título de Villa, en 1813 se comenzó a restaurar la catedral, y los fondos obtenidos a partir de la producción y exportación del café fortalecieron la economía local que ayudó en el embellecimiento de construcciones que por largo tiempo estuvieron abandonadas.
Como recompensa al esfuerzo de sus protectores, La Antigua Guatemala fue declarada Monumento Nacional en 1944. Luego, en 1958, Antigua fue, durante un solo día, capital de la República, un acuerdo que volvió a adoptarse en 1962. El 12 de octubre de 1958, un nuevo decreto la nombró Ciudad Emérita. En 1965, la villa fue declarada Ciudad Monumento de América. Además, gracias a una Ley Protectora de 1969 comenzó a operar el Consejo Nacional para la Protección de La Antigua Guatemala, cuya labor fue indispensable para preservar los monumentos coloniales; y desde noviembre de 1979, La Antigua forma parte de la lista de ciudades que integran el Patrimonio Mundial Cultural y Natural de la Unesco. Toda una lista de reconocimientos que no sólo se debe a su antigüedad, sino a su imponente encanto y esplendor.
Un paseo a La Antigua
Para visitar La Antigua no es necesario tener en cuenta la hora ni el día. Cada posición del sol y la luna le da a sus monumentos trazos y sombras distintas que valen la pena observar al detalle. Por las mañanas, al sur de la ciudad, el Volcán de Agua luce imponente, y el poderoso cielo azul es el marco perfecto para las enormes y centenarias casas de colores, que a esta hora del día son más luminosas y brillantes. A media mañana el sol aparece furioso, hora de sentarnos cerca de la fuente del parque central para ver el desfile de los güipiles, blusas coloridas y tradicionales de las distintas comunidades mayas de Guatemala, cada una con particulares combinaciones de colores, formas y tamaños, que sólo un ojo bien entrenado puede distinguir y señalar la zona de donde proviene el atuendo.
Y a media tarde, una buena opción es conocer el nuevo mercado de artesanía cerca al paradero de buses, o visitar alguno de los pueblos indígenas que rodean Antigua como San Felipe, Santa María de Jesús, o San Antonio Aguas Calientes donde se puede encontrar cerámica colonial vidriada, objetos de cerería de madera, y trajes típicos, producto cotidiano del trabajo de sus pobladores.
Los antigüeños recomiendan una excursión sin rumbo fijo, de preferencia en una noche de luna llena para captar la sensación que debieron tener sus habitantes en el siglo XVIII. Y en el día, lo primero que se debe hacer es ubicarse en la Plaza Mayor y dar una vuelta por el Palacio del Ayuntamiento, y después, dar un paseo por La Catedral, tan veterana como la ciudad, y que cambió con los años debido a los continuos sismos y reconstrucciones de varios siglos. Además, no hay que perdernos una caminata por el templo de San Agustín, el ejemplo más importante de la arquitectura del primer período de la ciudad.
Lo mejor de esta pequeña ciudad es que posee un patrimonio monumental en buen estado de conservación. Esta preservación, sin embargo, es mérito de la mudanza de la capital, ya que Antigua quedó fuera de un fenómeno que suele variar irreversiblemente el aire y la personalidad de cualquier urbe: la construcción moderna. Fenómeno que está ocurriendo actualmente en Ciudad de Guatemala y su centro histórico.
De ahí que lo natural de ese diálogo con el pasado aún se sienta en las calles y casas antigüeñas que nos recuerdan que rondamos por una tierra de terremotos y volcanes. Edificaciones de una sola planta, con un diseño que incluye hasta tres patios: el primero y principal tiene una fuente central; un segundo patio que sería propio de la servidumbre con su correspondiente pila de lavado; y un tercero, reservado para las clases más adineradas, donde se puede encontrar un corral para las aves domésticas, quizá una caballeriza y un pequeño huerto. Son hogares coloniales muy acogedores, con pisos de ladrillo de barro cocido y techo con vigas de madera. Para disfrutar de estos acogedores ambientes podemos visitar la Casa Landívar, tomar un buen café guatemalteco en el Café Condesa en el centro del pueblo, o ir en busca de un dulce típico a la Casa de la Cuarta Calle, hoy pastelería Doña Luisa Xicotencatl.
Al pasear por La Antigua, el viajero no sentirá remordimiento cuando le llegue un profundo gozo al ver las iglesias y conventos en ruinas, no tendrá pena cuando disfrute de una espectacular y peligrosa vista del gigante Volcán de Agua sobre la ciudad, y no lo consumirá la sensación de pecado cuando pruebe una sabrosa comida típica fuera de la Catedral, o dentro de un hogar que perteneció a un desaparecido conquistador. Así es La Antigua, una combinación de sensaciones y donde el pasado depende de lo moderno para disfrutar de un buen presente.
*Este texto fue publicado en la revista peruana Viajeros |
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