Comienza este viaje en la Ciudad de Panamá, en la costa del Pacífico, y, a lomos de desvencijados y atestados autobuses de horarios inciertos sobre la Interamericana, culmina más allá de la capital beliceña, en las costas del Atlántico. Más de tres mil kilómetros en total de inquietante paisaje que serpentea entre colinas, atraviesa selvas y cruza ríos, pasa bajo la sombra de los volcanes y se aproxima a las ruinas mayas más majestuosas del continente.
La primera sorpresa nos la llevamos mi compañero y yo en el aeropuerto de la capital panameña, cuando el boeing de American Airlines que despegó de Miami aterriza en medio de una tormenta descomunal y golpea la pista con tal aparatosidad que revienta una rueda y nos deja a todos con un nudo en la garganta. Un frenazo del piloto detiene por fin a la aeronave en mitad de pista. Nos avisan de que van a hacernos un crash- test y de que, cuando todo esté resuelto, nos conducirán a la terminal. El susto nos durará un buen rato, casi tanto como la lluvia que cae sobre la ciudad. Brenda Fischbach, empleada de banca, nos espera con su novio en el aeropuerto. En un toyota con los cristales intensamente ahumados y el aire a temperatura polar (esto será una constante en todos los automóviles de Centroamérica) nos conducen a velocidad de persecución a Panamá la Vieja. Cenamos al aire libre en el Café Asís y, junto a nosotros, lo hace también con su extensa familia el ex- presidente de la Nación, Pérez Balladares, quién perdió las elecciones en 1999 ante Mireya Moscoso, la primera mujer al frente de Panamá. Explicamos a nuestros amigos panameños el plan de viaje para las próximas cuatro semanas. Les parece descabellado lo de recorrer en “chicken bus” toda la carretera Interamericana, pero a la vez nos invitan a hospedarnos en su casa y no escatiman kilómetros en mostrarnos todo lo que rodea a la ciudad y, sobre todo, el recién traspasado canal. Camino a Gamboa contemplamos a los super-petroleros pasar lentísimos y remolcados entre una espesa tupida selva caliente. Allí mismo, frente a los buques y mientras almorzamos pescado, conocemos a los clandestinos vendedores de huevos de tortuga que hacen su agosto entre los comensales. La última noche en la ciudad, Brenda y su novio Andrés nos llevan a un local nocturno de moda, Capo’s. Bebemos vino tinto chileno a precios desbordados y nos explican las cosas que más nos interesan sobre la vida de los estadounidenses que aún quedan por allí, el miedo de la población a las consecuencias del traspaso del canal y la zona limítrofe y la afición a la salsa y al merengue. Como buenos mulatos, acaban dándonos unas magistrales lecciones de baile y, a las cuatro de la madrugada, entre el tráfico disparatado del fin de semana y los autobuses-discoteca que circulan hacia el Causeway, nos retiramos a descansar.
Seguimos después en sucesivos autobuses hacia el Oeste y llegamos así a Boquete, el primer pueblo fresco del recorrido. Está a más de mil metros de altitud y próximo al impresionante Volcán Barú. Hay sembrados de café por todas partes. El Río Caldera nos alivia de los calores de las tierras bajas, pero los mosquitos se ceban con nuestros brazos. Después, ya en David, nos hospedamos en uno de los hoteles más sucios de todo el viaje. Aunque por su acento, aspecto e indumentaria engañaría a cualquiera, su dueño resulta ser español y nos lo demuestra enseñándonos un DNI en vigor. Al menos, dice haber apostado en los Mundiales por el equipo de España y de la ventanilla de su coche asoma una banderita española. Son muchos los que han puesto en sus coches banderitas de sus selecciones favoritas en la Copa del Mundo que se disputa estos días.
