
las primeras tortugas
Guanahacabibes, Pinar del Rio | 0 comentarios.
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El trabajo
Visto de forma simple y vulgar, cualquiera diría que nos hemos ido a veranear a una playa virgen ¿no? Sin embargo, no hay mucho de esto y si de trabajo que se hace, principalmente, de madrugada y que consiste en “playear”, recorrer la playa de un extremo a otro (unos 240 metros en el caso nuestro) cada 45 minutos, de 10 de la noche hasta las 6 de la mañana a la espera de tortugas que decidan salir a anidar. A veces salen varias simultáneamente.
Si esto ocurre hay que anotar la hora, contar los huevos, medirlas de ancho y largo, anotar el número de marca o ponerles una, medir la profundidad del nido y marcarlo. Después, realizar el croquis de todo el proceso de cada una.
Y se extiende durante el día con el monitoreo de la temperatura de los nidos existentes y de posibles nacimientos. En caso de eclosión, hay que contar los jóvenes ejemplares, medirlos, observar posibles malformaciones… Y todo esto se refleja en planillas llenas de formularios y claves. Una bicoca ¿mm? Así que haya plaga o no, a las 10 ya estamos listos para comenzar. En la primera noche no tuvimos suerte. Solo nos acompaña la luz de las estrellas, algo que solo es posible en parajes como este. No se puede encender luces pues ahuyentaría a las tortugas y además atrae a los jejenes.
En la segunda, estábamos de playeo Leslie y yo. De aquí para allá, de allá hasta acá y nada. Los guardabosques del parque nos visitan en plena madrugada. Además del susto que dio lugar a una jocosa jarana (¿Tienes tu arma blanca ahí?, pregúntenle a Joycie), nos trajeron la buena suerte pues salio la primera tortuga. Pie de rey en mano, planilla, cinta métrica y mucha paciencia para esperar que empezara a poner los huevos que es cuando se toman todos los datos.
Llegado el momento, Leslie, que había estado en una etapa anterior y tenia esa experiencia, fue quien asumió el conteo de estos. Se trata de poner la mano debajo del orificio por donde salen las posturas envueltas en un líquido viscoso que los protege de bacterias y 1, 2, 3… ¡ciento y tantos! Mientras, Joycie tomaba las medidas morfológicas y marcaba el nido. Y un servidor se dedicó a hacer las fotografías que ahora acompañan este reportaje. Por cierto, con todo el ajetreo se nos olvido llamar a Olivia que dormía. Era su noche de descanso, literalmente hablando. En todo el proceso nos metimos hasta las 5 de la mañana pues salio una segunda. Joycie nos cuenta que la fase lunar en que estábamos (luna nueva) no es la más propicia. Así, casi al amanecer, nos fuimos al bohío del campamento a terminar la jornada entre cuentos.
A la mañana, como en casi todas las demás encendí el carbón para preparar el desayuno. Olivia, arrellanada en un chinchorro (hamaca venezolana que me traje de allá y que se convirtió rápidamente en objeto de poder y deseo) escuchaba las historias de la movida nocturna y nos reprochaba el olvido involuntario.
Pero recién comenzaba nuestra estancia, así que la esperanza era verde todavía, aunque la suerte no nos acompañaría mucho en los días siguientes en que el clima cubano, cambiante en segundos, nos jugaría unas cuantas trastadas. Pero esto es harina del próximo post. |
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