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De Medellín a Machu Picchu, indocumentado y pobre (I)

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las ruinas

Machu Picchu | 0 comentarios.

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Elnombre
28/01/2008


Lo primero del viaje era averiguar la ruta más conveniente. Consulté en Internet y les pregunté a algunas personas. Lo más indicado, coinciden todos, es llegar a Ipiales, cruzar Ecuador y bajar por Perú siguiendo igualmente la carretera Panamericana. Lo segundo era averiguar la documentación que se requiere para viajar por esos países. Me metí a la página de la embajada de Ecuador en Colombia. Yo juraba que se necesitaba sacar pasaporte: como ciento veinte mil pesos ¡Jesús! En el sitio web decía sin embargo: se requiere Pasado Judicial del DAS, Tarjeta Andina de Inmigración, Cédula y/o pasaporte ¿Y/o? Yo no lo podía creer.

Tomé el teléfono y llamé al consulado de Ecuador en Medellín. Me contestó una señora malgeniada y de voz áspera, se me ocurrió que era la abuelita del cónsul ¿Qué se requiere para un colombiano viajar por el Ecuador? Certificado del  DAS, Cédula o pasaporte. ¿Cédula Y pasaporte? Insistí yo. ¡OOO!!! ¿YYY??? ¡OOO,O, señor! Me colgó. Para Perú solo se necesita cédula y Tarjeta Andina. Lo siguiente fue reunir el equipaje: carpa, sleeping, ropa para el frío y comprar algunos dólares para la estadía en Ecuador. Recomiendo hacer esta última gestión en una casa de cambio confiable como las que se encuentra uno en casi todos los centros comerciales; cambiar moneda en la frontera es un riesgo que no vale la pena. Yo lo corrí en Huequillas (frontera de Ecuador con Perú) y ya verán cómo me fue.

Camino a Ecuador

Listo. Salí de Medellín el 17 de diciembre a las dos y media de la tarde y llegué el dieciocho casi al medio día. La idea era bajar haciendo autostop, o echando dedo como decimos aquí, pero considero que ese es otro riesgo que no se debe correr en Colombia, de ahí para abajo vaya y venga, pero aquí mejor no. El tiquete cuesta $ 78.000 pesos. En Ipiales me encontré con mi compañera de viaje que venía desde Bogotá, almorzamos y nos fuimos para inmigración. Torpemente nos fuimos directo a inmigración del Ecuador. Era necesario primero firmar la salida en Colombia. Nos Devolvimos, firmamos y cruzamos el Puente Internacional de  Rumichaca. Entramos por segunda vez al país y firmamos esta vez sí la entrada. Ya teníamos el tercer documento requerido: la Tarjeta Andina de Inmigración.

En la fila alguien me preguntó si era mi primera visita al Ecuador. No, le respondí, hace muy poco vine también. ¡Bueno, era cierto! ¿O no? Terminado el trámite tomamos un colectivo para Tulcán: $85 centavos de Dollar. Nos Bajamos en el centro de la ciudad; estaba lloviendo y ya era un poco tarde así que decidimos buscar un hospedaje. Uno muy barato por supuesto. En Tulcán todo se llama Carchí: Banco Carchi,  cafetería Carchi, almacén Carchi. Nos quedamos en el Hostal Carchi: dos dólares por persona  la noche. Yo no soy muy exigente pero el sitio era una pocilga. Recomiendo buscar un poco. Por un Dollar más se encuentran mejores opciones. Sin embargo dormimos bien. Quien pase por esta ciudad fronteriza no puede quedarse sin visitar el cementerio: es patrimonio cultural de la nación, sencillamente hermoso: con corredores de pinos que asemejan los laberintos de las películas y que conducen a patios centrales. En los pinos están talladas las formas de los animales de la región. Hermoso.

