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El Altar Ecuador  

Excursión de tres días a El Altar

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El Altar, Ecuador

El chimborazo desnudo de nieve

Desde la Panamerica | 0 comentarios.

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pateca
05/10/2007


El Altar

Este volcán ecuatoriano, antiguamente llamado Capacurcu, o “Cerro Majestuoso”, es conocido como El Altar y es considerado como la montaña más hermosa del país. 
Está ubicado dentro del Parque Nacional Sangay, el cual incluye además a los volcanes Tungurahua y Sangay. 

Mitología indígena.

“Los cerros aunque parezca, no son sólo cerros, son hombres o mujeres, buenos o malos, celosos o bandidos, jóvenes o viejos, sabios poderosos o divinidades menores mezquinas.  A ellos se agradece cuando las cosechas producen bien, se les pide para asegurar la buenaventura de los recién nacidos, también los recién casados.  Se les achaca los años secos, los muy lluviosos, los terremotos y aunque no ocupen ningún nicho en la iglesia, a ratos en cuestiones de influencia estos cerros o Apus, como se les llama con reverencia, se disputan el puesto con los santos católicos. 

Si se nublan están malgenios, si caen truenos en sus cumbres están iracundos. Andan rodeando los valles con apariencia de comunes mortales y recompensando la bondad o castigando la avaricia de la gente con la que se topan.  Si hay un deslave en sus laderas es porque algún advenedizo estuvo a punto de encontrar los tesoros que con recelo ocultan.  Son capaces, según dicen los mayores, de demostrar infinita ternura o temible enojo”.  (Andes del Ecuador  J. Anhalzer)

La leyenda.


“Los científicos aún no están seguros en cuanto a las circunstancias y a la fecha del hundimiento del cráter del volcán Altar aunque los ecuatorianos tengan su propia explicación en relación a este tema.  Para comenzar, atribuyen una personalidad y un género a cada montaña.

Cómo determinarían ustedes el sexo de un volcán?  Basta con mirar.  La chuquiragua, un pequeño arbusto de flores de color naranja intenso, crece únicamente en las pendientes de los volcanes masculinos mientras que los femeninos están desprovistos de estas plantas.

El sentido de esta correspondencia botánica queda en la oscuridad pero existe un acuerdo general sobre el género de los principales volcanes del país.  Así como el Chimborazo es un volcán macho y es llamado a menudo Taita, que significa “padre” en Quichua, su compañera, en cambio, situada al nor-este es llamada Mama Tungurahua.
El Altar es otro volcán macho.

Según una leyenda local, este joven pretendiente codiciaba al Tungurahua, perturbando así la relación que ella mantenía con el Chimborazo.  Este último, el más grande y el más potente volcán del Ecuador, no pudo tolerar una afronta de este tipo. Tomó una enorme masa y la lanzó sobre la cabeza del Altar, abriendo así una fractura abierta en el seno de su cráter”.



La aventura


Hace muchos años, cuando todavía iba al colegio, un profesor nos contó que había hecho un paseo a El Altar.  La descripción de su experiencia fue impresionante y consideré que ésa sería una de las montañas a la que jamás podría llegar.  Años después, unos amigos se fueron  a hacer camping cerca de esta montaña, y dije que no a la invitación, acordándome de lo difícil que había sido para mi profesor hacer ese viaje.  Y algunos años después, conocí al Wolf, mi novio.  Con él he hecho miles de cosas que consideraba imposibles, cosas que me daba miedo hacer. 

Un día me dijo: “hay un paseo a El Altar. Vamos?”  Y en un principio, más por instinto que nada, respondí que no, que me parecía muy arriesgado (esto fue antes de irme en bus al Puerto Kashpaime, en territorio Shuar). Sin embargo, fuimos a la agencia Zona Verde en Quito, Ecuador, y Jaime, el guía, me convenció casi totalmente con su explicación. Así, Liam, un chico inglés, Wolf y yo, planificamos el viaje. Compramos la comida necesaria, conseguimos los equipos, y un día a las 5 am, estábamos afuera de Zona Verde, junto a otras personas que se apuntaron al mismo viaje, preparándonos para salir. El viaje fue agradable, en una van cómoda.  El grupo era interesante, había una señora ecuatoriana (mis respetos por su resistencia y “ñeque”), un chico del Ecuador también, una pareja joven, y dos mujeres francesas: Brigitte y Céline (si me olvidé de alguien, no me odien).  Nos dirigimos hacia Latacunga, hacia el sur del Callejón Interandino.  El día estaba despejado, y pudimos ver con gran tristeza la frágil capa de nieve que descansa ahora sobre el maravilloso Chimborazo… daba la impresión que, siguiendo con las creencias indígenas de que las montañas tienen su propia personalidad, el Chimborazo sentía vergüenza al estar así, con la roca desnuda a la vista de todos los demás cerros que le rodean.  (que viva el calentamiento global, y sigamos nomás acelerando el proceso… qué ignorantes somos!).  

