En setiembre de éste año 2007, nuestro viaje estaba orientado al Reino Unido. Al igual que en otros viajes anteriores, se trataba de poner en real unas imágenes preconcebidas, y pienso que a bastantes nos ocurre lo mismo, comprobar lo fascinante que resulta ver la realidad de aquello que previamente nos habíamos imaginado. Sentir que te encuentras en aquellos rincones que habías visto en fotos y reportajes, y que por alguna razón interior y a veces desconocida, te habían llevado hasta allí.
Tras cinco días visitando diversos lugares (Edimburgo, Cork, Liverpool, Chester,...) nos acercábamos a Londres a media tarde, pasando por Stonehenge. Muy próximo a mi lugar de residencia, en Asturias, se encuentra el Monte Areo, con algún dólmen y restos de enterramientos megalíticos. Quizá por ésto no había puesto mucho interés en esta visita.
Pero su visión me resultó impactante. Por su tamaño impresionante y su entorno, entre las suaves colinas, comprendí que me encontraba ante una de las primeras catedrales realizada por el hombre. La luz suave, el vuelo de los cuervos, la hierba, el color de la piedra, de todo el conjunto emanaba un halo de misterio, de magia, de ambiente sobrenatural, imaginando que ritos ancestrales tuvieron allí lugar, ritos funerarios, de adoración, de sacrificio.
Una vez rodeado todo el conjunto me quede asombrado, pequeño, humilde, y sometido a una fuerza interior y creo que compartida por los cientos de personas, que de diversas razas y supongo religiones y creencias, estábamos allí, girando, de espaldas al horizonte, alrededor de aquellos misteriosos círculos de piedra, y quizás cumpliendo, sin saberlo, con la misión para la que fueron construidos: lugar de asombro y admiración permanente para toda la Humanidad. |
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