aquí cuando llueve, llueve
Nos levantamos en ésta delicia de hotel y, viendo el solazo que luce en lo alto, a pesar de que no son más que las seis de la mañana, decidimos irnos a Bastimentos. Un islote que se adivina perfecto a no más de cinco minutos en paquebote. Listos los bártulos, nos vamos al encuentro de William, un gaviero local negro tizón que nos ofrece su lancha por un par de pavos por barba.
Arribados a la isla obervamos con estupor que lo de la basura sigue siendo un mal mayor que las mareas depositan en la orilla a modo de improvisados vertederos.Nos dirigimos al hostal bastimentos http://www.hostalbastimentos.com/ donde nos recibe el Ínclito Dixon -no confundir con el afamado Dj teutón-. Nos va mostrando habitaciones hasta que nos decidimos por la que él llama la Suite. Un minúsculo habitáculo amarillo hospital, jalonado por dos estupendas hamacas, con unas vistas divinas sobre la bahía y por un precio más que módico de 16$ la noche. Bien. Nos acomodamos, y dado que el sol luce brillante, salimos pitandillo para la playa. Dixon nos asegura que en el camino hay lodo para complacer a toda una piara. Lodos a mi, ja! Y bueno, pues por medio de la selvita, de fango hasta las rótulas, llegamos a pensar que estamos perdidos. Cuando el barro, la fauna indómita y el calor sofocante están a punto de hacernos desistir, oímos el preclaro e inconfundible sonido del mar. Y ahí frente a nosotros, se muestra divina una playa de vegetación exuberante, olas de muerte y, por fin!, nada de basura ni suciedad. Un playón, oiga. Con la sonrisa dando la vuelta a la nuca, nos bañamos plácidamente, comemos los restos del día anterior y nos pegamos un señor paseo. A la vuelta nos encontramos con un trío de polacos –de Polonia, no de Cataluña- con los que pasamos la tarde entre baños extenuantes y puesta en común de las vidas de unos y otros:
Viven en Chicago desde hace seis años, y hace algo más de cuatro meses decidieron venderlo todo e irse de viaje. Han recorrido México, Cuba, Belice, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Los colmillos me llegan hasta el suelo como es lógico. Son tan polacos que huyen del sol y han venido siguiendo las cordilleras, evitando la playa y el sol sofocante. No digo más que su paraíso perfecto es Alaska. Y es que hay gente pa tó. Son encantadores, de modo que cenamos con ellos y nos despedimos a la noche en el colmado del chino que hay al lado del Hostal, prisioneros de una marea de mosquitos que hacen su agosto con estos blanquitos.
Un inciso merece el hecho de que, también aquí, los chinos dominan el comercio al por menor, y como en España, son tratados con la misma indolencia por los parroquianos. La aldea global también extiende sus odios y manías. Por la noche instalamos la mosquitera Quechua impregnada con permentrina que tanto gusta a Lasanta y que tanto bien proporciona. Nos despierta en medio de la noche una versión remozada del Diluvio –again-. Uno teme por la consistencia del Hostal, pero a lo que parece, esto no es más que un orbayo local, cuyo único inconveniente parece ser su capacidad para ahuyentar a los turistas. La mañana la pasamos remoloneando por el lugar felices y contentos, leyendo el periódico, oyendo por el transistor a Dj Ruiz en las Ondas, y vagueando mucho y bien.Dixon es un gran charlatán, y ameniza cualquier rato muerto. Tiene 44 años, varias mujeres, hijos y nietos, y aún así, no pierde momento para piropear a mi Santa con más gracia de la que yo pueda tener nunca. El jodío. Seguiremos informando –mientras ahí fuera venden cervecitas frescas Panamá a dólar la unidad- Qué buenos precios oiga!!. !!.
Por aquí se empieza Antes de nada, perdón por los retrasos en iniciar este blog. Por aquí es todo tan intenso que uno se agota y no queda tiempo para escrituras.
Así que al lío. Que hay poco tiempo y ahí fuera reluce el sol y la playa nos espera.
Día uno: Llegamos a Panamá city tras veinte horas de viaje extenuante, cruzando el atlántico de punta a punta. En el aeropuerto internacional de Tucumán nos espera un propio del hotel Marparaíso.
