
Mi gran amiga de Puerto Vallarta
Puerto Vallarta | 1 comentarios.
|
Se presentaba éste como uno de mis últimos viajes en tierras mexicanas y lo afronté con ese sentimiento agridulce que une la ilusión a la tristeza. Con la mirada perdida en las finas gotas de lluvia que se deslizaban a través del cristal, realicé las cinco horas hasta Guadalajara bajo una enorme tormenta, tras un pesado trasbordo y cuatro horas más de camión, por fin llegué a la estación camionera de Vallarta.
El lamentable estado del firme hacía imposible transitar por el zócalo a los camiones, siendo los conductores de colectivos y taxistas los beneficiados, que se amontonaban en la estación ofreciendo sus servicios por las originales calles del casco antiguo.
A tres cuadras del río Cuale encontré con relativa facilidad un económico hostal donde negociar mi hospedaje, era una vieja hacienda del siglo XVIII que gracias al esfuerzo de sus propietarios no había desaparecido entre la inquietante selva que amenazaba tras sus encaladas paredes. Emiliano, un viejo oaxaqueño descendiente orgulloso de zapotecas era el responsable de la recepción, reposaba en su carcomido y ruidoso balancín de mimbre cuando me presenté en sus dominios, vestía una curiosa camisa de flores y unos descosidos vaqueros, que mostraban bajo cualquier pretexto la desagradable imagen de la incipiente comisura que separa sus nalgas.
Era un cincuentón muy amable y asombrosamente culto, un mestizo chaparro y muy delgado, media cara la cubrían sus largas rastas y con una mal cuidada perilla era la imagen con la que se presentaba a sus huéspedes, siempre sonreía y bajo cualquier pretexto lo encontrabas celebrando algo en las cantinas de la zona. Una vez personalizada la habitación me marché a ocupar el incómodo hueco que la urgente visita a los lavabos del hotel dejó en mi estómago.
A menos de una cuadra tropecé con una pequeña y grasienta taquería en la que dos guapas meseras se encargaron de atender mis deseos. Me convencieron con un cebiche, que resultó ser un delicioso pescado crudo preparado en adobo de jugo de limón, le añadían tomate, cebolla y sal y lo bañaban en crema de aguacate, un plato que supo seducir mis frígidas glándulas gustativas.
Era el momento de ponerme a disposición del amigo de una amiga, Gabriela, que dos meses atrás en San Luís conocí al entrar en su local con la intención de tatuarme el recuerdo de esta etapa tan increíble de mi vida, Gabriela resultó ser la guapísima potosina responsable de mi desilusión, cuando aseguró que no eran los tatuajes parte de los servicios que ofrecía su negocio, convirtiéndose al instante de conocerla en la mujer que frustraría todas las bellas palabras que nunca le llegué a decir. Ignorando su distante cercanía solicité sin éxito una cita que no me brindó, aunque compensó su indiferencia ante Cupido, dando sentido a mi visita con el número de un tal Hugo que supuse que me orientaría sobre donde sellar mi piel, despidiéndose para siempre con un irónico hasta pronto. Pocos segundos después de encontrar la primera cabina contestó Hugo, que con una desproporcionada efusividad se presentó como un enamorado de la cultura española, ¿a qué cultura se referiría? pensé.
Nuestra cuate en común le informó de mi llegada y aseguraba estar ansioso por enseñarme la bahía, aunque en ese momento le era del todo imposible irme a buscar, se comprometió a telefonear transcurridas las dos horas que restaban para completar su jornada. Me empezaba a acostumbrar a la amable y cariñosa forma de actuar de estas gentes, aunque Hugo escondía un pequeño secreto que podía interpretarse como el motivo de su exagerado interés por conocerme y que me desveló unas horas más tarde en un ataque de sinceridad producido por los dos tequilas con que acompañamos nuestra plática.
Tenía un par de horas para presentarme al pueblo por lo que opté por visitar la conocida isla Cuale, que resultó ser una extensión de tierra que dividía el río del mismo nombre y en la que se concentraban una enorme número de comercios disfrazados de elegantes cabañas de madera, que destacaban con sus techos de paja entre las altísimas palmeras y la espectacular selva que no se sometía a esa invasión. La isla está atravesada en diferentes tramos por una serie de puentes colgantes que creaban una imagen muy idílica de ese precioso rincón. Los 750.000 turistas anuales que visitan este enigmático puerto, permite a los comerciantes trabajar sin la necesidad de acosarnos, aunque era imposible regatear, supe agradecer unos días sin el agobio al que te someten en otros lugares.
