“En la batalla sin-fin entre Etsa y Iwia*, uno puede ver cómo los miembros de nuestra comunidad han adaptado a la selva. Este proceso del poema heroico ha garantizado nuestra seguridad para que nosotros podamos "progresar" y multiplicar. Nosotros creemos que nosotros somos los poseedores de las tierras de la Amazona. Los apach' creen que hay sólo una manera de pensar, y esta pretensión vana no reconoce que nosotros, también, tengamos nuestra propia ciencia y filosofía.
En el presente nosotros estamos cara a cara con otro "Iwia": la cultura Occidental que ha venido destruir nuestro mundo y cambiar la vida diaria del propio cosmos. La selva Iwia está enfadado y ya no nos presta atención. Es por esta razón, y con gran preocupación, que nosotros lo pedimos a este nuevo "Iwia" que cambia sus maneras destructivas.”
Shuar Hace algunos meses fuimos invitados a la comunidad San José de Kusuimi, en la selva amazónica ecuatoriana, como a 12 horas en bus de la ciudad de Macas, en la provincia de Morona Santiago.
La razón de ser invitados por Mariano, el representante de esta comunidad fue que Wolf, en una de las brigadas médicas ayudó al hijo menor de Mariano que estaba enfermo con pulmonía, llevándolo al hospital de Macas y pagando los medicamentos necesarios. Mariano, agradecido, nos invitó, pues, a pasar unos días en su casa. Wolf estaba ya allá, pero yo estaba en Quito. Coincidió con las vacaciones de Semana Santa, y tomé una pequeña avioneta desde el aeropuerto de Quito, hasta Macas.
Quería evitar el viaje en bus de 8 horas yo sola, y aprovechar llegando antes allá para prepararme para el viaje en bus de 12 horas hacia la selva. En la avioneta, por la ventana, las hélices giraron durante unos 40 minutos de forma monótona, hasta que aterrizamos tranquilamente en la pequeña pista de Macas. Desde el aire, pude ver la selva y los caseríos como si estuviera observando una maqueta. Lo único que se movía sobre esa maqueta verde, eran las nubes.
Una vez en Macas, me contacté por teléfono con Begoña, una chica española amiga de Wolf que debía explicarme qué bus debía tomar, a qué horas, etc. Nos encontramos en la calle principal de Macas y lo primero fue buscar un hostal para mí.
Llegué al Hostal la Orquídea, donde cobran 6 dólares la habitación con baño privado, TV con cable y agua fría, y 7 dólares por lo mismo pero con agua caliente… así que me di el lujo de pagar un dólar más por el agua caliente que nunca cayó. Macas es una ciudad curiosa. Las calles están muy limpias, la plaza central muy bien arreglada y cuidada. Todavía se pueden ver algunas casas tradicionales, pero hay también muchos edificios modernos. Tiene un gran mercado donde se venden peces frescos, vegetales, lo típico, y chicha, la bebida hecha generalmente de yuca.
Por la tarde, Begoña me vino a buscar con su perra Duna, una perra pequeña y muy ágil, mimada como ella sola, y a la que le encanta pasear (ha viajado desde España hasta América del Sur, y por América del Sur, desde el Perú, hasta el Ecuador y creo que Colombia, en bus…)
Esa tarde vi el enorme Río Upano, un río enorme y hermoso, por donde el Padre Salesiano Angel Rouby, venido de Italia, cruzó en balsa desde Macas a la comunidad de Sevilla y más allá para evangelizar a los Shuar… servicio que quizás no era taaaan necesario para los Shuar, pero bueno, se creía que se les salvaba el alma.
Por la noche, cometimos el error de tomar guayusa con puntas, que generalmente es fuerte, pero sin más… sólo que esta vez, no sé porqué, nos sentó mal… al día siguiente, a las 6pm, debía tomar el bus que me llevaría hasta el Puerto Kashpaime. En teoría, iba a viajar con la esposa de Mariano, la Señora Entsa, pero no la encontré, sino hasta que llegamos a Sucúa, pueblo como a una hora más o menos de Macas.
