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Cabo Norte Noruega  

El porqué de viajar y mi Gran Viaje

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Sincro
18/09/2007


De niño, las noches de fin de semana siempre acababan igual. Y si mi padre trabajaba de mañanas, si yo no estaba dormido a su llegada cuando el trabajaba de tardes y si tenia mucha suerte… algunas de entre semana también acababan igual.

Esperaba esos ratos con ansiedad, deseaba escuchar historias de los viajes que mi padre me contaba, dormía y soñaba con ellas. Escuchando sus historias mi padre debía de ser un gran viajero, pero en honor a la verdad, mi padre era un gran teórico de los viajes. Devoraba libros, revistas, periódicos… todo valía para contarme si llegaba esa noche, una gran historia de un sitio lejano.

Consiguió dos cosas, aficionarme a los viajes y a la lectura. Devoraba a Emilio Salgari, Julio Verne, Víctor Hugo… las culturas lejanas me parecían cada día mas interesantes. En marcha, miraba por la ventana nuestro SEAT 600 y le preguntaba a mi padre “¿hasta donde podemos ir con ese coche?”. 

Disfrutaba los interminables viajes a Villafranca del Penedés y Villanova i la Geltru a ver a la familia, mi imaginación infantil me situaba en un bergantín, en un trineo para perros, en un globo… aprendí a disfrutar del viaje en sí tanto como del destino al que íbamos, el diminuto cristal trasero del “botijillo” era una mágica ventana a tierras diferentes, colores diferentes, gente diferente… pero los sitios que visitábamos eran demasiado cercanos en el ya desgastado Atlas que una vez tras otra manoseaba y miraba con deseo, “algún día…”  

Al baqueteado SEAT 600 le sucedió otra joya, un Morris MG 1300 blanco de tercera mano. Cuando lo ví desde nuestro cuarto piso, volé por las escaleras hasta la calle. El GRAN VIAJE estaba cerca, con esta máquina si. Mi relato favorito era sobre CABO NORTE (Noruega), la punta de tierra más cercana al polo en el continente Europeo.

Llené un cuaderno de cosas con las que cargar en el coche, con sitios por los que pasar, dándole la paliza a mi padre sobre cuanto podemos recorrer cada día, lo que necesitamos, ¡la de veces que me mando a “escaparrar”!. Cabo Norte, las ballenas, los lapones, el Polo magnético, los renos… tres años me pasé diciéndome, “el verano siguiente”, pero ese verano no llego, y la edad del pavo y “mis primeros pelos” se llevaron parte de  la ilusión, aunque siempre quedaba el rescoldo de ese fuego que me devoró de niño.  

Al MG le sucedió un Renault 12 Ranchera, por fin nuevo, y con él la ruptura de la mítica barrera de los 100 Km/h. Viajar era más rápido, y parece mentira, cuanto menos tardas, menos valoras lo que es el viaje en si. Con la velocidad también llega la perdida del romanticismo de los viajes, en mis libros aprendí que lo verdaderamente especial cuesta, el tiempo y el “sufrimiento” son la moneda con la que se paga el peaje que lleva a sitios mágicos, y viajar rápido y fácil, dejó de ser divertido.  

Seguí creciendo (en aquella época sólo a lo alto) aprendí a viajar por mi cuenta, memoricé los itinerarios y horarios de los autobuses al Moncayo y al Pirineo, y cuando conseguía ahorrar de mis propinas, escapada a la montaña. Recuerdo que cuando pise mi primer glaciar me emocioné y momentáneamente me ví en el invierno Noruego, pero no era Cabo Norte sino Monte Perdido, y los “Lapones” eran compañeros de Montañeros Salesianos.

Cuando estaba estudiando en La Salle Gran Vía, SEAT lanzó el IBIZA, y como una medida más de publicidad el profesor de gimnasia de allí y un periodista lo llevaron hasta Cabo Norte, ¡al fin mis ojos podían contemplar lo que tanto tiempo habían soñado!. Las diapositivas que nos proyectaba en el salón de actos pusieron imagen a lo tantas veces imaginado. Los sueños volvían a mi mente, ¿podría yo algún día…?, seguramente no, es un viaje demasiado importante, sólo los elegidos pueden hacerlo, es demasiado místico, demasiado irreal...   

Con mi entrada en el mundo laboral se despertaron nuevamente mis ansias viajeras, al principio en tren, posteriormente en mi Ford Escort. Pero mi tiempo estaba demasiado “ocupado” como para poder destinar un mes entero de vacaciones para mi. Me recorrí toda España y el sur de Francia con mi “zapatilla veloz”.

Cuando hablaba de largos viajes la gente me decía que estaba loco y que cogiese el avión… ¡el avión!. Me encanta volar en planeadores, ultraligeros, me chifla la aeronáutica pero esa masificación, esa facilidad… ¿dónde estaba la aventura en ese viaje?, si, vale, en que los de Iberia no te pierdan las maletas, pero no es lo mismo... Mi mente racional se doblegaba ante mi corazón emocional que recordaba esos sueños de niño en los que un viaje es algo mas que llegar a un sitio y sacar 3 carretes de fotos, que cuesta algo más que un serruchazo a la VISA, y que desde luego, en pocas “agencias de viajes” se puede contratar y planificar la autentica aventura.

