“Es una isla muerta. El hombre no viene allí para vivir, sino para, tarde o temprano, encontrar su muerte. Allí no hay espacio para la vida. Es una residencia de la muerte...” (Zalmen Gradowski, prisionero judío de Auschwitz)
Mi móvil comenzó a vibrar y sonar, eran las ocho de la mañana. Un día mas en Polonia, la luz del sol iluminaba la habitación de mi modesto hotel, pero sabía que no era un día mas. Una de las razones principales por las que había hecho este viaje era la visita que hoy me esperaba, Auschwitz. Tras desayunar, una chica cracoviana de la oficina de turismo vino a mi encuentro. Mas tarde recogimos a un matrimonio de Belfast y a una pareja de chicas de Edinburgo, ya estábamos todos.
Atravesamos Cracovia, cruzamos el Vistula y nos dirigimos por una carretera comarcal hacia nuestro destino. Paralelamente discurría una autopista, pero solo vimos sus carteles, no la utilizamos, presumo que era una cuestión ahorrativa. Atravesamos bosques de pinos, hayas, abedules, cruzamos pueblos grandes y pequeños, y tras 80 kilómetros de extensas llanuras llegamos a nuestro destino.
Todos sabíamos dónde íbamos y creo que todos sentíamos aquel lugar, todos queríamos bajar de la furgoneta, pero nadie lo hacía, creo que ya sentíamos el miedo a lo que allí nos íbamos a encontrar.
La duración estimada de la visita era de cinco horas aproximadamente, primero una película, luego Auschwitz I, después Auschwitz II – Birkenau. No visitaríamos Auschwitz III, si, Auschwitz era un complejo, un gran complejo de pabellones de muerte.
Hoy son las diez y media de la noche, y estoy sentado frente a mi ordenador, en España, una noche de octubre, el frío comienza ya a aparecer, las hojas de los cerezos frente a mi casa han cambiado de color, pronto caerán. Hace unos días estuve allá, en Auschwitz, en un lugar en el que muchos cientos de miles de personas entraron sin quererlo, muchas engañadas, muchas sin saber a qué iban, en donde todas, todas y cada una de ellas sufrieron, fueron vejadas, tratadas como nadie se puede imaginar, en donde muchas murieron, en donde muchas fueron aniquiladas, asesinadas salvajemente, un lugar creado por bárbaros,un lugar para nunca olvidar.
Resulta difícil describir aquello que ví, y mucho mas aquello que sentí. Existen decenas de libros, miles de documentos, escritos, pero ninguno de ellos, estoy seguro de ello, puede describir lo que mi persona sintió en aquel lugar, hoy repleto de cesped entre los edificios, césped que un día fue fango y lodo, un lugar en el que los chopos crecen rápido, como queriendo ocultar bajo sus copas el horror que un día se vivió en aquellos caminos, hoy convertidos en avenidas donde grupos de turistas descubren el lado mas criminal del ser humano.
A cada paso imaginaba las personas que habían pisado aquel suelo, los seres humanos que habían sido torturados contra aquella pared, asesinados en aquella esquina. Me imaginaba personas viendo morir a otras personas, niños viendo morir a sus padres, padres no viendo nunca mas a sus hijos. Me imaginaba siendo apartado de mi ciudad, de mis amigos, de mi gente, de mis costumbres, de mi trabajo, de todo, me imaginaba siendo conducido una noche a un lugar sin razón alguna, golpeado para ser maltratado, llevado para ser lentamente asesinado, vigilado y torturado por seres que saben de su impunidad, y me imaginaba que mis hijos, mi mujer, mis padres, también fueran llevados a aquel lugar, me imaginaba todo eso, todo eso y mucho más.
Los nazis lo tenían claro, había llegado el momento de la solución final. Los judíos debían desaparecer del planeta, pero también los polacos, los gitanos, los homosexuales y en general todos aquellos que no compartiesen sus ideas o que simplemente hubieran elegido libremente una religión que profesar, tuvieran una tendencia sexual o pertenecieran a una raza que no se ajustase a los requisitos establecidos por esa gente. Pero la solución final fue eso, la final, el final de un proceso que duró años y durante los cuáles muchos ciudadanos vivieron, o mejor, sobrevivieron, bajo el mazo del nazismo.
