Aya quiere decir difunto, es la fiesta de los difuntos (AYAR MACAY QUILLA, “MES DE LOS DIFUNTOS” EN EL ANTIGUO PERU), en este mes sacan los difuntos de sus bóvedas que llaman pucullo, y le dan de comer y beber, y le visten de sus vestidos ricos, y le ponen plumas en la cabeza, y cantan y danzan con ellos, y le ponen unas andas y andan con ellas en casa en casa y por las calles y por la plaza, y después tornan a meterlos en sus pucullos dándole sus comidas y vajilla, al principal de plata y de oro, y al pobre de barro; y le dan sus carneros y ropa y los entierran con ellas y gastan en esta fiesta muy mucho.”
Felipe Guaman Poma de Ayala en su “Nueva Crónica y buen gobierno” - Libro I (1610-1615)
Cruzo de sur a norte la ciudad. Dejo Surco y Miraflores, postales del primer mundo, y tomo un colectivo rumbo al norte (paso por Comas, mi barrio) hasta llegar a Carabayllo, postales del tercer mundo. Este barrio, juntos a otros, forman el conocido Cono Norte de Lima, un lugar donde la mayoría de la población es de procedencia andina. Toda esta masa de personas llegó a la capital en busca de oportunidades en los 50´s ya que aquí se había centralizado toda la industria.
Entonces, Lima era una ciudad pequeña y con una identidad muy distinta a la del resto del país, como que vivía a espaldas del mismo. Todas estas oleadas de inmigrantes terminaron por copar las áreas habitables y al ver que ya no había espacio empezaron a formar centros poblados con servicios precarios en la periferia de la ciudad. Como un gran cinturón alrededor de Lima. Así convirtieron la gran capital en una megalópolis, la insertaron en la nueva modernidad a la velocidad de un rayo dándole una nueva identidad, un nuevo carácter. Se trajeron abajo la arcadia colonial. Sin embargo, toda esta gente no vino sola: trajeron sus dioses, sus costumbres, sus comidas, sus sueños, su cosmovisión. Por ello es que los barrios populares alejados de los espacios cosmopolitas de Lima tienen una cultura diferente, un modo de ser radicalmente distinto. Por eso irse de un extremo a otro de Lima es como viajar por muchos países, por muchas culturas y sí, todo, en una sola ciudad. Bienvenidos a Lima, la confusa, poliédrica, abigarrada, desordenada, convulsa, hermosa, delirante, tierna, surreal, andina, española, china, delicada, salvaje, fútil, descomunal ciudad monstruo. Acaricien sus 7 cabezas, rocen sus 10 cuernos. He allí mi interés (aparte de otros más personales) por ir a un cementerio que estuviera en esa periferia porque sabía que allí iba a encontrar con otro mundo, otro modo de entender la muerte, más confusa pero más mía. Menos occidental y globalizada, mucho más auténtica. Pero no iba a imaginar nunca lo que encontraría.
CEMENTERIO PERIFERICO
Me bajo de la combi a la altura del kilómetro 18 de la avenida Tupac Amaru, luego tomo un mototaxi que sube por la avenida Merino. “Por aquí se va al cementerio profe” me dice el muchachito que maneja (imagino que no tiene brevete, pero también imagino que tiene que ganarse la vida.) Bajo y frente a mí aparece una calle sin asfalto que trepa sobre un terreno ondulante. Algunos comerciantes han levantado sus toldos para vender platos desde un sol. El olor a fritanga se confunde con el de las flores y los velas. Más allá unos hombres con las camisas desabotonadas beben como en cualquier domingo escuchando al grupo Néctar que toca desde el cielo, con cariño. Los mototaxis pasan raudos llevando y trayendo visitantes, haciendo maniobras avezadas en medio del gentío, para no atropellar. Subo una cuadra y el camino dobla a la derecha y sigue trepando hacia una quebrada seca rodeada de cerros. Aparece la entrada al cementerio sin nombre que no es sino la ladera de un cerro. Un espacio ganado a la pétrea dureza del suelo para enterrar a los muertos. Un cerro, nexo que encuentro con la historia. ¿No eran los cerros los espacios sagrados de los antiguos peruanos? ¿Los lugares donde moraban los dioses, vivían los antepasados?
Detrás del mismo camposanto muchos otros caminos trepan hasta las cimas más altas de la pobreza, donde las casas se han construido con esteras, latones o endebles maderas. Tía Fortu me diría más tarde: “Cuando llegamos aquí sólo habían 5 muertitos, eran niños nada más. Pero un día llegó una enfermedad de diarreas, es que teníamos problemas con el agua, sólo nos traían cada 15 días por eso íbamos al río a traer agua, eran los 60´s y así murió mucha gente y entonces el cementerio empezó a llenarse.” Se lamenta que sólo haya guardián hasta las 6 de la tarde porque la noche no viene sola: “vienen los fumones, los choros”. Ha mandado a poner rejas, plantas muy bonitas en las tumba de su esposo que otros se han llevado, cosa que me confirma la idea de que sólo hay que temerle a los vivos.
