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2ª parte Oaxaca

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cubata oaxaqueño

Zipolite (Oaxaca) | 0 comentarios.

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XPiM
19/10/2007


Tres meadas repartidas a lo largo de doce agónicas horas de curvas e insomnio amargaron mi impaciente espera, pisaba con ganas pero sin fuerzas el agrietado suelo de la estación de Puerto Ángel, cuando un desvelado taxista me asaltó, convirtiéndose en víctima de su propio orgullo al aceptar el resultado de la negociación de sus tarifas.  

Una paupérrima construcción elevada sobre un inseguro terreno fangoso se anunciaba como el único hotel que priorizaban mi necesidad a su descanso, un conjunto de más de cuarenta precarias habitaciones a medio construir que se habían convertido en el refugio de mendigos y prostitutas, fue el lugar donde la presión de esa fría madrugada me obligó a pernoctar, guardé mis escrúpulos en la mochila e intenté relajarme en el inquietante silencio de ese lúgubre hotel, hasta que los desesperados reproches de una amargada madre que no lograba convencer a su desganado retoño de la importancia del almuerzo, se convirtieron en mis primeros y últimos buenos días en ese lugar de mierda que algún desaprensivo edificó sin respetar la estética de ese precioso rincón del Pacífico.    

Puerto Ángel esconde la timidez y su riqueza tras una tranquila bahía protegida por enormes muros naturales, un pueblecito de pescadores fiel a la herencia de sus ancestros que no se han dejado seducir por las contradictorias ventajas del turismo. 

Este pueblo existe gracias a una pequeña comunidad de pescadores que se saben afortunados de habitar ese lugar, gentes humildes que presumen de la fidelidad que profesan a su tierra.  A pesar de encontrar en este lugar la excusa perfecta para olvidar quien soy, no fue suficiente para convencerme de pasar otra noche más ahí, ya no me conformaba sólo con encontrar paz y bellos parajes, ahora necesitaba nuevas emociones que presentía me estaban aguardando.  

Gracias a los desinteresados consejos del resignado taxista que se presentó la noche anterior supe de la existencia de la playa de Zipolite, que resultó ser la más enigmática de todo el litoral oaxaqueño, en este desconocido rincón del Pacífico encontré la vida tal y como había sido creada para mi, un paraíso hippy del que pocos europeos conocen su existencia.  “Lo Cósmico”  es el apropiado término con el que se bautizó a un ordenado conjunto de cabañas de madera y paja que se escondían bajo las altísimas palmeras que encerraba su oxidada verja.

Las habitaciones eran muy baratas por lo que no dudé en “detener el tiempo un instante”, varios desniveles dividían la única estancia que bajo un inclinado techo de paja se mostraba elegante a la par que exótica, exhibiendo a través de los enormes ventanales la mágica nitidez de un cielo y su océano, fundiéndose tras el verde intenso de unas palmeras que buscaban su espacio entre las idílicas cabañas que salpicaban esa fina y blanca arena.  

Un venenoso escorpión y una bolsita de maría fueron las dos sorpresas con las que mi nuevo hogar me recordaba las ventajas e inconvenientes de disfrutar del encanto de este paraíso. 

El inquietante escorpión sentenció su vida a muerte al momento de adelantarse al escondite que había destinado la custodia del dinero, intenté por las buenas razonar con el maldito alacrán pero se obcecó y me obligó a pedir refuerzos.  Benito, el conserje, camarero y sobrino del propietario fue el encargado de abandonar el sueño de medio día que la marihuana le produjo, para olvidar los principios de paz y amor que un día adoptó y esparcir las entrañas del desdichado animal de tres zapatillazos. 