Ella y otras personas, habían perdido el bus en Macas y nos alcanzaron después. Yo no conocía a esta mujer, pero me imaginé que era ella pues viajaba con un bebé pequeño y tres niños más, que era lo que Wolf, que me esperaba en Kashpaime, me había explicado. Me alegré de verla, pues me sentía muy rara en aquel bus, la única con cara medio de extranjera, sintiendo los ojos de los demás encima todo el tiempo (Begoña me había recomendado vivamente que no especifique que iba con los voluntarios, pues la gente en esta región no se siente muy feliz de recibir turistas y extranjeros en general. Han tenido suficientes malas experiencias con los madereros y petroleros, entre otros, que explotan sus riquezas).
Me levanté y le pregunté si era la esposa de Mariano. Ella me miró con expresión nerviosa, y me dijo rápidamente que sí, pero no se paró a hacerme ninguna pregunta. Supongo que no le hacía gracia que la gente del bus le viera hablando con una “pinta de gringa”.
Me volví a sentar un poco desconcertada, pues pensé que si ella me ignoraba, yo estaba perdida. Nunca en mi vida había ido para esos lugares, no conocía nada y estaba sola. Cansada, con sueño y un poco asustada, empecé a ponerme furiosa con el Wolf por no esperarme en Macas para hacer juntos ese viaje hasta el puerto. Al lado mío viajaba un militar joven muy formal que me ignoró también todo el viaje.
Me dije a mí misma: “que sea lo que tenga que ser”. Hacia la media noche, el bus se detuvo… “hay que bajar”, dijo alguien. Salí de mi estado de modorra asustada. Había que bajar del bus a la media noche, en una oscuridad total. Me tranquilicé cuando supe que la razón era que el río se había llevado el puente, y que “sólo” teníamos que cruzar el río a pie y tomar el bus que nos esperaba del otro lado...
Todo el tiempo, hasta ese punto, había tenido una sensación algo extraña. Supongo que al hacer algo que nunca había hecho en mi vida, viajar sola a lugares tan apartados, me invadió una sensación de soledad, de vulnerabilidad. Mientras veía por la ventana el atardecer al salir de Macas, bajo una lluvia tropical densa, sentía que estaba haciendo una estupidez. Luego entré en ese trance de sentirme vulnerable y absorbida por lo desconocido. Luego me puse furiosa con el Wolf, luego me dormí… y cuando desperté para salir del bus a la media noche, algo cambió en mi estado de ánimo.
Primero, un instinto como de supervivencia, seguir a la esposa de Mariano como su sombra, aunque me ignore. Me dije que ella era la única que podía llevarme donde estaba el Wolf, y por lo tanto, me pegaría a sus talones. Segundo, cuando se me pasó el aturdimiento de la modorra, me dije a mí misma que desde pequeña había admirado a los expedicionarios, a Indiana Jones! Y ahora estaba cumpliendo un deseo de mi niñez… viajar así. Porqué iba a tener miedo??
Hay una verdad que dice Paulo Coelho, que es que cuando uno es pequeño, sabe lo que quiere hacer, pero no tiene las herramientas. Y cuando uno crece, ya se tienen las herramientas pero hemos perdido el valor, o consideramos los sueños de la niñez como tontos… pues pensé en eso, y me dije que debía aprovechar las herramientas que se me presentaban (una era la señora Entsa). Sin embargo, al bajar del bus, me sentí un poco mareada, sobre todo cuando abrieron el compartimento de las maletas, y descubrí que mi mochila estaba pegada a un costal de bagre seco que despedía un olor… peor que el perfume de la señora en el barco durante la boda entre las ballenas…
Agarré mi mochila y pensé en ponerme las botas de caucho para cruzar el río, pero no tuve tiempo, pues la señora se me iba velozmente con sus hijos a cuestas, y además pensé en mi pobre experiencia con esas botas para caminar, mientras que con los zapatos que estaba puesta, había caminado mucho por todas partes. Seguí, pues la fila de gente hasta el río, siguiendo también las luces de las linternas (la mía, tontamente, no estaba a la mano). Al llegar al río, el espíritu de aventurera me abandonó por un instante y me quedé paralizada en una roca, sintiendo un vértigo terrible. No pude avanzar ni retroceder, agarrada de mi mochila pequeña contra el pecho y la grande en la espalda. Por fin, alguien gritó. “Ayuden a la gringa!” (soy ecuatoriana, pensé). Una mano me agarró del brazo y me hizo saltar de piedra en piedra hasta el otro lado. Agradecí a la persona que me ayudó y me acerqué al bus que nos esperaba. Tuve la necesidad de ir al baño, gracias a la enorme cantidad de agua que había tomado en las horas previas a cruzar el río, así que fui disparada detrás de unas piedras, rogando que el bus no se fuera sin mí.
