1ERA PARTE: El principio del fin,..
Bajábamos esa mañana por la Cuesta de Lipán de regreso del habitual viaje de Septiembre a Machu Picchu cuando finalmente con señal en el celular, Matute me pasa la última lista de repuestos necesarios para la reparación de la Defender que había quedado varada en Nazca con el eje de balancines roto por el corte de la correa de distribución. Aparece la idea. Nos había ido bien en este viaje, porqué no “re-inventir” algo de dinero en otro de esos que hace rato no me daba el gusto de hacer, si, era la oportunidad de cruzar a la Amazonía y “bajar” por unas trans-amazónicas que según mi opinión deberían reemplazar a la mítica BR-319 brasilera que ya el año pasado detectamos con trabajos de reconstrucción ya iniciados.
Lo consulto con mis tres pasajeras,.. y el “hdp,.. no podes!,..acabás de manejar 8000 kms. y ya te querés rajar otra vez”… me terminó de convencer… una llamada telefónica y ya tenía pasaje para Lima en dos días.
Llegar a Lima nuevamente después de tantos años, me trajo viejos recuerdos de mis primeros años de secundaria en el colegio Marista de la ciudad, claro que en esa oportunidad nos movíamos por la parte adinerada de la ciudad, la zona donde Matute había decido “pernoctar” no era precisamente esa, más bien era lo que aquí llamaríamos el Warnes limeño, un sinfín de talleres y negocios prontos a solucionar todo tipo de problemas mecánicos,.. y nosotros teníamos uno grande.
El vuelo llegó pasada la medianoche, y como en todo aeropuerto del mundo, los ansiosos taxistas del lugar se juntaron a mí alrededor tratando de enganchar “al gringo” que llegaba a una ciudad desconocida y solo. Solo uno que con buena voluntad me pidió el teléfono de la pensión que a 15 Soles (o pesos) la noche era ya el hogar de Matías de la última semana, se ganó el sobrevaluado viaje de 10 minutos y los abusivos 40 Soles.
Verlo al “nene” sentado en el cordón de la vereda a las 2.am., solo reflejaba la desesperación con la que esperaba a Papa Noel y los repuestos para su chata, al fin y al cabo hacía ya nueve días que nos había visto partir de Nazca con lo que era hasta ese momento su caravana de 12 chatas, que irremediablemente tuvo que seguir su viaje al Sur, mientras él se ponía a buscar la forma de subir a la Capital para reparaciones.
Temprano por la mañana comenzamos con las reparaciones en el pequeño taller del amigo Edgar y su padre Pedro, siempre apoyados por Paul del Land Rover Club del Perú, sin el cual aún estaríamos “viviendo” en el barrio El Naranjal (Warnes) de Lima. Tener los pistones de la Defender a la vista, daba tanta inseguridad como lo que significaría recorrer la Amazonía con un motor recién armado y en solitario como lo pensábamos hacer con Matías dos días más adelante.
Solo la meticulosidad en el armado y el respeto a las indicaciones del manual de la casa inglesa, nos puso en unos días en la Panamericana en dirección a nuestro primer pernocte en la devastada ciudad de Ica, era claro que si este viaje había nacido casualmente, no sería así la ruta para volver a casa, era la oportunidad de ver de primera mano lo que por televisión habíamos visto antes de salir de viaje.
El pesar de la gente se podía sentir en el aire, las pilas de escombros y mobiliario inservibles sobre la calle, reflejaba claramente que aquello no fue un simple temblor. Ver las carpas de campañas con siglas en ingles, daba cuenta que este sismo conmovió a gentes de otras latitudes, y no era para menos.
El oasis de Huancachina, en medio de las dunas de uno de los desiertos más secos del planeta, figuraba como segundo punto en el itinerario, pero la desazón de pasar por Ica primero solo hizo que la visita se vea empañada y nos pareciera una simple laguna opaca en medio de gigantes dunas,.. no estábamos con ánimo de investigar y ver más. Era hora de pisar terreno conocido y visitar a nuestros amigos de Nazca.
