Continuación de INDIA DEL SUR (i)PARTE. Mi idea era continuar el viaje en barco por los backwaters hasta KUMARAKOM y desde allí hasta KOCHI, pero una huelga de transbordadores y transportes fluviales me hizo cambiar de idea, por tanto tomé un autobús directamente hasta Kochi, lugar que quería dedicarle un poco más de tiempo.
Una vez en Kochi me alojé en un buen hotel en la parte nueva de la ciudad llamada ERNAKULAM.
Todo esto es como en Venecia, una ciudad en el agua, llena de canales y lagos, por tanto los transbordadores son el mejor medio de transporte, dibujan numerosas estelas blancas que surcan las aguas en dirección a las islas Willingdon y Vipeen.
Kochi es el auténtico punto de encuentro de las culturas de Kerala, es una ciudad muy comercial y cosmopolita. En ella conviven todas las comunidades del estado: la hindú, la musulmana, la cristiana, la jainista e incluso la judía que tiene una sinagoga en la zona peninsular de Fort Cochin.
Fort Cochin es el primer punto que me dirigí una vez que estaba instalado. Es un corazón de callejuelas que combinan la riqueza arquitectónica de un pasado colonial con el presente puerto que es uno de los más activos de la India. Algo que me llamó la atención y que recomiendo no dejar de visitar, son las gigantescas redes chinas de pesca que permanecen allí desde hace siete siglos.
Como ocurrió con el Islam, el cristianismo llegó a Kerala; según parece, fue el apóstol Santo Tomás quien, a mediados del siglo I fundó lo que hoy representa la mayor comunidad cristiana de la India.
En Fort Cochín se puede visitar la iglesia de San Francisco, donde parte de sus adornos están tallados en madera, también la tumba del navegante Vasco de Gama.
Mi idea era permanecer unos días más en Kochín, pero una nueva huelga de transbordadores, sin fecha de finalización, hizo que hiciera mi mochila y siguiera rumbo a THRISSUR, conocida también como TRICHUR.
Viajé en autobús y me alojé en un hotel muy grande, llamado "Yatri Nivas", muy barato además, con habitaciones enormes y un gran parque con árboles a su alrededor. El recepcionista, una persona dispuesta a informarme en todo lo que necesitara.
Thrissur es una agradable ciudad, durante años fue la capital del antiguo estado de Kochín y ahora es la capital cultural de Kerala. Está situada cerca del Palghat Gap, un puerto de montaña de la cordillera de los Ghats, es una ubicación que le permitió ser una parada en la principal ruta comercial entre Kerala y los estados de Tamil Nadu y Karnataka.
El templo de "Vadakkunatha" es el centro de la ciudad. Me llamó la atención porque está rodeado de un gran parque, cosa poco habitual con los templos. Lo protege un recinto amurallado con quince santuarios del siglo XII. El interior no pude visitar, está reservado sólo para los hinduístas; cuando esto sucede parece ser que nos encaprichamos en querer conocerlo por dentro.
A parte de la ciudad, yo tenía otro objetivo para permanecer en ella. Es que desde aquí podía hacer un desplazamiento en el día para visitar GUVAYUR, que además de su templo se encuentra el lugar donde concentran a los elefantes amaestrados que utilizan para las ceremonias y desfiles que tantas veces hemos visto en algún documental o película y que realmente impone verlos con sus pasos majestuosos cubiertos de adornos y decoraciones. Esta visita fue toda una experiencia que nunca olvidaré, pasé una tarde con los elefantes, observándolos cómo comían, eran enseñados y bañados.
Nunca olvidaré el día en que fui adelantado por un elefante. Yo me trasladaba aferrado a mi bicicleta india, pedaleaba despacio y sin volver la vista atrás, cuando de repente noté un volumen que avanzaba por mi derecha. No era un camión ni una furgoneta, sino una masa bamboleante que desplazaba sus cuatro mil kilos en absoluto silencio.
No creo que haya otro objeto de esa envergadura, natural o artificial, que pueda moverse sobre la tierra con el silencio del elefante. Sólo pude advertir el susurro rítmico de sus orejas y el chasquido de su cola, como indicadores de su presencia. Me bajé de la bicicleta y me hice a un lado del camino, debía observar aquella enorme masa desplazarse.
El secreto del silencio está en su pie acolchado. Es plantígrado, como el de los seres humanos, pero el hueso del talón reposa sobre una rolliza almohada de carne que amortigua el peso de miles de kilos.
Cuando un elefante camina, coloca las patas traseras exactamente sobre las huellas de las de delante y así solo tiene que mirar hacia delante.
Su vista no es buena y para guiarse utiliza olfato y oído, sus sentidos más desarrollados. Cuando encuentra un terreno con lodo, sus patas se ensanchan para repartir mejor su peso y al levantarlas se contraen para extraerlas con más facilidad del barro. Pueden comunicarse a cinco kilómetros de distancia emitiendo un murmullo que no puede ser oído por el ser humano.
Sólo los machos de la especie asiática tienen colmillos. Viven en una sociedad matriarcal, en rebaños de hembras lideradas por una de ellas formando grupos de 20 o 30 miembros. Los machos prefieren la soledad o los grupos reducidos de su mismo sexo.
