DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS
La leyenda familiar cuenta que tío Edmundo, en un acto desesperado, se llevó a Mama Chela hasta Humanguilla. Los vieron salir del pueblo sobre un caballo que galopaba impetuoso, acaso contagiado por la pasión de los amantes. Cuentan que en ese pueblo los fugitivos de amor se casaron y regresaron hechos marido y mujer para beneplácito de las jovencitas del pueblo que aún deshojaban ansias de esos amoríos de novela y para pena de los parientes de la novia que veían en el hombre un galán que no estaba a la altura de la bella mujer. La familia había decidido irse a Lima a buscar esa prosperidad soñada que nunca iba a materializarse en un pueblo de la sierra del Perú. A última hora y a punto de subir al camión que los llevaría hasta Huancayo se enteraron que Chela se había negado a irse con ellos. Se quedaba en Tambo donde el motivo de sus amores también permanecería. Cualquier lejanía iba a ser una posibilidad de convertir ese amor en una historia remota, en un vestigio de un pasado que pudo ser, por eso se quedaba. Mi madre, que se quedó huérfana desde muy niña y sólo tuvo en Chela un lugarcito donde encontrar ese fuego sagrado del amor que su familia dispersa era incapaz de darle, decidió, en un rapto de lealtad filial, quedarse en el pueblo con esa joven mujer que se había atrevido a desafiar la autoridad familiar. Pero no se lo permitieron. Por fin el camión se fue sin su hermana de toda la vida y un zarpazo de melancolía cruzó la tierna alma de la niña que luego sería mi madre. Había soñado con Lima mil veces, preguntando si era un lugar donde habían muchos jardines y casas grandes. Al bajar de ese tren en la estación de Desamparados, que los trajo desde Huancayo hasta la capital, confirmó lo que sus alucinaciones infantiles le habían permitido ver. Los años pasaron, Irma (mi madre) y Chela (mi tía) tuvieron sus propias historias y luego de un tiempo se reencontraron con el amor de siempre, aquel sentimiento que se había mantenido intacto en sus corazones pese a las vicisitudes y a las distancias que el destino, con sus caprichos, dictaminaba necesarios.
TODO VUELVEN
Hoy mi madre ha vuelto a Ayacucho conmigo para celebrar la “Bajada de Reyes” y el cumpleaños (06 de enero) de la matriarca de la familia: Mama Chela, aquella mujer que con su decisión desafió, en una época en la que eso parecía imposible, a una tradicional familia provinciana en nombre de un amor contrariado. Hoy las veo bailando, juntas, de la mano, en una ronda que hacemos y donde todos cantamos al ritmo del violín y el arpa andinos. Las dos mujeres separadas por el destino, pero unidas siempre por un amor sin concesiones, están allí bailando y llorando emocionadas y no puedo dejar pensar en la bestial naturaleza del amor, en aquellos misterios que se guarecen en ese fondo marítimo que es la vida. Hemos vuelto mamá y yo a Ayacucho. Como me trajo mil veces cuando era niño en viajes épicos que exigían 17 horas de tortuoso viaje con mil aventuras en el camino: ser detenidos por “ronderos”, quedarse atascados en medio de un río porque el bus no avanzaba más, caminar kilómetros hasta un restaurante en medio de una noche alumbrada tiernamente por una gran luna esperando que arreglasen el bus, tocar la nieve de las alturas serranas cuando el carro se detenía para que el chofer haga una compra, escuchar las dinamitas reventar cuando los terroristas tomaban la ciudad, conocer de cerca la realidad de mucha gente de cuyas miserias apenas si llegaban rumores a la gran ciudad. Seguro mirarían a mi madre como a una loca por llevar a su pequeño hijo a un sitio de guerra, donde las peores cosas sucedían bajo el amparo de la más ramplona impunidad. Igual, se lo voy a agradecer eternamente. Desde entonces entendí que mi vida sólo estaría completa sin le añadía esa deliciosa sazón incierta que representan los viajes. Algo despertó en mí con todas esas vivencias, algo que se hubiera mantenido en un eterno letargo de haberme quedado “resguardado” en la gran ciudad como un niño más, algo que no sé definir, que tiene que ver con el hecho de sentir que el mundo no me iba a ser indiferente.
