Miércoles 22: desde Nantes hasta Bretaña
Llegaba el fin del valle del Loira pero en absoluto el fin de nuestro viaje. Aún nos quedaban 4 días para subir hasta Bretaña y regresar a casa pasando por Burdeos, mi segunda “patria”.
Nantes está a menos de 100 km de Angers. Salimos pronto por la mañana y la lluvia nos acompañó durante todo el viaje. Y cuando llegamos, y aparcamos detrás de la Catedral se nos ocurrió una brillante idea: coger un tren turístico (tengo que decir que por primera vez en mi vida) y recorrer el centro de Nantes, sin cansarnos y resguardadas del “txirimiri” que caía. Como niñas con zapatos nuevos, salimos a las 10.30 en punto y durante 40 minutos fuimos viéndo el Ayuntamiento, la Iglesia de San Nicolás, la Calle Voltaire donde se concentran los museos de la ciudad, los barrios que dan al río, con sus casas del siglo XVIII, cuando Nantes era un centro comercial muy rico, el pasadizo cubierto de Pommeraye, el nuevo Palacio de Justicia de Jean Nouvel (el mismo que firma la Torre Arbag de Barcelona), el Castillo de los Duques de Bretaña, etc.
Ya estábamos entrando en la Bretaña francesa, de hecho, Nantes llegó a ser su capital administrativa, puesto que ocupa ahora la ciudad de Rennes. Cuando acabó el “tour” del tren turístico, nos paró en la puerta de la Catedral y entramos a verla. Si la Catedral de Chartes era oscuridad, ésta era todo claridad. La han restaurado y la piedra está blanca, casi inmaculada. Se construyó en 1434 en honor a San Pedro y en su interior deslumbra el mausoleo de Francisco II de Bretaña, el último duque de Bretaña.
Muy cerca de la Catedral, se encuentra, a mano izquierda, el Castillo de Nantes. También fuimos a verlo antes de partir. Lo que más impresiona al verlo desde fuera, es el color de su piedra caliza blanca. En su interior se albergan dos museos, el de etnografía bretona y el que muestra la historia de la ciudad. Edificado por el duque Francisco II y su hija Ana (reina de Francia desde 1491 hasta 1514), el Castillo fue al mismo tiempo palacio residencial y fortaleza defensiva.
Aquí fue firmado el Edicto de Nantes por Enrique IV en 1598, gracias al cual los protestantes franceses tuvieron asegurados sus derechos. Este edicto fue revocado por Luis XIV en el año 1685. La reina Ana de Bretaña, fue ante todo, una reina que defendió la independencia y soberanía de su tierra, y así pasó a los anales de la historia, como la reina más bretona.
El paisaje, el clima y hasta la gente empezaban a cambiar. En pocos kilómetros, habíamos pasado de los pueblos engalanados del Valle del Loira, a un paisaje más agreste, más húmedo y más gris. Pero, este es el encanto de Bretaña, una tierra donde se come bien, se bebe aún mejor y se respira a yodo marino por todas partes.
Uno de los objetivos de este viaje era llegar hasta el Monte Saint Michel y hacia el norte nos dirigimos para cumplir nuestra “misión”. Yo recordaba ese lugar de peregrinación lleno de gente y entre brumas, pero habían pasado casi 6 años y tenía la esperanza de encontrarme con otro Saint Michel más tranquilo.. ¡Qué ilusa!
En el camino, pasamos por Chateaubriant. El nombre de esta ciudad me sonaba a un escritor, a una forma de guisar la carne, a un hecho histórico y ante la duda…. Lo mejor era parar y averiguar. Sí que hubo un escritor y sí que hay un solomillo de carne de buey con salsa bearnesa que llevan ese nombre, pero con una pequeña diferencia: Chateaubriand acabado en “d” y no en “t” como se llama el pueblo donde paramos. Como ya era la hora de comer y el hambre apretaba, elegimos un parque al lado del castillo y montamos nuestro pic-nic particular.
No tendría nada extraordinario comer al aire libre, pero lo que sí tenía delito era beber el vino infumable que habíamos comprado en envase de cartón… ¡¡ ni los vagabundos más paupérrimos lo hubiesen tomado!!! En fin, no todo es glamour en la France, también tienen vino “denunciable en comisaría”. Medio intoxicadas etílicamente hablando, recorrimos el centro de Chateaubriant, acabado en T y los jardines del castillo, donde estaban haciendo un reportaje de bodas a unos novios, ¿un miércoles?. Parece ser, que a veces los reportajes de fotos se los hacen otro día, vestidos y todo como en el día de “autos”. Habían elegido un buen escenario, los jardines centrales del castillo mitad medieval y mitad renacentista. Los fosos estaban decorados con jardines y flores y me recordaron mucho a los jardines de las murallas de Angers.
