Ya les he contado en un diario anterior sobre LAS LOMAS y su milagrosa aparición en medio del desierto como un milagro verde que interrumpe brevemente el desierto. Bueno, este es un relato sobre la primera vez que iba a ser testigo de este milagro por ende no imaginaba lo que me esperaría. Así que esto es más que un diario es un deseo de encenderles las ganas de tomar la mochila para ir a esta maravilla de lugar seducidos por las imágenes y, quién sabe, las palabras.
Habíamos salido de la ciudad real hacia el norte y luego de alejarnos 105 kilómetros, durante poco más de una hora, el chofer nos avisó que habíamos llegado al sitio donde empieza el camino hacia la entrada de Lachay. Luego de pagar los 12 soles correspondientes, descendimos.
El bus continuaría su camino hacia Huacho. Estábamos en medio del desierto más absoluto y lo único que nos daba la certeza de que llegaríamos a las Lomas era ese aviso azul sobre una pared desconchada: A LAS LOMAS DE LACHAY.
Un momentito, yo he leído sobre este sitio y he visto fotos impresionantes del lugar: mucho verdor, mucha neblina. No me vengan ahora con esto de estar en un desierto pedregoso donde el silencio es tal que hasta se puede sentir el veloz reptar de las lagartijas camufladas en el color arena del suelo. Okay, okay, mejor no quejarse. Dejemos que el Perú nos vuelva a sorprender.
Entonces vamos que no hay mejor forma de conocer este país que caminándolo. Mi amigo César y su novia Renata, de la mano como dos cómplices de Aventura metiéndose a la nada, tenían un expresión de duda en sus rostros y yo les entendía: ¿Es que por este camino sin vida se llega a alguna parte? Sergio hacía bromas con Melisa e iban distendiendo el ambiente. César sacó una petaca con algo de whisky que compartimos y agradecimos. Era muy temprano y el aire frío del desierto obligaba a buscar una fuente de calor, y si ésta era líquida mucho mejor.
Me puse a hablar como un loro cuando Renata soltó dos nombres: César Vallejo y Ernesto Sábato. Así que la caminata de casi una hora más pareció una bohemia velada literaria que un errar plagado de dudas. Hasta que el raudo vuelo de unas aves sobre nuestras cabezas dirigiéndose hacia el este nos sacó de nuestra fascinación por la literatura para retomar el que sentimos por la naturaleza y las preguntas: si van hacía ese sitio es porque allá hay vida, claro, claro, no se meterían al desierto porque sí, ¿no?
De pronto Sergio nota plantas pequeñas y un tímido verdor que empieza a manifestarse en el tapiz arena interminable. Vaya, vaya, parece que vamos por buen camino. Seguimos en la charla y ya después de una hora el cambio es notorio. La arena cede paso a un verdor tímido y la sospecha de que se está saliendo de una dimensión estéril para sumergirse en una fértil es evidente.
De pronto un carro pasa detrás de nosotros y usamos el lenguaje mochilero: dedo gordo levantado, apuntando hacia la nada. Se detiene, es un señor con sus hijos y su perro Chepecuate, nos dice que nos puede jalar pero que no tiene espacio más que para dos personas. Se acomodan Renata y Melisa, ponemos las carpas y las mochilas en la capota y allí se van. Vamos, aún faltará media hora y media petaca, sigamos maravillándonos con este espectáculo que nos permite observar la naturaleza.
A lo lejos, donde el camino empieza a trepar levemente y parece acabar, se nota el reino de la neblina. Y como anfitrionas de este sitio una alfombra de pequeñas flores amarillas y un olor delicado a planta, a ramaje tierno que se esparce en el ambiente. Luego lo que se anunció era ya inevitable: un gran espacio misterioso guarecido por murallas de vaho y sobre éstas las copas de unos árboles.
