Día 22. Domingo.- Cuzco
Después de un estupendo desayuno, en el precioso comedor del hotel, antiguo refectorio del convento, subimos en nuestro autobús para visitar una serie de construcciones incas que se encontraban cerca de la ciudad de Cusco.
Partimos del hotel camino de Tambomachay, pudiendo observar algo del monumental centro de la ciudad, donde todos los rincones participaban de la fusión entre los muros incas, las blancas casas coloniales de azules y repujadas balconadas, las recoletas plazas porticadas y las iglesias y monasterios de altos campanarios, que a voces proclamaban su barroquismo cusqueño, mezcla de dos culturas.
Nos dirigimos hacia el sitio arqueológico de Tambomachay que se encontraba a 8 Kms al noreste de Cusco, por una carretera asfaltada. Se ubicaba en las faldas de un cerro cerca del camino principal al Antisuyo, sobre el río Tambomachay. Según nos contaron parece que se trataba del balneario favorito del inca, pero al mismo tiempo, fue uno de los pilares del sistema defensivo del valle del Cuzco. Estaba formado por un conjunto de estructuras de piedra finamente labradas, acueductos y caídas de agua provenientes de los manantiales y fuentes termales cercanas por lo que se piensa estuvo relacionado con el culto al agua.
El monumento era notable por su excelencia arquitectónica. Observamos cuatro muros o terrazas escalonadas, adosadas al cerro y construidos sobre la base de poliedros irregulares de piedra labrada, magistralmente ensambladas, que formaban tres andenes paralelos. Sobre el último se erigía un grueso muro adornado con cuatro hornacinas. Las piedras habían sido perfectamente encajadas y presentaban cuatro grandes nichos u hornacinas trapezoidales. Frente a la construcción había un torreón circular que debió tener fines de defensa y comunicación. No se ha podido descubrir hasta ahora el origen del manantial que abastecía de aguas limpias y abundantes a las fuentes. Algunos creían que la suave pendiente donde se emplazaba el sitio no tenía capacidad para producir esas aguas y que ellas podrían originarse en la margen opuesta del río. De lo que no queda duda era de la perfección en el labrado de los canales.
El sonido del agua, la tranquilidad y la paz del ambiente, así como la forma cerrada y recogida del espacio en el que fue construido, daban a Tambomachay una atmósfera peculiar, que se unía la habilidad de los arquitectos andinos para armonizar las construcciones con el paisaje.
Desde allí pasamos sin parar por Puca Pucara. Se trataba de una construcción militar compuesta por terrazas superpuestas, plazas interiores, acueductos, atalayas, altos muros y escalinatas. No obstante, su presencia en el camino podía indicar también que fue un tambo, aunque su estructura no correspondía al trazado estándar con el que se construyeron esas edificaciones a lo largo de los caminos incas; sobre esta posibilidad existía la versión de que el Inca alojaba allí a su numerosa comitiva cada vez que decidía visitar los baños de Tambomachay.
El sitio ocupaba otro de los típicos roquedales que sobresalían en el llano de Sacsayhuamán. Seguidamente fuimos hasta el sitio de Quenqo, Los españoles clasificaron ese monumento como un anfiteatro, seguramente porque mostraba una construcción semicircular. En realidad, se ignoraba la finalidad de esa construcción ciclópea, que bien podría ser un altar, un tribunal o la tumba de un inca, tal vez de Pachacútec. Se presumía que fuese uno de los santuarios más importantes que había en el incanato.
Fuimos hasta un promontorio rocoso en el que una escalera labrada en la roca viva nos conducía hasta la cumbre. Allí nacía un pequeño canal en zigzag que, a partir de un hoyo menor, descendía para luego bifurcarse en una rama que seguía la pendiente y otra que llegaba a la cámara subterránea al interior del roquedal. Pudo haber servido para conducir la chicha ofrendada o la sangre de los sacrificios de llamas de algún ritual aún no esclarecido.
En la misma cumbre quedaban los restos tallados de lo que pudo ser un cóndor, cuya cabeza fue rota, así como la de un puma. Desde allí, nos dirigimos hacia una especie de cámara subterránea labrada en una roca que fue toda una proeza. Pisos, techos, paredes, mesas y nichos, fueron cuidadosamente tallados en la roca viva. Sin duda, constituyó un lugar de culto para ritos secretos y escondidos.