En cuanto a la bolsa de maría que los anteriores inquilinos dejaron olvidada tuvo unas consecuencias bastante más gratas, tras cerciorarme de que el hallazgo estaba seco e infumable quise aparentar ser una persona honrada y se la entregué al polivalente encargado, quien agradeció el gesto con la promesa de premiar mi decencia con el fruto de su particular cosecha.     Inclinado sobre la barandilla que limitaba el inseguro balcón observé un misterioso sendero que se perdía en un bosque cercano, pero no fue hasta dar por concluida la tediosa plática con la que mi improvisado camello me torturó, que pude saciar mi curiosidad por conocer el motivo de su existencia.  Entre arañazos, picadas y torceduras atravesé los juncos y helechos que decoraban ese tortuoso camino borrado por el tiempo, hasta que en el momento menos pensado todo dejó de existir, el camino había desaparecido y con él su incómoda vegetación, abandoné la ingrata caricia de los afilados arbustos para dejarme abrazar por un cautivador infinito azul. 

El final de ese tortuoso paseo se materializó sobre un saliente que coronaba la enorme pared rocosa que se defendía solitaria y valerosa de las embestidas de un agresivo océano.  El respeto por la libertad, mi intimidad y su belleza consiguieron conquistarme el alma, cuando los lejanos quejidos de una torpe argentina me despertaron de mi fantasía, delatando el accidente del que la fortuna me quiso hacer testigo.  Una asustada cuarentona se retorcía en el suelo a causa del estúpido error de no acertar la roca en la que apoyar su peso, la sobrecogedora rotura de su tibia fue la consecuencia de su mala elección.  Apoyaba la cabeza sobre las trémulas piernas de su impotente marido, mientras se dejaba acariciar en un vano intento por minimizar su insufrible padecer.

La imprudencia de estos argentinos se convirtió en pánico al verse atrapados entre las rocas a pocos metros de finalizar el estúpido descenso que se habían propuesto, en contra de mi voluntad e ignorando los consejos que el sentido común me ofrecía decidí enfrentarme a esa escarpada montaña para ofrecer mi ayuda a la desdichada pareja, pero no fue necesaria ya que habían encomendado esa misión a un amigo que los acompañaba. Por lo que convertí mi estéril descenso en la compañía que nunca supe si necesitaban.

En un momento de ingenua lucidez, la malograda argentina nos intentó convencer de que el motivo de esa exagerada demora en su auxilio se debía a la dificultad de su rescate, apostando por el transporte aéreo como única manera de huir de esa pesadilla.  Admiraba su bendita inocencia mientras combatía la tentación de recordarle dónde nos encontrábamos, pero no sería yo quien malograse el invisible hilo de esperanza que mantenía con vida la moral de esa pobre desgraciada.  Poco después, a varios metros sobre nuestras cabezas apareció el desaparecido amigo con quien resultó ser el encargado del hotel donde se hospedaban.

Cargaban con una insegura camilla que hacía del todo imposible el ascenso de la desesperada mujer, sólo existía una opción y estaba seguro de que no se atreverían a intentarlo, por lo que me impuse un segundo plano y esperé a que se percatasen de que tendría que ser ella quien escalase los quince metros de escarpada roca que la separaban del camino.  

El dolor cada vez era más fuerte y los segundos se hacían eternos sin que fuésemos capaces de encontrar una solución, hasta que la desesperación del marido lo llevó a arriesgar sus vidas cargándola a su espalda en contra de la voluntad de su asustada compañera.  Entre el amigo, el encargado y yo la acoplamos a lomos de su inconsciente marido, que sin pensarlo comenzó el agónico ascenso.  

Cada metro se convertía en un suplicio interminable para la pareja, el perdía sus fuerzas a cada paso, mientras ella parecía perder por segundos el conocimiento quedándose a merced de la gravedad, pero en contra de todos los pronósticos consiguieron su objetivo, mientras que el resto de la expedición aplaudíamos emocionados a pocos metros de la exhausta pareja.   Se despidieron con un sincero abrazo mientras agradecían una y otra vez una ayuda que me hubiese sido imposible negar.  El punto y final de esa dolorosa experiencia lo marcó la ambulancia que con su llegada separó para siempre nuestros destinos.  