Al ponerme frente a la puerta del bus, aún había personas fuera que discutían con el conductor. En el bus que íbamos a subir, el conductor era otro, y nos revisaba los tickets junto con el conductor del primer bus. Yo, como estaba en un lapsus tonto, no recordaba donde había puesto el ticket, pero logré que me dejaran subir. Nuevamente, el militar iba a tomar el puesto junto a mí, pero lo cedió a una mujer que viajaba con dos niñas.
Había gente en el bus que había instalado cartones en el corredor y se instalaron ahí o instalaron a sus hijos para dormir. Todavía nos quedaban unas 6 horas de viaje.
Como a las 5 y media, el bus volvió a detenerse, esta vez en un río más ancho. Era el fin del camino y teníamos que cruzar esta vez un puente de peatones. Al bajar del bus, el cielo estaba empezando a clarear, el río corría lentamente en su ancho lecho, los ruidos de los pájaros e insectos llegaban de lejos, el aire era cálido. Cogí nuevamente mi mochila con olor a bagre y crucé el puente. Una vez del otro lado, un grupo de gente que “se había avispado” se subió en una camioneta que los llevaría por fin hasta Puerto Kashpaime. Nosotros tuvimos que esperar al segundo viaje.
Allí, la esposa de Mariano empezó a relajarse. Me habló un poco y me dijo que en el puerto nos encontraríamos con los demás. Me sentí mejor cuando ella me habló. Me fijé en sus hijos pequeños, el bebé, que seguramente era al que Wolf había ayudado, y la pequeña Yadira, de unos 7 años, con cara de vivaracha. Los otros dos eran ya preadolescentes. Aproveché entonces para ponerme ahora sí las botas de caucho y repelente antimosquitos. Cuando la camioneta llegó, el sol ya había salido y empezaba a subir la temperatura. Nos subimos a la camioneta y viajamos quizás unos 40 minutos por un camino tortuoso pero maravilloso. Al fin, bajamos y me encontré en el famoso Puerto Kashpaime.
Es un lugar típico donde mucha gente está de paso. Unas casas de madera donde se vende desde papel higiénico hasta cartuchos de escopeta, pasando por cervezas y galletas pasadas. Pero no había baño y el único lugar era detrás de las casas, entre los árboles. Frente a estas tiendas, el camino lastrado, y luego el puerto, con varias canoas de todo tamaño. Poco después, se me acerca un chico joven, de cara alegre que me sacude la mano enérgicamente. “El Volcan ya viene”, me dijo. Para mucha gente aquí, pronunciar el nombre Wolfgang se les hace complicado, con lo cual, le llaman Volcan. Para ese momento, ya no me sentía furiosa con “Volcan”, quería verle, después de dos meses y medio y de todo el viaje. Y le ví. Venía por el camino con Claudio, chileno; Susana, una chica de la Rep. Checa, un español, Jose, novio de Begoña, y un médico chileno ecuatoriano que resultó ser el sobrino de un tío mío!!! El mundo ES un lugar pequeño, incluso en Puerto Kashpaime.
Honestamente quería lanzarme encima del Wolf a saludarle, pero me comprté decentemente.
En ese punto, sólo Claudio, Wolf y yo entraríamos a la comunidad de San José. Los demás tomarían un bus hasta Macas. Era un grupo de voluntarios al que pertenecía Wolf también. Nos despedimos, y fuimos con Mariano y su esposa e hijos a las canoas, pero nadie quería llevarnos. Ya he mencionado que no les gusta la presencia de “gringos” en esa zona”. Mariano tuvo que negociar hasta que pactaron un precio de $40 “por la gasolina”, para llevarnos río arriba.