Al día siguiente caminamos hacia las afueras de la ciudad, buscando la carretera Panamericana y comenzamos a echar dedo. Primero nos llevaron hasta Julio Andrade, allí comimos unos enlatados mientras veíamos llover sentados en una estación de gasolina y mientras alguien más nos daba el aventón. Escampó y no demoró mucho en aparecer un señor muy amable que nos arrimó hasta San José de Ibarra. En total fueron como tres horas de viaje de más lluvia y de un sol radiante mientras cruzábamos el desierto. En Ibarra preguntamos por un lugar donde acampar y nos recomendaron la laguna de Otavalo o la de San Pablo. Ya estaba tarde para Otavalo así que nos fuimos para el terminal y tomamos un bus hacia San Pablo. Al cabo de una hora habíamos llegado. San Pablo es un pueblo pequeño y oscuro. ¿Dónde queda la laguna? Caminan rectito y bajan, nos dijeron. Nos internamos por un camino pantanoso, oscurísimo y lleno de matorrales hasta que por fin encontramos la laguna: una mancha negra y enorme que se confundía con el cielo. Se escuchaban animales sumergiéndose. Nosotros pensamos que eran cocodrilos, pero igual armamos la carpa, nos acomodamos y fuimos al pueblo a comprar unas cervezas.

Al día siguiente nos despertaron las voces de hombres hablando en quechua. Se trataba de albañiles: estábamos acampando justo en el área donde construyen locales y canchas para darle un carácter más turístico a la laguna. Los cocodrilos eran en realidad patos. Nos levantamos y dibujamos un poco. El agua se extendía a lo lejos y en el horizonte se veían las montañas opacadas por la intensa neblina.

¡Llegamos a Quito!

De nuevo nos fuimos para la salida del pueblo a buscar la Panamericana y ¡Bingo! La próxima camioneta que nos paró iba para Quito. Nos montamos felices en el remolque observando durante casi tres horas el paisaje. El tipo nos dejó en la entrada de la ciudad así que buscamos una estación del MetroBus y nos fuimos para el centro. Quito lo confunde a uno al principio. Entrando se ve muy normal, pero cuando uno se empieza a acercar al centro histórico se encuentra con una ciudad hermosa y desarrollada en la que dan ganas de quedarse. Estábamos un poco cansados así que no buscamos mucho. Nos hospedamos en pleno centro en el sector de San Blas (recomendado), en el Hotel Internacional justo en la Avenida Guayaquil, que viene siendo un equivalente a la Séptima de Bogotá. Diez dólares por persona. Pero claro hay más opciones, al día siguiente nos quedamos en un hostal de cinco por persona en el mismo sector, un sitio decente. Al fin y al cabo de lo que se trata es de dormir y bañarse. En Ecuador uno puede fácilmente almorzar o comer bien con dos dolares. La cerveza (Pilsener) cuesta un dollar, pero es enorme.

El transporte es considerablemente barato. El país de frontera a frontera se puede cruzar con solo veinte dolares y en Quito con sesenta centavos uno puede recorrer la ciudad de cabo a rabo. Tienen tranvía, MetroBus y buses alimetadores. Tal vez ninguna ciudad colombiana cuenta con un sistema interurbano tan efectivo. En muchas ocasiones he escuchado que los ecuatorianos experimentan cierto sentimiento de xenofobia contra los colombianos. Yo debo decir que nunca lo sentí así y que cuando escuchaban nuestro acento nos trataban tan bien como a cualquier extranjero. El Centro Histórico de Quito es un sitio muy bello, lleno de edificios antiguos de estilo barroco y neoclásico. La Basílica, de estilo gótico, es probablemente una de las iglesias más hermosas de Latinoamérica. La Plaza de Armas resulta sencilla si uno piensa en ciudades como México o incluso Bogotá, pero en su sobriedad radica su gran encanto. Cuando vayan a la capital del Ecuador piénsenlo dos veces antes de ir a la Mitad del Mundo ( latitud 0’0’0). Los quiteños lo promocionan como un destino turístico obligado en esa ciudad, pero además de quedar muy lejos es un poco aburrido. En la capital nos quedamos dos días, al cabo de los cuales como se imaginarán salimos a las afueras a buscar la Panamericana para hacer autostop. Esta vez nos llevaron hasta Santo Domingo. Unas tres horas de viaje. Llegamos tarde así que tomamos la decisión de seguir en bus. Primero hasta Guayaquil y luego hasta Huequillas, la frontera, donde llegamos como a las diez de la mañana. Ocho dólares el pasaje.

