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Salar de Uyuni Bolivia  

Oasis de colores en Bolivia

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Salar de Uyuni, Bolivia

Flamencos en Bolivia

Uyuni | 0 comentarios.

Salar de Uyuni, Bolivia
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marapz
18/01/2008


21 septiembre 2007.  Ya no volveríamos a pisar el Salar de Uyuni, pero las sorpresas no cesarían. Temprano cargamos nuestras mochilas en el vehículo y nos dirigimos hacia la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Nos alejamos del salar por pistas apenas marcadas de arena, y a partir de ahí, todo fue una enorme polvareda. Las lagunas de colores inverosímiles nos aguardaban. Pero había aún algún motivo más para la fascinación. Los todoterrenos que nos precedían, haciéndonos ‘morder el polvo’, habían detenido su marcha frente a un volcán que expulsaba una mínima fumarola blanca. Contrastaba con el azul intenso del cielo y también con el anaranjado de las formaciones rocosas sobre las que nos posábamos. Desgraciadamente no logro recordar el nombre de aquel paraje misterioso en medio de la absoluta soledad de la planicie que nos conduce al Sur del país.

Proseguimos a distancia de la caravana por ese desierto pedregoso, en un vehículo que lucía el lema ‘Tu envidia me ACE prosperar’. No es que se me hayan vuelto locas las teclas del ordenador, simplemente así es como lo escriben. No es raro encontrarse por todo el país letreros que dañan la vista como los siguientes ‘Heche aquí su basura’ o ‘no fumar en Hambientes cerrados’. Una lástima.

Y en medio de ese pedregal, como si de un auténtico oasis se tratara, la primera laguna, la Cañapa. Sorprende la imagen por su intenso azul, repostada a los pies de una gran línea de elevaciones rocosas, pero sobre todo por esos flamencos rosas que recortan su esbelta silueta sobre un fondo de montañas de azufre. Los hay a cientos, a miles en otras épocas del año cuando llegan a anidar. Sus torpes movimientos en busca de esos crustáceos y esos microorganismos que llevarse al pico, entretienen al viajero, que no querría abandonar el lugar mágico.

Vuelta a un paisaje que se repetía a cada centímetro. El conductor sacó una polvorienta cinta y la introdujo en un radiocassete igual de desvencijado. La música sonaba repetitiva, como hipnótica. No olvidaré aquellas interminables horas con unos sonidos que Teo, nuestro conductor, habría escuchado hasta la saciedad para hacer más llevadero un recorrido por esas imperfectas pistas que hacían imposible permanecer inmóvil en el asiento.

Unos kilómetros más adelante, la Laguna Hedionda. ¿Alguien se atreve a aventurar el por qué de su nombre? Su alto contenido en azufre le hace desprender un olor por momentos nauseabundo, pero esas aves zancudas no le hacen ascos y sumergen su pico una y otra vez en esa inmensidad azul, en cuya orilla se asienta un manto blanco. De nuevo, unas mesas a 4.125 metros de altitud sirven al viajero para tomar el correspondiente almuerzo. A un lado y a otro, los pasajeros de los otros todoterrenos, que tienen sus paradas en los mismos lugares, escojas la agencia que elijas.

Estábamos a punto de encontrarnos con las ‘Piedras de Dalí’. Hay que dejar correr un poco la imaginación para verlo así, pero verdaderamente esas caprichosas formas rocosas de ignimbritas, erosionadas por el viento, se disponen en forma de una gran muralla de lava petrificada. En medio se perfila un gigantesco árbol de piedra. Brota solitario, sobre una fina arena, y allí emerge para resguardar al viajero que se ve indefenso ante las ráfagas de aire constantes que azotan de Norte a Sur, o de Oeste a Este, sin aparente orden. Sólo los rayos intensos de sol permiten mitigar la fría sensación térmica. Es la Pampa Siloli.

El reloj no había marcado aún las cuatro de la tarde cuando llegamos a la Laguna Colorada, el sitio natural más importante de la región y el que más sobrecoge al visitante. Pero antes de dejarnos llevar por esa belleza debíamos ‘acomodarnos’ en uno de esos edificios de adobe que hacen las veces de albergue. Un cuarto con siete camas excesivamente espartanas, sin calefacción de ningún tipo y un servicio compartido que no invitaba a darse una ducha. Hacía aguas y eso que no habían llegado todos los viajeros. El frío aún no era intenso, pero se presagiaba una noche heladora. A casi 5.000 metros de altura, desprotegidos de cualquier atisbo de civilización, en un mes de invierno y con el único resguardo de las estrellas… es fácil imaginarse la temperatura.

Lo primero que llama la atención es su impactante coloración rojiza, un tinte natural producto de los microorganismos que lo pueblan, pero también esos azules y esos blancos que se entremezclan de forma irregular. Un sendero sobre cenizas de lava, salpicado por arbustos sin apenas vida, conduce a un pequeño mirador desde el que observar toda esa grandiosidad. Los flamencos permanecen inmóviles, como estatuas sobre ese arco iris de colores y de gélida temperatura. Ignoran nuestra presencia cuando nos aproximamos a ellos. Nosotras no podemos dejar de mirar esa maravilla. Sólo la caída del sol, y la llegada de un aire huracanado que hiere nuestros oídos, nos obliga a dirigirnos al albergue. Y vaya noche.

Hacía frío, mucho frío, unos cinco grados bajo cero y de la boca salían nubes de vaho helado. En el interior de la habitación era imposible estar sin estremecerse. La cena iba a desarrollarse en uno de los reducidos cuartos privados de los hospederos, junto a sus camas y en compañía de un grupo muy ruidoso de israelitas. La comida no pudo catalogarse de abundante, más al contrario. No había nada, absolutamente nada para beber, e imposible adquirirlo en un lugar recóndito a más de 320 kilómetros de distancia de Uyuni. Por primera vez tuvimos que protestar ante nuestro conductor, que se avino a proporcionarnos algo más para completar la cena. Unas palabras y, al final, se sentó con nosotros siete para compartir el encuentro y explicarnos algo de su vida, de su trabajo y de la forma en que concibe la llegada del turismo para revitalizar la zona.

Fuera, la única iluminación la proporcionaba las miles de estrellas que colgaban del firmamento. Incluso fue posible ver como una se desplomaba, un mágico recuerdo para dar inicio a una de las noches más infernales que tengo en el recuerdo. En la habitación no conseguimos que la temperatura permaneciera por encima de los cero grados. Imposible dormir, pese a las seis mantas que pesaban sobre nuestros cuerpos. Ninguno durmió, pasaban las horas y el único pensamiento positivo es que pronto la luz volvería a hacer acto de presencia para abandonar aquel alojamiento no adaptado en absoluto a los rigores polares de la zona. ¿Quién dijo frío?
Por Mar Peláez
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Ultimos comentarios:

felinita_linda dijo:

pobre mi amiga, ya hasta pena me dio... eso fue un viaje de placer o tortura

lunes, 17 de marzo de 2008, a las 18.54

HORNI dijo:

Es el costo de viajar a un paraiso incontaminado,esperemos que siga asi por mucho tiempo.Muy buenas las fotos de los Flamencos.-

miércoles, 19 de marzo de 2008, a las 05.44

marapz dijo:

Fue un viaje de auténtico placer, pero en una crónica es mejor no mentir para que nadie se lleve a engaño. Esperemos que siga así, por muchos años.

sábado, 29 de marzo de 2008, a las 12.10

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