Los constructores del lugar completaron su composición con habitaciones de servicio en el perímetro. Poseía además andenes y canales para la evacuación del agua de lluvia. Continuamos nuestra ruta hasta una de las construcciones incas, que más asombraban a quienes las visitaban: Sacsayhuaman. Se trataba de una espectacular fortaleza construida con enormes rocas talladas, unidas con absoluta precisión.
Junto con Machu Picchu y Choquequirao era, sin duda, una de las mayores obras arquitectónicas del Tahuantinsuyo. Pero, además, representaba la indudable constancia de la capacidad administrativa del imperio y su poderoso aparato logístico. El aspecto que presentaba, era muy distinto al que dejaron los conquistadores, pues esta fortaleza fue utilizada como cantera para construir el Cusco colonial.
Usualmente se describía a Sacsayhuamán como una fortaleza, al encontrarse prácticamente encerrada por tres pendientes, y estar conformado por colosales bloques de piedra prodigiosamente unidos, que resguardaban la ciudad. Sin embargo, el hecho que los incas construyesen allí una fortaleza resultaba extraño, ya que en el momento de su construcción no tenían ninguna necesidad de defenderse de ataques exteriores. Solamente pudimos dar una vuelta por el frente principal de la construcción que estaba protegido por un formidable sistema de tres andenes. Estos eran soportados por muros zigzagueantes, constituidos por piedras de gran tamaño, que asombraron a sus primeros visitantes y que nos asombraron a todos nosotros. Este muro principal estaba formado por piedras que llegaban a medir hasta 5 metros de alto y 2.5 metros de ancho, y que podían pesar entre 90 y 125 toneladas métricas. Mover estas piedras debió ser una verdadera proeza, pero también lo era el perfecto encaje entre ellas, así como el cuidado puesto en la curvatura de los almohadillados.
No pudimos visitar el interior de este maravilloso complejo y tuvimos que contentarnos con acercarnos al muro y colocar las manos sobre sus inmensas piedras, para que según nos dijeron, nos transmitiesen una especial energía que encerraban estos bloques. El gran tamaño de las piedras utilizadas en su construcción y el paisaje circundante nos resultaron impactantes.
Dimos un corto paseo alrededor de los muros y volvimos al autobús, para que nos trasladase nuevamente a la ciudad de Cusco, donde se iniciaría una corta visita a sus principales monumentos, que duraría hasta la hora de la comida. El autobús nos dejó en la Avenida del Sol, cerca de la Iglesia de Santo Domingo, frente a un impresionante mural que explicaba la vida de los incas y la conquista española. Naturalmente los conquistadores no salían muy bien parados.
Subimos una calle bordeando una hermosa explanada cubierta de césped, era el jardín de Qorikancha. Arriba se divisaba la iglesia de Santo Domingo, construida sobre una enorme estructura de piedra, que era actualmente todo lo que queda del antiguo templo inca del Sol. Desde el exterior del yacimiento pudimos observar un muro curvado de unos 6 metros de altura, cuyos bloques de piedra se encontraban perfectamente encajados. Este muro había resistido los violentos terremotos que destruyeron gran parte de los edificios coloniales de Cuzco. No pudimos visitar ni la iglesia ni el palacio de Qorykancha, por encontrarse cerrado en ese momento. Tendríamos otra ocasión para visitarlo.
Frente a la portada de Santo Domingo comenzaba el callejón peatonal de Romeritas, por donde pasamos entre muros incas y las altas paredes blancas, rematadas con ventanales azules de las imponentes casa coloniales, algunas de ellas convertidas en encantadores hoteles.
Paseamos por la conocida calle Loreto, que en su placa identificativa aparece con “Intik’ijllu”. Por ese largo callejón peatonal, fuimos inmersos entre perfectos muros incas de grises y rectangulares andesitas de juntas imperceptibles, que nos llevó hasta la Plaza de Armas. La plaza de Armas era el alma de la ciudad, el centro de la capital del imperio inca. Allí se celebraron los más importantes acontecimientos militares y religiosos incas. Actualmente sigue siendo el corazón social de Cuzco y una de las plazas coloniales más hermosas de toda Latinoamérica, gracias a los soportales que adornaban sus cuatro costados que albergaban restaurantes, tiendas, hoteles, etc. y notorios monumentos de la arquitectura barroca representados por la Catedral y la iglesia de la Compañía. Pudimos observar y admirar esa mezcla colonial e indígena que mostraban las blancas casonas coloniales, con sus largos balcones de madera azul, y los muros incas de negra andesita, sobre los cuales estaban asentadas.