Un microbús con más plazas de las que permite la lógica nos lleva de David a la frontera costarricense. Durante el camino, un mango cae de un árbol y viene a estrellarse contra la luna delantera haciéndola añicos. Por suerte hace bastante calor y sólo quedan unos cinco kilómetros de aireado viaje. Realizados los trámites de inmigración y habiendo cambiado los balboas panameños por colones, seguimos por la Interamericana hasta Neily, un poblachón de poco interés que permanece despierto hasta que, cerca de las dos de la mañana, la selección de Costa Rica gana a China por dos a cero. Desde las cabinas donde pasamos la noche se oyen los gritos de gol. El siguiente será el trayecto más largo de todo el viaje: ocho horas hasta San José en un bus con más de diez años, sin aire acondicionado ni nada que se le parezca y haciendo escala en cada villorrio del camino. Continuamente suben y bajan vendedores de todo tipo de mercancías y alimentos: jugos de colores indefinidos en bolsas de plástico, bananas fritas, piezas de pollo, pomadas para el mal olor de los pies, colgantes de plata, mangos troceados, lápices, juguetes y todo lo que a uno se le pueda ocurrir. Llueve sin parar casi todo el camino y el intenso verdor del bosque tropical nos acompaña hasta la capital y nos impide ver más paisaje que el de los árboles que crecen junto al arcén y crean un galería sombría y húmeda sobre la carretera.
Nos recibe en San José Octavio Quesada, un ejecutivo del calzado de alto nivel social que nos invita a cenar en una de las mejores zonas de la ciudad. Su novia, Michelle, rubia y muy blanca como corresponde a ese estrato social de población, nos advierte de la delincuencia del centro de San José. Nosotros mismos lo comprobamos al día siguiente: mientras esperamos un taxi en la puerta del Hotel Centroamericano, en la Avenida Segunda, roban un monedero a una señora delante de nuestras narices. Aún así, paseamos largamente por las calles del centro y, por fortuna, nadie nos molesta. No es San José una ciudad monumental, pero el intenso ajetreo de sus calles y su comercio matutino hacen que sea una urbe atractiva y viva, aunque no confortable. Desde allí hacemos una incursión a la cima del pestilente y humeante Volcán Poás y vemos ya a los primeros turistas estadounidenses que pasan por aquí de camino probablemente a las playas de Manuel Antonio o el Caribe. Otra noche en San José, otra amiga con la que habíamos contactado desde España, Ruti Pérez, nos lleva a cenar a El Pueblo, la zona más chic de la ciudad. Ruti es funcionaria del Ministerio del Interior y nos cuenta historias recientes de corrupción y crimen con las que se podría escribir una novela. Pero nuestro objetivo es la Interamericana y, tras unos días de turismo entre museos y templos, seguimos viaje hacia Liberia. A partir de aquí la selva desaparece de la carretera. Los bosques húmedos, lluviosos y calientes dan paso a los verdes páramos abiertos de la provincia de Guanacaste. Pastan en ellos los cebúes, reses de carne que también son capoteadas en las fiestas rurales. Desde la ventanilla del lento autobús contemplo un funeral que desfila por el arcén hacia el cementerio de uno de los pueblos por los que cruzamos. El ataúd, sin pintura ni barniz, viaja sobre una pick-up a la que todo el pueblo sigue protegiéndose del sol con sombrillas y paraguas de colores. Veo también a un perro que huye con una gallina aún viva entre sus fauces; y a dos burros que trotan solos por el arcén hacia su establo. El calor de las tierras bajas sigue siendo intenso y, a ratos, se ve el mar del Golfo de Nicoya o de Papagayo. Desde Liberia visitamos algunos otros volcanes humeantes y salimos finalmente en taxi hacia el puesto fronterizo de Peñas Blancas. Compartimos el viejo mazda con un caribeño mulato nicaragüense que sigue manteniéndose fiel al sandinismo. Cuenta que durante su juventud fue becado por el gobierno para estudiar en Berlín (Berlín Este, claro está, aunque para él fue simplemente Berlín). Cruzada la frontera minutos antes de la hora de cierre, tomamos otro taxi hacia