
Palacio de Justicia - Zona sur
Manhattan | 0 comentarios.
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Nadie quiere ir a New York en verano.
Pero acostumbrada al calor intenso y húmedo de mi Paraná, en Argentina, fui a principios de agosto y todo estuvo bien.
Verano significa un poco menos de gente en las calles de Manhattan, más horas de luz natural, cine al aire libre por las noches en Bryant Park, la semana de espectáculos artísticos gratuitos en el Lincoln Center, la preparación de la Semana de la Moda, con exhibiciones impactantes, las liquidaciones de fin de temporada en todas las tiendas, aunque todo resulta tan caro para nuestros bolsillos argentinos que fui sólo a curiosear.
Recorrí Chinatown, un mediodía, intentando encontrar un lugar donde realmente comer "chino", pero fracasé. Elegí un lugar que resultó una versión americanizada, con más papas fritas que vegetales y ni por casualidad algas.
El mejor lugar me sigue pareciendo un restaurant Tailandés con comida bien típica, que me hubiera convenido intentar otra vez. No creo que vuelva a perder tiempo en ese barrio en otro viaje. Es demasiado ruidoso y sucio y la calidad de las cosas que se ofrecen en los negocios (farolitos, ropa, juguetes) era mala. Guardo mejor recuerdo de lo que vi allí en el 2004.
Nuevamente, bordeé el Central Park, en buena parte, caminando. Ingresé solamente para conocer Strawberry Fields, el recordatorio a John Lennon que hizo hacer Yoko Onno, a metros del Edificio Dakota, donde él fue asesinado y ella todavía vive. Es un círculo pequeño sobre el piso; lo había imaginado muchísimo más grande, enorme...
Llegué hasta Columbus Circus al atardecer, mirando los reflejos del sol en la torre vidriada del Trump Hotel, y entré a The Shops, las galerías comerciales tan bonitas que están en la vereda de enfrente, con galerías de esculturas, negocios hermosos y mujeres muy elegantes caminando en todas direcciones. El barrio que más me gustó fue el Soho. Me extrañó no ver en las calles niños ni ancianos. Parece un lugar donde vive gente de 25 a 40 años, muy ocupada.
A media tarde, la gente se asomaba a los balcones y algunos vecinos se encontraban a charlar en el rellano de las escaleras exteriores, para incendios, de esos antiguos edificios de pocos pisos, reciclados, que se han transfomado en residencias de yupiies con posibilidad de pagar alquileres altos.
Las galerías de arte estaban vacías y pude ver muchísimas obras de los más jóvenes y talentosos nuevos artistas plásticos norteamericanos. Encontré en el barrio un pequeño restaurant francés donde ofrecen menúes (entrada, plato principal y postre por precio fijo) (lo que no es habitual en USA) y pude cenar creyendo estar en Bruselas: una entrada de fiambres y vegetales, una enorme fuente de mejillones a la provenzal, creme brulé.
Fue un pequeño placer ante varios intentos previos en restaurantes locales, que sirven enormes cantidades de comida con buen aspecto pero sin sabor. Preparé mi visita a los principales museos teniendo en cuenta qué día permanece cerrado cada uno y qué día extienden su horario hasta más tarde. Así, pude pasar 9 horas en el MOMA y disfrutarlo a pleno, con un recreo a media tarde para escuchar música de un grupo latino en el patio de esculturas, donde una enorme obra de hierro Richard Serra, laberíntica, invitaba a jugar.
El Museum of Arts and Design está en la vereda de enfrente, es pequeño y tiene muestras temporales. No vale la pena pagar la entrada (US$ 9) si la muestra del momento no es de nuestro interés; lo mejor que tiene es la tienda de regalos, que está en el ingreso y tiene objetos cuidadosamente seleccionados de diseñadores de distintos países del mundo.
El Metropolitan está tan espectacular como siempre.
Visité las nuevas Galerías de arte griego y romano, en especial toda la cerámica griega de distintas épocas. Increíbles piezas enteras, hermosas, que no me explico dónde consiguieron. Volví a ver las salas de arte egipcio y esta vez pude encontrar el templete que trasladaron de la zona inundada cuando se construyó la represa de Asuán. Recorrí las salas de pintura norteamericana del Siglo XIX (los retratos de Sargent) y del XX (el extraordinario autorretrato de Andy Warhol, entre otras obras impactantes), y en los sótanos, las incontables vitrinas que guardan cristalería y porcelana.
Vi una muestra temporaria de un pintor alemán contemporáneo, Robert Raushemberg, extraña mezcla de imágenes realistas tipo década de 1940 con elementos simbólicos y contenidos inconcientes. Y, por supuesto, volví al Museo Guggenheim, en restauración exterior, con una exhibición especial en la rampa espiral interna del edificio: "The shape of space", dedicada a las distintas formas de dar significado al espacio desde la abstracción, en el último siglo, con instalaciones de distinto tipo, incluyendo experimentación audiovisual.
Pero no todo fue arte.
También fue al Museo de Historia Natural y me asombré ante las increíbles colecciones de dinosaurios, las exhibiciones de animales de todas las familias y continentes (imaginen: una manada de seis elefantes embalsamados en el hall de una de las salas), las muestras de geología, de astronomía, de botánica y las etnográficas... Excelente calidad didáctica!
Visité la Grand Central Station, tan hermosa arquitectura con espléndidas cúpulas, vitrales y arañas de cristal, y caminé luego hasta Naciones Unidas para encontrar que ya había pasado el horarios de visitas (cierra a las 2.30 pm). Volví a subir al Empire State Building, porque la vista desde arriba vale la pena. Les aviso que el interior del edificio está en remodelación y hay que caminar entre andamios y sobre tablones; deberían hacer rebaja en el costo de ingreso! Rockefeller Center sigue siendo mi lugar favorito en New York: siempre elegante, alegre, colorida, tan bonita.
En esta zona de la Quinta Avenida circulan ahora bici-taxis, bicicletas conducidas por muchachos o por chicas, con capacidad para llevar un pasejero, como contribución del municipio a bajar la contaminación. El costo?: un dolar por cuadra... También hay triciplos carrozados, para llevar dos pasajeros.
Recomiendo recorrer Manhattan caminando lo más posible, y recurrir al subterráneo cuando se necesite llegar rápido a algún lugar. Buses y taxis pueden ser buena opción fuera de los horarios de congestión (rush hours), porque cuando se atasca el tráfico resulta mortal quedar atrapado adentro de uno y sentir que se pierde el tiempo allí mientras hay tanto por ver afuera. Los buses tienen ascensor para sillas de ruedas y, además de las paradas fijas, pueden detenerse para bajar pasajeros en cualquier lugar que se les indique.
El trato de los conductores es muy respetuoso y muy cordial. Para moverse en subtes, es conveniente recordar que a las 9 pm ya es posible encontrar los andenes, los pasillos subterráneos y los vagones de tren vacíos , lo que produce una gran sensación de inseguridad.
¿Qué elegí para cerrar mi semana de visita?
Nuevamente Zona Cero, el City Hall y su parque (con muestra temporaria de esculturas de Calder) y el Distrito Financiero. Aunque suene increíble, hice dos intentos previos de llegar a Wall Street pero nunca conseguí encontrarla.
Esta vez me fijé un rumbo, plano en mano, y gracias a preguntar un par de veces, logré finalmente llegar. La selva de rascacielos de bancos y corporaciones financieras con sus varios años encima contrasta con el pequeño cementerio aledaño a la iglesia del lugar y sus lápidas sencillas. Las briznas de pasto parecían objetos muy raros en ese lugar... Pensé en Walt Whittman... |
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