BAJADA DE REYES
El 06 de enero empieza con un desayuno portentoso en el techo de la casa de la prima Margot (una de las hijas de Chela y Edmundo) y luego continúa en una misa en la iglesia San Juan de Dios, en la que se pide por la salud de Mama Chela. Al acabar la ceremonia se hace una fila para pasar a saludar a la dueña del santo y luego nos tomamos la foto de rigor en la portada de esta iglesia que fuera fundada en 1550. Luego nos vamos a la casa de la familia en la calle 2 da mayo y la cerveza y el vino empiezan a hacer lo suyo. Entonces empieza la ceremonia que casi es un invento y tradición familiar, un ritual que nos permite tener el pretexto cada 06 de enero de venir a rendirle honores a Mama Chela y de ver a los primos, tíos y sobrinos y afianzar nuestros lazos de amor. Por parejas salimos y tanto hombre como mujer toman una sonaja en la mano. Los músicos empiezan con el huayno y la pareja se acerca al nacimiento, presentan sus respetos al niño y dan una vuelta por el recinto bailando sin dejar de mover la sonaja. Llegan al belén de nuevo y toman una pequeña imagen que puede ser uno de los animalitos, un rey mago o algo parecido (nunca a alguien de la sagrada familia), lo depositan en una caja y luego la secretaria (casi siempre una de mis primas) apunta en el cuaderno el ofrecimiento que la pareja hace para el próximo año. Es menester cumplir con dicha promesa que puede ser una caja de cerveza, comida o lo que la voluntad del oferente le permita prometer, de no ser así el niño se resentiría mucho. Los mayordomos de este año presentan sus agradecimientos y escogen a la pareja que en la próxima celebración debe encargarse de la organización. Así, después de que todas las parejas hayan terminado de bailar hacemos una ronda cantando huynos, en quechua o español, aplaudiendo y tomando a la salud de la matriarca. Al acabar la ronda dejamos la casa y nos dirigimos al restaurante “Los Papachos” para ser agasajados con una pantagruélica pachamanca y ríos de cerveza. Bailamos celebrando la vida, la oportunidad de estar juntos, el amor, la esperanza. Tres orquestas ponen la música hasta altas horas de la noche y a la babilónica celebración llegará a su fin para cada quien dependiendo de su resistencia. Me voy a la cama con una sonrisa congelada en la cara, con las piernas muy cansadas de tanto zapatear al ritmo del huayno o dar vueltas como trompo con alguna cumbia y con el alma regocijada y agradecida por ser parte de esta tradición única, de esta gente increíble, de este momento sin par. Y pensar que todo empezó con un alazán arrebatado que llevaba en su lomo a un par de desaforados amantes, buscando entre las sierras un rinconcito donde hacer posible el amor.
DERROTEROS PARA DESCUBRIR UNA CIUDAD
En Ayacucho todos los extremos son posibles y se mezclan con absoluta naturalidad. Elegantes damas visten orgullosamente ese típico traje huamanguino que la hace únicas y se abren paso entre adolescentes de jeans apretados y hombros semidesnudos. La miseria camina pesadamente entre portentosas camionetas 4 X 4 y el quechua, que casi todos hablan, se mezcla con citadinas jergas de los adolescentes. Ayacucho es posiblemente una de esas ciudades en el Perú donde la tradición convive sin problemas con la modernidad, donde lo antiguo y lo nuevo parecen tener un pacto de no agresión, de pacífica convivencia. Fundada como San Juan de la Frontera de Huamanga el 25 de abril de 1540, serviría como nexo entre Cuzco y Lima pero sobre todo como puesto de avanzada para hacer frente a las arremetidas de las legiones de Manco Inca, el rebelde que a través de una guerra silenciosa y oculta se enfrentaba a las huestes europeas con el deseo de reconquistar el territorio hasta entonces perdido. Lo que caracteriza a este lugar son sus bellas iglesias y vistosas casonas muchas de las cuales ya han sido destruidas en aras de la “modernidad” pero felizmente hay ahora espacios recuperados, lugares que invitan a conocer un poco más la historia ayacuchana a través de su arquitectura. Hay que conocer la iglesia de Santo Domingo, de compleja arquitectura, única en su género en toda América, cuya espadaña se ha hecho célebre por la creencia popular que supone que allí se colgaban a los condenados de la Inquisición, idea completamente falsa