Eran las seis de la mañana cuando levantamos nuestros morrales y partimos hacia Mindo, dos horas de viaje entre bromas y planificación para pasar un fin de semana de lujo.
Al llegar nos encontramos con Doña María, soplaba el carbón para preparar los deliciosos platanos asados, al sentarnos a desayunar nos platico que llego a Mindo hace 30 años con José quien hoy es su marido, "nos venimos de Quevedo porque mis papás no nos dejaba estar juntos". Acordamos desayunar al otro día dode Doña María.
Enseguida decidimos empezar nuestra aventura y nos fuimos hacia la Molienda de don Juan Quiroga, la única que tiene molino de agua. Don Juan nos recibió con mucha alegría, nos llevo hacia el cañaveral y participamos con los obreros de la zafra; regresamos con algunas cañas y pusimos en marcha la molienda.
Don Juan saco unos vasitos y nos deleitamos con el sabroso jugo de caña; también guardamos un poquito para mezclarlo con licor y saborearlo en la noche.
Al partir de la molienda cruzamos el bagazo (desecho de la caña molida) encima de ella, un sapo de aproximadamente 20 cm. de longitud. Nos fascino la manera de mirarnos del animal, mil y una piruetas realizamos para poder atraparlo pero no lo conseguimos.
Cerca del medio día salimos de la molienda nos dirigimos a almorzar en el pueblo y luego sí, camino a la cascada.
Hora y media de camino y llegamos, un poco agotados pero nuestra prioridad fue armar las carpas y conseguir leña para hacer una fogata en la noche; cuando estaba todo listo nos fuimos rio arriba a pescar algunas truchas para la cena, el río nos llamo algunas veces por lo que todos resbalamos en el agua y de paso nos dimos un chapuzón.
Regresamos a las carpas al anochecer, y manos a la obra (más bien a las truchas). Las preparamos, cenamos y empezó la diversión; nos reunimos alrededro de la fogata, preparamos un coctel centroamericano llamado "por la vida"; sacamos la guitarra y al son de nuevas y viejas canciones cantamos, bailamos y nos amanecimos. El sol empezó a despuntar a las 5 de la mañana; hora de dormir para nosotros; NO, no lo hicimos.
Salimos hacia "las rocas del salto", tres piedras naturales de 4, 7 y 20 metros, para saltar al río. Empezamos con la más pequeña y aunque el agua estaba fría nuestros cuerpos se calentaban con la adrenalina, nos dimos cuenta que un árbol había caido en las orillas altas del río; una oportunidad más que nos daba la naturaleza para saltar al agua; y lo hicimos.
Luego de realizar algunos saltos en las piedras pequeñas era hora de subir a la roca del cielo (la de 20 metros), solo dos decidimos hacerlo de 30 personas, mi compañero lo hizo primero, un salto espectacular, era mi turno y como sentí un poco de vertigo tome aire, grité y salté. Parecía que nunca llegaría a topar el agua, pero el momento menos pensado estaba en las azules aguas del río. Todo el grupo nos animaba para repetir el gran salto; y qué creen? LO HICIMOS NUEVAMENTE.
Al salir del agua, nos dirigimos al campamento, desmontamos las crapas y fuimos río abajo para practicar canotaje, luego visitamos el Parque Ecológico y regresamos al pueblo.
Eran las seis de la tarde y estabamos muy cansados pero no demasiado; faltaba despedirnos de doña María quien al vernos partir nos pidió que hablaramos sobre aquel pueblo perdido en la sierra ecuatoriana, un pueblo cálido de clima y por su gente, una gente animada y dispuesta a atender al turista, una gente lista hacer mil y una piruetas para atrapar al SAPO DEL BAGAZO. |
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