Una vez en la canoa, sentí relajarme y me dormí apoyada en el hombro del Wolf. En esa nebulosa de sueños, de pronto me desperté gritando. La razón: un pequeño y curioso pez que había decidido saltar fuera del agua y clavarme sus espinas de la aleta dorsal en el muslo!!! Será que el dios Tsunki que habita las aguas Shuar, me mandó ese pez de regalo de bienvenida?? No sé, pero una vez pasado el susto, el pez quedó en la canoa y Mariano dijo que lo podría comer a la cena. Así lo hice. Me lo tomé honestamente como un regalo.
Llegamos a la Comunidad de San José, junto al Río Kusuimi. Una comunidad pequeña, con unas 4 casas, una choza en donde comeríamos y cocinaríamos durante los próximos diez días, un amplio espacio vacío en la mitad y las casas dispersas alrededor. En una, vivía uno de los cuñados de Mariano, un chico joven y más bien guapo, con su esposa y cinco hijas, más el sexto bebé en la barriga de sus esposa, una mujer shuar extremadamente guapa, delgada a pesar de sus seis partos y del embarazo; alta, silenciosa. En la casa opuesta a esa, vivían los abuelos. Los suegros de Mariano, ancianos y de un humor muy peculiar.
Ella casi no nos habló, y él nos habló mucho, pero no nos pudo escuchar bien, pues estaba prácticamente sordo. Es profesor en una escuela a 3 horas de camino por la selva. Cada mañana se iba con sus nietas y regresaban por la tarde. En esa misma casa, viven por temporadas Lupe, Cristian, y el pequeño Chino: un niño de unos dos años, un verdadero personaje que nos decía en shuar que nosotros éramos “golosos de yuca”. En la casa de más arriba, entre los árboles, vivía Mariano con su esposa e hijos. Y nosotros, en una diminuta casita de madera, de dos metros de ancho por tres, sin ventanas y con un pequeño balcón, en donde se instaló Claudio.
En esa pequeña cabaña, dormiríamos todas las noches, bajo los ojos vigilantes de las enormes cucarachas que se disimulaban detrás de las maderas; de las miles de hormigas que tenían hecha su autopista por ahí, y de los incansables mosquitos que estaban de fiesta por la luna llena y que nos masacraron a pesar de las mangas largas y el repelente.
En esta comunidad, de gente amable que nos veía como a bichos raros y consideraban que no podíamos hacer nada (y no estaban tan equivocados, pues en cuestiones de uso del machete, trepar troncos caídos para cruzar pequeñas quebradas, o caminar por la selva con botas de caucho, pescar en el río… nos convertíamos en seres prácticamente inútiles), salimos de cacería de la pava de monte, fuimos a pescar, a sacar camarones y peces pequeños de un riachuelo para envolverlos en hojas de plátano o comerlos ese mismo momento… fuimos en busca del palmito y de los mukindis, gusanos gordos, blancos, de cabeza roja que nacen y viven en las palmeras caídas que se van pudriendo… honestamente no pude comer eso, a pesar de que Claudio se los comía como si fueran pasas… Jugamos la versión ecuatoriana del Volley Ball: Ecuavoley…
Además nadamos en el río Kusimi, hicimos un huerto, cocinamos un día fideos al pesto, con albahaca que crecía por ahí, cerca de un campo de yuca, pero creemos que, a pesar de que nos dijeran que estaba rico, no les gustó nuestro arte culinario. Tuvimos que comer mono asado, una de las experiencias más extrañas. Al ver al mono en el fuego, uno no puede despegarse de la idea de que se parece demasiado a un humano. Al ver al pequeño Chino comiendo la mano del mono con una avidez increíble, uno piensa en nuestros niños de la ciudad comiendo K-chitos con la misma emoción…
Y lo más curioso fue que nadie que hubiera tocado al mono, podía tocar al bebé de Mariano. No nos explicaron porqué, pero lo tomaban muy en serio y cuando la pequeña Yadira se olvidó e iba a tocar a su hermanito, Flavio, el adolescente de la comunidad le regañó severamente.