ya que esa institución nunca tuvo aquí presencia. Todo parece indicar que esta creencia se basa en la tradición del Cullu-Uya, un hampón de macabras costumbres (como la de decapitar a sus victimas y poner sus cabezas sobre el cuerpo de un animal también decapitado y viceversa) que al ser apresado fue colgado en esa parte de esta iglesia. La Plaza de Armas debe ser una de las más hermosas del país. Sus portales con 111 arcos en los cuatro lados le dan un encanto que la mayoría de ciudades peruanas de fundación hispana han perdido. A la hora de la lluvia no es raro ver a todos los ayacuchanos guarecidos bajo estos portales, comentando los sucesos del día a la espera de que el aguacero amaine. En el portal Unión al 37, está lo que debe ser hoy uno de los mejores espacios arquitectónicos de Ayacucho, un lugar imperdible: la casona Verlarde Alvarez. Abandonada por mucho tiempo, la Cooperación Internacional la ha salvado de las ruinas con muy buen gusto. Fascinante vestigio que es, quizás, en esta ciudad, el único caso de mixtura arquitectónica donde lo andino se mezcla armoniosamente a lo occidental. Su entrada es un pétreo muro incaico a la que le sigue un gran zaguán que nos lleva hasta un bello patio empedrado. Observa con detenimiento los capiteles de las columnas del primer piso y verás adornos que no son sino pumas de origen inca que posiblemente fueron morteros prehispánicos usados como piezas ornamentales. Hoy funciona aquí el Centro Cultural de la Universidad de Huamanga, mejor sitio para crear arte es imposible hallar. En la plaza la Catedral se luce con su fachada renacentista y sencilla, sus encantos se guardan al interior: enormes altares de descomunal belleza, irrepetibles en tamaño y riqueza ornamental, casi dobladas porque ni el mismo techo catedralicio con sus grandes dimensiones es lo suficientemente alto para guarecerlas. Frente a la Catedral, en el portal Constitución está la gran Casona Boza y Solís (No. 15), hoy Prefectura. Es digno de verse el patio circundado por 18 arcos sostenidos por 21 columnas circulares y 4 rectangulares. Por la peatonal 28 de Julio llegamos hasta la hermosa y extraña fachada de la iglesia de de la Compañía, adornada de hileras de florones únicas en su genero y en la que se encuentran cuadros del padre de la pintura peruana Bernando Bitti. A su lado está la entrada a la escuela de música regional en la que resalta su enigmática entrada, con adornos que son ajenos a la tradición arquitectónica peruana: un friso con tres máscaras felínicas sobre las cuales hay un dragón alado, con rostro de perro, cuerpo plagado de escamas y cola de serpiente. Para completar la extrañeza de esta entrada, colgando de un monograma mariano, está un elefante con la trompa baja y recogida a la derecha. ¿Qué hacen estos elementos exóticos en la iglesia barroca de un país cuyos parámetros arquitectónicos nunca las ha utilizado? ¿Son un mensaje cifrado? Por la misma calle llegaremos al Arco del Triunfo, erigida para celebrar el triunfo del 2 de mayo de 1866 cuando las tropas peruanas rechazaron a la armada española y luego la renacentista iglesia de San Francisco en cuyo fachada el santo de Asís arrodillado recibe la visión divina. Hay que continuar hasta llegar al convento de Santa Teresa donde las monjitas preparan los más ricos dulces de la ciudad. Al final la alameda Valdelirios es un remanso de tranquilidad. Podemos volver a la plaza por la calle 2 de mayo y de paso mirar la fascinante puerta lateral de la iglesia de la Merced y al frente la gran casona Jáuregui con su portada de piedra en donde dos leones sostienen un bonito balcón de cajón. Otro lugar imperdible hoy es el Museo Hipólito Unanue, a 10 cuadras de la plaza, inaugurado el 2005, el cual debe ser uno de los mejores museos del Perú. Con recorridos didácticos, maquetas y piezas muy bien conservadas que nos dan una idea clara del desarrollo del hombre Ayacuchano. Una visita al Centro Artesanal “Shosaku Nagase” (antigua cárcel) es necesario para comprar a buen precio todas las artesanías que los maestros ayacuchanos son capaces de producir. No es necesario decir que hay muchos más espacios históricos para visitar en esta ciudad pero hacer una crónica sobre todas ellas es imposible, ameritaría, más bien, escribir todo un libro.
