SABADO 11 DE AGOSTO… …
6º DIA
LAS CUEVAS DE HIELO
Nuestra ruta de hoy nos llevaría hasta Werfen, para visitar uno de aquellos lugares calificados como únicos: Las cuevas de hielo de Eisrisenwelt. Tomamos dirección hacia Salzburgo para enlazar después con la A10 que nos llevaría hasta Werfen. A unos 40 kilómetros al sur de Salzburgo, se haya este auténtico mundo de hielo, de fama mundial, aunque nosotros nos enteramos de su existencia al preparar el viaje. El camino hacía las cuevas es como una carrera de obstáculos. Al llegar a Werfen hay que tomar un desvio y subir por una carretera de montaña de unos 8 kilómetros con unas vistas espectaculares sobre todo el valle de Salzach. Tras llegar al aparcamiento, hay que caminar unos 15 minutos hasta el teleférico. Hacer cola, aunque nosotros como llegamos muy temprano, apenas hicimos 5 minutos de espera.
El teleférico salva un desnivel de 500 metros. Al final de este viaje, hay que hacer unos 20 minutos más de travesía, cuesta arriba, hasta la entrada a la cueva, a 1640 metros de altitud. Superados todos estos “obstáculos”, quedaba uno más. Hacer cola en la entrada. Según indicaban los carteles, cada 30 minutos entraba un grupo, aunqué en días de masificación, este tiempo se recorta hasta los 10 minutos.
La entrada a la gruta vale 17 euros por cabeza. ¿Caro?, todo depende de las expectativas de cada uno. La visita se hace con un guía, de una hora y cuarto de duración más o menos. Antes de entrar, nos dieron una especie de lamparita de gas, de acetileno, para iluminarnos dentro de la oscuridad del hielo. Un consejo: hay que abrigarse, y mucho. Nada más cruzar la puerta, una racha de viento helado, te deja, propiamente dicho, helado. La temperatura interior desciende hasta los cero grados, y es frecuente que las luces que uno lleva, se apaguen por las distintas corrientes de aire que hay en el interior. En algunos lugares, las ráfagas de viento llegan a alcanzar los 100 kilómetros por hora. En invierno la temperatura suele llegar a los 15 grados bajo cero. Después de cruzar la entrada, y de volver a encender mi luz, que como no, se había apagado, nos dispusimos a subir los más de 700 escalones que hay para subir.
Nuestro guía, se iba parando en algunos lugares ya preparados, y encendía un cable de magnesio, que proporcionaba la luz necesaria y de justa duración, para poder admirar las formas caprichosas que el hielo, a través de cientos de años, iba formando. Lógicamente las fotos estaban prohibidas. Las cuevas de hielo de Eisrisenwelt, pasan por ser las más grandes de Europa, con más de 42 kilómetros de longitud, de los cuales tan solo se visitan unos dos. El espectáculo de las estalactitas, cascadas, glaciares y cortinas de hielo, es precioso.
Las formas caprichosas de los hielos, han servido para que algunas construcciones sean bautizadas como “Palacio de los Gigantes”, “Reino de Hielo” o “La Catedral”. Todo el grupo en fila india, íbamos subiendo los escalones, intentando no resbalar con el suelo mojado y evitando que nuestra lámpara no quemara al que teníamos delante. Una barandilla servia como punto de apoyo momentáneo en algunos momentos. Y cada vez que nuestro guía nos proporcionaba algo de luz, las voces de asombro salían de nuestras gargantas. Hay lugares en la cueva que parece que sean imposibles que tengan ese aspecto. El hielo recrea formas oníricas, surrealistas, imposibles….pero reales.
Las figuras de hielo no son fijas. Cada año, y debido a las temperaturas veraniegas, algunas de estas figuras se deforman, pierden parte de su volumen, y al llegar los fríos del invierno, vuelven a crecer, y a formar nuevas formas. Al final del recorrido, se llega a una tumba, donde están las cenizas de un famoso descubridor de cuevas austriaco, que pidió que sus restos permanecieran para siempre en su cueva favorita.
Encima de nuestras cabezas, teníamos 400 metros de piedra. Después de visitar este pequeño altar, y de atender una vez más las explicaciones de nuestro guía, emprendimos los 700 peldaños de bajada y regreso. Habíamos estado en unas cuevas de más de 55 millones de antigüedad. La hilera de luces de los grupos que empezaban la visita, se alternaban con las sombras fantasmagóricas de las formas de hielo. Al salir de la cueva, la cola para entrar, era inmensa. Y una vez más nos felicitamos de haber madrugado y entrar de los primeros a la gruta de hielo.