Rivas, un pueblo que crece al oeste de la carretera y donde decidimos descansar unos días. Rivas se convierte de repente en mi pueblo favorito de Centroamérica: es llano y más bien feo, pero tiene una vida apacible en sus calles, una tranquilidad infantil de bicicletas y pelotas, un silencio que hace al aire más transparente y respirable Por su plaza discurre la vida cada mañana. La iglesia (una mezcla de estilos coloniales, terremotos, incendios, restauraciones y disparos) ofrece una fachada tan inusual como interesante. La gente se muestra simpática y amable con los extranjeros. Todos tienen interesantes historias que contar sobre las guerras y revoluciones que asolaron al país hasta hace bien poco. Esta es la primera vez que pongo un pie en Nicaragua y Rivas me hace sentir como en casa. Desde aquí se pueden visitar las islas más próximas del vecino lago de Nicaragua. El siguiente transporte será otro de esos viejos autobuses escolares comprados a Estados Unidos de tercera o cuarta mano y adornados después con dibujos de felinos amenazantes, paisajes de amaneceres inverosímiles y frases lapidarias del tipo “Yo conduzco, Jesús me guía”, “Sin Dios no hay nada”, “Dios y mi Ford”, “El que tiene al Hijo todo lo puede” y un largo etcétera. Esta vez es un trayecto corto hasta Granada, ciudad que llena de curiosidad a mi compañero Juan Antonio, vecino de la ciudad de La Alambra. Cuando llegamos a la terminal, la decepción es importante. Vemos que la ciudad es caótica y estrafalaria. Los edificios coloniales que prometían las guías resultan ser escasos y sufrir de abando. El calor vuelve a ser pegajoso. El mercado es un recinto polvoriento e inhóspito y, en la plaza principal, el Parque Colón (destartalado y soso), abunda un cierto turismo norteamericano de mediana edad y bajo presupuesto. Nos hospedamos en un cuchitril de la Calle La Calzada, que une la plaza con la orilla del lago. Camino por toda la ciudad guiado por el instinto de curiosidad más que por la sensatez. En cuanto me alejo unas manzanas del centro todo empieza a resultar desordenado y sucio. Me topo con una escuela-taller financiada por la Embajada Española en la que los alumnos reparan viejas locomotoras de vapor y vagones de madera. Otro día camino hacia el lago y, de regreso, elijo una calle al azar que resulta llamarse “del Caimito”. Ya está oscureciendo y el ambiente no parece el más seguro. Entre casas extremadamente pobres y chabolas, pandillas de inquietante aspecto juegan al béisbol en la calle con tablas y latas. Durante unos diez minutos, no encontrando ningún rostro que me tranquilice, acelero el paso, escondo mi reloj en el bolsillo y escucho algunos insultos en inglés como “¡Gringo, lárgate a infectar otro país!” y cosas de ese tipo a las que respondo con una sonrisa idiota de no entender. Luego tengo que esquivar una pelea de quinceañeros en la que resplandecen algunos cuchillos. Por fin consigo encontrar una bocacalle alentadora y, a toda prisa, entre carteles que piden “Pena máxima para El Carnicero” alcanzo la calle de mi hotelito. Allí está, como todas las tardes, Alberto, un marino jubilado nacido en Soria cuyas historias poco tienen que envidiar a las de Maqroll el Gaviero. Alberto hace diez años que no pisa España, pero por su acento se diría que no ha salido de Castilla en toda su vida. Vive con una pensión de 240 dólares en la habitación más pequeña del Hospedaje Cocibolca. Allí lava su ropa, se cocina y se ha ganado una merecida fama de aventurero retirado. Dice que ya no tiene nada que hacer en España y que, por eso y por una cuestión de economía, ha elegido Nicaragua como lugar de retiro. Compruebo a lo largo de varias conversaciones que tiene amplios conocimientos geográficos y que habla varios idiomas. Se conoce bien la costa del continente americano y la Historia de España. No duda además en mostrar su profundo desprecio hacia el mundo anglosajón. Alberto habla despacio y pausado, como si no tuviera nada que decir. “Esto antes era un paraíso, pero ahora está lleno de delincuentes, de malandros”, nos avisa.