He venido a buscar una tumba. Hay mucha gente, se siente en el aire una sensación electrizante de saber que se está entrando a un mundo que se maneja con las mismas reglas desde hace siglos. Compro un paquete de velas y un ramo de flores y entro. Me uno a la larga fila de gente que ha desembocado en este camino no muy ancho que se abre paso entre tumbas y cruces y donde hasta las piedras parecen reflejar el calor sofocante. Al entrar hay una cruz con los símbolos de la pasión, adornada con una estola y flores a cuyos pies un grupo de personas rezan y encienden velas. El sol arde inclemente en la mitad del cielo. Las pisadas elevan una hiedra de polvo que se trepa en el viento, sube alto, hasta un cielo teñido de un pálido celeste, vacío de nubes, de palomas mensajeras que lleven las esperanzas un poco más arriba de las barbas de Dios. Luego el polvo cae indolente, como lluvia seca, ametrallando nuestras cabezas.
Para tener un pequeño espacio aquí es necesario pagar un derecho de entierro y uno de construcción. Las tumbas se construyen con ladrillo y cemento y sobre la superficie emergen las puntas de unos fierros que serán usados para seguir levantando el segundo piso y el tercero y así más nichos conforme la muerte vaya convocando a los otros integrantes de la familia. Algunas tienen colores azules, rosados o están adornadas con mayólicas. Otros difuntos menos favorecidos sólo tienen espacios rodeados de rocas con una mano de pintura encima como único adorno. No hay ánforas griegas ni esculturas de mujeres con perfil renacentista, compungidas por los que se fueron. Aquí hay polvo, piedra, paisajes eriazos, sequedad absoluta, hay botellas de plástico de Inka Cola usadas como floreros, mujeres de trenzas grandes y polleras largas, hay sonidos mágicos del quechua y del huayno entrenzados en su solo ritmo, toldos multicolores y cartulinas anunciando los platos de comida que se venden, hay tumbas que parecen haber sido excavadas por pura improvisación, por el deseo de encontrar para quien se quiere un lugar digno para su entierro. Hay todo eso pero no tristeza. Los quebrantos y plañidos no se oyen, no tienen espacio en este lugar poblado de sonidos vivos, de colores. La muerte no se está llorando, la muerte se está celebrando, la muerte se está viviendo.
Camino hasta la parte trasera del cementerio donde el cerro se empina más y ya no es fácil andar pues no existe un camino, hay que abrirse uno espontáneamente. He venido a buscar una tumba. Trepo entre las tumbas, asiéndome de las cruces o de las inmensas rocas. Avanzo tratando de no pisar los nichos pero es imposible. Todo es un caos de cruces sencillas, hechas de madera simple, a algunas les falta la barra horizontal y parecen un asta apuntando a la infinidad celeste. Finalmente aparece una escalera bien mantenida que ayuda a hacer el trajín menos complicado y que también usan quienes viven en las partes altas del cerro. Al llegar a la cima se ve una hilera de piedras que define el límite entre el cementerio y la zona de las casas que se han levantado. Me siento en una gran roca y observo, abajo Lima parece un monstruo adormilado. Hacia el este, donde se unen las faldas de los cerros que cierran esta quebrada, han levantado una pared de maderas como si fuera un fuerte apache. Le pertenecía a una empresa que extraía piedras de estos cerros para diferentes construcciones. Un error de cálculo los condenó a la quiebra, las piedras en abundancia no estaban allí sino en el espacio del cementerio, pero ya es demasiado tarde para darse cuenta, hoy el lugar tiene un título de propiedad firmada por la muerte. Hay tanta piedra que recuerdo alguna vez haber estado en este cementerio para el entierro de un allegado. A la hora de cubrir el hueco echaron primero sobre el cajón lo que más abunda en este lugar: rocas. El sonido contundente de las piedras cayendo sobre la madera dejaron en mí un recuerdo imborrable: TOC, TOC, TOC… percusión delirante de la muerte. Al llenar un gran espacio del nicho con piedras recién empezaron a echar la tierra.