Llovía. Y una espesa niebla, ocultaba todo el camino que debíamos de hacer hasta el teleférico. El precioso valle verde, que unos minutos antes se nos mostraba, estaba ahora oculto, por un manto húmedo de color grisáceo.
En el teleférico no tuvimos que hacer cola para bajar, y al llegar abajo, vimos que la cola para subir, era también inmensa, tanto como la que había para entrar a las cuevas. Doble suerte.
Con el coche, nos detuvimos en la carretera, para observar la silueta majestuosa del castillo de Hohenwwerfen, con unos jardines que desde lejos se atinaban preciosos. Podíamos haber decidido visitar este castillo, pero ya teníamos bastante con los dos que vimos ayer.
Desde Werfen, nos fuimos hacia Golling. Hacia las Cascadas de Golling Golling está cerca de Salzburgo, en la misma carretera que horas antes habiamos hecho. Las cascadas se encuentran dentro de un parque natural, al cual se accede previo pago de 2 euros y medio por cabeza. Tras aparcar el coche en el pueblo, nos fuimos caminando hacia las cascadas que distan a pocos metros de distancia. Un taquillero con aires bohemios y que no entendía ni jota de ingles, nos cobró la entrada. La subida es por un camino mitad de peldaños, mitad de camino. Hay dos lugares de observación de la cascada, siendo el primero el mejor, pues la vista y la sensación es inmejorable. El punto más alto es de difícil acceso y además no se tiene tan buena perspectiva como en el anterior.
Después del paseo por el bosque, tocaba descansar y comer algo. El pueblo de Golling no es que tuviera mucha oferta gastronómica, aun así encontramos un hotel donde cómodamente sentados en su terraza, devoramos unas tartas y unos cafés. La lluvia volvió a hacer acto de presencia mientras nos dirigíamos hacia Königssee.
En alguna guía de viajes, decia que la población de Königssee, pasaba por ser una de las ciudades medievales más bonitas de toda Austria, aunque a mi parecer, era tan solo una aglomeración de tiendas turísticas, en unos edificios más o menos arreglados. Había visto lugares en Austria “más auténticos”, y Königssee, aun siendo agradable de pasear en ella, no era la mejor ciudad. No obstante merece la pena detenerse en ella, unos instantes. Hay que dejar el coche en un parking, de 3 euros de pago, a las afueras de la población, y luego dirigirse hacia el centro del pueblo, y sobre todo hacia el lago del mismo nombre que la ciudad.
Al final de la única calle de la ciudad, y después de rebasar varias tiendas de souvenirs, hay un embarcadero, para poder realizar la visita al lago. Los alrededores del muelle, es quizás el lugar más bonito de todo el pueblo. Hay dos tipos de crucero. Uno que únicamente da una vuelta por todo el lago, que sinceramente es precioso, y otro que se queda a medio camino y se detiene en la Iglesia de ST. Barttholomä. A esta iglesia, únicamente se puede llegar por el lago, no existiendo, a priori otra manera de llegar a ella. Y como a la tarde le quedaban pocas horas de vida, emprendimos el crucero por el lago con visita de la iglesia incluida. El trayecto, 11.50 euros por cabeza.
Una chica que hablaba perfectamente castellano, nos indicó a que barco dirigirnos. Una pequeña golondrina de bancos de madera, y con infinitud de horas de travesía, nos esperaba. Éramos unas 20 personas, la mayoría alemanes o austriacos y una guía, que hacia las explicaciones únicamente en alemán.
El paisaje del lago, era de ensueño. Parecíamos que estuvieramos navegando sobre un manto cristalino, donde el color verde de las montañas que envolvían las aguas, eran como un perfecto adorno al paisaje. Precioso, embriagador, idílico, etc. etc. Entendí porque el lago Königssee, uno de los más visitados de Austria. En un momento dado, casi a mitad de la travesía, el barco se detuvo y nuestro guía saco una trompeta. Se acerco a la cubierta y empezó a tocar unas notas, deteniéndose poco después. Quería que comprobáramos el extraordinario eco, el casi mágico eco del lugar.