Hace 66 años fue creado este lugar de muerte, al frente de él el lamentablemente famoso Rudolf Höss. Los primeros en llegar al campo fueron polacos, luego prisioneros de guerra sovieticos, poco a poco el campo se fue llenando, los edificios ya no eran suficientes, su tamaño tampoco, hasta que el campo se quedó pequeño, y entonces se empezaron a construir otros campos anexos, mas grandes, mucho mas grandes, mucho mas “preparados”.
Así surgió Auschwitz II, el campo nazi mas grande de todos los que construyeron, en el que mas pabellones existían, en el que mas personas murieron, establecido sobre terrenos de polacos, polacos que fueron desterrados, arrestados o eliminados.
Mientras, fuera de aquellos campos salvajes, en las ciudades, en los pueblos, los judíos eran apartados de sus vecinos, de sus negocios, de sus casas, de sus sinagogas, de sus colegios, de sus juguetes. Varsovia, Cracovia, Budapest, Praga, los guetos judíos eran establecidos en todas aquellas ciudades conquistadas, vencidas o simplemente amigas. Los judíos morían en aquellos lugares, cientos de miles convivían con la hambruna, sobrevivían sólo gracias al poco y clandestino apoyo de sus vecinos del otro lado de los muros. Las condiciones de los guetos empeoraban, los muertos se contaban por miles, familias destrozadas, aquellos ciudadanos, aquella religión iba desapareciendo, pero no a la velocidad deseada, no al ritmo requerido.
Pasear por las calles de Varsovia o de Budapest que un día fueron parte del gueto estremece. No hay signos evidentes, muy pocos, momumentos conmemorativos, placas, recuerdos, pero, como en Varsovia nada de lo que hubo existe, nada, todo fue destruido tras el levantamiento de sus habitantes, todo, hasta las aceras donde murieron miles de personas y en donde hoy ciudadanos polacos esperan el autobús o pasean a sus perros, ni tan siquiera las paredes que un día sirvieron de paredones de fusilamiento siguen hoy en pie. No queda nada, pero queda todo, queda el suspiro de todos aquellos que paseamos por esos lugares y sentimos lo que allá ocurrió.
Un día llegó la decisión final, aquella que aceleraría el proceso, aquella que pondría fin al “problema”. Los guetos se fueron vaciando, los nazis decían recolocar a los judíos en otros lugares. Estos cogían sus enseres, sus maletas, sus abrigos, sus medicinas, sus cubiertos, se montaban en los trenes y aquellos que dudaban eran eliminados con un certero tiro fuera de la vista de sus compañeros de viaje. Mujeres, niños, ancianos, hombres, jóvenes y viejos, altos y pequeños, flacos, casi todos, con pelo o sin él, todos montaban en aquellos trenes, como si de ganado se tratase, siempre bajo la atenta mirada de sus guardianes, de aquellos seres que se denominaban hombres superiores y que simplemente eran criminales.
Los judíos llegaban a los campos, ya ni tan siquiera su entrada quedaba registrada, todo debía ser lo mas rápido posible. Las vías ya no terminaban en las afueras, demasiado tiempo para que tantos y tantos seres humanos anduvieran hasta su morada final. Las locomotoras dejaban de echar humo en el campo, las puertas se abrían y todos aquellos seres humanos eran golpeados hasta que sus pies o sus cuerpos tocaban el suelo, hasta que los vagones quedaban vacíos, solo quedaban sus maletas.
