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Cerro Rico

Potosí | 0 comentarios.

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marapz
26/01/2008


23 septiembre 2007. Adiós a Uyuni. Hola Potosí. Las compañías de autobuses aguardaban en la calle de Uyuni que hace las veces de estación mientras sus trabajadores se afanaban por atraer a los últimos pasajeros. Como un ritual. ¡Potosí… Sucre… la Paz… Oruro…!

De cualquier pequeño negocio salían voces con esa retahíla de nombres. Y todas con el mismo reclamo: Super Lujo, Seguridad, Confort, Elegancia. Pero, ¿cuándo fueron de super lujo, seguros, confortables y elegantes esos vehículos? Baratos sí lo son, tres euros fue su coste.

Los responsables de los puestos callejeros se afanaban por ofrecer a los pasajeros todo tipo de artículos comestibles. El primer tarabuco que ví (una de las 36 etnias que conviven en Bolivia) vendía artesanía con su peculiar indumentaria, y al otro lado un heladero con un carrito de lo más decorado intentaba convencernos de lo sabroso de sus helados. La espera se prolongaba, pero realmente era un placer disfrutar del despertar del pueblo. Con las mochilas en la parte superior del autocar, junto a bultos imposibles de levantar, cargamentos de patatas, de frutas variadas y sacos de semillas, el autocar al fin arrancó.

Por delante tendríamos seis horas de recorrido hasta Potosí. El paisaje se antojaba monótono. La carretera sin asfaltar llenaba de arena el interior del vehículo. Hacía calor y era difícil resistirse a abrir las ventanillas. O morir de calor o de polvo, había que elegir. Fuimos, una vez más, unas privilegiadas. Teníamos asiento, algo que no podían decir los pasajeros que desde el principio se acomodaban en el pasillo del autobús, con sus bolsas o sus niños ‘colgados’ de la espalda. O esa mujer muy mayor, de mirada oscura y con apenas fuerzas, que ocupaba todo el pasillo sentada sobre sus raídas pertenencias. Muchos fueron los que descendieron del autocar en medio de la aparente nada, y otros los que ocupaban sus puestos para ir a trabajar. Una pesadilla a la que desgraciadamente están demasiado acostumbrados. Es su forma de viajar, no conciben otra. Nosotras dos, en cambio, tan sólo estábamos ‘jugando’ a ser como ellos, a descubrir qué sienten y cómo viven.

El salar de Uyuni se alejaba para siempre. Una ojeada y adiós a ese manto impresionante de sal que constituye en mi memoria uno de los parajes más impresionantes de cuantos ya he visitado. El autocar aminoró la marcha. Las dunas habían cubierto toda la ‘calzada’ y transitar por ella era complicado. Sus ruedas se deslizaban sobre la arena y no siempre podía mantener la dirección. Las montañas que se veían a lo lejos aparecían desnudas, sin ningún atisbo de vida. A más de 5.000 metros de altitud es normal que nada quiera vivir allí. Un sauce llorón, cuando llevábamos horas de sudoroso viaje, fue el primer árbol que vimos en muchos, muchos días.

Seis horas después retornarían los temidos pitidos, tan habituales en un país donde los conductores pulsan el claxon para avisar de que van a adelantar, para protestar por una mala práctica del vehículo que le precede, para advertir que su intención es girar, para avisar al peatón o para cualquier cosa que se les antoja. Era el presagio de que estábamos a las puertas de Potosí. El Cerro Rico, tantas veces visto en fotografías anteriores, nos daba la bienvenida a una de las ciudades con más historia de Hispanoamérica.

Cargando las mochilas polvorientas, nos dirigimos hacia la céntrica calle Chiquitaca, al hostel la Casona, demasiado espartano incluso para nuestras costumbres. Enfrente el hostel La Compañía de Jesús, también espartano pero con baño por cinco euros por noche cada una. Era domingo y todo estaba cerrado, hasta la policía turística, por lo que sólo nos quedaba pasear por esa ciudad declarada en 1987 por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad. Aún conserva intactas las huellas de su fabuloso pasado. Iglesias barrocas, casas de balcones de madera al más puro estilo español, calles retorcidas y angostas, que abrazan museos, residencias, palacios y plazas. Allí conviven tanto los indígenas, ataviados con la tradicional ropa de sus ancestros quechuas o aimaras, como los descendientes de los criollos españoles que un buen día se ‘adueñaron’ de la ciudad atraídos por la riqueza de sus minas de plata.