Me disponía a abandonar la isla cuando escuché el calorro de Estopa, que es como me advirtió el móvil de que habían pasado las dos horas.
- ¿Dónde se encuentra amigo?
- Qué tal Hugo, estoy frente una plaza muy grande que hay junto uno de los puentes de la isla, hay una ...
- No fue necesario más indicaciones.
- Orale, en cinco minutos llego, manejo un carro muy chiquito de color azul.
Me senté en una jardinera de piedra que limitaba el terreno de un exótico arbusto de hojas rojas, a esperar a mi desconocido anfitrión. Eran cinco minutos mexicanos, por lo que tras sonreír como un imbécil a todos los conductores de coches oscuros durante más de media hora, se presentó el impresentable de Hugo.
No se disculpó, sólo eran cuarenta minutos de informalidad, tras el primer intentó por bajar del coche se deshizo del cinturón de seguridad y con un abrazo se presentó asegurando lo bien que Gabriela había platicado de mí, un segundo después me invitaba a una acogedora terracita que conocía en la Mismaloya, una preciosa playa de arena blanca y aguas transparentes, adornada por elegantes palmeras que se postraban ante el misterioso Parque Nacional Submarino de Los Arcos, un islote rocoso que se elevaba sobre el mar a pocos metros de la bahía.
La terraza estaba situada en lo alto de un cerro, escondida entre los árboles permitía admirar la Mismaloya desde una perspectiva privilegiada. Hugo es un hombre bastante alto y fuerte, poco agraciado y nada elegante, decoraba su incipiente alopecia con unas patéticas mechas azules que exhibía orgulloso, mientras vestía como podía un sencillo, barato y sobrio traje oscuro heredado seguramente de algún ancestro, conectamos enseguida y antes del segundo tequila nos sorprendimos confesando nuestros miedos e ilusiones.
Hugo resultó ser un discreto y sensible homosexual que intentaba averiguar mi condición con comentarios cada vez menos sutiles, aclarado este tema nos dejamos envolver por un idílico anochecer, hasta el momento en que amparándome en el cansancio le pedí que me llevase al hotel, donde me despedí aceptando la invitación para cenar al día siguiente en una exótica cantina del Paseo Díaz Ordaz.
En su viejo balancín se encontraba poseído el viejo Emiliano con el capítulo subtitulado de una absurda serie de la FOX, no se molestó en mirarme al desearme buenas noches y fue al percatarse de su descortesía cuando preguntó sin disimular su indiferencia por el resultado de mi primer día, se lo resumí en cuatro palabras.
- Mañana te lo cuento.
Me desperté sobre un incómodo charco de sudor, un calor infernal se había adueñado de ese pueblo, por lo que encontré sensato esperar a que se calmase ese represivo Sol, decidí dosificar mi energía tumbado sobre una insegura hamaca de madera que me rentaron bajo una de las decenas de sombrillas que salpican toda la bahía. No recuerdo los ingredientes que utilizaron para crear ese exótico “San Francisco”, pero su mezcla de alcoholes colaboró en el abandono de mi mundo terrenal, pensaba en Hugo, en lo jodido que debe de ser para un homosexual vivir en un país tan tradicional como este, por un lado éstos no sufren la presión de todo adolescente por perder la virginidad antes de los dieciocho, pero los problemas psicológicos que nacen de la propia represión y la necesidad de vivir una mentira para ser aceptado socialmente no creo que sean fáciles de asimilar.
Lo menos malo de esta reflexión es que conseguí reencontrarme con esa musa infiel, causante del caos de un millón de palabras desordenadas vagando sin sentido entre mis orejas, pedí una pluma (bolígrafo) al mesero y me dispuse a plasmar en una servilleta mi surrealista sensibilidad, una irónica oda al amor de la que pocos dudarían sobre la sexualidad del autor, fue el resultado de mi creación y la guardé con la intención de regalársela a mi madre, que es con quien menos me avergüenzo de parecer sensible.