Empieza el viaje indocumentado

De todo el viaje el sitio que recuerdo con mayor desagrado es Huequillas, la frontera con Perú. Uno  llega y una infinidad de tipos  feos se arriman a ofrecer cambio de moneda. El pueblo esta rodeado de desierto, es populoso y lleno de venteros  por lo cual se dificulta caminar, hace calor y huele mal. Yo llevaba un billete de cien dólares y tan pronto pude lo cambié a uno de los tipos de los cuales un policía nos dijo que eran confiables. Desayunamos y arrancamos para inmigración. Antes de entrar descubrí algo que me congeló la sangre por un instante: ¡mis papeles habían desaparecido! En el camino hacia Guayaquil hubo varios retenes y yo seguro los perdí en uno de tantos. El taxista que nos llevó a Inmigración me propuso una solución: un amigo mío te puede conseguir una Tarjeta Andina bamba, de contrabando. Bueno, que más se le va a hacer. Lo llamó al celular: Coronel, un parcero colombiano necesita un favorcito… la vuelta costó treinta soles, pero todavía hacía falta conseguir la tarjeta de pirata de entrada al Perú.

Allá también hay que pagar, me dijo el taxista, que como imaginaran no me estaba haciendo el favor gratis. Otra alternativa que tienes es entrar indocumentado y tan pronto como puedas pones en el Perú el denuncio por pérdida de documentos. Esa es la estrategia de todos los indocumentados, con ese papel pueden ir tranquilos por todas partes… La otra opción era devolverme. Ya es hora de ponerle un poco más de emoción al viaje, dije para mis adentros. Y  eso fue lo que  hice. Esperé lejos de Inmigración a que mi compañera firmara su entrada y seguí para Tumbes sintiéndome un poco entusiasmado por mi nueva condición de ilegal. Como ya dije, la asesoría del taxista peruano no era gratis y cuando fui a darle su comisión y a pagarle la carrera le alargué uno de los dos billetes de cien soles que me acababan de dar. El tipo se negó a recibirlo y pidió sencilla, yo insistí en el billete de cien y el siguió negándose a recibirlo. ¿Qué le pasa a éste man?  Esto también es plata ¿o no? Le dije. No, Colombia, me respondió, esos son cartones, te han dado billetes falsos…  ¡Por dios!

Perú

De Tumbes un camión nos llevó hasta Suyana en un viaje de seis horas, pasamos por Máncora y vimos el atardecer: un sol enorme y naranjado como la yema de un huevo perdiéndose detrás del Océano Pacífico. De Suyana tomamos un bus a Piura donde llegamos a las once de la noche. Al día siguiente fuimos a poner el denuncio de mis papeles. Llegamos a la comisaría y nos fijamos si había teléfonos o computadores con los que pudieran comprobar los datos de Inmigración. Nada, afortunadamente todo muy subdesarrollado. Tímidamente y sin planes previos  comenzamos a  inventar la historia de un robo. ¿De qué color era el bolso que les robaron? Nos miramos: negro. Azul. ¿Negro o azul? ¡Azul! ¡Negro! Se nos quedaron mirando. Oscuro. Han sido los patinadores, nos dijeron los policías, dos hombres barrigones y de aspecto bonachón, que iban anotando todo en un cuaderno y que sin darse cuenta terminaron de organizar la mentira para nosotros ¿A cuantos extranjeros no habrán robado las patinadores? ¿En serio? ¡Sí, sí, sí! ¡Mire usted! ¡Los patinadores! Nos fuimos a la salida de Piura y justo donde nos paramos a esperar un grupo de jóvenes hacían autostop. Uno era colombiano, acróbata de circo según contó, los otros tres, universitarios ecuatorianos, dos mujeres y un man. Con ellos seguimos nuestro viaje.

