
Con dos de mis hijos (Juan Manuel y Martín) en Bangkok
Feria de Bangkok | 0 comentarios.
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Te extraño Tailandia (Parte 1: Phi Phi)
PRÓLOGO:
El año 2.001 iba camino a su entierro cuando los porteños aceleraron de un guadañazo la caída de un tipo que tenía de presidente solo el traje del país de la imprevisión y la incertidumbre. Sí, el mismo de la Rúa que frustró mi sueño de irme de vacaciones con mis hijos a Tailandia, donde vivían dos de ellos y terminé malvendiendo mis dólares ahorrados y mojados de sudor.
1.- Y NOS FUIMOS NOMÁS…
Pasaron seis años intrascendentes y el viaje se hizo realidad, aunque con muchos dólares menos. La idea era sencilla, viajaría con mis dos hijos mayores para encontrarnos en Tailandia con mis dos hijos menores, luego se nos unirían tres de sus amigos tais y pasaríamos un mes de vacaciones recorriendo el sur de Tailandia.
Con el entusiasmo y la urgencia de viajar a lo desconocido, una noche de agosto nos trepamos en Ezeiza a un Boeing de Malaysia Airlines que fue como la alfombra mágica que nos dejó en el umbral del paraíso, Bangkok, capital del País de la Libertad y empecé a darme cuenta de porqué el sol sale desde oriente cuando occidente está en penumbras… Voy a omitir nuestros dos días en esa ciudad majestuosa, contrastante y rebosante de cultura, porque merece un relato aparte.
Un tren populoso encarrilado entre palmeras y arrozales nos dejó en Hua hin y sus playas de arena blanca, custodiadas desde el templo de la colina por un Buda gigante y dorado rodeado de monjes ociosos. Tres días después otro tren se encargó de dejarnos en Suratani, para que un ferry nos lleve a Koh samui y su hermosa Chaweng, una pequeña ciudad modernísima, muy turística, lujosa, divertida, con buenas playas y muchas sonrisas espontáneas. De allí fuimos a Phuket gracias a “Papá”, un increíble desconocido tailandés que con su nobleza nos solucionó problemas y se ganó un lugar en nuestros corazones. Inconscientemente íbamos de menor a mayor, lo mejor estaba por llegar…
2.- PHI PHI DON:
Dejamos Phuket y al partir para las islas Phi Phi no sabíamos que a Leo di Caprio le habían dado un plano falso del paraíso o al menos irreal de “La playa”, porque a mi también, como a Él, se me partió la vida en dos al llegar, pero en mi caso no había metralletas custodiando cultivos de marihuana, ni una comuna cosmopolita de hippies como únicos habitantes del lugar.
Llegué a Ton Sai Bay y su puerto de barquitos coloridos, con tres de mis hijos, mis dos bermudas, tres remeras, ojotas y el bolso de los sueños. Nos alojamos en un hotel sencillo y simpático en View Point. Comenzamos a descubrir que allí sale casi gratis ser feliz, al sentirme como un conquistador conquistado, invitado a un lienzo tamaño natural con pinceladas azules, verdes y turquesas, donde yo era el protagonista de la suprema obra del artista, realzada con explosiones de clorofila, entre montañas y playas blancas, enmarcando un mar con forma de bahías encantadas.
Me abracé a la femenina cintura de la isla y me dejé llevar entre sones de guitarras, flautas y armónicas que inmortalizaban a Bob Marley. Deambulé por sus callejuelas surrealistas solo pobladas de jóvenes, sin smog, ni semáforos, ni feroces bocinas de vehículos que allí no existen, donde el tiempo no tiene prisa o se detuvo en los ’80 como si el siglo hubiera perdido allí el autobús a la modernidad.
Contento al ver más bares que bancos y artesanos del tatuaje que graban para siempre, con sus agujas de bambú símbolos inequívocos de Asia en cuerpos de turistas. Escuché risas australianas entremezcladas con borracheras inglesas y comprobé que la seguridad no necesita de alarmas, sirenas, ni uniformes, que vivir mejor es solo proponérselo. Sentí que armonizaba con ese entorno encantador, si hasta nuestro nuevo hotel se llamaba “Harmony house”. Mi vida volvía a ser mía, recuperada del sistema nefasto que me robó la anterior.
Algunos bares cuelgan en sus paredes fotos del Tsunami del 2.004 y de la reconstrucción, junto al eterno agradecimiento hacia quienes ayudaron a la resurrección del Edén.
Enjuagué mis pecados en sus aguas transparentes y más cálidas que la ducha del hotel, en un mar con nombre de superhéroe, conversé con los monos, conviví con mis hijos después de demasiado tiempo, le hice un culto al ocio y la pereza, me tatué su sol en mi piel, me entusiasmé con una sueca (Lina) y dormí la siesta en una hamaca mecida por dos cocoteros.
En esta isla de la tentación no hay manzanas, pero sí Evas que dejaron su soutien en Europa, lluvias cotidianas que se diluyen en minutos merced a soles que te acarician cual sonrisa de niña isleña, mientras la temperatura ideal se paraliza las 24 horas los 365 días.