De todas formas, el Chimborazo, al ser el primer cerro nevado (o semi nevado) que vimos, fue fotografiado con entusiasmo.  Luego, en el camino, apareció el Tungurahua a lo lejos.  Ya no recuerdo si tenía alguna fumarola decorando su cresta, pero bueno, éste es un volcán imponente ya de por sí.   El Altar, si no me equivoco, fue también visible desde la Panamericana.  Durante el camino: las típicas conversaciones: “de dónde eres?   Ah… y qué haces en el Ecuador? Ah… y tú, eres ecuatoriana? Ah…” En algún momento dejamos atrás la Panamericana para subir por pequeños caminos  hacia la montaña. 

Empezamos la caminata desde el sector de Inguisay donde hay una represa y donde es la entrada al Parque Nacional Sangay, y ahí nos detuvimos para pagar la tarifa. (Me apena decir que en el Ecuador es una práctica normal poner tarifas distintas para nacionales y extranjeros, teniendo así unas diferencias absurdas como por ejemplo: $2 para nacionales y $10 para extranjeros.  Si tienen la suerte de ser extranjeros residentes, entonces se les cobrará la tarifa NACIONAL).  En todo caso, desde ese punto, dejábamos atrás al coche y empezábamos la caminata por un valle angosto siguiendo el curso del río Tiaco Chico.  Contamos con la ayuda de unas mulas que mansamente nos transportaron las mochilas grandes hasta la “pared”. 

El camino por el encañonado fue bastante suave.  Yo, feliz con el paisaje, sentía que avanzaba más fácilmente… entre los “árboles de ceniza” (polylepis), y el contexto general, empecé a sentirme muy animada. 

En algunas partes, el lodo era inevitable, pero eso no nos detenía.  Seguimos hasta el pie de lo que yo llamo pared., por el simple hecho de que era lo que parecía, y empezamos a subir, a subir, paso tras paso, inhalación, exhalación… encontrar el ritmo al que el cuerpo de uno puede avanzar sin perder las fuerzas demasiado rápido, es esencial.  La mente trabaja en este juego un papel importante.  Si la mente se rinde, el cuerpo le sigue en dos segundos y todo está perdido. 

Es verdad que algunos en el grupo caminaban mucho más rápido y tenían una resistencia increíble, con lo cual llegaron arriba, mucho antes.  Yo fui a mi paso, cargando mi mochila pequeña.  Al llegar al final de esta “pared”, el paisaje seguía enseñando su más hermosa cara.  A nuestras espaldas, un muro de piedra inmensamente alto, dejaba desbordarse a alguna pequeña laguna que se alimenta incansablemente de la nieve del volcán.  Delante nuestro, un valle de páramo, verde y amarillo, tranquilamente refrescado por la “Laguna •Estrellada”,  cerca de la cual se alzaría nuestro campamento.  Más allá, colinas, por aquí, otra laguna, mucho más abajo que la primera, por allá, la cordillera Oriental, a la izquierda, el Altar, y frente a él… el volcán Sangay… 

Nada, nada de humanidad, ni una casa, ni un pueblo, nada cerca que recordara la existencia de la gente.  Sólo unos cazadores furtivos, a los que no vimos, pero escuchamos de su presencia por las personas que llevaron las mulas hasta el punto alto de la pared. 

Al parecer, habían cazado tres ciervos, en esa zona donde la caza está prohibida… Hay una frase de un indígena de América del Norte que dice más o menos esto: que sólo cuando el último árbol haya sido cortado, sólo cuando el último pez haya sido pescado, y el último río contaminado, el hombre se dará cuenta de que el dinero no se come…
Será que estamos de verdad condenados a ser tan brutos??? Descargamos las mochilas de las mulas y desde ese punto, cada uno debía llevar su equipaje: carpa, aislante, ropa, saco de dormir, etc… 

A esa altura, que no recuerdo exactamente, pero que era “bien alta”, al ponerme la mochila grande sobre la espalda y la pequeña en el pecho, sentí que una gran porción de aire salía disparada de mis pulmones… Mis piernas cortas no me ayudaban mucho, pero era mi equipaje y tenía que llevarlo yo misma.  Así, empecé el descenso, junto con los demás que iban más o menos a mi mismo paso, y llegué al punto del campamento con la cabeza como tambor…

