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Día de los muertos en Perú II: El cementerio

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Lima, Perú

DIA DE LOS MUERTOS

LIM | 0 comentarios.

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Wari
23/11/2007


Aya quiere decir difunto, es la fiesta de los difuntos (AYAR MACAY QUILLA, “MES DE LOS DIFUNTOS” EN EL ANTIGUO PERU), en este mes sacan los difuntos de sus bóvedas que llaman pucullo, y le dan de comer y beber, y le visten de sus vestidos ricos, y le ponen plumas en la cabeza, y cantan y danzan con ellos, y le ponen unas andas y andan con ellas en casa en casa y por las calles y por la plaza, y después tornan a meterlos en sus pucullos dándole sus comidas y vajilla, al principal de plata y de oro, y al pobre de barro; y le dan sus carneros y ropa y los entierran con ellas y gastan en esta fiesta muy mucho.”

Felipe Guaman Poma de Ayala en su “Nueva Crónica y buen gobierno” - Libro I (1610-1615)

Cruzo de sur a norte la ciudad. Dejo Surco y Miraflores, postales del primer mundo, y tomo un colectivo rumbo al norte (paso por Comas, mi barrio) hasta llegar a Carabayllo, postales del tercer mundo. Este barrio, juntos a otros, forman el conocido Cono Norte de Lima, un lugar donde la mayoría de la población es de procedencia andina. Toda esta masa de personas llegó a la capital en busca de oportunidades en los 50´s ya que aquí se había centralizado toda la industria.
Entonces, Lima era una ciudad pequeña y con una identidad muy distinta a la del resto del país, como que vivía a espaldas del mismo. Todas estas oleadas de inmigrantes terminaron por copar las áreas habitables y al ver que ya no había espacio empezaron a formar centros poblados con servicios precarios en la periferia de la ciudad. Como un gran cinturón alrededor de Lima. Así convirtieron la gran capital en una megalópolis, la insertaron en la nueva modernidad a la velocidad de un rayo dándole una nueva identidad, un nuevo carácter. Se trajeron abajo la arcadia colonial. Sin embargo, toda esta gente no vino sola: trajeron sus dioses, sus costumbres, sus comidas, sus sueños, su cosmovisión. Por ello es que los barrios populares alejados de los espacios cosmopolitas de Lima tienen una cultura diferente, un modo de ser radicalmente distinto. Por eso irse de un extremo a otro de Lima es como viajar por muchos países, por muchas culturas y sí, todo, en una sola ciudad. Bienvenidos a Lima, la confusa, poliédrica, abigarrada, desordenada, convulsa, hermosa, delirante, tierna, surreal, andina, española, china, delicada, salvaje, fútil, descomunal ciudad monstruo. Acaricien sus 7 cabezas, rocen sus 10 cuernos. He allí mi interés (aparte de otros más personales) por ir a un cementerio que estuviera en esa periferia porque sabía que allí iba a encontrar con otro mundo, otro modo de entender la muerte, más confusa pero más mía. Menos occidental y globalizada, mucho más auténtica. Pero no iba a imaginar nunca lo que encontraría.

CEMENTERIO PERIFERICO

Me bajo de la combi a la altura del kilómetro 18 de la avenida Tupac Amaru, luego tomo un mototaxi que sube por la avenida Merino. “Por aquí se va al cementerio profe” me dice el muchachito que maneja (imagino que no tiene brevete, pero también imagino que tiene que ganarse la vida.) Bajo y frente a mí aparece una calle sin asfalto que trepa sobre un terreno ondulante. Algunos comerciantes han levantado sus toldos para vender platos desde un sol. El olor a fritanga se confunde con el de las flores y los velas. Más allá unos hombres con las camisas desabotonadas beben como en cualquier domingo escuchando al grupo Néctar que toca desde el cielo, con cariño. Los mototaxis pasan raudos llevando y trayendo visitantes, haciendo maniobras avezadas en medio del gentío, para no atropellar. Subo una cuadra y el camino dobla a la derecha y sigue trepando hacia una quebrada seca rodeada de cerros. Aparece la entrada al cementerio sin nombre que no es sino la ladera de un cerro. Un espacio ganado a la pétrea dureza del suelo para enterrar a los muertos. Un cerro, nexo que encuentro con la historia. ¿No eran los cerros los espacios sagrados de los antiguos peruanos? ¿Los lugares donde moraban los dioses, vivían los antepasados?