Me desencajé no sin esfuerzo de la engañosa comodidad de la hamaca y al no encontrar ninguna razón por la que privarme de saciar mi apetito, me presenté en la misma taquería que el día antes me sirvieron esas guapas meseras, las cuales sólo se dejaban ver por las mañanas ya que eran sus maridos los que se ocupaban del negocio el resto de la jornada. Comí igual de bien pero menos a gusto unos cuantos tacos de pescado que sabían a gloria a pesar de su olor.
Con mi estómago en pleno proceso digestivo me puse en marcha a la búsqueda de un local donde tatuarme, no eran muchas las condiciones que exigía, me conformaba con que me ofreciesen unas mínimas garantías de higiene y un precio razonable.
Tatoo Vallarta era el rótulo con el que se presentaba el negocio de un extraño indio que parecía reunir todos los requisitos. Innumerables dibujos y fotos decoraban por completo las paredes del negocio, habían tatuajes realmente impresionantes, perfectas obras de arte que no lograron convencerme, fue ante la sección tribal cuando de nuevo Estopa me trajo la voz de Hugo.
Diez minutos después, ocho más de los que dijo nos encontrábamos en el mismo lugar del día anterior, le pedí que aparcase el coche en la misma plaza ya que esta vez me tocaba pagar a mí y tenía controlado un lugar perfecto que sin tener las mismas vistas era mucho más barato. Me explicó que trabajaba en el periódico de una universidad, era uno de los redactores y ahorita tenían mucho trabajo porque estaban metidos de lleno en una campaña a favor de la selva y en contra del proyecto de urbanización que el ayuntamiento tenía pensado poner en marcha a finales de esa misma temporada.
Era un hombre de principios, eso me gusta en las personas y éste concretamente se involucraba en todos los frentes de protesta que abría desde su periódico. Mi prioridad en esa tarde era decidirme por el motivo con el que decorar mi piel, aunque no estaba seguro de poder encontrar lo que buscaba, no dudé en aprovechar la primera pausa de esa interesante conversación para cancelar sus planes de cenar juntos.
- Ni modo, yo ahorita marcho a la facultad y al rato te hablo para la fiesta de unos cuates-. - Esta vez pago yo-.
Sentencié sin otorgar más opción que aceptar. Fue al introducir la mano en el bolsillo del pantalón cuando sin querer saqué una servilleta arrugada que resultó ser el poema que ni recordaba haber escrito, mi primera reacción fue volverlo a esconder, pero Hugo se percató y me preguntó intrigado por ese misterioso papel, le quise quitar importancia regalándoselo sin tener en cuenta las posibles consecuencias.
Nos habíamos incorporado y esperábamos junto la barra los sesenta pesos que formaban mi cambio, cuando en el momento menos oportuno Hugo sin modular su voz empezó a recitar.
“Sólo de querer, culparnos pueden. Hostil ignorancia, mendigos del saber...
- No es necesario que la leas en voz alta si no quieres -, le aseguré muerto de vergüenza ante la llegada del mesero.
- Así se siente más padre -, y prosiguió.
... Marchitados ideales condenan nuestro amor, en pro de la decencia por principios sin razón ... (y en el mismo tono de voz hasta el final, me moría de verguenza)
- Nunca nadie me escribió algo tan padre-, me aseguró emocionado.
- Lo cierto es que no lo he escrito para ti, sólo te lo he regalado-. Intenté de esta manera dar una pincelada varonil a ese momento tan homosexual que sin querer había creado. Ya había pagado al curioso mesero que no abandonó nuestra compañía hasta el final del espectáculo cuando nos despedíamos ante la económica cantina, quedando en el mismo lugar dos horas más tarde. Me apunté sin pensar a la fiesta, pasado un rato fue cuando analicé sus palabras “fiesta” y “cuates” que dicho por Hugo tenía connotaciones que me invadieron de angustia el alma.
El local donde decidí sellarme la piel había cerrado por lo que dediqué las siguientes horas en conocer el casco antiguo, situado a orillas del río. Sentado en un banco de hierro forjado contemplé en el centro de una enorme plaza como recogían sus instrumentos una banda de mariachis que nos deleitó con canciones típicas de este estado.