A pesar de su corpulencia, el elefante puede alcanzar velocidades de hasta 23km/h. Su agilidad se contradice con el volumen de su cuerpo y es de los pocos animales que pueden arrodillarse en sus patas traseras. Considero que es como una máquina que de no haber sido inventada por la naturaleza, nunca hubiera sido diseñada por el hombre.
Pocas cosas son tan importantes para los indios como el elefante: dios y bestia de carga, carro de combate, símbolo erótico y monaguillo, carroza de lujo y nube pasajera, emblema de reyes y sabios, mounstro salvaje y amigo fiel ... quien haya estado en uno de los templos hinduístas y haya sido bendecido por la trompa de un elefante sabrá qué quiero decir cuando llamo "monaguillo", y cuando alguien haya leído la poesía sánscrita comprenderá lo del "símbolo erótico". Fue uno de ellos, Ganesha, quien, al dictado del sabio Vyasa, redactó el libro más extenso del mundo: el Mahabhárata.
Ningún dios es tan popular en el país como Ganesha, el que tiene cabeza de elefante. Lo encontré en los umbrales de las casas, en las cabeceras de los manuscritos, en las invocaciones que hacen los indios al empezar una nueva tarea.
Estando en Guvayur me explicaron el proceso de domesticación que a mi pensar considero que raya la crueldad. Los mahávats no piensan lo mismo, pero para mí que no conozco el lenguaje de las bestias me parece un espectáculo difícil de asimilar. El animal debe ser sometido y para que reconozca la autoridad humana el hombre debe mostrarse a veces más bruto que la bestia. Los elefantes son capaces de aprender hasta veintisiete palabras como "levántate", "siéntate", "saluda" ... Ese es el objetivo de su entrenamiento.
En una sesión típica que pude observar, varios mahávats armados con palos , se situaron alrededor de la bestia. Delante de la misma, uno de ellos se colocó con un manojo de caña de azúcar. El resto comenzó a emitir sonidos muy agudos y desagradables, los cuales le producen miedo y enloquecen al elefante. Cuando se encolerizó lo suficiente, uno de ellos le golpeó en un costado, el animal intentó girar y así comenzó a recibir palos de diferentes ángulos, de ésta forma lograban marearlo y quedó exhausto. El de la caña de azúcar se le acercó después y en el momento que el animal intentó comerla subiendo la trompa le dijo: "saluda". Esta operación la repitieron varias veces y lo harán por unos días hasta que logren que al decir "saluda" el elefante levante la trompa de manera automática.
Es muy importante, dada la memoria prodigiosa del elefante, que éste identifique a su conductor como amigo y benefactor. En algunos casos nunca olvidan un agravio.
El entrenamiento está basado en la provocación, la sumisión y finalmente, la recompensa. Su relación con el mahávat será muy estrecha.
Las nubes monzónicas fertilizan los campos, pero también destruyen cosechas y pueblos con las inundaciones. Aquí encuentro la actitud del indio hacia el elefante. Por un lado la admiración por su fuerza y majestuosidad; por otro su temor, pues es la bestia salvaje más civilizada que sufre episodios de locura. Me refiero al elefante macho cuando está en celo , queda fuera de control y así destroza campos y aldeas. En las antiguas fábulas budistas, ésta situación simboliza el apego al deseo y la pasión incontrolada.
La tala de bosques y la presión demográfica están creando nuevos conflictos entre los seres humanos y los elefantes. Cada año en la India mueren unas 300 personas aplastadas por ellos. En la mayor parte de los casos, los culpables no son los elefantes enloquecidos, sino animales desesperados que se ven acorralados por la "máquina del progreso"
Quizás sea ahora el hombre, y no la bestia quien esté en un celo continuo, loco de pasión por el consumo olvidándose del antiguo vínculo que existe entre él y el elefante.
En un viaje muy corto me acerqué a CHERUTHURUTHY, una población que casi no existe en el mapa, consiste en una sola calle que es la misma carretera que la atraviesa; mi objetivo de llegarme hasta aquí era poder ver el auténtico KATHAKALI , una forma de danza-ópera típica de Kerala, algo así como es el "Kabuky" en Japón.
Había tenido la posibilidad de verlo estando en Kovalán, pero aquello se me hacía que estaba hecho para el turismo. Me informé y me dijeron que en Cheruthuruthy existe una escuela de Katakali y donde podría ser permitido de visitar sus instalaciones y presenciar sus clases en forma libre.
Una vez en el pueblo, busqué el único hostal que allí mismo servía para el atrevido que necesitaba pasar una noche, la habitación daba sobre la misma calle principal, todo cubierto de polvo, por la noche no me atrevía a quitarme la ropa para dormir, era sólo una noche.
Dejé mi equipaje y me fui a la búsqueda del "Kerala Kalamandalam", el principal centro de aprendizaje del Khatakali y danzas autóctonas de la India del Sur, fundado en el año 1927. Se encuentra a un kilómetro del pueblo, en un lugar rodeado de vegetación. Es un complejo de edificios muy bien construidos y uno de ellos es el auténtico teatro de Khatakali, sin paredes y donde los espectadores se sientan en el suelo para poder observar las largas representaciones de éste tipo de manifestación artística.