De Granada salimos hacia Managua y, tras los paseos de rigor por el centro, seguimos rumbo a Estelí, al Noroeste. Aparecen ya sobre los tejados de las casas banderas roji-negras del Frente Sandinista de Liberación Nacional, lo que corrobora que esta región fue siempre sandinista y lo sigue siendo. Luego, al ritmo que nos impone el sol que cae sin piedad sobre los campos, llegamos a Ocotal, un pueblo campesino y diminuto, con más mulas que camionetas. El mercado está aún abierto y el calor parece adormecer a los vendedores de frutas, verduras, especias o calzado. Los toldos lo convierten en un infierno. El lugar más decente para comer no tiene agua corriente. A pesar de eso, nos engullimos un plato de pollo con arroz y frijoles, lo de siempre. Vamos después hasta el cementerio (pienso que no se conoce totalmente una ciudad si no se ha visitado el mercado y el cementerio) y pasamos por las obras de un hospital donde un cartel inaudito reza: ”Financiado por la Diputación de Castellón”.
Volvemos a la carretera a detener un bus que nos conduce a Las Manos, la frontera con Honduras. Muchas mujeres que se protegen del calor con toallas húmedas sobre la cabeza trabajan en afanosas labores de asfaltado. Dentro del bus se oyen canciones de Mary Trini, Raphael, Hombres G y otros grupos nacionales con letras de amores desgarrados. Las emisoras locales también narran fantasiosos e ingenuos relatos de niñas hacendadas que se enamoran de humildes campesinos. Recuerdo bien el de María Linda y su corcel.
Danlí es el primer pueblo de la Interamericana, ya en Honduras. Es pequeño y desangelado. Más parece el decorado ruinoso de un western. El hotel más presentable es el Apolo y pasa a convertirse, por el momento, en el más sucio de todo Centroamérica. Por no verlo, compramos unas cervezas y nos vamos a la plaza a tomárnoslas con unos tacos. Mientras comentamos el plan de viaje a seguir para los próximos días, un vecino se sienta en un banco frente al nuestro y se mete en la conversación. Dice que conoce el asunto y que puede ayudarnos, que le hablemos con confianza. Ha creído que somos sudamericanos y que planeamos llegar de manera clandestina a los Estados Unidos. Nosotros le seguimos el juego. Resulta ser un respetable diputado del Parlamento Centroamericano (un órgano legislativo no vinculante de carácter integrador formado por representantes de todo Centroamérica y con sede en Guatemala) y nos ofrece la opción de llevarnos hasta allí en su coche con matrícula diplomática. Tendríamos que esperar unos días, a que haya una sesión en tal parlamento, pero nadie nos pediría papeles en la frontera. No hablamos de precios. Haciéndole ver que tenemos algo de prisa y que no podemos esperar nos recomienda entonces llegar a Guatemala a través de El Salvador, “cuya frontera pueden cruzar ustedes durante la noche corriendo un riesgo mínimo”. Cansados, antes de irnos a dormir vemos con varios aficionados en un bar el combate de Tyson vs. Lewis. Después nos espera un safari de cucarachas debajo de las camas. Por la mañana, sin tocar siquiera el baño del hotel, antes de salir hacia Tegucigalpa (Tegus, la llaman todos), entro en un banco a cambiar dinero; uno de los vigilantes armados me cachea mientras me da los buenos días. Ya no queremos estar más tiempo en esta ciudad siniestra que no aparece ni en las guías.