Encontré en el suave balanceo de mi fiel hamaca la excusa perfecta para destensar mi mente, fueron momentos muy incómodos para todos, pero los recordaba con el orgullo de haber colaborado en el asesinato de las perdices con las que celebraron el desenlace de su estúpida aventura.  Hasta que alguien llamó a la puerta arrancándome cruelmente de ese breve instante de dulce egolatría.

- Pruébela compadre y al rato me cuenta -

La oportuna sección de economía de un periódico local, no lograba disimular el tentador aroma que desprendían tras innumerables pliegues, la media docena de cogollos que escondía.  No quise mirar el dentado de tan apetecible regalo, pero no pude desaprovechar ese momento de aparente camaradería para hacerle conocedor de la esterilidad de su presente sin el lote que lo completa, por lo que con poca vergüenza y menos paciencia reclamé el papel, el encendedor y la cerveza que darían forma a su ofrenda, permitiendo a  mi exótica realidad bailar esa danza sin sentido con el balanceo de mis fantasías.  

Los primeros rayos de esa espléndida mañana recordaron mi artificial descanso al estrellarse sin compasión contra mi dolorida cabeza, me deshice del abrazo de esa traicionera hamaca con la intención de mejorar el comienzo de ese día en una lujuriosa playa colonizada por media docena de excitantes oaxaqueñas, que mostraban la exótica belleza de sus cuerpos desnudos en el único lugar del país que se les permitía. 

El único inconveniente a tal idílica postal fue el considerable número de desproporcionados lugareños que consiguieron ridiculizar mis estandarizados accesorios, convenciéndome de luchar contra el sofocante calor en la playa que a cincuenta metros destinaban a los acomplejados más decentes, hasta que mil olas más tarde encontré en la plática de un alcohólico mesero la excusa perfecta para seguir sin hacer nada.  

Zipolite se ha convertido en el último gran paraíso hippy y no sólo por sus drogas o sus playas nudistas, sus eternos anocheceres hacen de la fina arena un grueso manto rojizo, sobre el que disfrutar de las más apoteósicas despedidas de un presumido sol, que se desintegra en el océano ante la atenta mirada de cientos de fumados vividores adictos a esa fantasía.  Unos  paseaban sobre la arena, otros reían en el agua, algunos estaban en silencio mientras los más románticos conversaban sin palabras, habían pequeños grupos y otros estábamos solos, era el momento que todos esperaban y pudimos disfrutar de mil maneras diferentes la personalidad de esta singular bahía.  

No pude despreciar la media docena de tacos con los que el afable mesero olvidó su sumisión alcohólica para invitarme a cenar, comí sin hambre bajo la curiosa mirada de un millón de estrellas que no disimularon su indiscreta presencia, hasta que una hora más tarde regresé a la cabaña donde repetiría el ritual de la noche anterior. 

En esta ocasión logré desincrustarme de la hamaca antes de sumirme en mi inconsciencia.  Una serie de mosquiteras emparedaban el viejo colchón, pero en contra del noble cometido con el que algún sacrificado aldeano decidió diseñarla, se había convertido en una especie de trampa infernal, pues ni el más estúpido de todos los bichos que cohabitaban conmigo encontró dificultad en traspasar el velo, pero ni uno sólo sabía salir.  A pesar de mi ingrata compañía conseguí hacerme una hueco en el colchón e intenté estérilmente ignorar mi infiel soledad. 

Había conseguido rozar ese dulce instante en el que la mente se desentiende de la carne, cuando el indiscreto sonido del viento al colarse entre las secas hojas de palma, se convirtió en una tediosa melodía que terminó resultando del todo insoportable.  Un arrebato de impaciencia me hizo incorporarme con la intención de minimizar el inquietante sonido, encendí la luz como paso previo a cerrar unas persianas que nunca se cerraron.  El viento, que peligrosa puede llegar a ser la inocencia.  Mi intimidad había sido violada por un indisciplinado ejercito de ratas invasoras, estaban por todas partes, de vez en cuando alguna se despistaba precipitándose desde el tejado con un desagradable golpe seco, otras competían por las paredes como en una carrera de obstáculos y las más valientes me contemplaban curiosas a pocos metros del colchón.  