Caminatas de día, una langosta braseada, como almuerzo, para ponerle rojo curry a mi vida desteñida, un paseo en kayak remando en un mar sin olas para conquistar una pequeña playa aislada y desierta, múltiples cervezas saboreadas en el jamaiquino “Beach bar” del restaurante “Ciao bella”, un pedazo de noche repartido entre pool y Kid boxing compartido con Juan Manuel (que ya había regresado) y Benja en un bar, donde había que ingeniárselas para entrar con cerveza comprada más barata en el Seven eleven de la esquina, ¿te acordás Benja? Continuaba la noche en la cita obligada de pibes de cien naciones en Apache bar con su música a todo volumen y sus baldes de espirituoso bouquet o en Hippies bar con sus danzas de fuego y las comidas callejeras a la salida.
Con las venas destilando chili, tequila, ron y cerveza, por instinto cambiábamos de costa, para seguir la maravillosa rutina, cuando la madrugada en la playa de Loh Dalum Bay, aún sin “Full moon”, se encendía con “party” de fogatas, velas y cocos luminosos, solo faltaba que apareciera Anthony Queen vestido de Zorba para unirse al encanto del amanecer que apagaba las ganas de dormir, sin siquiera acordarnos si hubo estrellas, porque el cielo estaba allí abajo con nosotros.
2.- PHI PHI LAY, la isla hermana.
Una mañana de lunes, cálida y sin lluvia partimos con Benja y Dom a navegar y recorrer las dos islas Phi Phi (Don y Lay), estábamos disfrutando extasiados los estupendos paisajes, cuando el sampan que nos llevaba, reduce su velocidad para entrar por un portal montañoso, verde y casi sobrenatural era Maya bay, el exacto lugar de ensueño donde se hizo la película “La Playa”.
Disfrutamos del lugar como si fuera la última vez y un español nos sacó la foto que yo más quería, saltando los tres a orillas del mar emulando la que Francoise le mandó a Leo.
Nos seguimos sorprendiendo con escenarios más propios del divino delirio artístico de la creación, que de la humana imaginación, nos detuvimos a nadar y hacer snorkelling entre centenares de peces vestidos con colores de calidoscopio, que ellos mismos inventaron, pasamos por Viking cave, por una playita solitaria que parecía una diminuta Maya bay, con solo una humilde casita en el centro que provocó mi sana envidia y que de haber podido la hubiera llevado completa conmigo…, el marinero nos invitó con sandía y melón, cortados artesanal y pacientemente y llegamos a Monkey beach, la playa de los monos, de conductas y humores que hacían pensar que cualquier similitud con los humanos era mera descendencia… El regreso hasta Ton Sai Bay lo hicimos deseando el almuerzo tai que nos esperaba en alguna calle de Phi Phi town.
MENCIÓN:
Ninguna ola maligna podrá nunca destruir Phi Phi del todo, aún si volviera caprichosa e injustamente, los que la amamos volveremos siempre a rehacerla acompañados por las 2.500 almas que quedaron eternizadas allí en diciembre 2.004.
NOTA:
En muchos párrafos hablo solo de mí, esto tiene su explicación, cuento mis sensaciones personales, pero, de más está decirlo, mi estadía estuvo enriquecida por la presencia de mis hijos y amigos.
DEDICATORIA y AGRADECIMIENTO:
En particular para los lugareños y el pueblo tai en general, porque me emocionaron con su educación, su humildad, su honestidad, sus sonrisas y su permanente, impecable atención. Los extrañaremos… Y mi agradecimiento para Charo, porque sin su ayuda económica no nos hubiera sido posible.
EPÍLOGO (Solo por un tiempito):
Irme de allí no fue triste, porque a pesar de lo fugaz de mi paso, sentí que era eterno mi amor por Ella, por Phi Phi y que mis vacaciones no fueron tales, sino que eran ni más ni menos que mi renacimiento. Siento una nostalgia en reversa (sin mate, ni tango), mi cuerpo volvió, pero mi mente y mi alma quedaron asiladas allá.
Para mitigar algo esa nostalgia ahora mi casa tiene pedacitos de recuerdos en paredes, muebles y videos, mientras mi cocina se impregna de aromas, colores y sabores de deliciosa comida tailandesa, Bob Marley con su reggae y algo de música tai me arrullan todos los días y mi cuello y muñeca se adornaron de sus preciosas artesanías.
Solo regresé a mi país para contarles a quienes quiero que estuve en el paraíso, porque hubiera sido egoísta quedarme y no hacerlo, mas ahora que saben que existe, me iré para siempre y el que me quiera seguir que se venga con dos bermudas, tres remeras, sus ojotas, enterrando la paranoia argentina y abra sus cinco sentidos de par en par, para inmortalizarnos juntos. Nos vemos.
NOMENCLATURAS:
Koh: Isla
Bay: Bahía.
Sampan: Bote tai de madera con motor de auto en popa y un largo timón con hélice.
Ricardo Bertolami. Septiembre de 2.007- |
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