DERROTEROS PARA RE-DESCUBRIR UNA CIUDAD
Pero salgamos del recorrido tradicional y adentrémonos en sitios menos conocidos pero llenos de encanto. Un gran modo de conocer a profundidad un sitio es probando sus platos típicos. Comer lo que un pueblo produce, alecciona, cuenta, ilustra sobre el mismo. En Ayacucho se come con el corazón. Los parientes te dejan ver su “cariño” con abundancia en tu plato y el rechazo es una postura que no se permite. En cuanto a gastronomía Ayacucho es una enciclopedia: sus platos son tantos y tan exquisitos que solo se bastaría para alimentar a un país: el adobo, el chuno Cani, el chupe de Pusra, el mondongo, el patachi, el ccapchi y así una lista interminable. Pero el potaje mimado es el Puca Picante. Un lugar interesante para comerlo es el restaurant turístico “La Casona” donde doña Socorro Muñoz Añaños, propietaria, atiende con suma cortesía en un local agradable y fresco. Si puedes conseguir comer en la terraza te darás el gusto de disfrutar la exquisita sazón ayacuchana mirando la bellísima cúpula de la Iglesia de Santo Domingo (una de las tres más notables de la ciudad) ya que está a la espalda de este restaurant. Un documento enviado por una agrupación de estudiantes de la universidad de Harvard que la escogieron como uno de los mejores lugares para comer en el Perú y una foto de Mario Vargas Llosa disfrutando un plato en sus mesas son un aval del buen gusto con que aquí se cocina. Pero también hay que ir al Mercado Centenario Vivanco (Jirón 28 de Julio, al lado del Arco), fundado en 1906. Extraordinario microcosmos donde la vida es un elemento en constante ebullición que se abre paso entre el olor a flores, queso, pan y frutas. Tómate un jugo de naranja endulzada con miel en el puesto número 11 del sector jugos donde la señora Machi te atenderá con una gentileza que agradecerás. Sólo una advertencia, si Paolita, su menor hija, te hechiza con sus preciosos ojos negros y te pide que te la lleves no caigas en la tentación por más que quieras tener a esta muñeca en casa hay que tener en cuenta el corazón de Machi. O quizá puedas ir al puesto 16 de comidas donde la señora Pancha te venderá unos tallarines con ocopa que son una delicia barroca, con esa sazón bien aprendida en 40 años de trabajo en este mercado. El agua de cebada que prepara es refrescante para el cuerpo y sus constantes “Si papacito” lo son para el alma.
Anda a la casona del obispo Cristóbal Castilla y Zamora (al lado de la catedral), quien fuera hijo del rey Felipe IV. Aquí funcionó la Universidad San Cristóbal de Huamanga. Lo primero que te recibe en su patio principal es una añeja parra que según se cree fue la primera que los españoles trajeron al Perú. Debajo de los portales hay una entrada que da a un callejón que te lleva hacia el cafetín “La Higuera” y por 1.50 soles tomate un buen café en un patio colonial, a la sombra de las altas paredes de la Catedral. Otra alternativa es cruzar la plaza hasta el Portal Constitución y entrar al tradicional café “La Miel” a tomarte otro cafecito y comerte un novedoso sándwich de chapla (pan ayacuchano) mientras miras la hermosa plaza inundada de una luz bermellón avisando el final del día. La noche guarda encantos en Ayacucho y si bien sus discotecas han sido reubicadas muy lejos del centro, los pubs y tabernas de no muy larga data le dan a las últimas horas del día un espíritu bohemio. Tomarse un pisco sour para empezar la ronda nocturna en uno de los bonitos cafés del Centro Cultural “San Cristóbal” (que fuera en la colonia un convento jesuita) mientras que bajo los portales del gran patio un artista le pone el toque final al cuadro que estuvo concibiendo todo el día es un placer inigualable. En la esquina de Garcilazo y Cáceres un par de lugares animan a los noctámbulos. En un segundo piso el pub el Buho es un buen “huarique” para los que gustan del rock clásico en vivo. Jean Paul Meza, el dueño, está siempre atento a todos los pedidos y exigencias de su clientela. Muy buen ambiente y mejor música. Al frente, el Magia Negra, de Oswaldo, un español, pone la cuota de excentricidad con el decorado de su buena taberna. Ambientado con onda oscurantista, un trago acompañado de sus deliciosas pizzas es algo sumamente recomendable.
Ayacucho es un sitio que emerge. Ciudad con alma de pueblo, una cofradía de fantasmas que se van exorcizando de a pocos. Un lugar que reclama de nuevo la vida que alguna vez le fue arrebatada, la luz que siempre irradió desde tiempos remotos. Descubrirla es lo ideal, pero redescubrirla es lo máximo. Está despertando y nosotros estaremos allí para que nuestros ojos sean testigos de ese hermoso despertar.
PD: El itinerario expuesto arriba, brevemente, será el recorrido que los viajeros participantes en el ENCUENTRO INTERNACIONAL AYACUCHO 2008 haremos.
DATOS
MUSEO ARQUEOLOGICO HIPOLITO UNANUE
INDEPENDECIA 807
9 A 1 PM – 3 A 5 PM
ENTRADA: 2 SOLES
RESTAURANTE TURISTICO “LA CASONA”
JR. BELLIDO 463 – TELF: 066 312733
http://www.bookingbox.org/lacasona/espanol.html
CENTRO ARTESANAL “SHOSAKU NAGASE”
AV MARAVILLAS S/N – PLAZOLETA MARIA PARADO DE BELLIDO
066 317354
CAFÉ Y FUENTE DE SODA “LA MIEL”
PORTAL CONSTITUCION No 11 – 12
066 817183
CENTRO CULTURAL “SAN CRISTOBAL”
1ERA CUADRA DEL JR. 28 DE JULIO
CAFES , BARES, TIENDAS ARTESANALES
09 AM – 11 PM
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