Detrás del mismo camposanto muchos otros caminos trepan hasta las cimas más altas de la pobreza, donde las casas se han construido con esteras, latones o endebles maderas. Tía Fortu me diría más tarde: “Cuando llegamos aquí sólo habían 5 muertitos, eran niños nada más. Pero un día llegó una enfermedad de diarreas, es que teníamos problemas con el agua, sólo nos traían cada 15 días por eso íbamos al río a traer agua, eran los 60´s y así murió mucha gente y entonces el cementerio empezó a llenarse.” Se lamenta que sólo haya guardián hasta las 6 de la tarde porque la noche no viene sola: “vienen los fumones, los choros”. Ha mandado a poner rejas, plantas muy bonitas en las tumba de su esposo que otros se han llevado, cosa que me confirma la idea de que sólo hay que temerle a los vivos.

He venido a buscar una tumba. Hay mucha gente, se siente en el aire una sensación electrizante de saber que se está entrando a un mundo que se maneja con las mismas reglas desde hace siglos. Compro un paquete de velas y un ramo de flores y entro. Me uno a la larga fila de gente que ha desembocado en este camino no muy ancho que se abre paso entre tumbas y cruces y donde hasta las piedras parecen reflejar el calor sofocante. Al entrar hay una cruz con los símbolos de la pasión, adornada con una estola y flores a cuyos pies un grupo de personas rezan y encienden velas. El sol arde inclemente en la mitad del cielo. Las pisadas elevan una hiedra de polvo que se trepa en el viento, sube alto, hasta un cielo teñido de un pálido celeste, vacío de nubes, de palomas mensajeras que lleven las esperanzas un poco más arriba de las barbas de Dios. Luego el polvo cae indolente, como lluvia seca, ametrallando nuestras cabezas.

Para tener un pequeño espacio aquí es necesario pagar un derecho de entierro y uno de construcción. Las tumbas se construyen con ladrillo y cemento y sobre la superficie emergen las puntas de unos fierros que serán usados para seguir levantando el segundo piso y el tercero y así más nichos conforme la muerte vaya convocando a los otros integrantes de la familia. Algunas tienen colores azules, rosados o están adornadas con mayólicas. Otros difuntos menos favorecidos sólo tienen espacios rodeados de rocas con una mano de pintura encima como único adorno. No hay ánforas griegas ni esculturas de mujeres con perfil renacentista, compungidas por los que se fueron. Aquí hay polvo, piedra, paisajes eriazos, sequedad absoluta, hay botellas de plástico de Inka Cola usadas como floreros, mujeres de trenzas grandes y polleras largas, hay sonidos mágicos del quechua y del huayno entrenzados en su solo ritmo, toldos multicolores y cartulinas anunciando los platos de comida que se venden, hay tumbas que parecen haber sido excavadas por pura improvisación, por el deseo de encontrar para quien se quiere un lugar digno para su entierro. Hay todo eso pero no tristeza. Los quebrantos y plañidos no se oyen, no tienen espacio en este lugar poblado de sonidos vivos, de colores. La muerte no se está llorando, la muerte se está celebrando, la muerte se está viviendo.