Violentamente familias enteras eran separadas en aquel desapacible y frío lugar, junto a los vagones, las mujeres y los niños a un lado, los hombres a otro. Intentándose agarrar, intentando alcanzar ese último abrazo, mujeres mirando a sus maridos, maridos mirando a sus mujeres, en filas separadas, intuyendo lo peor, despidiéndose sin hablar, intentando guardar en la retina aquella última imagen, el rostro de aquel ser querido, aquel con quién había compartido todo, su vida, sus ilusiones y esperanzas, sus malos y buenos momentos, aquel con quién había conseguido sobrevivir al horror del gueto, áquel del que se había despedido sin saberlo en las muchísimas horas que, en algunos casos, había durado el viaje en tren. Su último viaje juntos, tantas cosas por decir y no dichas, tantos sueños desvanecidos, y en ese momento, junto a aquellas vías, comenzaban a darse cuenta de aquello.
Los oficiales médicos de las SS les observaban, los fuertes, tanto hombres como mujeres, los capaces de ser torturados mediante jornadas infinitas de trabajo, los que podían aguantar al menos dos semanas durmiendo mientras que las heces de sus compañeros caían sobre su cabeza, los que podían soportar el frío, las enfermedades, los parásitos, los golpes, el maltrato y todas las aberraciones imaginables, eran separados, separados y conducidos a los pabellones, muchos de ellos de madera, diseñados para estabular el ganado alemán.
Las mujeres embarzadas, los débiles, los niños y las niñas, los ancianos, mi abuelo o el hijo de mi amigo, todos ellos, sin excepción, eran conducidos hacía la muerte. Sus caras dan muestra del engaño al que estaban sometidos, no la esperaban. Todo lo suyo quedaba tras ellos, todo, sus seres queridos, sus pertenencias, sus maletas, en las que escribían su nombre, sus fechas de nacimiento y de llegada a aquel horrible lugar. Su ropa la depositaban en una taquilla, algunos seguro que ordenadamente, debían recordar el número para recoger sus cosas a su vuelta, simplemente les iban a duchar o en algunos casos desparasitar. Todos deseaban un baño tras un largo viaje en tren, trenes que llegaban de Polonia, de Hungría, pero también de Oslo, Roma o París. Los fuertes eran conducidos a los barracones a golpes de porra, a culatazos. Aquellos que se revolvían eran asesinados, seguramente el guardia conseguiría algunos días de permiso si eliminaba alguno de aquellos seres inferiores. Les cortaban el pelo, les daban su uniforme, marcado con el símbolo correspondiente, la estrella de David si eran judíos los distinguía de otros con triángulos rosas, homosexuales, o con otras macabras figuras.
Mientras que todo eso ocurría, sus seres queridos, sus compañeros de vagón, los niños con los que habían jugado en aquellos abarrotados trenes ya habían sido eliminados. Los nazis habían inundado las tan deseadas duchas con ciclón B, un mortífero gas. A los cadáveres se les había cortado el pelo, se les habían extraído los dientes de oro y arrebatado las joyas, habían sido quemados, en los crematorios o si eran muchos al aire libre. Así día tras día, jornada tras jornada, tren a tren, un millón y medio de personas. Los elegidos para la esclavitud dormían ocho en un espacio de dos, literas de tres pisos. En el primer piso no superaban tres o cuatro días de vida, el fango en el suelo, las ratas, las heces de los compañeros escurriéndose entre las maltrechas literas superiores hacían el trabajo. Cuanto mas arriba mas posibilidades de vivir. Solo dos veces al día a las letrinas, no mas, no mas y muchos con diarreas. Sin ventanas, sin aire, asados en verano, helados en invierno.
Trabajando todo el día, sujetos a las apetencias de sus guardianes, muriendo día a día, hora a hora, muriéndo solos, sin saber el destino de sus seres queridos, solo intuyéndolo, luego descubriéndolo, recordándoles cada vez que sus ojos se fijaban en las columnas de humo que surgían de los crematorios.
Y aún así, como si todo ello fuera poco, siendo castigados, conducidos al bloque once, el pabellón de la muerte, donde en los pasillos se aparcaban horcas portátiles de madera listas para ser utilizadas, donde en algunas celdas los presos eran olvidados hasta morir de inanición, donde al fondo del pasillo celdas de 90 por 90 centímetros servían de castigo para cuatro presos al mismo tiempo. Pocos sobrevivían y de esos, muchos acababan fusilados o simplemente gaseados para luego ser quemados como sus compañeros de viaje.