La lluvia se convirtió en calabobos y con los efectos del vino demoníaco, salimos en dirección al Mont Saint-Michel. Cuando por fin llegamos, había colas de coches viniendo del lugar más visitado de Francia, después de la Tour Eiffel. Hicimos bien en llegar a las 6 de la tarde porque las marabuntas de turistas ya se habían ido. Aún quedaba gente pero se podía andar por lo menos. ¿Y qué decir del Mont Saint-Michel? Pues como me ocurrió la primera vez que lo vi, sin palabras….
Con la marea baja, el cielo encapotado, y el olor a salitre, nos quedamos las tres ensimismadas mirando el “monte sacro”. Desde 1979 figura en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO y su originalidad se basa en que en realidad, se trata de un islote al que durante siglos, sólo se podía acceder por vía terrestre en los momentos de marea baja, y por vía marítima cuando había marea alta. Actualmente se puede acceder a la abadía en todo momento gracias a la carretera que lleva a los pies de la roca. http://es.wikipedia.org/wiki/Monte_Saint-Michel
Hoy es un lugar turístico de primer orden, pero antaño fue un lugar de peregrinación y de culto. Subimos hasta la cima, donde se encuentra la Abadía (entrada 8 euros) y desde allí vimos las vistas espectaculares sobre la bahía. Hasta las gaviotas que posaban para mí cámara se quedaban “in albis” mirando alrededor. Toda una “experiencia religiosa”, como cantaba alguno…
Al salir del Mont Saint-Michel aún embobadas, cogimos la ruta costera para llegar a Saint Malo, una ciudad muy turística, y especial. Los 30 kilómetros que discurren por la Costa, pasando por Cancale, merecen la pena. Es una costa que ya en su día nos impactó, tenebrosa, entre brumas y con el mar abierto que casi no se dibuja en el horizonte. Dicen que las mejores ostras de Francia se cultivan aquí.
Lo que más choca al llegar a la ciudad amurallada de Saint Malo es su aspecto de fortaleza castrense. Es como un islote de casas militares, de aspecto bastante austero y frío. El clima no acompaña, porque a pesar de que aparezca en las guías como lugar de vacaciones, dudo mucho de que se pueda bañar alguien por estas tierras. Sí que vimos mansiones a las afueras, y gente pija caminando por los alrededores. Pero lo que no vimos fue ni un bañador, en pleno agosto a las 8 de la tarde, el termómetro no subía de los 10 grados.
Encontramos nuestro Etap hotel, que colgaba el cartel de completo, y después de dejar las maletas, nos fuimos a cenar “intramuros”, unas crepes deliciosas con sidra de manzana. La visita diurna de Saint Malo, la dejamos para el día siguiente.
JUEVES 23: Desde Saint Malo a la Rochelle
Con esta era la segunda oportunidad, y no tuve más remedio que resignarme a ver la ciudad otra vez bajo la lluvia. Recorrimos todo el centro de la “joya” de la Costa Esmeralda. Se puede acceder al centro o “intramuros” por una de las 7 puertas. También se la conoce como la ciudad de los corsarios, y en muchos rincones vimos recuerdos de esos tiempos en los que los piratas tenían “un parche en el ojo y pata de palo”. Eso cantaba Sabina, pero los corsarios de Saint Malo eran más refinados, eran corsarios al fin y al cabo.
Las vistas desde las murallas hacia un mar picado, la mayoría de las veces, son de las que quitan el hipo. Aguas turquesas, verdes y azules que dejan ver los islotes rocosos donde antaño había dos fuertes militares. En el islote conocido como Grand Bé, unido a la playa de Bon-Secours por un camino de piedra tiene, además de su belleza un atractivo especial. En ese escenario ideal podríamos imaginar, escribiendo frente al mar, al escritor y político que cité antes, Chateaubriand, muerto en 1848 y nativo de Saint-Malo. Porque es allí, justamente, donde se encuentra su tumba.
