Martes 23 de enero de 2007: Isla Uztupu – Comarca de San Blas
Llegamos acá a la mañana, después de las ocho en un vuelo doméstico que nos costó USD 98 desde la ciudad de Panamá. La comarca de San Blas se encuentra al oeste de la ciudad, y es uno de los departamentos más “vírgenes” del país. Tiene su propia legislación y posee 368 islas, de las cuales 45 están habitadas por aborígenes. Muchos de los cuales jamás viajaron al continente, por lo que aún conservan las tradiciones, vestimenta y dialecto originarios. Partimos a las 6 am desde al aeropuerto Albrook, en la aerolínea doméstica “Aeroperlas Regional” en una avioneta a hélice con capacidad para doce personas. Antes de llegar a Uztupu (isla que elegimos al azar, de acuerdo a una lista de diez que nos nombró la operadora mientras comprábamos el pasaje telefónicamente) la avioneta aterrizó en Corazón de Jesús y Mamitupu.
El primer aterrizaje fue increíble, no apto para cardíacos. Un grupo de indígenas esperaba a familiares que viajaban en este vuelo. Se vinieron las primeras fotos y despegamos nuevamente. Último destino, Uztupu. Nos esperaba una pequeñísima pista con agua y abundante vegetación alrededor; un quincho de paja y caña oficiaba de “aeropuerto”. Dejaron nuestras mochilas en el piso, el avión viró sobre la pista, despegó y nos encontramos con la quietud y el silencio del lugar. Un chico de azul se acercó a cobrarnos Usd5 para trasladarnos a la isla de enfrente. Nos dejó debajo de unos techos de paja y siguió camino. Le indicó algo en idioma kuna a un muchacho que nos recibió las mochilas y nos hizo sentar allí casi sin palabras en castellano.
Desde que aterrizamos en el aeropuerto privado de Uztupu quedamos presas de las condiciones de esta isla. Tremenda aventura la de no conocer a donde ir ni de donde venimos. El margen de decisión que manejamos es tan ínfimo que acabamos de mirarnos asustadas. Al menos yo, experimenté la sensación de “autosecuestro” mientras miraba alrededor y me convencía que hubiera sido un buen lugar para estarlo. Desde esta isla hasta la otra debe haber un kilómetro de distancia.
La pista es (paradójicamente) la única vista que tiene esta hamaca paraguaya en la que debí recostarme para calmar ánimos, mientras nos prohíben salir del “hotel” hasta que llegue el dueño para hablar de negocios. Es decir, explicarnos que sucede y cuánto nos cobra por quedarnos allí por esa noche. Las palabras que habíamos pronunciado en esa canoa, quedaron para la risa mientras en secreto nos preguntábamos “donde mierda estamos” con vos temblorosa. “Dejanos en el muelle de la isla, damos una vuelta por el pueblo y vemos a donde vamos” le habíamos dicho ingenuamente al muchacho que nos trasladaba. El respondió que acá no hay hoteles y sin más nos dejó donde ya conté.
El lugar se llama “cabañas Kosnega”, ahí nos recibío un muchacho señalando el camino hacia las hebitaciones, luego abrió un candado del lado de afuera (un candado!) y amablemente nos dijo que pasemos y dejemos las cosas ahí “que ya viene el dueño”, en un castellano muy pobre. Apenas se fue, dejó el candado colgando afuera, nos miramos con Jime y le pregunté ¿Qué carajo hacemos acá? ¿Por qué estamos acá? Y estallamos en risa tapándonos la boca para que nadie nos escuche. Una sensación rara, de miedo y aventura. No puedo dejar de pensar que estamos en una isla, a media hora por aire, de tierra firme y sin opciones de escapatoria si algo no funciona. Apareció un hombre moreno, flaco y desgarbado. Se trataba del dueño.
El sí hablaba en castellano y con él había que arreglar el precio y los servicios de ese lugar. Nos dio la bienvenida con palabras lentas, nos ofreció de tomar lo que quisiéramos. Media hora después apareció un séquito de personas para servirnos el desayuno con café, leche y pan de viena recién comprados en el almacén. Todo servido sobre la mesa de madera húmeda y salada de mar, debajo de un “buhío” como dicen. Rodeadas por mujeres kunas y dos o tres hombres casi nos infartamos cuando el dueño dijo que hospedarse allí costaba Usd90 por persona. Casi nos atragantamos, para responder juntas que estaba completamente loco. Tal fue nuestra negación que le dijimos: “gracias por todo, pero nos vamos a ver otras cabañas de la isla”.
El hombre intentó disuadir, diciendo ya venía un señor que le iba a ayudar a entendernos. Llegó don Leopoldo, notablemente culto y educado, desplazó al dueño de la cabecera de la mesa y luego de contarnos la historia de la isla cerramos en Usd45 cada una con todo incluido. Accedimos al dos por uno, aún era un precio loco para nosotras que repasamos nuestra historia argentina, desde el uno a uno, pasando por la crisis financiera, las crisis políticas, la devaluación de nuestra moneda, el desempleo y la pobreza. Por suerte Leopoldo, hombre de mundo, entendió todo cuando le dijimos “somos argentinas”. Leopoldo es el cacique elegido por el pueblo de la comunidad Uztupu. Vive en una de las mejores casas de la isla. Ha viajado y trabajado por Estados Unidos, conoce Centroamérica y otros países de América del Sur. Conoce de historia, política, geografía y cultura argentina. Sabe idioma inglés, español y obviamente kuna.