El Khatakali, representa, normalmente , argumentos de las obras épicas del Ramayana y el Mahabarata. Para los ojos del occidental, la representación puede resultar aburrida y estridente, hay una serie de movimientos y sonidos significativos que no están al alcance de nuestro entendimiento.
Las obras suelen durar varias horas. Los actores deben poseer un conocimiento del movimiento, expresión y canto que les ocupa varios años de su vida para llegar a dominarlo. El vestuario (muy simbólico) es extremadamente llamativo, el maquillaje digno de ser observado mientras lo hacen, utilizan pinturas naturales y suelen tardar unas dos horas en hacerlo, generalmente el público tiene acceso para presenciarlo porque es algo que pasa a ser una atracción.
En el Khatakali solo los hombres tienen el derecho de practicarlo, los roles femeninos los hacen ellos mismos.
Las representaciones tradicionales se hacían en los templos.
Al visitar el Kerala Kalamandalam, después de hablar con su director y que me diera la autorización para recorrer las instalaciones, me dijo que a partir de las 18 horas podría presenciar la filmación de unos 20 minutos de Khatakaly que un equipo de la televisión japonesa grabaría. O sea, que estaba de suerte, por tanto no solo pude apreciar la representación, sino que también pude fotografiar el proceso de maquillaje.
Pude observar algunas clases de Bharata Natyam, un tipo de danza muy representativo del estado de Tamil Nadu, es admirable la precisión y la fuerza con que éstas deben ser practicadas; el control que se debe tener sobre las diferentes partes del cuerpo (ojos, manos, boca, piernas) para adquirir una mayor expresividad fue algo que me llamó mucho la atención.
Puedo decir, que haber pasado el día en éste lugar, llegó a superar lo previsto, me marché con mucha satisfacción por haber podido presenciar algo tan insólito y en su forma más auténtica.
A la mañana siguiente, muy de madrugada, continué mi viaje en autobús hasta SHORANUR, muy cerca de allí, donde tomé el tren a COMBIATORE, de ésta manera volvía a entrar al estado de Tamil Nadu.
En Combiatore pasé a un autobús con dirección a COONOR donde llegué a la hora de la comida.
Coonor es una localidad situada en la montaña, en la cordillera de los Ghats Occidentales, un lugar lleno de plantaciones de té con mucho encanto para el visitante después de viajar por zonas de menor altitud donde el calor sofocante es el denominador común.
Una de las maneras más encantadoras de conocer los Ghats es con el "Nilgiri Blue Mountain Train" (el trencito de las montañas azules) que sube desde las llanuras de Mettupalayan hasta Udhagamandalam pasando por Coonoor donde yo me encontraba y estaba dispuesto a hacer los 19 kms. hasta el final del trayecto.
El camino que recorre éste tren es de una belleza sin igual, salva desniveles muy pronunciados usando unos sistemas de cremallera suizo, que permite a la pequeña locomotora de vapor escalar tramos muy inclinados.
La vía del tren azul de las Nilgiri se construyó entre 1890 y 1908 por iniciativa de los británicos propietarios de las plantaciones de té. Desde entonces, el silbido y los vagones de madera han pasado a ser elementos característicos de estas montañas.
Este pequeño trayecto pero que duraría unas tres horas, era uno de los viajes que no me quería perder. Por tanto me hacía mucha ilusión esa espera en Coonoor para coger el tren hacia OOTY como se la conoce a UDHAGAMANDALAM, un nombre difícil de memorizar.
En el pequeño vagón de madera compartí el espacio con un grupo de turistas coreanos, quienes portaban un guía indio. Vaya sorpresa cuando escuchaban mi saludo en su propio idioma, así surgió una grata conversación durante el viaje, mientras contemplábamos las hermosas vistas al borde de los precipicios, con las plantaciones de té y los diferentes tonos de verde se producían unos silencios donde el único sonido que se escuchaba era el de la locomotora que se esforzaba en seguir hacia arriba. En un momento muy mágico, una de las turistas coreanas comenzó a cantar un aria de la ópera "Mme. Butterfly", sin que nadie dijera nada, aquello no lo olvidaré jamás...
Una vez en Ooty, un "cazaclientes" me propuso un hotel, desde la estación podía ver el edificio, en lo alto de una cima rodeado de un bosque, me pareció el lugar ideal para pasar unos días en éste lugar tan encantador. me llevó en su motorickshaw y allí me quedé tres días. El hotel había sido una residencia de alguna poderosa familia inglesa del 1880, más o menos. Conservaba su arquitectura y un muy bien cuidado jardín lleno de flores .
Mis días en Ooty fueron de largos paseos a pié, visitas al pueblo y lo que repetí varias veces fue caminar por la vía del tren hacia Coonor, pasando por varias aldeas donde la gente estaba en plena faena de cosecha y después regresar en el tren que viniera en dirección a Ooty.
Además de las plantaciones de té (era mi primera vez que las veía) hay muchas plantaciones de eucaliptos y pinos, por tanto el aire está impregnado de olores de éstas plantas.