Llegar a nuestro querido hotel donde tantas veces nos habíamos alojado para hacer los sobre-vuelos en las míticas líneas nos levantó el espíritu y nos animó para comenzar el cruce de la dura Cordillera Central Peruana. Teníamos ante nosotros una dura trepada de más de 4 kilómetros de altura y casi 600 kilómetros para llegar al Cuzco.
Abancay fue como siempre nuestro punto medio y ahora con presupuesto más limitado y fuera de la comodidad de nuestro conocido Hotel de Turistas, la pensión de la calle Arequipa y el pollo frito de su restaurante vecino, iniciaron una modalidad de viaje que se vería insistentemente repetida a lo largo de los próximos 10 días,… pollo asado con arroz, baños compartidos y las benditas duchas de agua fría,… era mejor acostumbrarse ahora, y cuanto antes recordáramos la frase del viaje anterior, “…Siempre se puede estar peor!”,.. mucho mejor.
Hasta aquí aún nos movíamos en terreno conocido, llegar al desvío de Urcos al final del Valle Sagrado para comenzar nuestra aventura amazónica para toparnos con nuestro primer contratiempo, la primera de una serie interminable de sorpresas. Peru está tratando de pavimentar lo que ellos llaman “la interoceánica”, en ambos extremos de un corredor de casi 600 kilómetros de duro camino cordillerano que eventualmente conectaría Cuzco con el Brasil y abrir las puertas de sus productos al mercado brasilero, comenzamos a sufrir su titánica construcción.
“Tienen que aguardar 4 horas a que abramos esta parte del camino,..” dijo con cara de póquer el policía de retén. Frase que escucharíamos varias veces más y cuyo tiempo sería empleado en almuerzos, baños en los ríos y como esta vez, en lograr un aprovisionamiento razonable para 10 días de viaje por la selva.
Era de locos que un camino lleno de precipicios y en construcción lo abrieran a las seis de la tarde, siendo ya casi las dos, la fila de camiones y micros llenos de gente se empezaba a insinuar al costado de la ruta. La evidente ansiedad provocada por la demora en el caluroso preludio de la temporada de lluvias, no hizo más que confirmar nuestras sospechas en la apertura.
Gigantescas nubes de polvo que se levantaban por kilómetros, en donde con asombro veíamos a delirantes chóferes de micros arriesgar al pasaje pasando a ciegas camiones y vehículos, en una ruta acantilada de cientos de metros de borde, para nosotros novedad,.. solo luego de un par de días nos daríamos cuenta que la lotería de pasar a ciegas era un juego al que nosotros también deberíamos jugar si es que no queríamos nos pasara –tal como nos contó una señora- demorar 7 días atrás de una fila de camiones para hacer los benditos 600 kilómetros.
Ese primer día pudimos completar nuestros primeros 80 kilómetros hasta Ocongate, aún de subida,. Ya de noche, dejamos para el otro día la peligrosa abra de 4700 msnm y bendita divisoria de aguas que marcaría oficialmente nuestro abrupto descenso a los 300 msnm del nivel amazónico.
2DA PARTE: Cuzco a Puerto Maldonado
Salimos temprano,.. una costumbre que empezaba a tomar forma y vino para quedarse. El extremo calor y lo “madrugador” que el sol amazónico aparece condicionaba el cronograma, con el correr de los días, cenar y acostarse a las ocho ya se hacía rutina, levantarse a las 5.30,.. también!.
Después de superar la alta cuesta, se hizo evidente que la cornisa sería amiga nuestra por un buen rato. Esquivar los horarios de los cortes en la ruta, un delicado juego de ajedrez, horarios de almuerzo para el personal, días festivos, horario de cierre de los trabajos,.. eran factores a tener en cuenta al programar el día, en definitiva estábamos sobre una ruta en construcción con miles de obreros y material rodante que “esta vez” nos jugaba en contra, pero dentro de medio lustro cuando inauguren, seguramente una aliada y una de las rutas más bonitas de Sudamérica.
El habitual corte de las 13 a las 17 nos dejó comiendo unas truchitas con yuca en un improvisado parador de ruta, el mítico pueblo de Quincemil había quedado atrás sin más recuerdos que la de su plaza principal convertida en improvisado campo de fútbol.