El centro de Tegus es una feria de vendedores ambulantes, prestidigitadores callejeros, charlatanes, cambistas, ladrones y policías con escopetas del doce. Las plazas tienen un encanto antiguo de árboles y quioscos que queda eclipsado por la muchedumbre y el calor asfixiante del mediodía. La fachada blanca de la catedral está poblada de cables y cientos de palomas adormiladas en los dinteles y las columnas. El Río Choluteca no embellece la metrópoli ni la refresca sino que le proporciona un aire decadente e insalubre. La gente resulta muy amable. Hay muchos niños y fotógrafos delante de las iglesias. Los obreros se desplazan en camionetas descubiertas repletas de gente y materiales. Las esquinas están llenas de perros vagabundos y polvorientos y, cuando anochece, los mendigos parecen criminales y los bares, timbas clandestinas. No es el lugar más seguro del Planeta pero tiene una magia lenta y apacible que lo hace reconfortante. Cenamos con Sergio Kafati, de la familia propietaria del Café el Indio, el más popular de la República. Sergio es de origen árabe (palestino cristiano para ser exacto, como tantos otros en Centroamérica) y nos advierte de los peligros del país así como de lo poco que su ciudad puede ofrecernos. Yo no estoy de acuerdo en absoluto. El restaurante Ruby Tuesday, junto al agringado Mall Multiplaza, se va llenando de jóvenes de clase alta que cogen mesas para ver otro de los partidos del Mundial. El aparcamiento está lleno de coches nuevos importados de Europa o Estados Unidos tapizados en piel que nada tienen que ver con los que circulan por el centro de la ciudad. Sergio ha viajado por Europa y estudiado en España; pero dice que para vivir no cambiaría Honduras por nada. Dice también (y lo compruebo días después en un periódico) que todo Honduras está feliz de que el Presidente del Gobierno tenga una novia española, y no se avergüenza en reconocer que su país es una colonia de Estados Unidos, aunque eso no figure en ningún papel. Hablamos del precio de la banana (el sostén de la economía de Honduras), de los daños del Mitch en 1998 y de la crisis cafetera.
Fieles a nuestra carretera, viajamos hacia San Pedro Sula. Voy sentado en el bus junto a una joven de una belleza infrecuente y poco más de veinte años con la que comparto unas horas de conversación sobre un negocio de pollos asados que piensa montar en su aldea y para el que lleva ahorrando varios años. Ya tiene el horno, me dice. Ahora viaja al pueblo de su hermano para pedirle ayuda para instalarlo. Ana Cristina (así se llama) se interesa por mi vida y mi trabajo y en un momento determinado me pregunta si estoy casado. “Menos mal –dice-, porque si lo estuviera su esposa sufriría mucho esperándole en casa”. Yo le explico que mi esposa viajaría conmigo si estuviera casado y le devuelvo enseguida la pregunta. “No. No estoy casada”, me aclara e, inmediatamente y con tono de disculpas añade: “...pero debe usted saber que tengo un hijo de cinco años”. Me sonrío y le aseguro que siendo una mujer tan bonita no tardará en encontrar un papá para su hijo. Llegados al cruce de Santa Rita, donde vive su hermano, nos despedimos. El rato que queda hasta San Pedro se me hace melancólico y desapacible, como el paisaje árido de matorral y gallinazos que veo desde mi ventana. Después de San Pedro viene Copán, un pueblecito cuidado de aire limpio y calles empinadas. Hay hotelitos y tiendas de artesanía por todas partes para atender a los norteamericanos que vienen aquí desde Guatemala a conocer las ruinas de la que pudo ser la ciudad maya más importante de esa civilización. Allí gastamos varios días para recorrer el yacimiento arqueológico y reponer nuestras espaldas de tanto autobús escolar viejo y renqueante en los que hemos recorrido muchas carreteras descompuestas o sin asfalto. Desde aquí viajaremos a la frontera del El Florido y, atravesando la capital guatemalteca, llegaremos a Antigua, una de las joyas de la Interamericana que debe más al esfuerzo conservacionista de sus administradores que a los arquitectos españoles del siglo XVII o XVIII. Antigua está perfectamente urbanizada: los cables eléctricos o telefónicos circulan bajo tierra en todo el centro. Las farolas emulan a las antiguas de forja. Las ventanas se cierran con barrotes de madera y las fachadas presentan vivos y diferentes colores y puertas rematadas en cantera. Para colmo, tres volcanes rodean la ciudad, visibles en los días claros desde cualquier calle. Uno de ellos, el Fuego, activo, arroja amenazantes fumarolas y un sanguinolento río de lava visible en las noches más despejadas. No hay nada que afee la ciudad y todas las construcciones respetan su historia. El adoquinado de las calles, la música de los locales nocturnos, las iglesias y los numerosos conventos a medio destruir por los sucesivos terremotos, las casas de una sola planta y el trajín de sus mercados hacen de esta urbe una de las más bellas de todo América. La seguridad que se respira aquí contrasta con los altos índices de delincuencia de Guate, la capital. Antes de dejar atrás esta región visitamos el lago de Atitlán y pueblos como Panajachel, Chimaltenango, Sololá o Chichicastenango, cuyos nombres evocan sus visibles orígenes. Aquí, en muchas iglesias católicas, los descendientes de los mayas (muchos de los cuales sólo hablan las lenguas de aquellos) mezclan sus ritos antiguos con los cristianos en un sincretismo tan espectacular como increíble de inciensos, bálsamos, bebidas alcohólicas e imágenes de santos irreconocibles.