En Ooty cogí un autobús hacia MYSORE (6 horas) un viaje magnífico en cuanto a paisaje, una carretera sinuosa que atraviesa la reserva natural de MADUMALAI, que contiene una gran diversidad de animales, pero no siempre es fácil de verlos por la intensa vegetación, se calcula que aquí hay unos 700 elefantes. En cuanto al confort el viaje fue desastroso, la carretera llena de baches, el autobús siempre creí que se desarmaría en cualquier momento, paraba en cualquier lugar donde bajaba o subía gente, el calor empezaba a ser agobiante a medida que descendíamos. En un pueblo nos hicieron descender a todos y cambiar a otro autobús, una vez lleno nos hicieron esperar casi una hora bajo los potentes rayos del sol, aquello era más que estar dentro de una sauna. Gran poder de concentración y seguir aprendiendo a ser paciente. Así es la India.
En Mysore busqué un hotel que tenía indicado en la guía, pero estaba lleno, por tanto me dirigí al próximo más cercano y allí me instalé. Seguidamente me fui a la estación de ferrocarril, me quise asegurar de tener un billete para viajar a HAMPI al día siguiente y ya que estaba allí compré otro hacia Chenai desde Bangalore para el 13 de marzo así tenía asegurado que estaría allí para esa fecha en que salía el vuelo a Barcelona; ésta actitud demuestra mi prevención ante cualquier contratiempo, seguramente que nada tiene que ver con la forma de pensar en ésta sociedad. No es fácil vivir absolutamente en el presente para un occidental, pero mi intención siempre está latente.
He ingresado al estado de KARNATAKA, el último de los tres que me he propuesto visitar en éste viaje. Su territorio comprende una estrecha y fértil franja costera, las altas montañas y la meseta del Deccán con tierras muy áridas.
La lengua oficial es el karinadu (conjunción de las palabras kari "negro" y nadu "tierra") pero no es la única, también se habla el tulu y el kotani.
Mysore es una ciudad como para perderse en ella. Las calles huelen a sándalo, jazmín, especias, perfumes e incienso. Cuando se llega a Mysore se respira la India.
Solemos tener una imagen preconcebida del lugar a donde nos vamos a dirigir, en éste caso a la India, raras veces concuerda con las imágenes que podemos encontrarnos en el norte del país, por ejemplo. Ese concepto que nos formamos es tópico o imaginario. Pensamos que nos encontraremos con un país lleno de palacios, enormes monumentos, elefantes, mercados con alfombras como hemos visto en alguna película, en fin, producto de la imaginación.
India, es un vasto crisol de sensaciones y lugares. En la primera vez que nos acercamos no estamos preparados mentalmente para la diversidad de éste país y no me refiero a la pobreza o a la miseria.
En Mysore se palpa, se huele y se siente que ésta es la India que nos habíamos preconcebido. No es que en esencia sea muy dispar a otras urbes, pero nos resulta agradable, tiene un clima atemperado gracias a su ubicación a unos 600 metros sobre el nivel del mar. Aún se conserva el esplendor de los maharajáes, los aromas vencen los olores, los mercados son fáciles de transitar y son relajados, el tránsito es razonable, las dimensiones son humanas, no hay caos y lo cotidiano fluye con un rostro amable.
Me encontré con niños curiosos, sin demasiado interés por las rupias y de jóvenes que se me acercaban sin más intención que poner a prueba su dominio del inglés y en alguna ocasión contactar con alguien con quien intercambiar cartas.
Si a todo esto le añado un magnífico casco antiguo con joyas arquitectónicas como el Palacio Real conocido como el Amba Vilas o Palacio del Maharajá --mezcla de arte indosarraceno con influencias occidentales-- , la colina Chamundi y el mercado de flores "Devaraja" --uno de los más vistosos de India-- puedo decir que Mysore se merece un stop en ésta ruta.
Por la mañana cogí el autobús nº 201 que me llevó a la colina Chamudi, una vez en la cima pude observar la extensa meseta del Decan y la ciudad en una vista panorámica. En la cima un templo del siglo XII dedicado a la Diosa Chamundi o Durga; allí presencié una puja y me marcaron el tercer ojo con ticka roja que conservé por el resto del día, sintiéndome como si perteneciera ya al hinduísmo a pesar que todo lo que me dijo el sacerdote no era capaz de entender una sola palabra. En recompensa dejé unas monedas.
La bajada del Chamundi la hice a pié por las escaleras (dicen: 1000 escalones) de piedra y descalzo. En la mitad del camino me encontré con la famosa escultura de piedra negra del toro Nandi, de 5 metros de altura. Nandi es el vahana o vehículo de Shiva, uno de los elementos asociados con la fertilidad, está siempre adornado con guirnaldas y rociado con sándalo.
A Mysore regresé con un motorickshaw que me dejó en la entrada del Palacio del Maharajá.
He visto en mis viajes infinidad de palacios, pero éste me dejó impresionado y lo considero como el más bello que he visitado. No era permitido tomar fotografías en su interior, después de comprar el ticket de entrada hay un riguroso control y el recorrido debe hacerse descalzo y no está permitido detenerse durante la visita. Por tanto su conservación es perfecta y la considero una joya representativa de una época tan esplendorosa del tiempo de los maharajáes.