¿Dijiste árboles? Sí. ¿En el desierto? ¡Que sí! Pero… si no hay ríos, no hay chacras, no hay canales, no hay agua. Sí, pero hay niebla y vaharadas y neblina y humedad, agua en forma gaseosa, suficiente para que la vida sea posible. Eso es imposible. Ya verás.
Llegamos a la entrada y a estas alturas ya es evidente que el desierto ha sido vencido por la vida. Nos recibe el guardaparque y pagamos 10 soles por acampar (5 soles si sólo te quedas un día). Nos da la bienvenida muy amablemente y nos da algunas indicaciones. Entramos y nos damos cuenta que atado a una barra de metal está el pequeño Chepecuate con cara de queja, no le habían dejado entrar.
La entrada con animales está prohibida. Caminamos hasta el centro de datos y el lugar de parqueo de los autos y descansamos un poco.
La Reserva Nacional de Lachay tiene una extensión de 5,070 Ha. Fue creada en 1977 por Decreto Supremo 310-77-AG. Los objetivos de su creación son: restaurar y conservar la flora y fauna silvestres de este ecosistema, impulsar la investigación y fomentar la recreación en sus espacios en armonía con la naturaleza. Además de su diversidad biológica la reserva cuenta también con restos arqueológicos de culturas precolombinas y pinturas rupestres lo cual es un buen indicador de que estos espacios fueron usados desde tiempos remotos.
Últimamente aquí se ha llegado a producir (¡sin riego!), papas y plantas para el forraje. Un añadido especial a considerar son las grandes rocas que erosionados por el cincel del tiempo han adquirido formas extrañas que invitan a ver lo que a tu imaginación se le antoje.
Cosa peculiar es que pese a tener casi 900 000 Ha de Lomas en toda la costa peruana sólo sea Lachay la única protegida legalmente. Pero felizmente están apareciendo iniciativas interesantes que comprometen a pueblos como el de Quebrada Verde (en Lurín, ver diario anterior) a proteger por sus propios medios sus lomas.
Oye, sabelotodo, a ver pues, cuéntate algo de la historia de este lugar. Veamos, se sabe que hubo un pueblo llamado LLACHAY entre Huaura y Chancay y que en 1533 pasó por allí Hernando Pizarro con su gente cuando se dirigían desde Cajamarca a Pachacamac a buscar el oro prometido para el rescate de Atahualpa. Los occidentales denominaron a esta aldea "el pueblo de las perdices" ya que todas las casas tenían estas aves. Es posible que ese poblado fuera de gente que en tiempos de florecimiento hacían uso de los recursos de las Lomas pero que posiblemente los conquistadores no vieron ya que estaban en pleno tiempo de sequía. Es todo, para tu libro pupilo. Gracias.
La Reserva tiene amplios espacios para acampar. Cuando llegamos muchos ya estaban ocupados así que decidimos ir al que está al final. Un amplio espacio circular con bancas y mesas, espacios para un picnic y letrinas. Y con todo esto uno puede dormir entre árboles de tara y cantar de aves. Suficiente, para qué más corazón si ya sabes que la felicidad es así de sencilla y sin tarjetas de crédito: árboles, amigos, la luna, un río, un vino, unos cabellos que se adoran, un beso.
Ponemos las carpas y a cocinar algo que el hambre apremia. Me fui a caminar con Sergio y Melisa mientras César y Renata cuidaban las carpas, luego los reemplazaríamos. Entonces a abrirse paso entre la vida que esto es una fiesta verde y amarilla (aunque ya sabemos que la alegría no es sólo brasilera). En los senderos bien señalizados que se han hecho hay muchos carteles ilustrativos que te dan a conocer la importancia del lugar que estás visitando. Los caminos trepan las colinas y la neblina es una presencia perenne. Notas apenas unos metros y la humedad es penetrante.
