Siempre me gusta mantener un diario de lo que siento al llegar a un nuevo lugar, ya que esto me permite ver como varían día a día, mis impresiones. Ahora en Tailandia, voy comprendiendo poco a poco, las idiosincrasias que forman el país de los tailandeses. Hace ya un par de semanas que he llegado aquí, la ‘Tierra de las Sonrisas’ según los mismos tailandeses. Me imagino que dentro de pocos dias, me sentiré más cómoda de lo que me siento ahora, puesto que el choque cultural, al principio, es bastante brusco. Aquí existe un verano constante ya que la temperatura y la humedad no bajan de los 25 a 30 grados y del 90%, respectivamente.
El calor no trae muchos problemas pero la humedad empeora la contaminación del aire, resultando en numerosas dificultades respiratorias y pulmonares. Me voy adaptando gradualmente, porque tengo la certeza de que este país es uno de los más diferentes al mío. El panorama desde el apartamento en mi edificio, que tiene 32 pisos, es de otros cientos de edificios; se ven además, un parque en la distancia, y también muchas obras en construcción.
Se trabaja en la edificación día y noche, los siete días de la semana. Gracias al susurro del aire acondicionado no los oigo cuando trato de dormir. Ya acostumbrada al cambio de horario entre América y Tailandia, que es de doce horas, me siento un poco mejor. La comida es deliciosa, pero bastante picante por la adición de especias no muy acreditadas en nuestros países americanos. El curry, la cayena, el jengibre, la cúrcuma y el cardamomo son las hierbas que más se emplean, y, a las que el paladar, lleva tiempo adaptarse. Entre la cocina tailandesa, la china, malaya e Indias, he descifrado que mi favorita, sigue siendo la malaya, por la suavidad de sus platos y la inclusión del maní en su cocción. Tailandia está en el corazón del sureste asiático.
Y muy cerca de Vietnam, Camboya, Singapur, Birmania, Malasia e Indonesia. Todos estos países comparten casi el mismo clima tropical, pero diferentes lenguas y culturas. Lo significativo de Tailandia, es que nunca fue colonizada por fuerzas extranjeras como lo fueron sus vecinos. Este pueblo siempre mantuvo su soberanía independiente, hecho del cual, sus ciudadanos, están muy orgullosos. Como consecuencia directa de ello, las costumbres locales y tradicionales jamás fueron matizadas por las ideologías externas que salpicaron el resto de la masa indo-asiática.
Bangkok es una metrópolis enorme, tan enorme como la ciudad de Méjico, y dos veces más grande que la capital federal de Buenos Aires mas sus alrededores. Bangkok es la capital política, cultural, económica y de negocios de este país. El río Chao Phraya, que traversa la ciudad, es el foco de toda la actividad comercial lucrativa y de donde mana una red entera de canales, a orillas de los cuales existen casonas apoyadas en altos zancos, lo que las protege de las inundaciones que siempre plagan al río y sus cercanías. Pero, la ‘Venecia del Oriente’, como solía ser llamada Bangkok, ha también, cedido el paso a las atronadoras carreteras de seis y ocho carriles y a las interminables horas de tráfico embotellado, por la que esta urbe es famosa.
En esta ciudad, e s facil movilizarse, los taxímetros y autobuses locales son económicos y abundantes, aunque una salida de 10 minutos podría potencialmente, convertirse en una hora, dado el agobiador embotellamiento del tráfico. Para mí, el mejor modo de transporte público, es el ‘tren del cielo’, (skytrain) así llamado porque va por vías que circulan la ciudad a una altura de 25 metros del suelo, sobrepasando del tumulto callejero. Además, hay un nuevo sistema de subterráneos metropolitanos los que, según me dicen, han aliviado bastante el movimiento del tráfico.
El ‘tren del cielo’ y el subterráneo han revolucionado la manera de viajar dentro de esta capital tan congestionada, así alterando el ritmo de vida para millares de trabajadores que se desplazan día a día. Una distancia que antes llevaba una hora en coche, ahora solo lleva 10 minutos en el skytrain o el subterráneo. En este poco tiempo me he dado cuenta de que ésta es una ciudad de enormes contrastes y dicotomías. Serena y agitada; pulcra y sucia a la vez.