Fue la residencia de los monarcas Wodeyar. Se trata de una de las dinastías más antiguas del sur de la India, reinó desde el siglo XIV hasta el año 1947. Los Wodeyar son la historia de Mysore y también su presente. Desde mediados del siglo XIX los sucesivos reyes de la familia desarrollaron unos programas educativos, culturales y artísticos que favorecieron el desarrollo social de la ciudad. Su popularidad fue tal que cuando la India consiguió su independencia del imperio británico, el pueblo indio eligió al monarca Wodeyar como su primer gobernador. Actualmente, ésta simpatía sigue existiendo y Narasimharaja Wodeyar, actual heredero de la dinastía, ocupa el escaño de Mysore por el Partido del Congreso en el parlamento federal.
Los Woderyar son propietarios del Lalitha Mahal, el hotel más lujoso de la ciudad que es otro palacio digno de visitar y también son los promotores de una fundación para la investigación científica y otorgan becas universitarias.
El actual palacio, que es la residencia permanente de Narasimharaja Wodeyar, es una reconstrucción de 1912, el original fue devastado por un incendio quince años antes. Los mosaicos de los suelos, los juegos de espejos y cristales, las puertas de madera talladas y las cúpulas con forma de bulbos, el museo de las dependencias reales y, sobre todo, su ubicación en el centro urbano, lo hacen diferente a otros complejos monárquicos del país.
Cada domingo, de siete a ocho de la tarde, se encienden las más de 70.000 bombillas colocadas en el perímetro del palacio, alumbrada de noche le confiere una imagen importada de los cuentos infantiles.
Mysore es un lugar para ir descubriendo paso a paso, sin necesidad de transportes públicos. Si hay algo que sea fácil en Mysore, es dialogar. me perdí en el mercado de Devaraja y me explicaron tantas cosas de las flores.
Logré superar la barrera idiomática para conversar con los pan-wallahs que son los vendedores de esa hoja de betel rellena de nuez de betel, especias y otros componentes que es mejor no llegar a conocer y que los indios mastican a todas horas.
Comprobé que tiene un gusto amargo, por minutos es alucinógeno y algunos me aseguraron que afrodisíaco (éste efecto no lo sentí). Podía detectar su consumo por la cantidad de manchas rojas en la calzada que es producto de los escupitajos una vez que se mastica el pan. me hacía gracia observarlos porque todos me querían demostrar su habilidad enrollando las hojas de betel.
Por la noche había luna llena, la observé mientras cené en una terraza al aire libre y disfruté de una cerveza (no todos los locales están autorizados en servir alcohol). Siempre se escuchaba música y matención se agudizó cuando oí el ritmo de la Macarena, España estaba un poco ahí.
Mysore también es un buen lugar para investigar a cerca de las terapias de la medicina tradicional india y descubrir la magia del sándalo.
Los usos del sándalo son múltiples, más allá de la purificación y la meditación. En los textos sagrados más antiguos se cita que algunos maestros ayurvédicos lo empleaban contra los empachos.
En teoría, el proceso de fabricación del incienso es simple. Se trata de aprovechar la gomorresina de las maderas aromáticas, principalmente sándalo o aloe. La resina se pulveriza y también los otros componentes que pueden ser canela, anís, clavo de olor, alcanfor o escencias florales. luego se mezclan los ingredientes según la fórmula magistral _ aquí reside el secreto _ y se baña con agua o miel hasta conseguir una pasta. Con una máquina o a mano se les da la forma de barra, se cortan de la longitud que se desea y se dejan secar unos días. Esto me lo explicó una familia que encontré en la periferia y donde todos sus integrantes estaban dedicados a ésta faena. Lógicamente que la mezcla de la composición me la ocultaron, allí reside el secreto de su originalidad.
Con un tren llegué hasta BANGALORE, donde enseguida hice un transbordo a otro tren para que me llevara a HOSPET, muy cerca de HAMPI que era mi próximo destino. Un viaje magnífico, dormí toda la noche.
A las ocho de la mañana estaba en Hospet, una hora antes de llegar me senté en un escalón de la puerta del vagón para saborear de aquel rápido paisaje que nos hace pensar y reflexionar sobre tantas cosas. Se acercó un niño que no podía usar sus piernas para caminar, me miró con una sonrisa a la que contesté, el diálogo era muy pobre, algunos sonidos y gestos con las manos, se ubicó a mi lado y no dejaba de observarme, establecimos como un diálogo sin palabras, los dos estábamos allí, comunicándonos a nuestra manera, mirando los árboles y los animales que pasaban velozmente por nuestra vista, como la vida misma, como su vida y la mía que en algún momento dejarán de pasar...
Enseguida alquilé un rickshaw para que me llevara a Hampi. No fue fácil arreglar el precio, los viajantes éramos muchos, entonces esperé a ser el último, en éste caso aceptan el precio propuesto por el pasajero.
De Hospet a Hampi será una media hora de viaje por una carretera llena de pozos, abrazado a mi mochila, tratando de que mis piernas no se sobresalieran del rickshaw y golpeando mi cabeza contra el techo, llegué a la famosa Hampi que tanto deseaba conocer. Me alojé en el primer hotel que me ofrecieron, no me sentía con humor de estar buscando demasiado, por tanto cuando vi que la habitación disponía de mosquitero me decidí por ella, en Hampi previenen el cuidado con los mosquitos, aquí hay mucha malaria.