El dato llegó por parte de una de las tantas mujeres señaleras (hay cientos de ellas con sus inefables cartelitos de PARE/SIGA y sus infaltables handies en mano), había una bonita playa donde confluían tres importantes ríos de la zona. Pasar la tarde bañándonos en un afluente del Madre de Dios, convirtió al caluroso enlace en uno de los más divertidos y “frescos” de todo el camino.
Llegar a Mazuco ese día ya era casi una realidad, encontrar alojamiento disponible, lamentablemente otra muy distinta.
Tan parecido era todo al Vietnam de las películas, que aunque parezca mentira, mientras desayunábamos al día siguiente nuestros acostumbrados “juguitos” de quien sabe que fruta tropical, el televisor a todo volumen pasaba una vieja producción americana sobre la guerra de Vietnam,.. inmediatamente saltó la frase que toda travesía 4x4 que se digne de tal, ve aparecer en algún momento,.. es esa misma que se repite y escucha por la radio una y otra vez.
En la ficción el rudo sargento hablando a la recién llegada tropa, entre otras cosas les decía con su mejor vos de “Terminador”: “muchachos, aquí no habrá tiempo de escribir a mamá!”… exactamente en correspondencia con el manejo “de sol a sol” que tan vehementemente aseveraba Matute!,.. “Maldito Vietcom!!!!”,.. la otra apostilla de la película que pasó a ser ahora nuestra y cuyo destinatario era cualquier cosa/persona que se cruzara indebidamente por el camino, simple fastidio provocado por el calor húmedo de la selva o tal vez aquella persona cuya actitud fuera reprobada por alguno de nosotros dos era merecedor inmediato de un “Maldito Vietcom!!!!”.
Acostumbrarse al calor, no es lo mismo que acostumbrarse a ducharse con agua fría, en eso Matías me llevaba varios cuerpos de ventaja, el muy insensible se podía duchar con el agua más helada que encontrara, pedir que saliera agua caliente por la única canilla existente en los cuartos (cuando no dejaban un oscuro tacho de 200 litros lleno a medias), era igual de inútil que intentar cambiar los menús de almuerzo/cena que los destartalados restaurantes preparaban al viajero cada día.
Pollo asado con arroz y la bendita yuca fue casi en exclusividad nuestra comida por más de diez días seguidos, a veces si había suerte, una sopa con menudos de pollo en flotación era la variante ofertada al viajero amazónico, eso siempre y cuando hubiera luz para ver lo que se come, ya que la mayoría de los pueblos en los que nos tocaba cenar, la luz era proveída por generadores, cuya fuente de energía era el diesel, casi tan escaso como los duros menudos que tratábamos de identificar en la penumbra de las velas,.. o tal vez era simplemente toda una confabulación de los lugareños para que no viéramos la alta tasa de insectos que se colaban en la bebida y los alimentos que ingeríamos… “es lo que hay”,.. a lo que inmediatamente respondíamos con “la frase” de la travesía anterior a Machu Picchu: “…Siempre se puede estar peor!”.
Era ya el tercer día sobre la Inter-oceánica y Puerto Maldonado aún estaba a más de 300 kilómetros de distancia, pero atravesar el Parque nacional Tambopata parecía un aliciente prometedor, enterarnos gracias a la guía Toyota-Peru que Paul nos había regalado de la existencia de un pueblito de buscadores de oro llamado Laberinto, nombre que nos atrajo como imán. Una breve consulta al GPS y el desvío era ya parte del plan del día.
“El lejano Oeste Amazónico” como se lo conoce a Laberinto, describe bien el carácter del pueblo. Muchísimas casas de compra de oro, tornerías para las reparaciones de las bombas y casas de abarrotes por doquier y un ruidoso caos definían el carácter del pueblito en medio de la nada, asentado a la vera del caudaloso Madre de Dios, era fuente inagotable de riqueza, al menos para los sacrificados lavadores de oro. Un breve refrigerio de empanadas con vaya a saber que adentro y estábamos nuevamente rumbo al Oeste en dirección a nuestro primer gran objetivo, Puerto Maldonado y su hermosa laguna Sandoval del Parque Nacional Tambopata. |
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