En plena zona quechua, el visitante se encontrará que no todos sus vecinos hablan español y que desconfían del ‘blanco’. Son tantos los años de represión sufridos, que no es extraño que a sus ojos sigamos siendo unos intrusos. Pero eso no es óbice para que sean gentes amables, hospitalarias y deseosas de compartir experiencias con el viajero, al menos, cuando logras entablar conversación.

Por acertados consejos reservamos para el día siguiente la excursión al interior de una mina, la verdadera razón de nuestra parada en Potosí. Partiría hacia el Cerro Rico a las 9 de la mañana y su coste sería de 60 bolivianos (unos seis euros). Ya sólo nos quedaba acercarnos al mercado artesanal tradicional en una calle serpenteante. El esfuerzo para llegar hasta allí no es baladí si se tiene en cuenta que es la ciudad más alta del mundo y que cualquier paso se paga con el aliento. La plata que un día dio realce a la ciudad resulta barata, pero sus diseños no han cambiado desde hace años.

A estas alturas, el viajero ya habrá advertido que el clima es frío y duro cuando cae la noche. Resguardarnos en el cine Imperial podía ser una buena opción para pasar la tarde, pero más si la cartelera anunciaba el documental ‘El Cocalero’, donde se muestra a un Evo Morales, íntimo, durante su campaña electoral que le convertiría en el primer presidente indígena de Bolivia. El joven Alejandro Landes, el director, logra mostrar cámara en mano, sin iluminación artificial y sonido tomado directamente del ambiente, los 68 días previos a que Evo llegara al Palacio Presidencial. Le siguió durante dos meses por las sierras, las plantaciones de coca y las altiplanicies gélidas del país, y le retrató como un líder indigenista sindical, un hombre con porte, un señor grande que inspira cierto grado de poder, pese a su escasa educación formal, que no domina ni el quechua ni el aymara, pese a serlo, y que denunciaba a cada paso no sólo el imperialismo norteamericano, sino la vida occidental.

Sobresale durante el documental su pícaro sentido del humor, su afán trabajador, su claridad de ideas y su necesidad de que todo descanse sobre él. Es un retrato humano, en el que te encuentras con una persona a priori con buenas intenciones, pero muy cercano a figuras políticas que quizá no le ayuden demasiado en sus propósitos, como Hugo Chávez.

Comienza como un candidato desconocido por la mayoría de los bolivianos. Reparte panfletos en plena calle, viaja solo por el país en un todoterreno y el grupo de gente que lo recibe es bastante modesto. Un mes y medio después, todo había cambiado. Su tasa de popularidad se cuadruplica. Ya le seguían 30 vehículos y sus discursos eran escuchados por las masas. La prensa extranjera pronto se fija en ese indígena aymara, que representa más un discurso sindicalista que indigenista. No en vano, seguía y siguen siendo máximo responsable del sindicato de cocaleros de Bolivia, cargo que sorprendentemente compatibiliza con el de presidente del Gobierno.

Pronto va ganando confianza o eso es lo que transmite. No se le nota angustiado cuando las encuestas no le son favorables. Se le ve jugando al squash, vistiendo vaqueros y zapatillas Nike, paseándose con la camiseta de la selección boliviana o con la del Real Madrid (siempre con el 10 a la espalda), bañándose sin complejos y relajadamente en el río próximo a su casa del Chapare o acudiendo a la peluquería. Precisamente en ese contexto se ven las dos facetas: la de un aspirante desconocido y la de un candidato que comienza a creérselo. Al principio se le nota relajado y bromea con que la próxima vez tendrán que teñirle las canas. Dos meses después, su actitud ha cambiado. Está más serio y explota su carácter mediático y sus ganas de mando y por qué no su desconfianza.

De la mano de Evo, el espectador se hace una idea de hasta dónde llega la lucha norteamericana contra la hoja de coca en el Chapare y sus intereses económicos en Bolivia, personalizados en el gas. En medio del campo de batalla regional: los ciudadanos. La palabra nacionalización es clave en su discurso. La hoja de coca le permitió subirse a una ola nacionalista, lo que le otorgó el 54% de los votos.