El nombre de Hampi se utiliza para designar la aldea. la ciudad en ruinas de VIJAYANAGAR (ciudad de la victoria) ha sido declarada por el Arqueological Survey of India como Centro Legado de la Humanidad.
Se encuentra junto al río "Tungabhadra" y rodeada de platanares, es una ciudad mítica que aparece en los relatos de viajeros portugueses del siglo XVI. Durante la invasión islámica de finales de ese siglo, la ciudad quedó prácticamente destruida. Las ruinas abarcan un espacio de varios kilómetros a la redonda, por tanto es interesante alquilar una bicicleta para moverse por los diferentes espacios. Fue lo que hice el mismo día que llegué, así tuve una idea general de lo que iba a encontrar. Aquello me pareció como si fuera Petra, en Jordania.
Los restos de los edificios más importantes que vale la pena visitar son: el bazar, el recinto real, el templo de Virupaksha, el templo de Vithala, los santuarios de la colina de Hemakuta y la fortaleza de Anegondi. Todo esto lo visité con la bicicleta el segundo día, el calor era sofocante por lo que hubo que empezar por la mañana a primera hora, fue un día agotador pero que no paré de admirar semejantes restos arqueológicos e imaginándome que habrá sido ésta ciudad en su época de esplendor.
Tomando una comida en el bazar, me encontré con aquellos holandeses que había compartido el viaje en barco por los backwaters en Kerala, entre Kollan y Alleppei, fue muy agradable vernos otra vez e intercambiar opiniones y vivencias.
Estando a orillas del río Tungabhadra, observando como lo cruzan los pobladores con unas barcazas hechas con cueros de oveja, me encontré con aquel grupo de turistas coreanos que habíamos compartido un viaje en el tren de las Montañas Azules, en Ooti. Esto suele ocurrir a menudo en India, cuando se viaja de ésta manera.
El calor era demasiado, y como ya había visitado lo que quería ver seguí mi rumbo hacia la costa, quería pasar mis últimos días de vacaciones en algún lugar de playa, por ello elegí GOKARNA, cerca del estado de GOA.-
El autobús salía de Hospet, era un autobús de lujo con camas, donde sólo los turistas occidentales son los usuarios, me apetecía hacer un buen viaje durante una noche, con la posibilidad de dormir estirado mientras observara las estrellas de aquel cielo tan negro e intenso.
A las cinco de la mañana junto con tres turistas israelitas me bajé en un pueblo dormido llamado Gokarna, nadie estaba allí, ni había luz en sus calles. Nos dirigimos hacia donde venía el sonido del mar, supuestamente encontraríamos una playa donde esperar que saliera el sol y luego cada uno tomaría su rumbo. Aquella espera sobre la arena húmeda fue fantástica, de vez en cuando se acercaba algún curioso perro.
Los primeros rayos de sol me hicieron descubrir dónde me encontraba, el entorno era un pueblo de pescadores.
Golpee varias veces la puerta del hostal "Nummi" que había por allí, creo que hice levantar a la dueña y así conseguí una habitación que no estaba nada mal. Después de una buena ducha y un suculento desayuno, ya con el pueblo en marcha y bullicioso como todos los pueblos en la India, me dispuse a descubrir la "Kootle beach", lugar al que se puede llegar por un sendero. Me encontré con una playa tranquila, arenas limpias y con palmeras cuando quisiera buscar la sombra. Algún chiringuito donde poder comer y gente en busca de la paz y tranquilidad. Podía ver que no era un turismo convencional, sino gente que busca lo indispensable para descansar.
Al final de la playa, una colonia de hippies viviendo en chozas o cabañas construidas con el material del lugar, me pareció formidable.
Seguí caminando a la próxima playa llamada "Om beach" y me gustó más aún. Tomé mis buenos baños cuando el cuerpo lo pedía y siempre contemplando aquel entorno de ensueño.
La playa siguiente era la "Half Moon beach" y la última, donde el camino era realmente difícil pero encantador, la "Paradise beach". Allí me senté a analizar qué hacer en los próximos días. Había visto que en las playas era posible alquilar chozas o cabañas por un precio de risa, pero había que traer la mochila (que no estaba ligera de peso) desde Gokarna, y no me apetecía hacer semejante viaje, por tanto decidí seguir quedándome en el hostal "Nummi" y caminar cada día a algunas de ésta playas de película y disfrutar de ellas tanto como pueda.
Seis días en total, dejándome llevar a lo que me diera la gana, paseos, baños de mar, buena comida, conversaciones con la gente del lugar, el placer de meditar durante la puesta del sol a orillas del mar, en fin, un placer para todos los sentidos.
Puedo decir que viví una de las experiencias más insólitas estando en éste lugar, fue una noche con un cielo poblado de estrellas, me dejé llevar muy lejos, mi cuerpo se quedó plasmado contra la arena y pude ver la imagen de mi madre que con una cara llena de paz me decía que continuara mi camino, me estaba diciendo indirectamente que ya no estaba en éste mundo, se había marchado a un viaje sin retorno.