El próximo camión nos llevó hasta Chiclayo. Llegamos de noche y con el permiso de un policía acampamos en la grama del separador de la avenida principal de la ciudad. La gente que pasaba en sus carros  nos miraba con curiosidad ¡Que buena vida! Gritaban algunos. Y la verdad es que la estábamos pasando muy bien. El cielo estaba despejado y el clima era agradable. Por turnos fuimos a comer a un local cercano que no aparentaba nada pero en el que servían comida a la carta. No es un mito: en Perú se come muy bien y la variedad de los platos es sorprendente. Esa noche pedimos chicharrones de trucha con ensalada: siete soles. Como cuatro mil setecientos pesos por un plato delicioso. Al regresar bebimos cerveza  Pilsen Callao de tres soles y charlamos hasta que nos venció el sueño y nos metimos en las carpas. De Chincayo nos fuimos para Trujillo, primero llevaron a tres. Una tractomula. Los que nos quedamos esperamos como hora y media hasta que nos paró un camión se cemento. Nos llevo hasta Sampedro de Lloc. Llegamos blancos, allí nos recogió un camión que transportaba arroz y viajamos con el afrecho dándonos en la cara y brazos como alfileres durante unas tres horas.

Trujillo es una ciudad pequeña y bonita en la que también dan ganas de quedarse. Sin embargo comimos y decidimos irnos más bien a Huanchaco, ahí cerca. Acampamos en la playa y  encendimos una pequeña fogata. Luego bebimos un poco,  y casi todos mis amigos se bañaron en el mar. Delicioso. El camión que nos llevó de Trujillo a Lima se detuvo primero en un pueblo llamado Chao para montar un cargamento de sandías. Se demoraron todo el día. A diez minutos de donde paramos había un riachuelo al cual fuimos a bañarnos, almorzamos y comimos sandía. Yo empecé a dibujar y cuando el tipo del camión me vio me pidió que a cambio del viaje gratis le hiciera un retrato. Yo lo hice encantado. Terminé y me pidió que dibujara también el carro. Bueno, esta bien, pues. Salimos como a las siete de la noche y como el camino era angosto el camión se encunetó ¡Casi se voltea! Una hora solucionando el asunto y luego por fin rumbo a Lima. Con las redes del remolque del camión organizamos una hamaca sobre las sandías, nos metimos en una carpa, sin armarla obviamente, y nos cubrimos con mi sleeping las dos ecuatorianas y yo. Se van a congelar, nos decían los tipos del camión. Dormimos felices toda la noche rumbo a Lima, a donde llegamos hacia las doce del día. En la Plaza de los Olivos los tipos del camión se detuvieron: ya bájense. Antes de llegar a la ciudad hay un desierto con sectores  hermosos, casi irreales. Nosotros, arriba del remolque, no aguantábamos la tentación de levantar la cabeza para ver el paisaje y en dos ocasiones nos vio la policía vial.

Cuarenta soles en multas tuvieron que pagar los camioneros… Nos bajamos, les dimos las gracias, les pedimos una última sandía y nos la comimos felices tendidos en la grama de la Plaza. Después de unas cinco horas de soportar el sol del desierto el jugosísimo corazón de esa sandía fue de lejos el mejor almuerzo de todo mi viaje.

Vamos para Lima

Lima es enorme, allí viven más de doce millones de personas. Es una típica ciudad latinoamericana con sectores deprimidos y con zonas de gran avance y sofisticación; como Quito su mayor belleza radica en el Centro Histórico, con sus edificios antiguos y sus basílicas coloniales. Nosotros llegamos el veintinueve de diciembre y tal vez por eso abundaban los turistas: europeos, asiáticos, norteamericanos. Nos hospedamos en el Hotel España al lado del convento de Santa Mónica. Quince soles por persona, lo cual resulta muy barato dada la fecha y el alto perfil del sector. En la noche fuimos a Barranco, el sitio de los bares y las discotecas. Procuramos entrar a todos los bares y discotecas posibles. Bailamos y bebimos un poco. A las tres de la mañana, inicio de la hora zanahoria, nos devolvimos para el hotel. A estas alturas del viaje mis compañeros ya se estaban planteando la posibilidad de regresar.