La inaceptable plaga que unas horas antes había abusado de mi cobardía, se convirtió en forma de reproche en los primeros buenos días que dediqué a mi nuevo casero.  El hombre me escuchó paciente, me deseo buenos días y con una amable sonrisa me recordó donde nos encontrábamos, aseguró que habían probado mil maneras para acabar con ellas, pero no se podía hacer nada para impedir sus paseos nocturnos.  

- No se me acobarde compadre, apenas son ratones chiquitos.

No se le comerán wey.  

En esos momentos emergía un irreprimible desprecio por Benito y su estúpida sonrisa, pero me resigné a entender todo esto como parte del embrujo de ese casi idílico lugar, aunque no pude evitar el despedirme matizando que quizás los ratones se quedaron en su casa, pero a mí me amargaron la noche unas repugnantes ratas gigantes.  Decidí olvidar mi estéril conversación con un terapéutico paseo por los más de dos kilómetros de fina arena, que me separaban de un pequeño pueblo en el que podría rentar la computadora con la que dar envidia a quien me dedicase unos minutos. 

Unas pequeñas lagunas de agua dulce marcaban el lugar exacto en el que debía de abandonar la arena por un discreto sendero que delataba a pocos metros la sencillez de ese tímido pueblo perdido en la selva. 

Salvo una docena de incrédulos aldeanos extrañados por mi intromisión, no encontré nada que me llamase especialmente la atención, por lo que opté por dirigirme a una pequeña casucha de barro y paja en la que un carcomido cartel rezaba el motivo de mi presencia. 

Dediqué una importante fracción de tarde a contemplar como una chica vestida con un erótico pareo azul, insinuaba su desnudez ante la furia de un océano que rompía a pocos metros del lugar que escogió para soñar, ella en el firmamento y yo en sus pechos nos dejamos envolver por el embrujo de ese mágico instante parado en el tiempo, hasta que millones de partículas esparcidas por el aire me envolvieron el alma con el nostálgico aroma de unas pizzas cociéndose en el horno de algún restaurante cercano, dejando a la melancólica exhibicionista sobre su pedestal de arena al momento de localizar la fonda donde cenaría.  Pedí una pizza de marisco decorada por irreconocibles cadáveres cubiertos por una ordinaria capa de queso fundido, me atendieron sobre una gruesa mesa de madera en la que descansaban varias velas que unían su acogedora luz a las decenas de antorchas que limitaban esa terraza hecha para soñar.  

Me permití disfrutar tres días y medio más del encanto de Zipolite antes de ponerme de nuevo en marcha, esta vez con destino a Mazunte, otra acogedora playa en la que pude rentar una pequeña cabaña que escondía su belleza entre el verde bosque que la cobijaba, ausentándome durante tres románticas y solitarias noches de una realidad que pacientemente me aguardaba.  Los minutos pasan lentos cuando vives un sueño, acortaba el paso intentando en vano alargar ese momento, aprendiendo a ignorar las huellas y escuchar el silencio para hacer ese momento perfecto. 

Entre los gigantescos helechos, trepando palmeras o escalando peligrosos barrancos lograba encontrar mi lugar en este mundo, bajo un cielo que cambiaba del naranja al rojo a medida que el sol se escondía tras ese océano que reventaba acompasado a los pies de algún acantilado.  Pero todo tiene su fin aunque parezca no haber empezado, así que hice del presente un recuerdo y con la nostalgia del adiós decidí llorar mis penas en Huatulco.   

Infinidad de pequeñas calas repartidas a lo largo de una treintena de kilómetros, marcaban el final de una espesa selva tropical que delataba la exótica personalidad de este moderno pueblo oaxaqueño. 

