Desde Lima partimos hacia Ayacucho en la Sierra sur del país. Volamos por Busre, una empresa local que opera con aviones de 16 plazas.
El nombre de Ayacucho se interpreta como rincón de los muertos, o lugar de sangre según otra versión. Y pareciera que este nombre le ha deparado un destino que ciertamente está vinculado a la violencia.
Durante la época incaica los habitantes de la zona, los Wari (una de las culturas más antiguas) y los Chanca, resistieron bravíamente antes de su incorporación al imperio, llegaron a aliarse con los españoles y más tarde lucharon también contra estos; además, la zona de Ayacucho fue el escenario de las dos revueltas de los dos Tupac Amaru, en 1580 la del primero y 200 años después la del segundo; en los alrededores de la ciudad, muy cerquita del pueblo de Quinua, tuvo lugar la famosa batalla de Ayacucho en 1824, que selló definitivamente la independencia de esta parte de América; pero la muerte y la sangre se quedaron en la zona: años más tarde los iquichanos de Huanta se levantaron contra la independencia y luego contra los impuestos; el movimiento campesino más importante de la primera mitad del siglo XX también surgió en Ayacucho; y, finalmente, fue en Ayacucho que surgió el movimiento de Sendero Luminoso que tuvo en vilo al país durante la década de los ’80. Hoy Ayacucho es una ciudad pequeña, menos de 100.000 hab., capital del departamento del mismo nombre y de la Provincia de Huamanga. Es la tercera ciudad más pobre del Perú.
No es un destino habitual del turismo, pero decidimos visitarla porque nos interesaba su pasado y las descripciones la pintaban como una especie de joya de la época colonial. No nos defraudó. Apenas llegamos tomamos un taxi rumbo al hostal “Marqués de Valdelirios”, que funciona en un hermoso edificio del siglo XVIII (si tuviera mejores colchones sería ideal). Como llegamos un domingo la ciudad nos mostró su costado más apacible, después descubriríamos que suele ser un tanto ruidosa. La arquitectura nos fascinó desde el primer momento, sus calles angostas, su enorme cantidad de edificios monumentales, su hermoso arco del triunfo y un mercado muy interesante.
En los alrededores de la ciudad pueden visitarse las ruinas de Wari y, más arriba (a más de 3000 m.) el pueblo de Quinua, hogar de los artesanos creadores de los famosos retablos peruanos y de las pequeñas iglesias que suelen ponerse en los tejados. Se llega en combi (3 s/), después de un viaje de 40 minutos donde estuvimos algo apretados, pero vale la pena, también se puede ir en taxi por 10 s/. Es recomendable tomarse un té de coca al llegar.
En la ciudad visitamos algunas de las casonas coloniales tradicionales, la mayoría están destinadas a bancos y otras instituciones pero pueden fotografiarse. Una de ellas, la del Marquéz de Mozobamba, puede visitarse en su interior porque funciona un museo (2 s/), la verdad es que no nos gustó mucho porque el museo, que es sobre Cáceres, el héroe de la guerra con Chile, no sobre la casa, te obliga a tener una guía (una mujer militar que hacia las veces de) que repetía un discurso memorizado y no tenía mucha idea de nada cuando uno le preguntaba algo. Para comer: existe un lugar que se llama Monasterio, queda en el patio de un antiguo monasterio sobre el Jirón 28 de Julio. Se come muy bien, a buen precio y excelente atención. Hay que probar la palta rellena, las paltas son típicas de la zona. También hay otras opciones en el mismo patio, que es un lugar realmente muy agradable.
Para destacar: los portales barrocos, algunos con gárgolas impresionantes. Para conseguir artesanías de excelente calidad hay que llegarse hasta la Plazuela de Santa Ana, desde donde hay una vista espectacular de la ciudad. Hay toda una gran familia compuesta por artesanos, los tapices son de excelente calidad, también hay tallas en Piedra Huamanga mejores que las que se ofrecen en otros lugares.
Como en la primera noche no pudimos dormir bien nos mudamos al Hostal La Florida (a sólo unas cuadras de la que fuera la casa de Abimael Guzmán, el líder de Sendero). El hotel es bastante más feo que el Valdelirios pero al menos tiene muy buenos colchones y pudimos dormir cómodos. A la madrugada del tercer día nos levantamos muy temprano para volver a Lima y hacer conección con el vuelo a Cuzco. |
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