Dejé caer las mochilas y me senté a respirar.  Una vez recuperado el aliento, no había tiempo que perder, había que armar el campamento antes del anochecer, así que empezamos a cortar un poco de paja para hacer una buena cama aislante bajo la carpa.  Eso nos mantendría calientes ( o eso esperábamos), y suavizaría las irregularidades del terreno (o eso esperábamos), luego extendimos el aislante de la carpa, encima la carpa, y dentro, lo típico, la colchoneta, el saco de dormir y a dejar a la mano las cosas que necesitaríamos inmediatamente, la linterna, los platos para la cena, etc… 

Mientras armábamos el campamento, el Volcán Sangay despedía fumarolas que, bajo la luz del atardecer, cambiaban de color, del violeta al gris, del naranja suave al gris.  Era imposible no admirarse del espectáculo.  Frente a él, El Altar, silencioso, seguía alimentando con su nieve perpetua los lagos que le rodean.  Antes de la cena, fuimos a lavarnos un poco en la laguna. Una laguna de orillas pantanosas y agua transparente.  Imposible meterse a nadar allí, el suelo suave no daba seguridad, con lo cual, sólo nos limitamos a coger agua y lavarnos en las partes de la orilla donde el piso era un poco más firme. Una cena sencilla, y a dormir. 

El frío nos taladraba los huesos y las ideas.  Aún dentro del saco de dormir, entraba un aire frío inclemente.  Esa noche, Brigitte, que compartía una pequeña carpa tipo ataúd con Céline, entró en estado de ansiedad por la falta de oxígeno hasta que salió y fue a lacarpa del guía quien la tranquilizó conversando durante un buen rato, hasta que ella logró dormir de nuevo.  La mañana siguiente, sin haber dormido casi nada, abrimos la puerta de nuestra pequeña carpa: el paisaje, que seguía siendo, obviamente el mismo que el del día anterior, pero bajo otra luz… era increíble.  Nos preparamos lo más rápido que pudimos para salir a la primera caminata:  Visitar la laguna Verdecocha; teníamos que salir del campamento, llevando las cosas de valor, para dejarlas escondidas en las mochilas grandes en un punto que Jaime, el guía conocía. 

Empezamos a caminar en dirección a El Altar, para luego bajar por una colina empinada directamente a un segundo valle donde estaba una laguna mucho más grande que la que acompañaba a nuestro campamento.  La bajada no siempre es más fácil que la subida, pues las rodillas, si uno no sabe distribuir el peso del cuerpo, sufren inmensamente.  Al llegar al valle, emprendimos una dura caminata por zona pantanosa, tratando de saltar de planta en planta para no hundirse.

El grupo que avanzaba más rápido, no se paró a esperar al segundo grupo, con lo cual no puedo decir cómo lo disfrutaron, pero en mi grupo, sé que una chica estaba de muy mal humor por haberse hundido hasta la rodilla y tener barro dentro de las botas de caucho… Brigitte no tenía mucha resistencia para caminar (aunque mucho ánimo!)  y por lo tanto se detenía a cada momento y se hundía con fe ciega en el pantano.  Por fin, llegamos a la orilla de la laguna, que es, digamos la “sucursal” de otra laguna que yace en lo más alto de una gigantesca pared de piedra al pie de la montaña, y que se desborda en forma de cascada hasta el valle, alimentando así a esta segunda laguna, en donde Jaime y Liam, bajo la influencia de Wolf, se bañarían a pesar del clima helado. 

Terminado el baño, seguimos el camino hasta el lado totalmente opuesto del valle, para emprender el ascenso de una colina muy empinada.  Ahí, mis fuerzas empezaron a escasear, sobre todo por el error que cometí de usar pantalones muy abrigados y muy gruesos, con lo cual, el movimiento de mis piernas se veía limitado. 

Al llegar al final de la colina, me sentía enferma. A eso, añadiendo la falta de sueño y la altura, el conejito energizer que vive en cada uno de nosotros, me abandonó y no pude continuar el camino.  Me senté en la cumbre de esta colina con la señora francesa y ahí nos quedamos las dos mientras los demás continuaban el ascenso para llegar hasta una tercera laguna.  Bajo la cobija de color dorada, que se usa para emergencias, logré recuperar el ánimo, comiendo chocolates y conversando amenamente con Brigitte.  No sé cuanto tiempo después, regresaron los demás y emprendimos el regreso por el mismo camino: descenso, borde del lago, pantano, Brigitte hundiéndose en el lodo hasta que no pude contener la risa, ascenso, recuperar el equipo escondido y llegar al campamento hacia las 5 y 40 de la tarde. 

Una vez ahí, con un atardecer espectacular y el Sangay con sus fumarolas, aprovechamos para un buen baño al mejor estilo andino en la laguna del campamento.  Al llegar a la carpa, algo me faltaba… ya no sentía los dedos de los pies.  El frío se había calado hasta los huesos y mis dedos parecían haber desaparecido.  Luego de un buen masaje, dedo por dedo, recuperé la sensibilidad y pude volver a salir de la carpa a cenar. Creo que fue esa noche que cenamos una rica ratatouille preparada por Brigitte  Al día siguiente, nos esperaba una caminata mucho más dura, subir hasta los 5000 metros y llegar a otra laguna. 