Busco algún rostro conocido, alguien en quien reconocerme pero no hay nadie. Busco el nombre de quien sé estuvo cerca en mi infancia y ahora yace aquí entre las rocas. He venido a buscar una tumba. Y encontrar en medio de un bosque de cruces no es fácil. Aquí arriba están las personas moviéndose con soltura entre cruces y nichos, mundo en miniatura que bulle, que avanza sobre la tierra plagada de muertos ya que por más que este sea un espacio donde la muerte ejerce su dominio no por ello la vida está ausente, al contrario, se hace presente con fuerza inusitada, con imaginación y hasta con colorido. Los vivos tienen que seguir en la ruta y la muerte es un evento interesante para ganarse la vida vendiendo lo que se pueda o comprando lo que se deba.
EL DIA DE LOS VIVOS
Hace calor y un heladero es en este cementerio más solicitado que un cura, aparece uno que empuja con incomodidad la bicicleta atascada entre el polvo y las piedras, va vendiendo a diestra y siniestra. Le compro un helado y conversamos un poco luego le pregunto como va el negocio: “Hoy salgo grueso sobrino”.
Desde una sombrilla multicolor sale rauda una mujer llevando entre sus manos una caja de cerveza hacia algún punto del camposanto, toda la tarde estaría en lo mismo. Los nichos parecen formar parte de un mobiliario extraño, que se usa para poner algún cucharón, alguna caja, algún balde. “Seño, una caja”, “Seño, traigase pa´ca una gaseosita” y al lado está otra mujer atrincherada entre ollas y cacerolas de gran tamaño, escogiendo presas encebolladas y trozos de papa para servir a los comensales reunidos alrededor de un nicho como en un pic-nic dominical, salud por los ausentes… y por los presentes también, claro está.
Se me acerca un niño llevando una botella con agua y una escoba, en los bolsillos de su pantalón raído se apelotona una franela: “Seño, le limpio a su muertito”. Su cabeza parece un trapo exprimido arrojando gotas de sudor por los surcos en su piel cetrina, tostada por vivir expuesto el peso solar de todos los días. Cobra 50 céntimos por limpiar las tumbas con sus pequeñas manos, dándoles, al menos por un día, un aspecto menos doloroso. Le doy unas monedas y no le pido que limpie a mi muertito porque yo tampoco lo encuentro. Me mira extrañado y se va a ofrecer sus servicios a otras personas.
Un hombre toca a ojos cerrados un arpa andina, lo acompañan cuatro saxos y un clarinete. Los parientes de un difunto le han pedido tocar “Adiós juventud” porque “al viejo le gustaba esa canción”. Los músicos se ponen frente a la tumba y empiezan a tocar. Los familiares beben cerveza y sonriendo canturrean estrofas del huaynito, sonríen pero entre ellos advierto a una mujer que escucha en silencio con los ojos empapados de memoria líquida, ojos brillantes como charcos iluminados por los más tristes astros. Alguno tira un poco de cerveza al suelo, ese suelo que contiene ahora los restos de quien alguna vez estuvo, como bebiendo con esa ausencia. Acabada la música los parientes hacen una colecta y les pagan a los músicos que agradecen y se van a buscar otra familia que quiera cantarle a sus muertos las canciones que aviven el recuerdo.
Un muchacho mezcla en unos baldes la pintura de azul con que adornará un nicho, le han contratado para poner presentable la iglesia en miniatura que adorna la tumba mientras que otro, pico en ristre, ofrece anchar el espacio, el hueco, el rincón de tu muertito.
Un tipo barbado, alto y flaco como una cruz incompleta se abre paso entre las rocas con sus sandalias empolvadas, se dirige a las familias ofreciendo “ayuda espiritual”. “¿Cuánto cobra hermano?” le preguntan. “Su voluntad nomás” responde. “Ah, entonces récele”. “Oremos hermanos… “
ENCONTRAR - ME
Los niños juegan a las escondidas, corren sobre las lozas frías bajo las cuales la muerte reina silenciosamente: la inocencia de la vida extiende sobre la oscuridad sin límite su patrimonio de alegría y felicidad. Es la vida, la vida que avanza, que se siente. Sobre alguna tumba, un hombre totalmente ebrio duerme en brazos de su amante como si durmieran juntos en la banca de un parque. Algunas personas comen sentados sobre los nichos, otros lavan el cemento de las tumbas como quien baña un niño, con delicadeza, con paciencia. Más allá un hombre se arrodilla sobre el polvo. Habla, conversa, prometiendo lo que hará, recordando lo que ha hecho. Una mujer se pone en cuclillas frente a un nicho, susurrando posa sus manos sobre el cemento como quien toca un tacto prohibido: despacio, delicadamente; luego pone flores, caramelos y agua. Más arriba tres hombres hablan casi a gritos, ríen y se llenan la boca de recuerdos. A sus pies muchas