Parecía que otro trompetista estuviese repitiendo las notas en unos metros de distancia. La acústica era sensacional, difícil de explicar si no se oye. Después del mini concierto, aplausos y recogida de propina, claro está. En unos minutos más, la silueta de la Iglesia empezó a hacerse visible, y en otros pocos minutos, llegamos a tierra firme. La visita a la Iglesia, se hace corta. Una pequeña, muy pequeña iglesia de color blanco, con el techo de color granate y dos torres coronadas por dos cúpulas acebolladas del mismo color que el techo, nos esperaba. La Iglesia tiene únicamente una sola nave, de no más de 20 metros de largo y con una sola imagen. Al lado de la Iglesia una tienda de recuerdos y un restaurante. Un lindo paseo alrededor del lago, rodeando la Iglesia y contemplar el paisaje montañoso, es lo único que puede hacerse. Las aguas, limpias, claras, transparentes, como un inmenso cristal que invitaba a bañarse.
Pasados 20 minutos ya estábamos de vuelta hacia Königssee. Empezaba de nuevo a llover.
Nos dirigimos ahora hacia Berchtesgaden. En este lugar, Hitler se hizo construir en lo alto de la montaña Obersalzberg que domina la ciudad, su refugio de montaña, conocido como el Nido de Águila.
Aparcamos el coche y nos dirigimos hacía el centro de la ciudad. Berchtesgaden, es una delicia. No hay que perderse su iglesia, ni sus calles peatonales, ni mucho menos sus bellos murales, recreando un pasado no muy lejano. Además, daba la impresión de que hubiesen sido las fiestas del lugar, pues las calles estaban engalanadas con banderines de colores. Numerosas casas particulares, así como algunos restaurantes, tenían sus fachadas pintadas con murales preciosos. Jardines con flores bien cuidadas, salpicaban las calles, rompiendo el color gris del asfalto con colores rosados y malvas.
Berchtesgaden, es uno de aquellos lugares, por el que no pararías de pasear, y pasear, y contemplar fachadas, y sentarse en un banco viendo, tranquilamente, la vida pasar. En la Marketplatz 22, cenamos en un restaurante llamado Gasthaus Bier Adam, donde las camareras iban vestidas con trajes típicos del lugar. Estábamos en Alemania, y tocaba probar de nuevo delicias germanas. Sentados en una terraza, al resguardo de la fina lluvia que seguía cayendo, tómanos una de las mejores cenas de todo el viaje. Y eso que todas fueron deliciosas. Después de la cena, regresamos a nuestra casa. La lluvia era más intensa ahora, y el último trozo de carretera, se me hizo eterno. Habiamos alternado el día entre Austria y Alemania. Mañana visitaríamos un parque natural único, con una carretera exclusiva, desde donde podríamos desviarnos hacia Eslovenia o Italia. Pero eso seria mañana.
DOMINGO 12 DE AGOSTO… …
7º DIA
NATURALEZA PURA
El último día por las tierras austriacas, lo íbamos a dedicar a una sobredosis de naturaleza en todas sus múltiples facetas.
Como casi todos los días, pasados unos minutos de las 8 y media, salimos de nuestra casa, esta vez en dirección al Parque Nacional Hohe Tauern. El camino era largo, pues el parque estaba en el extremo suroeste de Austria, bajo los pies del Tirol, y cerca de la frontera italiana y eslovena.
Teníamos varias opciones para empezar el día, y decidimos ir primero hacia la localidad de Zell am See y preguntar en su oficina de turismo cuales eran las mejores opciones para aprovechar lo más posible nuestro último día en Austria. Con los buenos consejos de la oficina y con un plano del lugar, decidimos dirigirnos hacia Uttendorf, y allí tomar una carretera llena de curvas y bastante estrecha que te llevaba a los pies de un funicular, en Enznigerboden, a 1480 metros ya de altitud. Este funicular tenía dos trayectos; uno más corto que te dejaba a los pies del Grünsee, a 1740 metros de altitud, y otro más largo que te subía hasta los 2300. El premio eran unas espectaculares vistas de los Alpes, de nieve, de algún glaciar y de lagos envueltos entre montañas.
Antes de decidir que trayecto de subida hacíamos, preguntamos por la visibilidad en la cuota más alta, y la chica que vendía los tickets, nos aseguró que aunque había algo de nubes, no había niebla y la visibilidad era bastante buena. Y tras pagar 21 euros por cabeza, nos subimos al primer teleférico. En una especia de góndola, y después de un trayecto de unos 10 minutos, llegamos a la primera parada. El paisaje que vimos mientras subíamos era precioso. Los árboles nos iban acompañando en el trayecto, como envolviéndonos con sus ramas, que alguna vez llegamos a rozar. Poco a poco el paisaje se fue haciendo menos denso, y la silueta de un lago con su correspondiente presa empezó a mostrarse ante nosotros.
Descendimos de la góndola, y caminamos un poco por la explanada de esta estación intermedia, en la que había un área para juegos infantiles, un alberge, cafetería y sobre todo muchos caminos para caminar y perderse.