Camino hasta la parte trasera del cementerio donde el cerro se empina más y ya no es fácil andar pues no existe un camino, hay que abrirse uno espontáneamente. He venido a buscar una tumba. Trepo entre las tumbas, asiéndome de las cruces o de las inmensas rocas. Avanzo tratando de no pisar los nichos pero es imposible. Todo es un caos de cruces sencillas, hechas de madera simple, a algunas les falta la barra horizontal y parecen un asta apuntando a la infinidad celeste. Finalmente aparece una escalera bien mantenida que ayuda a hacer el trajín menos complicado y que también usan quienes viven en las partes altas del cerro. Al llegar a la cima se ve una hilera de piedras que define el límite entre el cementerio y la zona de las casas que se han levantado. Me siento en una gran roca y observo, abajo Lima parece un monstruo adormilado. Hacia el este, donde se unen las faldas de los cerros que cierran esta quebrada, han levantado una pared de maderas como si fuera un fuerte apache. Le pertenecía a una empresa que extraía piedras de estos cerros para diferentes construcciones. Un error de cálculo los condenó a la quiebra, las piedras en abundancia no estaban allí sino en el espacio del cementerio, pero ya es demasiado tarde para darse cuenta, hoy el lugar tiene un título de propiedad firmada por la muerte. Hay tanta piedra que recuerdo alguna vez haber estado en este cementerio para el entierro de un allegado. A la hora de cubrir el hueco echaron primero sobre el cajón lo que más abunda en este lugar: rocas. El sonido contundente de las piedras cayendo sobre la madera dejaron en mí un recuerdo imborrable: TOC, TOC, TOC… percusión delirante de la muerte. Al llenar un gran espacio del nicho con piedras recién empezaron a echar la tierra.

Busco algún rostro conocido, alguien en quien reconocerme pero no hay nadie. Busco el nombre de quien sé estuvo cerca en mi infancia y ahora yace aquí entre las rocas. He venido a buscar una tumba. Y encontrar en medio de un bosque de cruces no es fácil. Aquí arriba están las personas moviéndose con soltura entre cruces y nichos, mundo en miniatura que bulle, que avanza sobre la tierra plagada de muertos ya que por más que este sea un espacio donde la muerte ejerce su dominio no por ello la vida está ausente, al contrario, se hace presente con fuerza inusitada, con imaginación y hasta con colorido. Los vivos tienen que seguir en la ruta y la muerte es un evento interesante para ganarse la vida vendiendo lo que se pueda o comprando lo que se deba.

EL DIA DE LOS VIVOS

Hace calor y un heladero es en este cementerio más solicitado que un cura, aparece uno que empuja con incomodidad la bicicleta atascada entre el polvo y las piedras, va vendiendo a diestra y siniestra. Le compro un helado y conversamos un poco luego le pregunto como va el negocio: “Hoy salgo grueso sobrino”.

Desde una sombrilla multicolor sale rauda una mujer llevando entre sus manos una caja de cerveza hacia algún punto del camposanto, toda la tarde estaría en lo mismo. Los nichos parecen formar parte de un mobiliario extraño, que se usa para poner algún cucharón, alguna caja, algún balde. “Seño, una caja”, “Seño, traigase pa´ca una gaseosita” y al lado está otra mujer atrincherada entre ollas y cacerolas de gran tamaño, escogiendo presas encebolladas y trozos de papa para servir a los comensales reunidos alrededor de un nicho como en un pic-nic dominical, salud por los ausentes… y por los presentes también, claro está.

Se me acerca un niño llevando una botella con agua y una escoba, en los bolsillos de su pantalón raído se apelotona una franela: “Seño, le limpio a su muertito”. Su cabeza parece un trapo exprimido arrojando gotas de sudor por los surcos en su piel cetrina, tostada por vivir expuesto el peso solar de todos los días. Cobra 50 céntimos por limpiar las tumbas con sus pequeñas manos, dándoles, al menos por un día, un aspecto menos doloroso. Le doy unas monedas y no le pido que limpie a mi muertito porque yo tampoco lo encuentro. Me mira extrañado y se va a ofrecer sus servicios a otras personas.

Un hombre toca a ojos cerrados un arpa andina, lo acompañan cuatro saxos y un clarinete. Los parientes de un difunto le han pedido tocar “Adiós juventud” porque “al viejo le gustaba esa canción”. Los músicos se ponen frente a la tumba y empiezan a tocar. Los familiares beben cerveza y sonriendo canturrean estrofas del huaynito, sonríen pero entre ellos advierto a una mujer que escucha en silencio con los ojos empapados de memoria líquida, ojos brillantes como charcos iluminados por los más tristes astros. Alguno tira un poco de cerveza al suelo, ese suelo que contiene ahora los restos de quien alguna vez estuvo, como bebiendo con esa ausencia. Acabada la música los parientes hacen una colecta y les pagan a los músicos que agradecen y se van a buscar otra familia que quiera cantarle a sus muertos las canciones que aviven el recuerdo.