El momento del baño era lo mejor. Aunque uno se acostumbra al calor, un baño de agua fresca nunca está demás y yo aprovechaba los momentos de ocio para ir al riachuelo a lavar la ropa y bañarme. La cama del río era de piedras y el agua era cristalina. Ahí, pude acercarme más a las pequeñas Damaris y Julisa, niñas muy tímidas que se dejaron lavar el pelo con mi shampu y se rieron felices al ver las burbujas. Esa tarde, después del baño, vinieron pulcras, con lazos blancos en el pelo, a ofrecerme plátano maduro asado, caña de azúcar y yuca. Luego de eso, las niñas compartían conmigo los juegos de canicas que habíamos llevado, con más naturalidad.
La gente de allá se ríe con facilidad y nosotros les dábamos muchos motivos para reír: cuando les pedí que me dejaran pelar la caña con el machete, cuando les ayudamos a entablar el piso de la casa nueva, cuando bailamos, cuando me encargaron la pava muerta y me dijeron que yo tenía que desplumarla… cuando el Wolf cogió la mochila con la botella de chicha, pues son las mujeres las que deben cargar eso.
Hacia los últimos días, les pedí que me enseñaran a hacer la chicha tradicional, con yuca masticada. Siempre consideré esa idea como algo horrible, pero quería hacerlo. Así que Lupe me enseñó el día que los hombres se fueron a cosechar maní. Ese día, nos reíos mucho, pues consideraban que mi forma de hacer la chicha era chistosa. Además pude conversar con las mujeres tranquilamente y me contaron cosas de cuando Mariano y su esposa recién llegaron a vivir allá, cuando todavía había solo selva y ella tenía que dejar a la pequeña Yadira de dos años sola en la casa, con el machete en mano y los perros, hasta que ella bajara al río o al campo de yuca o de plátanos.
Ser rieron de mí porque quise cargar la “changuina” o canasta, llena de plátanos desde la orilla del río hasta la cocina, pero poco a poco fueron abriéndose, aunque sea en cierta medida y la convivencia de esos diez días fue algo que no voy a olvidar jamás. Incluso nuestra despedida fue curiosa, pues al parecer, la Organización de Comunidades Indígenas cuestionó nuestra presencia en la comunidad.
Las opciones que se les ocurrieron fue que estábamos ahí para robar talismanes, desenterrar huesos de sus abuelos, e incluso llegaron a decir que el motivo por el que andábamos descalzos por ahí, era porque habíamos venido a plantar coca… Quisieron que fuéramos ante una especie de tribunal, pero Mariano y su suegro y su cuñado, nos defendieron (nosotros no estuvimos presentes en esta discusión, habían llamado solo a Mariano), y al regresar a la comunidad nos dijeron que nos sacarían de allí cruzando el río y caminando por la selva “unos 40 minutos” (que se convirtieron casi 6 horas por la selva densa), hasta un punto donde el motorista de la canoa quisiera embarcarnos, pues desde allí, nadie quería sacarnos por el río.
Así, no al día siguiente, sino al segundo día, nos despedimos y salimos así, escondidos, cruzando el río primero en una balsa improvisada, luego en una canoa pequeña, y al final, exhaustos, bajo un aguacero tropical, nos embarcamos en la canoa a motor y regresamos al puerto Kashpaime, luego el bus, 12 horas y llegada a Macas a la madrugada.
No se puede juzgar a esas personas que nos acusaron de estar ahí abusando de ellos, pues las experiencias con el IWIA ( como ellos llaman a un demonio que es una fuerza destructora en su mitología, y que está bajo el poder ETSA y Tsunki), un Iwia moderno que no comprende la selva, que destruye todo en su ansiedad de poder, y les quita sus tierras bajo el pretexto del desarrollo del país.
No sé si algún día volvamos a ver a las personas de San José, pero de que dejaron una viva marca en mi vida, no hay duda. Fue algo más allá del turismo, de todo lo esperado, cosas que cambian algo en el modo de pensar.
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