Mis ojos vieron aquello, vieron toneladas de pelo hoy ya plagado de canas, pelo cortado a todos aquellos ciudadanos y que hoy todavía se conserva en este tétrico lugar, pelo por el que las empresas alemanas pagaban medio marco por kilo. Mis ojos vieron montones de gafas, cepillos de dientes, utensilios de limpieza que un día pertenecieron a aquellos ciudadanos. Mis ojos vieron los uniformes usados, las garrafas del gas asesino, las fotos de los seres queridos dejadas en los vagones. Mis ojos vieron las celdas de tortura, el paredón de fusilamiento, las literas y las letrinas. Mis ojos vieron todo aquello. Mis ojos vieron los crematorios y las cámaras de gas, algunos medio destruidos por aquellos salvajes intentando eliminar huellas, pistas, datos. Mis ojos vieron las horcas móviles, las fotos de prisioneros registrados, mis ojos leyeron, y hasta mis ojos sintieron.
Durante seis horas anduve tras las alambradas, tras las torretas de vigilancia, entre los barracones, durante seis horas sentí todo aquello, el horror, el miedo, la desesperación. Durante seis horas sentí rabia, impotencia, tristeza. Durante seis horas mi piel se estremecía mas y mas a cada paso que daba, durante seis horas mire al cielo que un día cientos de miles de seres humanos también miraban. Durante seis horas aprendí lo que no puede volver a pasar, pero fueron eso, seis horas, seis horas tras las cuales salí, deje aquel lugar. Hace muchos años aquellos que entraban no salían a las seis horas, y si lo hacían formaban parte de aquella permanente nevada que cubría el cielo de Auschwitz, una nevada sin nieve, una nevada de cenizas.
Aún los polacos se preguntan como fueron juzgados tan pocos de aquellos que un día asesinaron a tantos, hoy los polacos se preguntan como las fotografías aéreas o la información de la resistencia no fue suficiente para acabar antes con aquel terror, se lo preguntan los polacos, aquellos que sintieron y vieron la masacre de cerca, también nos lo preguntamos nosotros, aquellos que hemos visitado y sentido ese horrible lugar.
Hoy, muchos años después, el ser humano no ha aprendido de aquello. Hoy, mientras escribo estas líneas, hay millones de personas que mueren de hambre, seres humanos como los que en Auswichtz perecieron. Hoy, mientras escribo estas líneas se están construyendo guetos, muros, y mas muros. A los pocos años de rescatar a escasos miles de personas de aquel infierno, sus rescatadores bendijeron y fomentaron la construcción del muro de Berlín o el uso de la casa del terror en Budapest. Aquellos que fueron salvajemente masacrados por los nazis colaboraron estrechamente con el apartheid y hoy construyen un muro que les separe de los palestinos mientras que estos mueren de hambre.
Hoy, a estas horas, se levanta un muro que separará Arizona de Méjico y aún se mantiene otro que divide a católicos de protestantes en una isla verde llamada Irlanda. Hoy, a estas horas, los gitanos o los homosexuales siguen siendo perseguidos en muchos lugares, en muchos bares. Hoy, a estas horas, algún musulman desconocido reza en una isla caribeña dentro de una celda no mucho mas grande que las del campo de la muerte. Hoy a estas horas una monja muere en Africa por sus creencias religiosas, hoy, a estas horas, muros de hormigón protegen miles y miles de edificios en el mundo, hoy la Tora se lee en sinagogas rodeadas por cientos de policías, hoy un barbudo es observado y luego acusado por todos los pasajeros en la puerta de embarque de un areopuerto. Hoy, sigue habiendo sádicos, bárbaros, criminales, xenófobos, hoy, nada ha cambiado, porqué hoy sabemos eso y hoy vivimos con eso y hoy, permitimos eso, lo autorizamos desde el silencio. |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|