Zaíno y bragao pero diligente, nos acerca a la ciudad en compañía de dos franceses que apenas nos dirigen la palabra. Es de noche y estamos agotados. El hostal parece uno de esos cuchitriles que Gabo menciona en sus “memorias de mis putas tristes” y que a buen seguro harían las delicias de mis adorados Ana y Alfredo Alzueta: luz mortecina, pelos anónimos por toda la cama, un baño insalubre y vistas a un edificio desvencijado.
Un horror. Deberíamos habernos dado cuenta, 22 dólares por un cuarto y traslado desde el aeropuerto era cuando menos sospechososo. Estamos tan cansados que nos dormimos vestidos de punta a cabo y sin rechistar.
A la mañana siguiente salimos como alma que lleva el diablo en busca de otro cuarto
en mejores condiciones. Paseo por el Malecón, y visita express a un barrio que pensábamos era el Casco Viejo, y resultó ser sólo viejo, pero sin Casco.
Son las seis de la mañana y el bullicio es asombroso; todo el mundo vende y compra
de todo. Nosotros, con el hambre en la glotis y el pasmo en los ojos, caminamos sin rumbo y a lo que parece, en la dirección equivocada, hasta que una pareja de policías nos
invita a subir a su automóvil y nos devuelve a la civilización, previo paso por un par de
hoteles de mejor aspecto.
Optamos por el Montreal, algo más caro pero infinitamente
mejor -no era difícil después de todo- A partir de ahí la cosa mejora, aunque no mucho. Panamá es una ciudad caótica, llena de coches de combustión dudoda que proporcionan al aire un olor inconfundible, y orgullosa de sus edificios infinitos a medio terminar. Nada especialmente memorable si no fuera por sus restaurantes. Ahí se salen, no hay que engañarse. Se come rico rico y barato barato.
De los buenos sólo catamos en Madame Chang, un chino estupendo a unos precios minúsculos que le hacen sentirse a uno rico por un rato. Palmas y aplausos. Día y medio es más que de sobra, así que nos ponemos en marcha hacia Bocas del Toro, el paraíso prometido -al menos por las agencias de viaje- Y directos para el aeropuerto. Ésta es una experiencia que recomiendo a todos los que sufren de pánico a volar.
Un avioneto poco mayor que un microbús nos espera en la pista de despeque. Tras un día de sol abrasador, comienzan a caer chuzos de punta versión Diluvio Universal. Ay!. Mientras despegamos no gurguta ni Dios.
Lasanta y yo perdemos un tercio de nuestra masa corporal vía sudoración extrema. Una vez que el acongoje nos lo permite, disfrutamos de un paisaje inenarrable. Bosques tupidos, costa caribe de foto-postal, arrecifes a vista de pájaro. Una delicia. Nos espera el hotel bahía. Un clavo para los precios de aquí, pero una absoluta maravilla. Un casoplón de más de un siglo antiguo alojo de la compañía bananera -tómese como sustantivo y no como adjetivo, que también-
Y aquí comienza lo bueno bueno. Cuando uno logra obviar la cantidad de sedimento humano y porquerías varias que jalonan las calles, Colón se muestra como un pueblo caribeño divertido y muy especial. La intuición cromática de estas gentes es pasmosa
y lo cubre todo. Casas, coches, telas….
Nos lo pasamos pipa y entramos en contacto con algunas de las realidades que seguramente nos acompañarán todo el viaje. La más importante la cerveza Panamá, de la que me hago adicto hasta el punto de comprarme una camiseta con su logo y lucirlo orgulloso por la calle principal. Otro día y medio por estos lares, ya plenamente conscientes del espíritu local.
Baste decir que lo que sirvió de pista de aterrizaje para nuestro microbús volador, se recicla en cancha de fútbol y lugar de dispersión para las criaturas locales. Si bien es cierto que el problema de la basura se torna excesivo en algunos momentos, no lo es menos que la vegetación abruma por todos lados.
Hay más biodiversidad en medio metro cuadrado que en toda la sierra madrileña. Nos quedamos boquiabiertos a cada paso y nuestros ojos astures se salen de las órbitas ante tanto pájaro de color y tanto verde bonito.
Mañana toca Bastimentos, la islita de enfrente. Si todo va bien. Nos alojaremos en el Hostal Bastimentos y conoceremos a Javier, amigo del uruguallo falso que tanto gusta del junco, sus músicas y sus licores.
Seguiremos informando. |
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