El nos dio permiso para salir del hotel y nos brindó una obligada visita guiada, mientras explicó la prohibición de sacar fotos o andar solas caminando por la aldea. Nos dijo hasta dónde caminar y por dónde no. Los horarios, las normas y la historia de la lucha por la independencia de su pueblo. En una hora nos hicimos de su partido. Noté que el problema de andar solas y lo de las fotos, no era por nuestra seguridad, sino por la de ellos. Nosotras rompíamos su vida normal. Acabamos de regresar de la visita por la aldea. Son pocas las construcciones de concreto, la iglesia, un par de almacenes, la escuela, el hospital y dos o tres lugares más. Así, un centenar de chozas de caña y paja, redondas con piso de tierra, arena y cenizas.
Los pobladores son sociables y muy alegres, con orgullo nos mostraron las bondades de progreso señalando los cables de luz y teléfono que hace un tiempo vinieron a instalarles desde el continente. Hay escuela hasta bachiller, hospital, iglesia, centro de jubilados y plaza con prócer que luchó por la independencia Kuna Yala. A medida que avanzamos por las calles de tierra, se ven decenas de niños jugando que corren a saludarnos, todos tienen su propio cometa fabricado por ellos con papel de revista y varillas de caña, sujetados con hilo de coser de colores. Hilo de coser es lo que abunda en esta isla, ya que las madres de estos pequeños, las indias Kuna, se dedican exclusivamente a coser y cocinar. Cosen “molas” para vestirse. Se trata de unas pecheras de tela, con apliques cosidos a mano, formando dibujos tan variados como originales. De eso se trata, de lograr un trabajo prolijo, único y de estilo.
Esa pechera se aplica en otra prenda de mujer y diferencia a unas de otras por sus habilidades. Coser molas es tarea de todas las mujeres kunas, mientras la caza y pesca está reservado para los hombres. Sólo hay una excepción en la isla. Se trata de Scot. Es un indio kuna que cose molas. Es irremediablemente afeminado y acompaña al grupo de mujeres que cosen para el desfile de carnaval, prendas que él jamás podrá usar, salvo que quiera el exilio. Scot, como se autodefine, no deja de mirarnos. Somos su objeto de fascinación y nos pregunta cosas que no entendemos, porque su castellano es muy raro además de su intento forzado de voz femenina y zezeoza. Leopoldo le ha confiado nuestro cuidado y es él quien debe acompañarnos a cualquier parte que decidamos y quien debe receptar cualquier pedido, sugerencia, reclamo o lo que sea que necesitemos. Nosotras tomamos sol y nos bañamos en el mar mientras el cose, reza y le contesta al locutor de una radio que cuelga del bohío con una cinta de tela. Es su radio, y si salimos se la cuelga del hombro, fantasía de cartera y la lleva como tal. Todos lo saludan cuando pasa con gritos y sonrisas, es querido y apreciado ahora que anda con las dos extranjeras.
Hoy fue un día divertido, Scot nos acompaó a la playa más linda de la isla, que queda hacia el surreste. Más tarde nos invitó a conocer su “iglesia”, para que conozcamos más de él y su vida. Scot canta todas las canciones, aplaude y se siente verdaderamente feliz. Después de la misa ya éramos amigos y sintió confianza para acceder a nuestro pedido: queríamos ir al lugar prohibido por Leopoldo: la comunidad de Ogobscun, ubicada al norte de la isla. Al momento de cruzar a la otra comunidad el paso sin fronteras visibles fue casi obvio, sólo un sendero separa las comunidades aunque las construcciones, vestimenta, caras y distribución de viviendas varían; es diferente totalmente. De ese lado está el hospital y las canchas de básquet. Todos nos miraban sobretodo los niños que se acercaban a mirarnos de cerca, saludar y tocarnos. Fue increíble.
Miércoles 24 de enero de 2007: Uztupu – Ogobscun Hoy es el día de partida de la isla. Nos vienen a buscar. Scot nos levantó temprano. Apenas nos quedamos un día y los sus rasgos exóticos ya nos resultan amigables y conocidos. Scot rompe esquemas, nunca había imaginado un indio gay. Nos contó que su vida diaria comenzaba a las 5 am, que madrugaba para coser las molas. Una mola terminada puede demorar una semana y costar hasta 50 dólares.
Hoy mientras nos despedíamos y amanecía, nos confesó que nunca se olvidaría de nosotras en toda su vida, mientras se le escapaban unos lagrimones. Llegó la canoa, todavía no amaneció. Nos cruzó hasta la pista de aterrizaje vía los mismos 5 dólares de la llegada. Fue una experiencia única y auténtica.
Jamás imaginamos algo así, fue sorprendente. Dejamos la isla con el alma llena de nuevas sensaciones y renovadas, seguras de lo importante y con la mente más clara. |
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