De forma paralela, se conoce algo más de su chofer Javier, y de su secretaria Jeannette, pero también muestra la vida en el Chapare, cuna cocalera y de donde parte la fuerza de un Evo que se refugió en plena selva cuando abandonó Oruro, su tierra natal. En ese lugar toma protagonismo Leonila Zurita, candidata a senadora y líder de las cocaleras, que narra cómo funciona el sindicato cocalero contra la guerra norteamericana antidrogas, pero con crecientes tintes autoritarios. Por un lado las artimañas estadounidenses, por otro las argucias de los cocaleros para castigar a los compañeros que discrepan del MAS (Movimiento al Socialismo). Era práctica amarrar durante unos minutos a los disidentes a un palo santo, donde eran atacados por hormigas.

Las personas que se van sumando a su campaña demuestran que sus conocimientos no siempre son los más óptimos para dirigir un país, pero creen que es mejor equivocarse ellos que dejar que lo hagan esos mismos que llevan años haciéndolo.

La noche anterior a los comicios, Evo Morales no lleva puesta la tradicional chomba con que recorrió el mundo, sino una camiseta del Real Madrid. Es el presagio de lo que se avecinaba. Su ropa sería tema de conversación en todos los rincones. El documental no concluye con un Evo victorioso. El final sorprende con unas mujeres del Chapare preguntándose si el presidente se podrá corbata o no en su elección. La imagen de un equipo de sastres confeccionándole el traje de chaqueta de alpaca negra, con aplicaciones de motivos indígenas, que lució en su nombramiento, le lanza al mundo.  (continuará...)   Por Mar Peláez
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Ultimos comentarios:

ropavieja dijo:

Muy interesante tu relato, pues me ha puesto en antecedentes, en setiembre de este año es mi intención viajar a Bolivia. Me gustaría me dijeras que vuelo utilizaste y desde donde, así como su coste. Lo puedes hacer a: ropavieja94@yahoo.es gracias y salud.

domingo, 27 de enero de 2008, a las 11.11

sonian dijo:

Felicitaciones por el destacado. Muy coloridas las fotos.

viernes, 8 de febrero de 2008, a las 18.59

marapz dijo:

Muchas gracias por vuestros comentarios. Ropavieja, yo viajé Madrid-Lima-Cuzco y desde allí en bus por toda Bolivia. El coste fue de unos 900 euros.

sábado, 9 de febrero de 2008, a las 06.02

GRANLUI dijo:

RESULTA SIEMPRE GRATIFICANTE LEER LAS EXPERIENCIAS DE NUESTROS AMIGOS DE VIAJEROS.COM. SIN EMBARGO EN ESTE CASO PARTICULAR, RESALTO MAS LA NOTA QUE TIENE ORIGEN EN LA CIUDAD DONDE NACI Y VIVI UNOS AÑOS! HACES UN SINGULAR RELATO, EN EL QUE MENCIONAS ALGUNAS PARTICULARIDADES DE LA VILLA, QUE SIN DUDA, SON VALIOSAS PARA DESPERTAR EL INTERES DE OTRAS PERSONAS QUE DESPUES ACABAN REALIZANDO EL VIAJE! FELICIDADES POR EL ARTICULO Y QUE SIGAS ADELANTE!!! SOLO DEJAME ANOTAR QUE LA IMPERIAL VILLA, COMO YO LA LLAMO, ES UNA CIUDAD MAGICA Y LLENA DE ENCANTO, QUE ES DIFICIL ENTENDER SI ES QUE NO TIENES UNA VISITA EN VIVO Y EN DIRECTO! O ME EQUIVOCO? DESDE LUEGO QUE CARECE DE UNA SERIE DE SERVICIOS, PERO IGUAL ES UN PLACER VISITARLA! CORDIALMENTE: EL GRANLUI

domingo, 24 de febrero de 2008, a las 15.42

marapz dijo:

hola granlui. Espero que de mis palabras no se haya desprendido ningún tipo de crítica hacia Potosí. Me gustó la ciudad, estuve encantada de conocerla, a ella y a la gente, y animo a todo aquel que aún no haya tenido el privilegio de pasear por sus calles, que lo haga. Por supuesto sólo estuve dos noches (tres días) y no me dio tiempo a verla entera, pero por mi forma de viajar, te aseguro que intento impregnarme del sentir de la ciudad y de sus gentes. Un abrazo desde el otro lado del charco

domingo, 2 de marzo de 2008, a las 17.30

HORNI dijo:

Lindo y ameno relato, seguimos viaje contigo,va mi voto y paso al proximo...

miércoles, 19 de marzo de 2008, a las 07.02

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