Había que abrigarse, pues soplaba un poco de viento. Tras unos minutos de calma, nos fuimos hacia el segundo teleférico que nos tenía que subir hasta los 2300 metros. Este trayecto se hacia en un tele silla, en el cual apenas había nadie. Montarse en un chisme de esos si no se ha hecho nunca, es algo complicado. Algún golpe es fácil de llevarse. Encarna y Carmen fueron las dos juntas en uno y yo solo en otro. La sensación que se tiene, subiendo en un tele silla, prácticamente solo, con los pies colgando y observando el paisaje agreste a mí alrededor es impresionante.
Los nubes iban empezando a tapar las cimas de los montes más altos del alrededor, proporcionando unas imágenes dignas de la mejor fotografía. Lagos, restos de las últimas nieves de la temporada, frío, piedras y sensación de solitud, de tranquilidad. En la cima, se podían hacer también algunas caminatas para llegar a pie a la cima de algún monte cercano. Sentados en medio de aquel paisaje, llegamos a escuchar el silencio. Después de tanta paz, emprendimos el camino de regreso, deleitándonos de unas imágenes espectaculares. Al subir, tan solo veíamos la cumbre a la que debíamos llegar. Al bajar, todo el paisaje quedaba frente a nosotros. Mis retinas no me daban descanso para albergar todas las imágenes que quería guardar en mi memoria.
Al llegar al aparcamiento, a los pies mismo de la carretera que lleva al Tirol, emprendimos a pie el camino hacia las maravillosas cascadas de Krimmler. Las cascadas de Krimmler, de 380 metros de altura, pasan por ser las más grandes de toda Europa. Y aunque se pueden observar al llegar desde la carretera, hay varios aparcamientos para coches y autobuses, un museo del mundo del agua con pases de documentales incluido y una cafetería restaurante llena hasta la bandera.
Si se quiere acceder al camino que lleva a las cascadas, hay que abonar 1.80 euros por cabeza. Esta entrada, sirve teóricamente para mantener el parque. Hay dos caminos para observar la cascada. Uno, el corto, desde el lugar más bajo, observando como el agua cae desde la altura y salpica a todo bicho viviente que esté a menos de 50 metros. El ruido del agua, al caer es ensordecedor y embrujante a la vez. Hay otro camino de unos 40 minutos que montaña arriba te lleva hasta el lugar donde empieza la caída. Nos quedamos con el camino corto, acercándonos al río que se forma en la caída, y mojándonos bastante en el intento de captar las mejores imágenes del agua al chocar contra el suelo. Merece la pena visitarlas. Varios grupos de excursionistas, realizan caminatas por los alrededores.
Eran casi las cuatro de la tarde, cuando nos fuimos de las cascadas para dirigirnos a un lugar de los denominados únicos. Por el parque nacional de Hohe Tauern, no se puede circular en coche. Es un parque protegido. El único lugar, en que el coche está permitido es en la carretera del Grobglockner. Para circular por esta carretera hay que pagar. Un peaje a la entrada nos cobró 28 euros para entrar. Hay un horario de cierre de la carretera, por lo cual es importante controlar los tiempos pues a partir de las 21.30 horas en verano, la carretera se cierra.
A los que nos gusta conducir, el circular por esta carretera es poco menos que un premio, una delicia de curvas cerradas, paisajes espectaculares y sensación de estar protagonizando uno de aquellos anuncios de coches en que se pregunta, ¿te gusta conducir?
La espectacular carretera de 48 kilómetros, con 36 curvas cerradas, en forma de U, fue un prodigio de la construcción en su tiempo, ganando espacio para la carretera, donde no había suelo, e integrando una carretera de alta montaña en un paisaje único. En varios lugares de la carretera, hay puntos de observación de los paisajes, de las montañas, de alguna cabra que se pueda cruzar en el camino, e incluso de marmotas. Para entender esta carretera, y este paisaje, hay que saber que fue construida en el 1935, estando considerada un monumento nacional. En el punto más alto, se llega a los 3000 metros de altura.
La carretera termina en el lugar llamado Kaiser Franz-Josefs-Hohe. Un punto de observación, donde también hay un parking gratuito para dejar el coche. Tienda de recuerdos, centro de visitantes con exposiciones del parque y una cafetería que a estas horas de la tarde, casi las siete, estaba ya cerrada.