El tráfico en las calles ofrece una congestión total, las 24 horas del día y los vehículos, llamados tuk tuks, (especie de carritos motorizados con tres ruedas, y un toldo superior que forma su techo) suben y bajan peligrosamente de veredas y calzadas, añadiendo al intenso bullicio de la ciudad. Aunque pintorescos para los turistas, los tuk tuks son una fuente de peligro constante para peatones, y motoristas. Ni siquiera me detendré contando en detalle, acerca de los cientos de motocicletas que zigzaguean entre coches y autobuses, sobrecargadas con gran variedad de mercancías, que incluyen generalmente: cestos de bambú con comida, piezas de seda tailandesa, pollos, y otras formas de vida animal, verduras y flores.
No obstante, en medio de todo este desconcierto y desorganización, es fácil toparse con la quietud de un templo budista, o el piso fresco de madera, de un estudio de yoga, en el altillo de algún edificio mediocre, fuera del rugido del tráfico ciudadano. Si bien la vida cotidiana es una cacofonía de sonidos enredados y tradiciones diarias desniveladas, también se pueden encontrar zonas inmediatas que ofrecen tranquilidad infinita. Se hallan parques que desbordan de flores acuáticas, a lo largo de canales cercados de arboledas, o, la calmante visión de algún monje en vestimentas de color azafrán, inaudiblemente pidiendo limosna en algún sitio sereno, en medio de una intersección agitada.
En Bangkok se puede cenar en el desahogo del aire acondicionado en restaurantes de cinco estrellas, o comer fideos asiáticos con carne asada, en un puestito ambulante en la vereda, acompañando al vaivén de motocicletas y autos, el barullo constante, y el humo. Las compras pueden hacerse en supermercados modernos o en ferias callejeras; he visto vendedores errantes, acarreando cestillas de comida balanceadas por una gruesa varilla de bambú suspendida entre los hombros, mientras otros tailandeses van en el confort de sus acondicionados coches de lujo, conducidos por chóferes.
Existen grandes diferencias estructurales y sociales en Tailandia, pero la gente parece aceptarlo sin enfadado, asumiendo siempre, que cada uno cosecha y merece lo que siembra. Creo que esto es parte de la cultura budista, y que el descontento que vemos en otras sociedades como efecto de situaciones políticas o económicas, no intercede en las circunstancias de este país. Aquí, me parece que nadie le hecha la culpa a nadie.
La energía e ingreso que estimulan a la ciudad proviene de empresas privadas y extranjeras y de la gran abundancia de turistas. Bangkok es una ciudad deteriorada por la contaminación atmosférica, y el abandono y descuido de sus veredas. Al salir a caminar, hay que cuidar de no caerse, y a veces es necesario cubrirse la nariz y la boca para no sentirse enfermo con la combinación de vahos de calor húmedo y los gases de escape del tráfico. Los canales que la cruzan también trasladan vahos hediondos de pozo negro, (caños) los que son acrecentados durante la parte más calurosa del día; no obstante, estos son aminorados por los aromas extravagantes que emanan de los miles de restaurantes ambulantes que asientan negocio frente al río de aguas brunas.
La subestructura de esta ciudad suplica ser reformada totalmente, ya que muchas de sus calles y cañerías datan de fines del siglo XIX. Con una población se ha multiplicado exponencialmente desde ese entonces, los envejecidos servicios estructurales básicos, no dan a basto. Indiscutiblemente, Bangkok, así como otros lugares del globo, no es una ciudad para todos. La gran gama de ratas y perros vagabundos que hacen su hogar en las calles, más las veredas agujereadas, los vendedores ambulantes, el constante calor húmedo, y los hedores putrefactos, hacen de ella un purgatorio público, una alucinación a la que se debe adaptar indiscriminadamente.
En dos ocasiones he visto un elefante y su domador al atardecer, en una de las calles principales. Esto atrae a turistas y tailandeses por igual, pero el movimiento del tráfico en estas instancias, se reduce a un goteo muy lento. A pesar de todo esto, Bangkok es una inigualable ciudad exótica de inesperados y gigantescos extremos; rodeada de algarabía, color y una explosiva variedad de gente de todas partes del mundo, quienes llegan a la ‘tierra de las sonrisas’ con curiosidad y deseo de aventura.
Pienso que la suntuosidad de los templos, los palacios históricos, y la gentilidad y belleza de los tailandeses compensa todo lo nocivo del lugar. |
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