Cierra los ojos. ¿Recuerdas cuando soñaste sentir París bajo tus pies? Ahí estaba ella, la torre Eiffel. Esa misma que admirabas desde el otro lado del televisor día sí, día también. Y ahí estabas tú. Corrías hacia ella cual niña impaciente por abrir los regalos de Navidad. Quedabas hechizada por la magia que envolvía aquel momento.
Se paró el tiempo. Contemplabas el bello rostro de la ciudad desde lo alto, en silencio. Y con tu mirada perdida sobre el Sena observabas cómo éste, bajo la Luna, dibujaba su trayecto de una forma especial... y es que surcaba aquel barco de enamorados sus aguas. Se transpiraba luz, ilusión.
Ilusión que sentías después de la mano de Quasimodo en Notre Dame. Y en tu mente las palabras de Víctor Hugo: “la catedral no era sólo su compañera, era el universo; mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma”. Aquel lugar te dejaba sin aliento y daba brillo a tu mirada. Simplemente majestuosa, pensabas. Y una vez más, tras un intercambio de impresiones con las gárgolas. emprendías tu vuelo sobre la cité de l’ amoeur. ¿Hasta dónde te llevaría esta vez?
Aterrizaste en el Louvre. Se dibujó en tu cara una sonrisa especial. Especial, pero no tan enigmática como la que pintó Leonardo y que tenías frente a ti: La Mona Lisa. Eso es, estaba frente a ti, mirándote a los ojos y susurrándote su misterio, su secreto; revelándote siglos de historia. Fue entonces cuando un gran cosquilleo estremecedor recorrió tu cuerpo... Y te empapaste de arte como nunca antes lo habías hecho: El Ángel caído, El Escribano sentado, La Venus de Milo, La Libertad guiando al pueblo...Pero necesitabas más. Y tus sentidos te guiaron hasta la Ópera...
En aquél momento aprendiste que tus zapatillas también tenían un hueco entre smokings y perlas. Te regalaron danza; te regalaron música. Increíble. Inolvidable. Y aplaudiste con la misma fuerza con la que palpitaba tu corazón al final de la obra.
Sin darte cuenta, llegaste a la cuna de la bohemia parisina. Sí, estabas en Montmartre. Creías ver a Amélie reflejada en los ojos de la gente. Gente de todos los colores, de todas las edades...Mestizaje. Te perdiste por sus calles, te atrapó su poesía.
Y siguiendo sus versos descubriste en la cumbre la Sacré Coeur que, envuelta en encanto, parecía esperarte. Cada escalón que subías sentías crecer; tras el último peldaño, habías conseguido engrandecer tu espíritu. Y allí te sentaste entre la multitud, abrazada por la gran basílica a tus espaldas, mientras divisabas París al frente.
Liberté, egalité, fraternité... Ahora dabas significado a esas palabras. Y con el sonido de las guitarras y los timbales de fondo, te prometiste guardar aquella bella estampa en el mejor de los rincones de tu alma.
Por unos instantes, viajaste al pasado. Mickey te abrió las puertas de su reino de inocencia y alegría. Volviste a ser aquella niña que años atrás tuvo que abandonar Nunca Jamás. Y te abordaron los recuerdos y la nostalgia.
Sí; presa del placer seguiste volando, volaste alto. Plaza de la Concordia, Barrio Latino, Moulin Rouge, St. Chapelle, Arco del Triunfo, Campos Elíseos, Pompidou, Versalles… Baguettes, crêpes, amistad, música, boinas...
Y sí. Sentiste, sentiste mucho. Emociones. Vida.
Abre los ojos. ...Entonces me dí cuenta de que el sueño se había cumplido. Y de repente, una lágrima... |
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