botellas de cerveza y unas ramas de flores pisadas. A sus pies tres cruces y tres nichos, a sus pies la continuación de lo que un día serán sus inevitables caminos. Por fin, a lo lejos reconozco uno rostro. Mi tía Fortunata llega con toda su parentela y se ubican en una tumba. He venido a buscar una tumba y la he encontrado. De no haber visto a mis parientes nunca lo hubiera hecho. “Aquí yace Paulino Velarde” jugueteando con un nieto de 2 años, y más atrás otro nieto, angelito que estuvo de paso por el mundo un solo día. El tío Paulino era uno de esos hombres que no se iba a morir nunca. El tío Pauli y la tía Fortu eran una pareja de leyenda, se amaban como nadie y no se separaron nunca. El amor es también pasión y se mandaron a pedir 11 hijos. “Todo niño viene con su pan bajo el brazo” solía decir él. Tierno y ocurrente, contaba sus anécdotas con tal gracia que te destornillabas de risa. Por vez primera conozco a mis primos, nunca antes les pude ver. Se sorprenden de verme allí y poco a poco vamos ganando confianza. La tumba del tío es una de las más cuidadas. El amor después de la muerte continúa en manos de Fortu, ha mandado a barrenar parte de la ladera y con las piedras que han sobrado ha hecho un pequeño espacio para que la numerosa parentela tenga un espacio cómodo cada 1ero de noviembre. El tío Pauli hubiera deseado ser enterrado en su Tambo natal, pero no se pudo, la muerte como todo evento que pareciera imposible y lejano se hizo posible y demasiado cercano un día. Tenía que ser enterrado allí. Pero Fortu fue hasta Tambo, recogió tierra del lugar y lo trajo hasta la tumba de su amado: “Te he traído tierra de tu pueblo, ahora puedes estar tranquilo…”. Tía Fortu me cuenta que ha mandado a hacer la escalera que conduce a esta parte elevada del cementerio y que yo usé. Mi primo Jesús, que ahora vive en Madrid y ha venido a visitar a su padre, manda a pedir cervezas y empezamos a tomar, sentados sobre la tumba de Pauli, casi tomando con él y por él. Cambio de mirada, ya no soy yo quien observa lo que los demás viven, ahora soy yo quien vive, quien forma parte del mundo que hoy día se ha manifestado ante mi vida. Estamos hablando con nuestro ausente, con nuestro pariente, sabemos que nos oye, que está allí mirando como corren sus nietos y tataranietos, como seguimos a su lado.
FIN DEL DIA
El sol ya casi es un fanal cayendo en picada sobre un horizonte incendiado de colores agónicos. Se encienden las primeras luces de las velas aquí y las artificiales de los postes abajo, en la ciudad. Alguna fogata emana un olor a plantas, el humo se eleva sobre las cruces, las personas se desdibujan. El viento esparce la música que no se ha detenido en toda la tarde, la revuelve con las risas, con el griterío convirtiéndolo en un solo y distante sonido, sonido que trae fragmentos de memoria, que lava la herida de la ausencia. Ya casi a las 7, las cortinas de la noche se han corrido sobre el ventanal del cielo y ha extinguido totalmente la luz, el día es un recuerdo pero la vida sigue aquí en todos estos hombres y mujeres que no quieren dejar a sus muertos más solos de lo que ya están. En la cruz de la entrada del cementerio las velas siguen ardiendo, espantando con tenues fulgores la oscuridad total. Todos aquellos que no pudieron ir a visitar a sus difuntos a sus pueblos rezan mirando la cerrazón infinita del cielo y luego encienden una vela para que la memoria siga encendida. Porque no podrán estar con ellos hoy, bebiendo y comiendo, cantando un huayno, riendo, pero no habrá trecho que la lucecita de su esperanza no cruce, reflejo de un amor que se pronuncia a lo lejos, cruzando los abismos de la muerte, la distancia y el tiempo.
CODA
El Willac Umo (“sacerdote” andino) se levanta, y se acerca al mallqui (momia) y le mira hablándole despacio. Le han ofrecido comida, chicha y telares al mallqui, lo han sacado de la cueva para que celebre con los parientes la fiesta del Aya Marcay Quilla. El Willac Umo levanta las manos en las que tiene un recipiente de oro lleno de chicha sagrada, tira un poco del contenido a los pies del la momia y sonríe, festeja con los demás la alegría de estar juntos, el tiempo de la cosecha que ya empieza. Luego vuelve a elevar las manos y pasa el recipiente a quien está a su lado, invitando a beber… su brazo se erige sobre el precipicio de la distancia y el tiempo y… recibo un vaso con cerveza y brindo a la salud de Paulino, echo un poco de cerveza al suelo y sonrío con mis parientes. Hoy estamos juntos, hoy no hay fin ni principio. La muerte se ha disuelto en la alegría de la vida, la muerte ha sido abolida.
Pablo
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