Es difícil alejarse de Saint Malo, pero la idea de visitar Dinan, acto seguido me animó a coger el volante. Nos alejamos de la costa y entramos en el interior de Bretaña. Cuando llegamos a Dinan, un pueblo medieval de “postal”, había tal atasco de coches que por un momento pensé que no podría aparcar ni soñando. Menos mal, que de repente vimos a una abuela francesa intentando sacar su coche, mientras golpeaba a todo lo que le rodeaba por los 4 costados. Ella sí que “percutaba” los coches. Dinero hubiera dado yo porque le viera en ese momento el policía de Tours que me tocó las narices el día anterior. Pero bueno, lo importante es que nos dejó aparcar y pudimos recorrer a pie todo el centro histórico de Dinan.
El nombre de Dinan es el resultado de la contracción de dos palabras celtas "Dunos" y "Ahba": la colina de Ahna, dios de los vivos y de los muertos. Su origen data del año 850, cuando Nominoe, primer rey bretón, al pie de una colina y a orillas del río Rance, instaló a unos monjes. Lo mejor es recorrer sus calles, ver sus casas de madera, respirar el ambiente medieval de sus tiendas y casas, ver el Castillo, la catedral y las 14 torres de defensa que circunvalan las murallas de 14 kilómetros. La Plaza des Cordeliers es impresionante, y la principal calle, la Rue de Jerzual, es una de las calles más empinadas y con un gran número de casas de madera del siglo XV. Es una ciudad muy visitada, llena de turistas y las tiendas de recuerdos están a rebosar.
Para comprar las típicas galletas y caramelos salados, típicos de Bretaña, es un lugar perfecto. Y si de gasta dinero se trata, en Dinan se pueden comprar todo tipo de objetos de decoración celtas, que por algo estamos en Bretaña, sidra de manzana, crepes, galletas y dulces, ropa marinera, etc. Así salimos nosotras de Dinan, con la Visa quemada y la cámara caliente de tanta foto.
Desde Dinan bajamos hacia el Sur, hacia la que dicen es la “puerta del mar hacia Bretaña”, la ciudad de Vannes. Otra vez el mar, y otra vez el olor a brisa marina que tanto me gusta. Nuestro pic-nic lo montamos en el puerto velero de Vannes que es casi como un “brazo del mar” que entra en la tierra. También merece la pena recorrer su centro histórico y ver sus murallas, sus 3 puertas de entrada, la catedral de Saint-Pierre y sus calles estrechas y casas entramadas que recuerdan mucho a la ciudad de Dinan que acabábamos de ver.
Yo había visitado Vannes en el viaje anterior, y tenía un buen recuerdo, pero esta vez no pudo ser, por falta de tiempo. Muchas cosas queríamos ver antes de que se hiciera de noche. Siguiendo la costa hacia la izquierda, desde Vannes, llegamos al Golfo de Morbihan, que en Bretón quiere decir pequeño mar. En realidad es como un estuario, resguardado del Océano Atlántico con muchas islas e islotes, a los que se puede ir en barco. Nos quedamos con las ganas de hacer un paseo en barco y lo dejamos como asignatura pendiente para nuestro próximo viaje, dedicado exclusivamente a la Bretaña Francesa. Volvimos sobre nuestros pasos, y retomamos desde Vannes la dirección hacia el interior, hacia Nantes.
Sin llegar otra vez a Nantes, nuestro camino seguía hacia La Rochelle, más al sur. Tan al sur que yo pensaba que nos quedarían unos 100 km y a las 8 de la tarde, vimos un cartel en el que se anunciaba La Rochelle a más de 200 km!!!. Me dio un soponcio pero no llegó el pánico, aún teníamos tiempo de ver dos lugares más: Guerande y la playa más larga de Europa: la Baule (6 km). Para los amantes de la mantequilla con sal, Guerande seguro que les suena. Es un pequeño pueblo medieval y amurallado, como Dinan, muy turístico y con mucho encanto. Está rodeado además de salinas y criaderos de ostras. La playa de la Baule, como decía, está muy cerca y merece la pena verla. Es realmente larga, larguísima. Y aunque el tiempo por estas latitudes no invita al baño, sí que vimos a gente bañándose con trajes de neopreno. ¡¡A saber a cuántos grados estaba el agua!!!!
Muy fría sin duda, y vista desde las alturas del gran Puente de Saint Nazaire que nos tocó cruzar, más fría todavía!!!! Llegaba el “momento tensión” del viaje. Impresionante, enorme, magnífico y grandioso el puente más largo de Francia. De lejos y conforme te vas acercando parece una gran serpiente que colea sobre el mar. Tiene 60 metros de altura y 720 metros de longitud.