Un muchacho mezcla en unos baldes la pintura de azul con que adornará un nicho, le han contratado para poner presentable la iglesia en miniatura que adorna la tumba mientras que otro, pico en ristre, ofrece anchar el espacio, el hueco, el rincón de tu muertito.

Un tipo barbado, alto y flaco como una cruz incompleta se abre paso entre las rocas con sus sandalias empolvadas, se dirige a las familias ofreciendo “ayuda espiritual”. “¿Cuánto cobra hermano?” le preguntan. “Su voluntad nomás” responde. “Ah, entonces récele”. “Oremos hermanos… “


ENCONTRAR - ME

Los niños juegan a las escondidas, corren sobre las lozas frías bajo las cuales la muerte reina silenciosamente: la inocencia de la vida extiende sobre la oscuridad sin límite su patrimonio de alegría y felicidad. Es la vida, la vida que avanza, que se siente. Sobre alguna tumba, un hombre totalmente ebrio duerme en brazos de su amante como si durmieran juntos en la banca de un parque. Algunas personas comen sentados sobre los nichos, otros lavan el cemento de las tumbas como quien baña un niño, con delicadeza, con paciencia. Más allá un hombre se arrodilla sobre el polvo. Habla, conversa, prometiendo lo que hará, recordando lo que ha hecho. Una mujer se pone en cuclillas frente a un nicho, susurrando posa sus manos sobre el cemento como quien toca un tacto prohibido: despacio, delicadamente; luego pone flores, caramelos y agua. Más arriba tres hombres hablan casi a gritos, ríen y se llenan la boca de recuerdos. A sus pies muchas botellas de cerveza y unas ramas de flores pisadas. A sus pies tres cruces y tres nichos, a sus pies la continuación de lo que un día serán sus inevitables caminos. Por fin, a lo lejos reconozco uno rostro. Mi tía Fortunata llega con toda su parentela y se ubican en una tumba. He venido a buscar una tumba y la he encontrado. De no haber visto a mis parientes nunca lo hubiera hecho. “Aquí yace Paulino Velarde” jugueteando con un nieto de 2 años, y más atrás otro nieto, angelito que estuvo de paso por el mundo un solo día. El tío Paulino era uno de esos hombres que no se iba a morir nunca. El tío Pauli y la tía Fortu eran una pareja de leyenda, se amaban como nadie y no se separaron nunca. El amor es también pasión y se mandaron a pedir 11 hijos. “Todo niño viene con su pan bajo el brazo” solía decir él. Tierno y ocurrente, contaba sus anécdotas con tal gracia que te destornillabas de risa. Por vez primera conozco a mis primos, nunca antes les pude ver. Se sorprenden de verme allí y poco a poco vamos ganando confianza. La tumba del tío es una de las más cuidadas. El amor después de la muerte continúa en manos de Fortu, ha mandado a barrenar parte de la ladera y con las piedras que han sobrado ha hecho un pequeño espacio para que la numerosa parentela tenga un espacio cómodo cada 1ero de noviembre. El tío Pauli hubiera deseado ser enterrado en su Tambo natal, pero no se pudo, la muerte como todo evento que pareciera imposible y lejano se hizo posible y demasiado cercano un día. Tenía que ser enterrado allí. Pero Fortu fue hasta Tambo, recogió tierra del lugar y lo trajo hasta la tumba de su amado: “Te he traído tierra de tu pueblo, ahora puedes estar tranquilo…”. Tía Fortu me cuenta que ha mandado a hacer la escalera que conduce a esta parte elevada del cementerio y que yo usé. Mi primo Jesús, que ahora vive en Madrid y ha venido a visitar a su padre, manda a pedir cervezas y empezamos a tomar, sentados sobre la tumba de Pauli, casi tomando con él y por él. Cambio de mirada, ya no soy yo quien observa lo que los demás viven, ahora soy yo quien vive, quien forma parte del mundo que hoy día se ha manifestado ante mi vida. Estamos hablando con nuestro ausente, con nuestro pariente, sabemos que nos oye, que está allí mirando como corren sus nietos y tataranietos, como seguimos a su lado.