Yo quería llegar a Cusco así que madrugué a conseguir un tiquete. Vale cien soles pero milagrosamente logré conseguirlo en sesenta.  Aunque la intensión era gastar lo menos posible, llevaba con migo dos tarjetas, una de Mega Banco y una de Bancolombia (no nunca sabe lo que puede pasar). Esa mañana fui al cajero ATM a sacar plata. En Perú los cajeros automáticos tienen una pésima costumbre: retienen la tarjeta hasta que termina la transacción. Yo ingresé la clave, recibí mi plata y… ¡me fui feliz!!!. Tres horas después caí en la cuenta de que había olvidado recibir la tarjeta ¡Dios! ¡Qué había hecho yo! ¡¿A cuál cura maté?! Bueno, llamé a mi casa y pedí el favor de que bloquearan la tarjeta: ¡La de Megabanco! Les advertí y me tranquilicé un poco por que ya todo estaba en ‘orden’ ¡Ni me imaginaba lo que iba a suceder!

!Por fin el Cuzco!

Esa tarde me despedí de mis compañeros, que a última hora decidieron también seguir hacia Cuzco. Pero ellos debían seguir haciendo autostop porque ese treinta de diciembre a las tres de la tarde les resultó imposible comprar tickete. Mi bus salió a las seis y media de la tarde y llegué a la Capital Histórica del Perú a las cuatro de la tarde del treinta y uno. Estaba lloviendo. Todos los hoteles estaban llenos y cobraban más de lo normal. Por fin me alojé en uno cerca de la estación del tren y salí a recorrer el Centro Histórico. Había turistas por todas partes, el ambiente era muy agradable. En Cuzco hay restaurantes de todo tipo. Si de lo que se trata es de comer muy barato, hay que alejarse de la Plaza de Armas donde los platos no bajan de veinte soles, un buen sitio es la plaza de mercado donde se encuentran comidas en tres o cuatro soles, además es uno de los sitios más interesantes del lugar. Luego de cenar bien, como era merecido esa última noche del año, caminé hasta la Plaza de Armas a recibir el año nuevo. La locura. El sitio estaba repleto, estallaba la pólvora, la gente corría y gritaba alrededor de la plaza. Muy simpático.

Como a la una de la mañana me fui a buscar los bares. Primero Siete Angelitos, no era lo que buscaba. Luego Gipsy mucho más agradable pero me fui pronto. Por último Km O. Lleno de turistas, todos jóvenes y con ganas de hacer nuevos amigos, como yo. Me quedé hasta las seis de la mañana. Lo malo eran los siete soles que valía la cerveza.

Me quedé  tres días en Cuzco absolutamente feliz. Y cuando llegaron mis compañeros  emprendí por fin con ellos  mi trajinadísimo  viaje a Machu Picchu… el cual  relato en mi próximo diario.
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Ultimos comentarios:

TATO20 dijo:

que buen relato pana pues con algunos incombenientes pero llegaste quisieerra saber cuanto gastaste desde huaquiillas hasta cusco y cuantas horas de viaje fueron bye

martes, 29 de enero de 2008, a las 18.41

bootsycrio dijo:

Hola,que buen viaje...aunque me parece q te estas confundiendo, la ciudad donde te cambiaron los billetes falsos, es Aguas verdes,no huaquillas; pero bueno, lo importante s q llegaste a tu meta. Saludos

viernes, 11 de abril de 2008, a las 07.51

gloriamilena dijo:

Que gran aventura!!! Asi es que si vive en realidad lo que es ser un mochilero. Sabes que me parece chévere el vivir esas experiencias, todo lo bueno y malo debe ser bien recibido. Seguiré con la segunda parte, está bien interesante, además quiero saber como te terminó de ir...Saludos paisano!!!!

viernes, 11 de abril de 2008, a las 09.58

FREEMIND dijo:

Amigo toda una odisea tu viaje, de todo te paso, pero de esas experiencias son las que uno recuerda con más agrado. Un abrazo desde México-

sábado, 12 de abril de 2008, a las 17.53

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