Empezamos a gritar como si entráramos en una gran montaña rusa, fue genial el momento, aún hoy me estoy acordando de la sensación de vértigo que tuvimos. ¡Puritita adrenalina!! Cayó la noche y paramos a cenar en la carretera. Ingenuas de nosotras, nos salimos de la carretera general para encontrar un bar o un restaurante en algún pueblo, donde cenar. Ni un alma, como si la peste hubiese arrasado todo lo que se le ponía por delante. Por no encontrar, no vimos ni una casa iluminada. Así que al final, volvimos a la civilización y claudicamos frente a un Mac Donalds. No era la cena de nuestra vida, pero por lo menos llegamos a la Rochelle a medianoche sin comernos las unas a las otras.
VIERNES 24: desde La Rochelle hasta Burdeos
Tan bonita como siempre.
La Rochelle es otro de los lugares de Francia a no perderse. Desayunamos un café con “croissants” y fuimos hasta el viejo puerto, levantado bajo el reinado de Leonor de Aquitania. Allí destacan las dos torres que abren la ciudad al mar. Se nota a primera vista que es una ciudad rica, y con un pasado muy turbulento, y plegado de hazañas históricas. Entre los edificios sobresalientes de la ciudad -aparte de las casas de arquitectura tradicional y edificios nobles de piedra- está el Palacio de Justicia, el edificio la Maison Henri II, construido en el siglo XVI, en estilo renacentista y el hôtel de la Bourse del siglo XVIII donde está actualmente la Cámara de Comercio y el Tribunal de Comercio.
Con tiempo, es una ciudad para quedarse un par de días, y disfrutarla. Además, se puede ir desde su puerto en barco hasta la Isla de Ré, que por su tamaño es la segunda más grande de Francia. Salimos de La Rochelle con destino a Burdeos, y en el camino paramos en Saintes, otra ciudad pequeña y muy agradable. A orillas del río, Saintes, cuenta con una catedral de techado interior de madera impresionante, en honor a Saint Pierre, con un anfiteatro galo-romano, unas termas, y un centro peatonal cargado de historia.
Un buen sitio para parar, para descansar y comer al borde del agua. Teníamos que estar preparadas para el encuentro con mi "segunda patria". En los alrededores al salir de Saintes, empezamos a ver, los campos inmensos de viñedos que nos anunciaban la cercanía de la capital mundial del vino: Bordeaux. ¿Qué puedo decir y contar de mi segunda ciudad?. No seré objetiva, si digo que es de lo mejorcito de Francia, pero sí que puedo decir que “me la han cambiado” , que el centro lo han hecho peatonal, y que si ya era una ciudad hermosa, ahora ya es el “rien ne va plus”!!!.
Cuando llegamos el tráfico que iba en dirección a París era colosal. La entrada a Burdeos fue costosa pero al final conseguimos aparcar en un parking nuevo, en el mismísimo centro, al lado del Gran teatro. Es increíble lo que ha cambiado y lo bonito que han dejado todo el centro. La Rue Sainte Catherine, la plaza de la Bolsa a orillas del río Garona, el barrio Saint Michel, La Plaza des Quinquonces con su gran fuente de figuras de bronce, La plaza Gambetta, la catedral, también restaurada.
Les hice a mis chicas una visita guiada por la “gran capital burguesa” y, la verdad, es que quedaron encantadas. Pija, snob, todo tipo de calificativos han vertido sobre Burdeos, pero qué le vamos a hacer… Ahora, para más inri, su centro peatonal, ha sido declarado “patrimonio mundial de la UNESCO”, y si ya tenían motivos de orgullo sus habitantes, ahora ya pueden rizar el rizo!!!. Pero, sigo sin ser objetiva, no puedo serlo, es cuestión de sangre.
Cuando acabó la “turné” fuimos a casa de mi tía y allí cenamos un suculento “poulet” asado. ¿De postre? Lo mejor: una visita nocturna por el Burdeos “by night”. Desde la otra orilla del Garona, las vistas nocturnas sobre Burdeos son impresionantes. Lo único que nos amargó la noche, fue ver unas sombras sospechosas navegando por el río en forma de “ratas” gigantes. Con los reflejos de la luna casi llegamos a ver a los monstruos, y antes de que nos diera un ataque de histeria, nos fuimos corriendo a la ciudad en busca de una terracita para tomarnos un merecido “capuchino”. Lo conseguimos, también a orillas del río pero en un garito muy fashion y muy pijo, al que ni un mal bicho hubiera optado por acercarse. Son las cosas del directo.