El taxista que nos lleva de regreso a Ciudad de Guatemala, al pasar por el centro se quita las gafas y las guarda en la guantera: “Ya me las han arrancado de la cara en dos ocasiones a través de la ventana del carro”. Puede que sea cierto, pero no es esa la sensación que se tiene cuando se pasea por el centro de la ciudad en horas diurnas. Nos dirigimos hacia el Norte del país y tomamos otro bus que nos acerca a Flores, una pequeña isla en el lago de Petén Itzá. Nuestro objetivo era sólo conocer el complejo arqueológico de Tikal, pero la antigua guerrilla guatemalteca, la de los llamados patrulleros, ha decidido cortar todas las carreteras y tenemos que quedarnos aquí dos días más de lo previsto. Vistos los templos de Tikal, en medio de una jungla de monos, tucanes, tejones, pécaris y serpientes, aquí no hay nada que hacer. Nos hacemos amiguetes de quienes se encuentran en igual o peor situación que nosotros. Algunos turistas han perdido sus vuelos. Hay más de quince mil ex-patrulleros cortando las salidas a Guatemala, México, Belice e impidiendo la entrada al aeropuerto de Santa Elena. Gastamos el tiempo nadando en el lago. En realidad sólo queda ya llegar al Caribe y culminar así en el Océano Atlántico la aventura del asfalto centroamericano que se inició en el Pacífico. En cuanto se soluciona el problema alcanzamos la frontera con Belice por una carretera sin asfalto. Cruzamos Belice despacio. Nos detenemos a ver pájaros en la laguna de Crooked Tree y dormimos en la casa de una hospitalaria familia de granjeros negros. El mosaico de hispanohablantes, garífunas, criollos y caribeños de color es lo más interesante de este país al que dedicamos sólo cuatro o cinco días. Huimos de Belice City en lancha hacia Caye Caulker y ahí pasamos los últimos días pescando pargos en la playa y comiendo ceviche de concha. No podemos ir a otro lugar porque ya han empezado las lluvias y las comunicaciones hacia el Oeste y hacia el Sur están bloqueadas por las inundaciones. La última sorpresa me la llevo en la diminuta isla de Caulker, a 32 kilómetros de Belice City y con una población de 800 habitantes.Allí vive desde hace diez años María Jesús, una asturiana de unos cuarenta años a la que llaman Chusa. Se casó con un pescador de langostas de la isla, tiene dos hijas y vive allí desde entonces. Dice que no se gana mucho dinero pero que allí no hace falta nada. Es cierto: en la isla no hay coches ni modas ni más suelo que la arena que se extiende por todas partes. Los locales visten ropa de playa, pareos y camisetas todo el año. La colonia española de esta joven nación la componen sólo tres personas.
El viaje ha terminado. En el aeropuerto de Belice City aterrizan norteamericanos con camisas horriblemente estampadas dispuestos a pasar sus vacaciones en los resorts de las costas del Caribe. Iniciamos ya el deseado regreso: la Interamericana puede ser una aventura fascinante, pero no es el mejor lugar del mundo para pasar unas vacaciones de descanso.
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