Yo, durante la noche, había decidido que no haría esa caminata.  Consideré que el paseo no era solo exprimirse en el esfuerzo, sino aprovechar el hecho de estar en un lugar tan alejado de todo, en el silencio del páramo, tomar fotos, pensar, y relajarse.  Por lo visto, la chica que había metido la pierna hasta la rodilla en el lodo, había decidido lo mismo y así, las dos quedamos solas en el campamento mientras los demás llegaban a la laguna, el Wolf se metía a nadar bajo la granizada, y regresaban por la tarde. 

Para ese momento, Céline, la otra chica francesa, ya tenía los párpados hinchados como si hubiera boxeado toda la noche y todo el día.  Le dije que era por efecto de la altura, y que al momento en que descendiéramos se le irían deshinchando.  Tengo la impresión de que no me creyó mucho, ella pensó en un principio que algún bicho le habría picado… En esa mañana, yo me dediqué a hacer lo que me había propuesto, tomar fotos, caminar un poco alrededor de la laguna pequeña, ver si me encontraba con animales de las montañas (sólo vi patos salvajes, aves pequeñas y huellas de venados).

Luego aproveché del calor del sol de medio día para lavarme el pelo con el agua de la laguna.  Una sensación exquisita, fría, pero maravillosa. Luego un buen baño “con pilche” como decimos cuando te bañas sólo con un recipiente en el que hay agua y la dejas caer encima de ti. Última noche en el campamento, no pudimos compartir la cena entre todos, sino que cada cual se encerró en sus carpas para evitar el aguacero que se desplomó encima nuestro.  Comida fría, granizo amontonándose sobre el techo de las carpas, relámpagos lejanos, truenos potentes… carpa del guía inundada por falta de doble techo… 

Al día siguiente, un frío impresionante, pero el paisaje, (que era el mismo que el de los otros días), estaba más espectacular que nunca.  Todas las colinas alrededor nuestro, habían dejado de ser verdes y amarillas y eran ahora blancas… el Altar estaba cubierto de una capa de nieve mucho más importante y parecía que el aire que se respiraba era todavía más fino.  Al fondo, el Sangay, tenía su nivel de nieve mucho más bajo, y seguía con su concierto de fumarolas.  Qué mejor regalo de despedida que ese??? Desarmamos el campamento luego del desayuno, y emprendimos el regreso hacia aquella imponente pared; esta vez no teníamos la ayuda de las mulas, por lo que deberíamos avanzar despacio, cargando el equipaje nosotros mismos.

Luego de varias horas de caminata, llegamos a nuestro primer punto de partida, la entrada al parque, donde además hay un amplio canal de agua para los pueblos de las cercanías.  Allí, algunos aprovecharon para tomar un buen baño refrescante (sin jabón, por si acaso). El pequeño bus nos esperaba ya ahí y nos embarcamos.  En el camino, el señor que nos había ayudado con las mulas al principio, estaba parado al borde del camino (nos había ofrecido esperarnos con choclos y habas calientes, pero nunca llegó, y ahora sabíamos porqué), totalmente ebrio, con una guitarra en mano.  Nos hizo señas para que lo lleváramos y, una vez sentado entre nosotros, con un fuerte olor a puntas, nos empezó a cantar a voz en cuello mientras rascaba su guitarra desafinada.  Le aplaudimos de todas formas, pues el gesto era amable, y cuando lo dejamos en el pueblo, se despidió eufóricamente, pero sin lograr modular una sola palabra. 

Desde allí, ya saben… regreso a la Panamericana, qué pereza.... El Chimborazo de nuevo!  Descanso en un paradero para comer comida típica, un cuy hiper condimentado, y regreso a Quito… otra vez los pitos, otra vez las alarmas…   EL Altar, al que consideraba un lugar inaccesible, terminó siendo, después de esos días, uno de los lugares que más me removieron hasta la médula y al que espero regresar.
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Ultimos comentarios:

juanfi dijo:

wow que espectacular aventura!! yo e subido al altar por otro lado, se puede decir q de frente, por el lado de Penipe, la escalada dura como 6 horas, lo hicimos en la noche salimos a las 9 y arribamos a eso de las 3 de la madrugada.. es hermosa la noche estrellada, se puede apreciar la belleza del firmamento.. la dormida es muy fría es básico un aislante para sleepin y la linterna para la cabeza para subir la noche.. hermoso lo mejor q e hecho en mi vida juanfi82@hotmail.com

viernes, 29 de febrero de 2008, a las 16.36

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