Sábado 25: Bahía de Arcachon
Por fin!! Por fin nos levantamos con 30 grados de temperatura y con ganas de tostarnos al sol. La mejor manera de acabar nuestro Tour de Francia, era hacer una excursión a la ciudad turística de Arcachon y su bahía. Después de desayunar unos croissanes calentitos y recién sacados del horno de la pastelería del barrio, ma chère tatie fue nuestra cicerone particular durante todo el día. Pleno verano, y un sábado… las probabilidades de encontrarnos con colas kilométricas en el camino eran más que probables. Los Bordeleses suelen acudir en manadas a la costa, especialmente los fines de semana, pero tuvimos suerte, los atascos no fueron monumentales.
La primera parada fue frente a la “Dune du Pyla”, la duna más grande de Europa (ya sé que esto de los récords, es bastante patético) pero hay que contarlo no? Cuando era pequeña no había escaleras para subir, había que subir a pulso, resbalándose en la arena, y bajando a trompicones. A mis casi 40 años, la posibilidad de subir hasta arriba sin ayuda de escalones era casi un castigo, una pesadilla. Pero como Dios es justo y misericordioso, resulta que sí, que hay escaleras, y aunque a la cima, se llega con la lengua fuera, merece la pena el esfuerzo, las vistas desde arriba, por un lado al Atlántico y por otro, a los bosques de pinares, son un premio a la subida y a la edad que no perdona. (ver fotos).
Y para seguir disfrutando de Archachon, fuimos a coger un barco para cruzar la bahía hasta el “cap ferret”. Comimos en un restaurante frente al embarcadero y cruzamos en barco hasta el otro lado. Mientras, mi tía rodeaba la bahía con el coche para ir a recogernos a nuestra llegada. El tránsito no es muy largo, apenas 15 minutos, pero lo suficiente para disfrutar del paisaje y de una dosis de brisa marina. Ya en tierra y con el coche, nos acercamos hasta un lugar muy mágico, se la conoce como “la pointe”, la punta. Es como llegar al fin del mundo, a una luz cegadora y a un mar que se confunde con islas de arena. Fue otro de esos momentos “sin palabras”, de miradas perdidas en el horizonte, de pensamientos íntimos confundidos con la grandeza de la naturaleza.
Mar infinito, olas salvajes y mucha gente cabalgando sobre las olas con sus tablas de surf, esto es lo que nos encontramos al llegar a Lacanau Ocean, donde habíamos quedado con mis primos y mi tío, para cenar en su casa. Dicen los entendidos en la materia que estas playas salvajes no tienen nada que envidiar a las de Tarifa o Mundaka. Y mientras comprobamos si era cierto o no, nos dejamos tentar por una cerveza fresca y por los cuerpos “danone” que circulaban por la zona. Atrás quedaban los fríos norteños y la lluvia anticipada, ya llegaría el otoño cuando tuviese que llegar….
Y así acababa nuestro gran viaje por la France, cenando en familia, echando unas risas y recordando todos los sitios que habíamos visto en 10 días. Al día siguiente nos quedaban 8 horas de coche y tampoco era cuestión de prolongar mucho la noche. Aunque no fue por falta de ganas. Hacía tiempo que no veía a mi familia y me gustó mucho el reencuentro.
Domingo 26: despedida y cierre
Salimos el domingo a las 10 de la mañana y 5 horas más tarde, llegamos a la frontera de la junquera. El plan inicial era parar en Toulouse a medio camino, pero con más de 4000 kilómetros, entre pecho y espalda, lo que queríamos era llegar lo antes posible a casa. Tuvimos suerte de que no padecer ninguna retención. Después de parar en una estación de servicio, tras pasar Gerona, y de encontrarnos con una amiga, seguimos ruta sin salir de la autopista y a las 7 de la tarde, más o menos, llegamos a casa, a Castellón.
Así acabó nuestro particular "Tour de France", con aventuras, con muchas imágenes, muchos recuerdos en la mente y con ganas de organizar el siguiente, ¿dónde? ya veremos.. pero seguro que repetimos las 3 ¿verdad chicas? |
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