Decidí entonces ir a la habitación a ducharme antes de esa fiesta que me habían propuesto. En la recepción como no, me encontré a Emiliano barriendo el portal con una escoba de elaboración propia hecha con una caña y finas ramas de cedro, se acercó a mí como siempre sonriente y tras una palmadita en el hombro me felicitó por el triunfo del Real Madrid en la liga española.
Le hice saber que apreciaba su buena intención pero no pude privarme de aclarar que yo deseaba que el club blanco perdiese hasta en los entrenamientos.
Una ducha rápida y a medio poner los calzoncillos fue todo lo que me dio tiempo de hacer antes de recibir la llamada del revolucionario Hugo, asegurando que en cinco minutos me esperaba en la puerta del hotel, me lo tomé con lógica tranquilidad y tras el cuarto de hora que tardé en bajar y los diez minutos que le esperé se presentó con dos amigos.
Tras la protocolaria presentación me hice un hueco en el asiento trasero, me senté junto a Marcos y fue éste el que me felicitó por el poema al momento de estrechar las manos, la falta de emoción de mi sonrisa apenas delató el mal rato que estaba pasando, pensaba en la voluble discreción de mi nuevo amigo y en ese momento tan violento al que me habían sometido, pero ante todo tenía la convicción de estar en un coche acompañado por tres desconocidos, que entre cantos y risas se adentraban en una oscura carretera que parecía perderse entre los árboles.
Una playa de casi cinco kilómetros frente al complejo turístico de Nuevo Vallarta, ya pasado el límite del estado de Nayarit, fue la escogida para celebrar una original fiesta, que a pesar del inquietante porcentaje de participación femenina resultó del todo entretenida. Dos metros de troncos ardiendo formaban la enorme fogata que presidía el centro de la parcela de arena en la que decidieron desorganizar la celebración, decenas de personas bailaban borrachos y fumados alrededor del fuego, era una fiesta muy tranquila en la que todos querían pasarlo bien y parecían competir por demostrar su amabilidad.
Hugo me presentó a sus íntimos a los que recuerdo con gran cariño, aunque en contra de mi voluntad terminaron convirtiéndome en el inoportuno protagonista de mi primera fiesta gay. Tras la tercera cerveza mis hormonas no pudieron soportar ni un minuto más de plática homosexual, por lo que tras incorporarme y aceptar el medio porro que Marcos me ofreció, me dirigí a la caza de alguna de la media docena de hembras que decidieron desvelarse con nosotros.
Poca emoción y menos interés es el que desperté a las dos únicas mujeres que intenté seducir, por lo que desistí de mi cruzada justificando mi fracaso en la equivocación de ese par de lesbianas. Entre pláticas, coronas y porros nos avisó la incipiente claridad del amanecer de que hoy ya no era ayer, por lo que nos hicimos el sano planteamiento de terminar nuestra participación en esa inolvidable fiesta.
La mayoría se fueron a trabajar mientras que yo me dejé seducir por el idílico romance que me proponía mi almohada.
El gallo ya estaba cocinado cuando mis ojos se despegaron, mi cuerpo aún estaba dibujado en las sábanas y éstas en mi cuerpo, cuando bajo un chorro de agua templada intentaba no martirizar mi pobre espíritu aventurero, con reproches por la inconsciente ingestión etílica causante de esta insufrible migraña. Intenté minimizar mi mal en una cantina, en la que a base de unos tacos al pastor con salsa jalapeña y tres coca-colas empecé a olvidar las secuelas de mi imprudencia. Aún no tenía el cuerpo para agujas por lo que decidí posponer la decoración de mi piel para el día siguiente, improvisando para lo que restaba de día un paseo tras otro con el único deseo de saborear la paz que me ofrecía esa preciosa bahía.
El día siguiente amaneció nublado, por lo que aprovechando que me encontraba del todo recuperado me dirigí a inmortalizarme en la espalda el recuerdo de mi inmadurez. Meditaba desde hacía días sobre el tatuaje, pretendía que fuese un reflejo del sentimiento de este país antes de adulterarlos con nuestras imposiciones y lo encontré en la religión azteca.
Quetzalcóatl fue uno de los cuatro hijos que engendró la pareja divina creadora del universo y del resto de los dioses. Esta deidad fue de gran importancia en la teología azteca, su nombre proviene de la etimología quetzal que significa “plumas” y coatl que significa “serpiente”, es decir, “serpiente emplumada”.