FIN DEL DIA

El sol ya casi es un fanal cayendo en picada sobre un horizonte incendiado de colores agónicos. Se encienden las primeras luces de las velas aquí y las artificiales de los postes abajo, en la ciudad. Alguna fogata emana un olor a plantas, el humo se eleva sobre las cruces, las personas se desdibujan. El viento esparce la música que no se ha detenido en toda la tarde, la revuelve con las risas, con el griterío convirtiéndolo en un solo y distante sonido, sonido que trae fragmentos de memoria, que lava la herida de la ausencia. Ya casi a las 7, las cortinas de la noche se han corrido sobre el ventanal del cielo y ha extinguido totalmente la luz, el día es un recuerdo pero la vida sigue aquí en todos estos hombres y mujeres que no quieren dejar a sus muertos más solos de lo que ya están. En la cruz de la entrada del cementerio las velas siguen ardiendo, espantando con tenues fulgores la oscuridad total. Todos aquellos que no pudieron ir a visitar a sus difuntos a sus pueblos rezan mirando la cerrazón infinita del cielo y luego encienden una vela para que la memoria siga encendida. Porque no podrán estar con ellos hoy, bebiendo y comiendo, cantando un huayno, riendo, pero no habrá trecho que la lucecita de su esperanza no cruce, reflejo de un amor que se pronuncia a lo lejos, cruzando los abismos de la muerte, la distancia y el tiempo.

CODA

El Willac Umo (“sacerdote” andino) se levanta, y se acerca al mallqui (momia) y le mira hablándole despacio. Le han ofrecido comida, chicha y telares al mallqui, lo han sacado de la cueva para que celebre con los parientes la fiesta del Aya Marcay Quilla. El Willac Umo levanta las manos en las que tiene un recipiente de oro lleno de chicha sagrada, tira un poco del contenido a los pies del la momia y sonríe, festeja con los demás la alegría de estar juntos, el tiempo de la cosecha que ya empieza. Luego vuelve a elevar las manos y pasa el recipiente a quien está a su lado, invitando a beber… su brazo se erige sobre el precipicio de la distancia y el tiempo y… recibo un vaso con cerveza y brindo a la salud de Paulino, echo un poco de cerveza al suelo y sonrío con mis parientes. Hoy estamos juntos, hoy no hay fin ni principio. La muerte se ha disuelto en la alegría de la vida, la muerte ha sido abolida.

Pablo
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Ultimos comentarios:

mochacharme dijo:

Què bueno Pablo!..La celebraciòn de la muerte siempre me pareciò asombrosa, una concepciòn ùnica, de gran evoluciòn humana, emocional...estoy tan lejos de todo eso...me falta mucho por aprender, por caminar...los cementerios me atemorizan, me mortifican, me quitan el sueño, toda esta sensaciòn de opresiòn y tenebrocidad me la causan los cementerios de ciudad...en cambio los cementerios del interior, como por ejemplo los que visitè en el noroeste argentino, me invitan a la contemplaciòn, me dan sensaciòn de paz y alegrìa, porque cada tumba tiene montones de flores de papel y de plàstico, muchos colores, tb hay botellas vacìas, seguramente porque algùn vivo se fue a compartir unos tragos con su muerto. Es sumamente intersante y digno de admirar esta relaciòn triangular entre los ancestral, lo terrenal y lo divino...Pablo, me encantò este relato...me gustò que tb nombraras a Comas, tu barrio (espero ansiosa ese diario), que nos hablaras de tu tìa Fortu, de Paulino...de las costumbres, de las tradiciones, un poco màs de vos mismo...Exelente relato...me voy a ver las fotis...abrazo.