Desde el privilegiado punto de observación, se podía observar el glaciar Pasterze, uno de los más largos de toda Austria, aunque en estos momentos su dimensión, había menguado bastante. Varios paneles informativos nos muestran la evolución del glaciar, su anterior esplendor, y su actual estado bastante delicado, por culpa del famoso cambio climático. Desde el centro de visitantes, se pueden hacer excursiones por los alrededores, e incluso hay la posibilidad de acercarse al mismo pie del glaciar.
Nos quedamos un buen rato en este punto, observando el paisaje y leyendo toda la información que los paneles nos informaban.
Cuando nuestra curiosidad estuvo saciada, volvimos a hacer los 48 kilómetros de curvas hacia la salida. Por esta carretera, hay desvíos que te llevan a Italia o Eslovenia. Nuestra última cena austriaca, decidimos que sería en la ciudad medieval de Zell am See, situada a los pies de la montaña Schmittenhöhe. A la ciudad de Zell am See, la bordea el lago Zeller. Caminamos un rato por la ciudad, sorprendiéndonos la gran cantidad de mujeres de origen árabe que vimos por la calle. Zell am See, tiene varios edificios de interés, como la Iglesia de St. Hippolyt a la que no pudimos acceder, el ayuntamiento y la fuente de la ciudad, con una escultura muy bonita.
Cenamos en el hotel Gasthof, en el centro mismo de la ciudad, después de decidirnos entre la variada oferta gastronómica. La cena, como todas las de este viaje, fue deliciosa. La gastronomía austriaca nos gustó. Regresamos a nuestra casa, a hacer las maletas, cerrar los recuerdos y empezar a despedirnos de un lugar, que me dió más de lo que esperaba.
LUNES 13 DE AGOSTO ... ...
8º DIA ... ...
BAD ISCHL-MUNICH-BARCELONA
EL REGRESO.
Después de turnarnos para ducha y aseo, y con las maletas ya preparadas, bajamos a desayunar. Nuestro último desayuno. Irene nos hizo una foto, pues decía que la guardaba para su álbum de fotos, y nos comentó que por Navidad, nos mandaría una felicitación. Bajamos las maletas, y saludé a una pareja de valencianos que habían llegado la noche anterior.
Después de hacer algunas fotos a la casa y a Irene con nosotros, nos despedimos de nuestra casita rural austriaca. En poco más de hora y media llegamos a Munich. Teníamos perfectamente planeada la mañana y como disfrutar de las pocas horas que nos quedaban antes de partir. Hicimos las compras de rigor: jarras de cerveza y salchichas de varios tipos. Y después a comer. Nos fuimos a una de las cervecerías de más renombre y más populares de Munich. La Hofbräuhaus, la misma donde estuvimos el primer día de paso. Las camareras vestidas con el traje típico llevan hasta 3 jarras de cerveza de litro en cada mano.
El local gigantesco, esta siempre lleno de gente, sobre todo de turistas. Pedimos diferentes tipos de salchichas y bebimos cerveza. A las 12 del mediodía, una pequeña orquesta tocaba melodías populares acompañados del picar de palmas de los presentes. Había que levantarse y brindar, y chillar, y dejarse contagiar del ambiente. Algunas camareras se pasean con cestas llenas de roscas. Si uno lo desea, puede adquirir a la salida, las jarras típicas del lugar. Estábamos comiendo y bebiendo cerveza a las 12 del mediodía. s.f..Que largo se haría el día.
Salimos de Munich para ir hacia el aeropuerto. Tenía que devolver el coche con el depósito lleno y no encontraba ninguna gasolinera. Menos mal que en el aeropuerto encontré una. Devolvimos el coche sin problemas, y a facturar las maletas. Me quedé impresionado de la perfecta organización de todo el lugar. Todo súper bien indicado; por donde devolver el coche, personas que te reciben cuando llegas, pasean un escáner portátil por un código de barras de una pegatina del coche, mientras otro lo examina; todo controlado. Y en el aeropuerto igual. Creo que deberíamos aprender aún mucho de algunas partes de Europa. Tuvimos tiempo suficiente para tomar un café gratis y ojear la prensa europea antes de embarcar. Unos minutos de retraso en despegar, y adiós Munich, Baviera y Austria.
En Barcelona, nuestra amiga ya nos estaba esperando. Las maletas puntuales y en pocos minutos llegamos a nuestra casa.
Austria me había sorprendido gratamente. Y eso que fue un viaje que salió casi por sorpresa, sin mucha planificación, ni ideas preconcebidas. Acababa de regresar, y ya estaba pensando en cuando volver a conocer el resto del país.
Cuando miro las fotos del viaje, tan solo veo belleza. La misma belleza que observo de Encarna todas las mañanas cuando me da los buenos días. |
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