De pronto árboles de formas retorcidas aparecen aquí y allá, algunos elevan sus ramas como si fueran manos desesperadas buscando sostenerse a otros árboles, como amantes enloquecidos sosteniéndose mutuamente al caer en un insondable vacío. Caminos que continúan su dirección hacia la nada nebulosa y siluetas pétreas como seres amenazantes agazapadas tras la nube que lo inunda todo. Las rocas, los pequeños cerros, el verde en contraste con el manto blanco de niebla, el amarillo saltando por allí y por acá, todo creando ese mundo surreal y de alucinación.
Yo me he soñado muchas veces perdido en las ciudades de mi mente, he andado laberintos infinitos buscándote y calles en los que sólo voces que no he oído, sombras y fantasmas eran presencia conocida. Y de pronto, verme allí caminando era como si mi deseo hubiera concretado esos lugares de mi mente en este espacio donde la naturaleza te dicta una cátedra de lo importante que es el agua para nuestra vida.
Las trochas siguen elevándose por pendientes ligeras y las nuevas vistas que se abren a tus pies siguen maravillándote. Caminos que se abren en cerros algo lejanos y de pronto se escucha a alguien gritar: "¡un zorro, un zorro¡" vamos raudos pero llegamos tarde, el tímido animal había sido más rápido que nosotros y la cámara de fotos ya no nos servía para nada.
Ojala podamos ver luego algún otro animal, pienso, aunque al final sólo vimos caracoles y aves como perdices y picaflores cuyos encendidos plumajes herían la opacidad del ambiente. Pero con algo más de tiempo (y, claro, pericia) es posible ver pumas, guanacos, zorrinos, vizcachas y venados grises que han sido reintroducidos en esta reserva. Ya es algo tarde y debemos regresar al camping para que nuestros amigos puedan también disfrutar de esta caminata.
Los ejércitos de la noche caen como un asalto inesperado sobre la ciudadela de niebla. Sin darnos cuenta la neblina que dejaba traslucir una luz difusa se tiñó de negro y nos sorprendió sin las linternas en la mano. La niebla se hace más espesa y se cierra sobre el mundo y casi te disuelve en ella. Por momentos camino con los brazos extendidos porque no veo más allá de unos metros.
En la noche, increíblemente, llegó la segunda parte de nuestro grupo, amigas que habían llegado hasta Chancay y desde donde un taxi las trajo hasta las puertas de la reserva por 50 soles, nada mal.
La noche trae de su mano el frío. La cháchara empieza y las risotadas no se hacen esperar. César saca su arsenal y espantamos el frío a punto de whisky. Los guardaparques dan vueltas por toda la reserva y se cercioran de que todo esté bien. Qué bonito todo esto, pienso, amistad, naturaleza, alegría.
Cuando el ambiente enfría más y el alcohol no ha sido incapaz de espantarlo nos damos cuenta que es hora de ir a las carpas. A dormir, el arrullo de la naturaleza se encargará de espantar cualquier fantasma.
Al día siguiente ya repuestos seguimos caminando por los sitios que nos faltaban, lamentablemente no llegamos a las pinturas rupestres pero con todo lo que habíamos visto era más que suficiente. De nuevo desandamos el camino hacia la Panamericana Norte, dejando la ciudad de la niebla para caminar sobre el erial. En la carretera toma tiempo tomar un bus, aparece uno que nos lleva por 5 soles hasta Chancay desde donde otro bus nos llevaría por 5 soles más a la ciudad real. El viaje se hace en un silencio casi absoluto, murmullos que se evidencian, calma.
Casi entiendo que la paz de las lomas ha tomado posesión de mi mundo, la guardo en mí como un cofrecito de silencio. Trato de entender, mientras miro el desierto por la ventana del bus, que estoy saliendo de un sitio que era posible en mis sueños para volver al mundo certero, a seguir mi rutina, a tragarme los frutos sangrantes de esta realidad. Igual, no importa, siempre habrá un invierno que espere por mí en las lomas, hasta entonces guardaré el cofrecito de silencio para abrirlo cuando el bullicio y la ordinaria locura citadina me inunden.
Pablo (Wari)
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