Me hice hacer una hamaca que me permitía suspenderla entre dos palmeras y poder pasar allí las horas donde el sol era más fuerte. El día anterior a mi partida caminé en dirección al norte, unos diez kilómetros, con los pies descalzos y solo cubriéndome con un dhoti, un paño que todo el mundo usa en el sur de India. Fui pasando por diferentes aldeas de pescadores, de vez en cuando alguien se acercaba para saludarme o tan solo para curiosear. Era un poco mi despedida de éste lugar y en varias ocasiones se me llenaron de lágrimas los ojos, Gokarna me había sido muy especial, un lugar mágico donde se hace posible estar con uno mismo. Seguramente que algún día regresaré a éste lugar. No hay grandes monumentos, ni ruinas arqueológicas, pero está la naturaleza en su esplendor más puro, se la puede sentir y esto me ha hecho feliz.
El día 10 de marzo por la noche emprendí el viaje de retorno, hacia BANGALORE, un viaje de más de diez horas en autobús, fue duro, los asientos no eran reclinables y casi fue imposible dormir.
A las 8:30 del día siguiente estaba buscando un hotel donde me quedé tres días para saborear un ciudad un poco más cercana al estilo occidental, debía ir acercándome para regresar a Europa.
Bangalore es la otra cara de la India, hay que conocerla. La avenida de Mahtma Gandhi, contiene en su largo recorrido todos los ingredientes de una Bangalore que es la antítesis de la India que todos imaginamos: una avenida flanqueada de grandes edificios donde se encuentran los mejores restaurantes, bares de copas, los cines con aire acondicionado, los cibercafés más sofisticados y los paseantes más "cool" de toda la India.
Me encontré observando una serie de oficinas con nombres que me resultaron familiares y representan el poder de la tecnología informática: Microsoft, Oracle, Sun Micro Systems, Aptech ...
Alguien me había dicho estando en otro lugar, que "...cuando no puedo más y quiero escapar de la India y sin salir de ella, me voy a Bangalore a pasar un fin de semana", era una persona occidental trabajando para un consulado.
Bangalore no es solo una ciudad digital, sino también una ciudad-jardín, goza de un clima privilegiado donde las temperaturas casi nunca suben de los 30º ni descienden de los 20º. Realmente es el lugar ideal para quien se sienta fatigado del polvo sagrado de la India y necesite una dosis de occidentalismo. Por mi parte lo hice concurriendo a pasar el día a la piscina del hotel "Taj West End", un lujo asiático que me aportó fuerzas para despegar de éste maravilloso país.
En Bangalore se produce más de la tercera parte del software indio. Si hay algo que diferencia a un programador indio de uno occidental es que el primero sigue creyendo en sus dioses ancestrales y se sigue postrando cada día, ante las imágenes divinas con las manos cargadas de flores cocos para pedir al dios Ganesha (que sortea todos los obstáculos), que libre a su programador de cualquier virus que quiera colarse.
El científico indio guarda una racionalidad anglosajona en el trabajo y por la noche se entrega a las visones de sus dioses con la misma naturalidad que nosotros encendemos el aparato de televisión.
La pregunta es: ¿Cómo ha llegado Bangalore a convertirse en el Silicon Vallery de la India?
Parece que todo empezó hace más de 2.500 años en una ciudad del noroeste. Allí, un sabio meditaba en la cúspide de una colina cuando el dios Shiva se le apareció para entregarle catorce aforismos con los que podía describir, mediante combinaciones algorítmicas de sus letras, los rasgos fonéticos de cada una de las letras sánscritas. Ese sabio se llamaba Pánini e inspirado por esa visión compuso uno de los primeros programas de la historia: el Ashtadhyayí. Se trata de un compendio de cuatro mil aforismos, extraordinariamente breves, en el que se describe con todo lujo de detalles la gramática de la lengua sánscrita. Si lo imprimimos, apenas ocupa treinta páginas de un libro. Si lo descodificamos y lo ponemos en lenguaje natural necesitamos casi 500 apretadas páginas. En el Asthadyayí tenemos reglas recursivas, contextuales, variables, bucles ...
Durante siglos se ha cultivado ésta ciencia abstracta y difícil en la India, ahora sus descendientes abandonan la gramática sánscrita para dedicarse a los lenguajes de la programación.
Tal vez ésta memoria genética les ayude en el aprendizaje de la sabiduría digital.
La India produce al año más de 250 mil licenciados en informática que hablan inglés con la misma soltura que su propia lengua materna. La mitad de ellos se encuentra en Bangalore.
El surgimiento de ésta ciudad, como potencia tecnológica no se ha producido a partir de la nada. La industria tradicional ha sido la textil. La seda manufacturada en Bangalore es todavía muy apreciada en India. En los años 1950 grandes empresas públicas como Bharat Electronics Ltd., Indian Telephone Industries, Hindustan Aeronautics Ltd. y National Aerospace Laboratory, por citar algunas, se instalaron en la ciudad.
Se creó, entonces, el marco necesario para el florecimiento de la industria privada de la electrónica, que suministraba piezas de recambio y los componentes de alta precisión requeridos por la industria pública.
Por otro lado, Bangalore, como capital del estado de Karnataka, vivió un rápido crecimiento de una clase de funcionarios que ocuparon lugares importantes en la burocracia y en las pequeñas empresas públicas que proliferaron en ese tiempo y el siguiente. Esto impulsó a un crecimiento demográfico y económico.