Tras dar tumbos por varias aficiones y compromisos tomé LA GRAN DECISIÓN. ¡Por fin iban a ser para mi los fines de semana!. Decidí abrir timadamente el arcón prohibido que desde niño me habían obligado a tener bajo llave, aquel donde se escondía un sueño que olía a gasolina, asfalto, cuero, kilómetros, gente nueva por descubrir, ¡y tantas cosas por aprender!.

Desde niño, pegado a la televisión veía a la gente que vivía en y para la carretera, cada día una ciudad, un paisaje. No corrían sobre cuatro ruedas, lo hacían sobre dos, y en el depósito de esas máquinas de hierro, dos palabras “Harley Davidson”.
-“¿Estas loco?, ¿qué van a pensar tus compañeros de la CAI de uno que va en Harley?”.
- “Mamá, que me conocen, opinaran lo mismo que cuando estoy con los chavalillos del gancho, o con la música… que estoy ‘grillao’ y punto”.
- “¿Y tu padre, que pensaría tu padre…?”.  

Mi padre imagino que se habría cabreado soberanamente conmigo, pero cuando viese que esa máquina me transporta a los sueños que compartíamos años antes, me habría mirado con ojos tiernos y fingiendo cabreo conmigo le habría dicho a mi madre:
- “Si es que no se puede hacer nada con él”…
...Y se habría marchado, nervioso, pasándose las manos por su pelo cano.  

Al entrar de lleno en el mundo de las motos descubrí a más gente con las mismas inquietudes que yo, con ganas de descubrir la aventura de viajar. Al principio más torpe que otros, fui recorriendo la geografía de mi provincia, de mi región de mi país… hasta que llego el momento de mi primer viaje internacional, a una concentración del Harley Owner Group en St. Tropez.

Traspasar por primera vez una frontera en moto es una sensación que me gustaría que todo el mundo pudiese sentir, te sientes parte de la carretera, te ves como parte de las películas… los polis de la frontera con cara de cansinos y tu con un careto de ababol que se te caen las lágrimas.

St. Tropez fue apasionante, conocí gente de todo el mundo, eres español, y por ende, simpático, y si te pagas dos birrillas todos te cuentan cosas de sus países. Por supuesto, de los que más amigos me hice fue de los noruegos… y mira que lo intenté con las noruegas, pero jó, me sacaban casi dos cabezas y los tíos de allí son como armarios de tres puertas…  

A ese viaje le sucedieron muchos otros, Italia, Eslovenia, Polonia, Praga, Faro, Marruecos… hasta que decidí que había llegado el momento. Cabo Norte, allí voy. Me lancé en pleno mes de mayo y en solitario a la aventura. Las alforjas llenas de comida y un saco lleno de ropa, cargándose en la moto, cuando de repente… ¡zás! el pulpo con el que estaba atando el saco se rompe y me da justo en el ojo.

Un par de horas en urgencias del Hospital Provincial y tras discutir con los médicos que me dicen que es una pelea y que van a llamar a la policía (¡¡¡¿pero no veis como voy vestido?!!!), me aconsejan estar tres días con un parche en el ojo y tranquilito en casa… hice justo lo contrario, en mi línea. Al llegar a casa fuerte tirón y adiós parche, eso si, con media ceja tras el, para cachondeo de los colegas que me esperaban en Daytona Bikes para despedirme.

Fue casi una temeridad, en esa época todavía hay mas de un metro de nieve en algunas carreteras, así que ocurrió lo que tenía que pasar, frenazo, patinazo y patapun p’al suelo. Conseguí llegar a Cabo Norte, pero la misma tarde, adiós Bendix, moto en camión (tardó un mes en llagar a casa) y yo repatriado por el RACE en avión.

Mi padre me enseñó que un viaje es ida y vuelta, que no sirve de nada llegar si no vuelves, así que mi triunfo inicial se tornó en decepción. Por lo menos había visto la “bola”. Tenía que volver.  

Un mes más tarde tuve un desgraciado accidente con otra moto (japonesa tenia que ser…) que casi me hace perder el pié. Durante ese tiempo tuve el apoyo de mucha gente, sobre todo de la sección de Mototurismo de la CAI, los CAImanes, y de mi amigo Raúl de Bilbao. A Raúl lo conocí en Portugal, y empezó allí una amistad eterna por lo que hemos compartido juntos.

Pasó días y días en casa, vino a reparar máquinas a esta zona varias veces, y por las noches… pedía que le hablase de mi fallido viaje. Una noche, tras vaciar media botella de Southern Comfort, hicimos un pacto entre caballeros. Tenía que retomar las motos justo donde lo había dejado, en Cabo Norte, y el, vendría conmigo.  

Fueron meses de preparativos, esta vez tenía conocimientos del sitio y a un ángel llamado Amalia en CAI Viajes que consiguió pasajes en un Ferry de Rostock (Alemania) a Hanko (Finlandia), cuando nadie, ni la naviera lo creía posible. Amalia, vales MI peso en oro.
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Ultimos comentarios:

margee dijo:

Me emociono tu diario...cuando era joven..hice mis escapadas en moto..y tambien tengo mi tobillo derecho malito por un accidente en moto...tres meses sin caminar..pero quien me quita lo motorizado!!! jejeje..las aventuras en moto son de pelicula!!! sigue lograndolo..te deseo exitos!! saluditos! .....nos debes las fotos!!!

miércoles, 19 de septiembre de 2007, a las 07.55

pame12 dijo:

Claro que los sueños se hacen realidad,de este lado del mundo 2 jovenes tambien recorrieron America del sur en moto,me gusto mucho tu diario.

miércoles, 19 de septiembre de 2007, a las 21.25

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