Bahías de Huatulco se convirtió en la década de los sesenta en una de los lugares escogidos por el FONATUR (agencia mexicana para el desarrollo turístico) para crear un complejo de nivel internacional que pudiese competir contra el monopolio de Acapulco, Cancún o Vallarta, pero su difícil acceso impidió un ambicioso proyecto que ofrecía una capacidad anual de más de dos millones de visitas, sin dejar de respetar en ningún momento las más de veinte mil hectáreas que forman su reserva ecológica.  

“Tarzán” es como se bautizó al insulso hostal donde renté un pequeño cuarto, media hora de plática, cuarenta pesos y un pacto de fidelidad a su cocina fueron necesarios para que el agobiante anciano regente del negocio se percatase de su innecesaria presencia.  Empezaba a oscurecer cuando salí a cenar, opté por una original oferta culinaria en la que obsequiaban con una cerveza por cada tres tacos que fuese capaz de engullir.  Dos horas más tarde intentaba trazar una imaginaria línea recta sin ningún destino, que disimulase el exceso etílico que la desproporcionada ingestión de tacos me produjo, cuando unos sugerentes fanales encarnados poseyeron mi voluntad, haciendo de la cantina que escondían un discreto refugio donde disimular mi imprudencia.  

De las nueve bahías que siguen siendo tranquilas y no concurridas en exceso, tres cuentan ya con elegantes complejos hoteleros, campos de golf e instalaciones para deportes náuticos, por lo que decidí dedicar mi visita a las otras seis.

Sin apenas tiempo y con menos dinero me vi obligados a abandonar este lugar antes de lo que me hubiese gustado a favor del estado que más ilusión tenía en conocer …  Chiapas!  
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Ultimos comentarios:

SofiaRJaca dijo:

Ahhhh Dios! tan buena que es el agua de Coco! jajaja adoro las fotografias, la uuunica que no me gusta es la del escorpión!!!! las tomas del atardecer estan increibles!

domingo, 21 de octubre de 2007, a las 09.38

juancho33 dijo:

Xavier, fantastic, no me importaria que alguna vez seas mi compañero de viaje.

sábado, 27 de octubre de 2007, a las 10.10

Mia73 dijo:

Casi puedo sentir esa brisa en Zipolite, muy descriptivo. En cuanto pueda continúo con Chiapas. Me encantó la foto de las velas al atardecer.

lunes, 29 de octubre de 2007, a las 11.05

XPiM dijo:

Un saludo amigos. Sofia si no te gustó la foto imagina encontrarte al animalito este a diez centímetros de la cama. Juancho aunque yo ahora vivo en Tarragona, somos casi vecinos, los dos somos de Barcelona y quién sabe si algún día compartiremos alguna de estas aventuras y Mia el día que sientas en tu piel esa brisa y veas ese anochecer (con o sin velas) te quedarás igual de emocionada que me quedé yo. Gracias a todos por vuestros comentarios.

sábado, 10 de noviembre de 2007, a las 07.49

laguanabana dijo:

Estar trepado en la hamaca y dejarte llevar por la brisa y mas con el cielo, la birsa y el mar...........ya me quede sin palabras de solo imaginarme alla......y es que es tan lindo.....tu si que escarbaste mexico......

miércoles, 14 de noviembre de 2007, a las 22.42

iinguz dijo:

Vaya fotos!! , en especial la de las velas , del setecientos dirian los oaxaqueños . Te felicito nuevamente XPiM, Extraordianrio diario.

martes, 4 de diciembre de 2007, a las 09.19

Jarochon dijo:

WOW! yo tambien he estado ahi.......y leyendo tu diario quiero volver...te felicito guey, esta padrisimo. deberias escrivbir un libro de anecdotas de viajes...... eres muy bueno para eso compa!

martes, 18 de diciembre de 2007, a las 13.09

luc_osorio dijo:

Quien conoce Zipolite, sabe que aun sin maria, este incita a divagar, a perderse en su silencio y sus noches estrelladas...Amor y Paz Viajero!!!!! Excelente diario. Saludos desde Villahermosa

martes, 18 de marzo de 2008, a las 14.32

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