viernes, 23 de noviembre de 2007, a las 15.42

Vynka dijo:

Sabes me parece interesante el manejo que le das a este tema. Muy pocos habla de la muerte y veo como en tu relato se presenta la permanente fusion entre la vida y esa realidad eterna a la que todos algun dia llegaremos.. Desde el punto de vista cultural es aún mas interesante no habia tenido la oportunidad de tener este acercamiento a la celebración que realizan en tu pais... Gracias por compartirnos esto...

viernes, 23 de noviembre de 2007, a las 20.53

Gigi76 dijo:

Q interesante tu diario! siempre me prendo de ellos...yo tengo una manera muy distinta de estar con ellos, pero eso sip, no tolero los ruidos, es + cuando hay personas riendo o hablando fuerte, les digo q respeten el lugar, es q la manera de estar con él es en silencio, con la oración,es recordar tratar de vivir nuevamente, aunque mi ángel era súper alegre, y se q no le gustaría que esté triste, no se puede, x momentos es tirarme en el grass y tratar de sentir el latir de su corazón, tratar de q la rama sea una parte de su mano tocando mi rostro, pero sabes q en el fondo es solo una imaginación, pero vivo en ese sueño, un sueño que cada domingo trato de sentir nuevamente su mano, su beso. Esa es la manera como yo celebró el día de los muertos bueno vivos pq lo siento asi. Como dice Pablo, cada uno tiene una manera especial de estar con sus difuntos, lo importante es no olvidarse de ellos, recordar cada momento que pasamos con ellos y si te sientes bien celebrando con ellos, bienvenido!!!

sábado, 24 de noviembre de 2007, a las 07.45

gralaplata dijo:

Pablo: coincido con Lucía, mi concepción de la muerte y los cementerios es tan distinta.......Pero te cuento algo:mi papá murió cuando tenía 50 años, y yo 20, y cuando necesitaba algo da paz interior, iba a su tumba y me sentaba en un banquito de piedra....miraba los árboles..el cementerio platense tiene una arboleda magnífica,miraba la cruz con su nombre...y no sabés lo bien que me sentía...!Cuando mi familia se enteró se preocuparon, así que no lo contaba.Estuve haciendo eso muchísimos años.....hasta que mis hijos preguntaron por su abuelo..(tenían 12 o 13 años) y los llevé....y sentían que conocían a su "abue"...y no fue triste.....era como recuperar su historia....Bueno, el diario...excelente!! Me quedan por ver algunas fotos...Felicitaciones....Amigo wari....!!!!

sábado, 24 de noviembre de 2007, a las 12.18

dorisgonza dijo:

Pablo, hermosa manera de contar algo tan simple y real como la muerte. Que no lo es tal, porque todos seguimos el camino y no tenerle miedo. Hace muchos años lei y lo tengo, un libro "El corazon de piedra verde" relata la vida y la conquista de nuestra America, y alli la muerte es tratada como algo natural, y hasta te diria necesario para llegar a los dioses.con alegria. Y en cierta forma los cementerios del Norte argentino, se parecen, en la sencillez y los colores, las vasijas, dan paz, contemplacion del entorno, y mas que no se como explicarlo. Brillante tu diario, me encanto, un abrazo.

sábado, 24 de noviembre de 2007, a las 19.00

PILARRR dijo:

1 de noviembre: visita al cementerio, vestida de oscuro o al menos sobriamente ìnunca rojo!, alli esta la familia, faltan palabras, sobran silencios, miradas perdidas, pensamientos coincidentes: los que faltan, donde estaran?como estaran? se enojaran porque paso dias sin acordarme de ellos? .... instintivamente miro las fechas de defuncion de las làpidas cercanas, me alivio al ver la gente que murio de anciana, me agobio al ver a los otros ... no creo en la resurreccion, ni en la reencarnacion ni en paraisos celestiales .... quiero vivir para poder materializar todos los viajes que tengo en mente, todos los viajes menos el ultimo, el eterno de sola ida ... ì me encantaron las fotos! arrivederchi Pa