Dicen que Quetzalcóatl bajó al mundo subterráneo y recorrió los infiernos, pasando distintas pruebas a las que lo sometieron los dioses que habitan ese mundo, para pedirle a Mictlantecuhtli (el dios de los infiernos) los huesos de los hombres muertos para crear con ellos a la nueva humanidad, fue entonces cuando echó a correr con ellos en cuanto los tuvo en sus manos, porque conocía perfectamente la naturaleza del dios de los infiernos y sabía que era un mentiroso. Mientras que Quetzalcóatl huía con los huesos, Mictlantecuhtli ordenó a las codornices que lo persigan y lo ataquen.
Al escaparse en una precipitada carrera, el dios cayó al suelo y rompió los huesos, apenas tuvo tiempo de recogerlos por lo que decidió sacrificarse y regarlos con su propia sangre, dando origen a la nueva humanidad.
Hacia días que este dios había sido el escogido, pero quería que fuese un dibujo especial, discreto y elegante por lo que descarté más de una docena de serpientes emplumadas hasta que una me llamó la atención, era una imagen de la cabeza del dios, pero demasiado bien definida, pedí un rotulador y con algo de ayuda conseguí hacer un tribal de esa imagen que definitivamente me cautivó, convirtiéndola en la escogida para acompañarme el resto de mi vida. Un cuarentón, serio y maloliente fue el responsable de empezar el calvario en una pequeña e iluminada salita, en la que postrado en una silla me dejé torturar durante dos horas por el recuerdo de esa leyenda.
Tras el cobro de sus tarifas y los consejos de mantenimiento me marché al hotel para hacerme a la idea de lo que había hecho. El omnipresente Emiliano me sonrió y me preguntó preocupado por las vendas que tenía en la espalda.
- Es Quetzalcóatl, tu dios de la vida y del aire, además de la sabiduría y no recuerdo de que más -, le contesté.
- Está padre -, exclamó tras mirarlo durante un par de incómodos minutos, para a continuación hacerme partícipe de una historia del todo curiosa.
Quetzalcóatl y su hermano Tezcatlipoca Negro son los responsables de las cuatro creaciones del mundo y de la actual según el pueblo azteca, las guerras entre la serpiente emplumada representando el bien y su hermano en el bando contrario terminaron cruelmente con la vida de todos los seres que en cada una de las creaciones habitaban la tierra.
Es precisamente una de estas luchas constantes y que siempre han mantenidos ambos dioses desde el principio de los tiempos, la que lleva a hacer caer en el pecado a Quetzalcóatl. Por ello, la batalla entre ambos dioses se ve transformada en una lucha moral. Después de pecar, el dios benefactor y bueno se ve obligado a abandonar la ciudad de Tula. Según explicaba Emiliano, los sacerdotes de Tezcatlipoca lo persiguen y lo avergüenzan por la falta que cometió. Así el dios sabio se ve obligado a abandonar la zona central del país y emigra hacia la costa del Golfo de México, donde hoy en día se encuentra el puerto de Veracruz.
Por eso, cuando después de muchos años los conquistadores llegaron a esa misma costa, los aztecas al ver esas naves y los hombres blancos y barbudos que iban en ellas, creyeron que se trataba del retorno de Quetzalcóatl, detalle que aprovechó Cortés para ganarse la confianza de esos inocentes indígenas y exterminarlos a todos cuando tuvo la oportunidad.
A media leyenda recibí una llamada de Hugo proponiéndome nuevos planes para el día siguiente. Entre paseos a lomos de una preciosa yegua, abandonos nocturnos al alcohol y la marihuana, decenas de visitas a los lugares más emblemáticos y tras bañarme en todas las playas de esta acogedora bahía, decidí con más pena que nunca finalizar mi etapa en Puerto Vallarta.
Me despedí de Hugo y de alguno de sus íntimos con la intención de volverlos a ver algún día y tras escuchar del bueno de Emiliano, su último intento por hacerme entender las diferencias entre sus zapotecas y los aztecas, abandoné con un nudo en el estómago y un sincero abrazo ese bonito pueblo que un día visité. |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|