Sin embargo, en 1978 el gobierno, reacio a la presencia de las multinacionales lanza de nuevo a la India en los brazos de la autarquía. Se expulsa a la Coca-Cola, supongo que con gran acierto, pero también lo hace con la IBM. Entonces la industria informática india pierde el acceso a los últimos avances tecnológicos y entra en una fase de retroceso.
Con la llegada de Rajiv Gandhi al gobierno en 1984, se comienza a reconocer la necesidad de abrir las puertas a la industria informática; entonces la primera compañía extranjera en llegar a Bangalore es Texas Instruments, y le seguirán Motorola, HSS, Oracle, Silicon Graphics, AT&T, Hewlett Packard y nuevamente IBM.
Pero, sin duda, el cambio más significativo se dará a partir de 1991 con el proceso de liberalización introducido por el gobierno de Narashima Rao que hará que la India empiece a crecer a una media del 7% anual, la llamada tasa hindú de crecimiento económico. Se permite la importación de hardware y software extranjeros sin excesivos impuestos adicionales, facilitando así el acceso a las nuevas tecnologías y la eclosión del tradicional ingenio indio.Pero no todos son rosas en la ciudad jardín de sueños cibernéticos. En las callejuelas que rodean a la M. Gandhi Orad se encuentran las espinas: tugurios donde todavía se practica la "compra de cuerpos", el bodyshoping, el gran mal de la industria informática india.
Consiste en proporcionar un servicio intensivo de apaños informáticos de poco valor que realizan los programadores indios en el extranjero con contratos de trabajo provisionales. Fueron las compañías indias las que solucionaron para muchas empresas occidentales, el problema informático del año 2000.
A medio mundo de distancia, Sudhir Wath comparte con dos amigos un escueto apartamento de dos habitaciones. Duermen en el suelo sobre colchones baratos y el único mobiliario está formado por una tabla de planchar, una lámpara y una caja de cartón para colocar el omnipresente televisor. ¿Condiciones infrahumanas? Quizá, pero éstos inmigrantes ganan más de 12 millones de pesetas al año, diez veces más de lo que cobrarían en su Bangalore natal. Tienen menos de 30 años y han sido contratados por los "compradores de cuerpos" parea saciar la voracidad de las empresas informáticas de California. Son los beneficiarios de los visados H-1B, que se conceden a extranjeros altamente cualificados. En 1999, el 47% de éstos documentos fueron a parar a manos indias.
La industria informática india lucha por salir del bodyshoping y lo está consiguiendo gracias a empresas de Bangalore como Infosys, que se ocupa no sólo de que sus empleados trabajen, sino también de proporcionarles una formación continuada y una calidad de vida envidiables.
Además, muchas empresas americanas están descubriendo que les es mucho más rentable encargar sus productos directamente a Bangalore que comprar cuerpos para uso americano. No sólo la mano de obra es más barata en India, sino que, además, la diferencia horaria crea una situación excepcional. Cuando los técnicos occidentales se van a dormir, los indios se despiertan y pueden continuar el trabajo empezado en California. Los proyectos se desarrollan a lo largo de las 24 horas del día sin interrupción. Una ventaja envidiable en un mundo global y ferozmente competitivo
De un excelente artículo disponible: BANGALORE: The Silicon Valley of Asia? de Anna Lee Saenian.
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Pocas personas sospechan que la India es uno de los países más avanzados en la investigación espacial.
En el año 1975 lanzó su primer satélite artificial (Aryabhata), desde entonces ha triplicado su presencia espacial.
Esta carrera ha tenido sus consecuencias en la economía del país ya que las agencias espaciales occidentales recurren a India como proveedora eficaz y barata.
Mañana, día 13 de marzo, me subo a un tren en dirección a CHENAI o MADRAS y desde allí enseguida al aeropuerto para emprender el vuelo a Barcelona.
Como todas las cosas, éste viaje también tiene su fin y vuelvo a sentir lo mismo que hace años en mi primera experiencia por India, pena por dejar ésta tierra, seguramente que algo de mí se queda aquí cada vez.
Mi mente se va llena de imágenes y situaciones vividas, con muchas cosas en su interior para seguir pensando. Me voy con muchas incógnitas, India tiene infinidad de cosas que no se pueden explicar, que están aquí y existen, que en el fondo todo tiene una razón de que existan, que éste mundo es así y no se lo puede cambiar, que India es un caos de olores, suciedades, colores, sonidos, etc., a los que llegamos a querer y echar de menos cuando nos vamos.
India satura los sentidos, de alguna manera, nos despierta diría yo, nos hace reaccionar y provoca el ineludible viaje hacia nuestro interior. Es una universidad mística.
La India del Sur es tan compleja y contradictoria como el resto del país. En un principio me resulta chocante todo aquel barullo y espiritualidad. Las creencias que se remontan a milenios se llevan con una naturalidad absoluta, con alegría de vivir pese a las estadísticas escalofriantes. Un desorden, diría yo, aparente, todo se mezcla, la miseria con la alta tecnología digital, ritos ancestrales que no llego a entender pero que me dejo llevar porque es el mejor camino de meterme en éste mundo que me hace sentir persona ante todo.
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Gracias por leerme! |
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