martes, 27 de noviembre de 2007, a las 09.55

Wari dijo:

wow, chicas, creo que se ha logrado algo fascinante, mas allá de las felicitaciones y esas cosas muy lindas que toda la gente que queremos nos da, algo que me ha gustado es que cada quien a partir de este tema ha pensado y ha dado su punto de vista, su reflexión, la sensación que la muerte le despierta, y esa una gran forma de conocerlas mejor. Lucía gracias por tus apreciaciones siempre tan puntuales y Claudia y Doris que agradable saber desde ahora de ustedes, espero que sigamos en contacto y conociéndonos. Graciela ojala haya disfrutado viendo las fotos como yo lo hice tomandolas. Pilar! vaya sorpresa viajera, te hacia desaparecida por muchos días, gracias por darte un tiempo a leer esto en medio de tus vacaciones por Italia, me siento muy halagado, ya nos contarás de los sitios que vas conociendo y provecho con la pizza.

martes, 27 de noviembre de 2007, a las 10.20

centaura000 dijo:

Pablo: tu relato me ha emocionado hasta las lagrimas.El año pasado en Perú me asombró mucho esta costumbre de sacar los fardos para las ceremonias.Y mientras a mí me parecía algo siniestra mi compañero se sentía fascinado con la idea de que los vivos y los muertos compartieran el festejo.Así nos dimos cuenta que él estaba mas cerca del espíritu de los antiguos incas a quienes admira...Te felicito y te aseguro que escribes muy bien me has atrapado con tus palabras! MARIELA

miércoles, 28 de noviembre de 2007, a las 10.14

Wari dijo:

Mariela, muchas gracias por tus palabras y por tu apreciación. Pues es un gustazo saber que puedes a través de estas palabras acceder a este mundo mio y al mismo tiempo ajeno. el Perú, como ves tiene muchas tradiciones y costumbres ancestrales que aún se practican, quizá de otro modo pero con la misma esencia, y seguro que lo notaste cuandoe stuviste por aquí. Espero que vuelvas pronto y seguro que será todo un placer conocerte, gracias de nuevo Mariela y un beso hasta la hermosa Argentina.

miércoles, 28 de noviembre de 2007, a las 14.03

gralaplata dijo:

Pablitoooooo: felicitaciones por el destacadooooo!!!! Un besote, agregado cultural del Perú...!

miércoles, 28 de noviembre de 2007, a las 18.28

falca dijo:

gracias pablo por compartir esas costumbres tan cercanas a vos y tan extrañas para nosotros. que lindo esa parte en la que decís que no hay lugar para el llanto, aun en el cementerio, la vida atropella... acá la muerte se vive de otra forma, sólo dolor, sufrimiento, culpa, y bueno... la herencia de la gran civilización cristiana occidental!! yo creo que la muerte asi como el nacimiento se debería celebrar, es sólo un ciclo que termina, y mientras ese concluye da lugar a que nazcan muchos otros... me gustó mucho tu diario, felicitaciones!!! besotes!! dani.

lunes, 10 de diciembre de 2007, a las 17.24

Wari dijo:

Querida Chelita, gracias por las felicitaciones, espero que la tarea que el "agregado cultural" y tu "emabjador personal" está haciendo te esté dejando satisfecha jajaja. Dani!! Pues sí, es fascinante ver este pensamiento, este modo de asumir la muerte de la gente del ande y de sus herederos (yo, me siento orgullosamente uno de ellos), aunque quizá nuestro esquema occidentalizado no nos deja asumirlo al 100% creo que si podemos entenderlo porque hemos vivido con eso desde siempre. Lo que me fascina es que todo esto es una cultura viva, algo que viene desde hace miles de años, desde que el hombre peruano empezó a convivir con sus muertos en sus casas hasta ahora, algo sui generis, único, nada homogéneo, ni hecho en masa para ojos de turista, no, sino algo original. Besos para ambas

martes, 11 de diciembre de 2007, a las 10.17

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