Cuando todo hacía pensar que nunca subiría a un avión, sucedió. En combinación con mi cuñado que vive en Barcelona, acorralamos a mi marido, que tenía miedo de viajar.
Mi contacto en el viejo continente reservó tres vuelos de cabotaje, uno hacia Italia, y dos más, uno a Francia (París) y Ámsterdam (Holanda). La idea era reservar hoteles una vez que llegáramos a la casa familiar. El otoño en el viejo continente es hermoso, los colores de las hojas, el contraste de los marrones, los dorados y los verdes que comienzan a transformarse en grises, son tentadores a la vista. Salimos desde Girona hacia París, con un día de anticipación pudimos reservar por Internet el hotel.
Todo parecía sencillo, así descubrimos un hotel de dos estrellas en la calle Rue de Maubeuge, cerca de la estación de tren. Claro verlo en la computadora, resultaba muy fácil, pero después de pasar una noche sin dormir, antes de la partida, sin luz en la casa y con una llovizna intermitente, estábamos aterrados, y nos lanzábamos a la aventura. Cuál sería nuestro destino? Como haríamos para llegar hasta el hotel? .
En el aeropuerto de Beauvais Tillé, nos dijeron que teníamos que llegar al centro en un bus, que hacía el recorrido como transfer, por cierto para nosotros carísimo, € 13 cada uno. Luego de hora y media de viajar por autopista llegamos a Porte Maillot. Claro ahí no terminaba el tema, llegar al hotel, nos costó un tiempo de preguntas en inglés, a media lengua, pero con el corazón hecho un bollo.
Así comenzamos a descubrir un mundo nuevo para nosotros, ese mundo que vemos en fotos, y que resulta inalcanzable, e inimaginable, parecíamos dos pajueranos, cuando llegó el famoso RER, nos quedamos con la boca abierta, dos pisos y aire acondicionado. Un hombre muy amable que vendía en el corredor algunos souvenirs, nos explicó donde bajar y hacer combinación con el metro. Que terror, no era el subte B, sino el RER, mientras viajábamos teniendo mucho cuidado por los robos del bolso, y con la paranoia de Argentina, llegamos a Gare Du Nord, estación importante de tren.
Nos costó salir, caminamos muchísimo, hasta encontrar la salida, pero tuvimos a Dios de nuestro lado, salimos a la calle del hotel, pero lo hicimos en sentido contrario. Hacía mucho calor, a pesar del otoño. Llegamos al hotel y no podíamos creerlo, pero dejamos bolso y salimos con nuestras cámaras en mano, para comenzar con el periplo de conocer todos los puntos importantes de Paris Estuvimos sólo tres días, pero conocimos la Torre Eiffel, desde el punto más alto se ve toda la ciudad, desde uno de los puntos se ven los hermosos boulevares donde se aprecian edificios parecidos a Buenos Aires, recorrimos Montmartre, la plaza donde lo artístico resalta sobre lo humano, donde el arte habla, y cada uno está en su mundo, bares, galerías de arte, restaurantes, alrededor de la pequeña plaza, en el recuerdo volé a San Telmo, escuchábamos precios y ofertas de cuadros, que nos parecía imposible que alguien pudiera pagar ese precio.
Así llegamos al Sagrado Corazón, subiendo muchas escaleras y sacando gente que nos quería vender sus chucherías. Uno de mis objetivos era llegar a la Chapelle de la Medalla Milagrosa, y después de caminar cuadras incontables numéricamente, porque nos perdimos y nos indicaron mal, llegamos para escuchar misa, lloré de emoción, de poder conocer una capilla tan pequeña pero tan grande en mi corazón, escuchamos misa en francés, y a pesar de no sentirme tan cómoda con los franceses, sentí que mi ilusión se había hecho realidad. Recorrimos Notre Dame, el Arco del Triunfo, La Defense, Galerías Lafayette, Café De La Paix, Opera Garnier, tomamos buses, viajamos equivocándonos en el metro, vimos el Mouline Rouge, la zona roja de París,
Recorrimos calles con gente tan distinta pero tan merecedora de mi respeto, con personalidad y sin prejuicios. Después de caminar y recorrer las calles parisinas durante tres días seguidos, emprendimos la retirada, no sin antes pensar en la vuelta muy pronto. Desde el momento que partimos y a casi un año del viaje, no deseamos otra cosa que volver, fue un esfuerzo importante, por ser nuestro primer viaje, en un lugar donde nuestra lengua no existe, pero donde la tensión valió la pena.
Hoy después de un año comencé a estudiar francés, y deseo fervientemente volver, para hacer todo el recorrido nuevamente, disfrutando cada lugar con más tiempo, y más canchera, con la misma paz con la que recorren las calles los franceses, y voy a volver, de eso, estoy segura. |
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