La visita continuó por el complejo de la Catedral. Accedimos por la iglesia lateral de Jesús, María y José. Nos adentramos en la sombría catedral que con sus negros pilares y su blanca bóveda, nos hicieron sentir un clima tenebroso, rubricado por los cuadros de la escuela de Cuzco con sus santos, surgiendo de la penumbra. Por la nave lateral derecha, pasamos a la sacristía, donde vimos una colección de muebles coloniales y numerosos retratos de los obispos de la ciudad, entre los que se encontraba el denostado Valverde. Al frente había un bello retablo esculpido en madera de cedro, en el que destacaba un Cristo crucificado, que podría haber sido esculpido por Alonso Cano.
Salimos de la sacristía y contemplamos el cuadro de la última cena, obra del pintor local Marcos Zapata. Lo curioso de ese cuadro, era que el autor plasmó rasgos y objetos típicamente andinos. En la cabecera de la nave central, pudimos ver el altar mayor de plata maciza, ornamentado con pan de oro. Ese era el marco donde se exponía el Cristo de los Temblores, del que sobresalían rasgos andinos, que se confirmaban ante la tonalidad cada vez más oscura de su piel por efecto del humo de las velas. En el lado opuesto de la nave central se encontraba el órgano y el coro, con su hermosa sillería barroca de cedro ricamente tallada. En la nave lateral izquierda se abrían capillas laterales, que daban cobijo a otros tantos pasos procesionales, altares exquisitamente decorados y pinturas de la escuela cusqueña.
Salimos por la iglesia del Triunfo, que estaba bañada por la luz de los amplios ventanales, que otorgaban una enorme claridad a los aposentos de la patrona de la ciudad y al mausoleo, donde se guardaban las cenizas del ilustre cronista del pueblo inca Gracilazo de la Vega. La visita guiada había terminado.
Volvimos un momento al hotel y nos fuimos a comer. La comida estuvo amenizada por un grupo que tocaba y cantaba música latina. Era el cumpleaños de una compañera y le preparamos una pequeña sorpresa. Hablamos con el camarero, y al finalizar la comida se presentó con una tarta con su respectiva vela, mientras el grupo peruano se acercaba a la mesa y rodeándola le cantaba el “cumpleaños feliz” que todos acompañamos. Fue emotivo, e intentamos compensar a Ia compañera que en esos momentos podía sentir una cierta añoranza al estar lejos de su casa y sobre todo de su familia.
Habiamos quedado a las ocho de la tarde en la Avda Sol num 604, donde se encontraba el Centro de Arte Nativo, para asistir a un espectáculo de bailes folklóricos de la zona. En este Centro se representaba todos los días un espectáculo de música y danza folklórica de diversas provincias, distritos y comunidades de Cusco, albergando en su interior un museo de trajes típicos e instrumentos musicales.
Pudimos ver una serie de danzas carnavalescas, rituales, guerreras y agrícolas, acompañadas con momentos musicales, donde apreciamos el colorido, el vestuario, el ritmo y la forma de cómo plasmaban los peruanos sus sentimientos a través de la danza y la música. Fue una velada muy agradable. Pero antes de asistir a la representación folklórica, y después de descansar brevemente en el hotel, nos fuimos a visitar la iglesia de la Compañía que se encontraba cerca de nuestro alojamiento, en la Plaza de Armas.
Aunque los jesuitas fueron la última de las grandes congregaciones religiosas en llegar a la ciudad, consiguieron ese lugar privilegiado de la plaza mayor gracias a la intervención del propio virrey Toledo. Era la antigua Amarucancha o palacio de Huayna Cápac, sobre el cual edificaron su primera iglesia, devastada por el terremoto de 1650. Esto les permitió emprender, al año siguiente, una construcción más ambiciosa.
Significativamente, el templo jesuita establecía un desafiante contrapunto con respecto a la Catedral, debido a su acentuada verticalidad que parecía empinarse por encima del templo mayor. Pese a las protestas del cabildo, las obras continuaron de acuerdo a lo planeado. Antes de entrar al templo estuvimos observando la portada-retablo que se integraba hábilmente con el resto del templo. Sus torres aparecían divididas en dos tramos, dejando el inferior libre de toda decoración, mientras que la parte alta ostentaba sendos “balcones” con salientes repisas.
En el arranque de los campanarios, una gran cornisa volada unía las torres con el frontis, curvándose en forma trilobulada sobre el remate de éste. Finalmente, el cuerpo alto de las torres presentaba una planta cuadrada, sus “ojos de buey”, la cupulilla octogonal y los pináculos, definían el perfil típico de los campanarios cusqueños. El interior era de una sola nave, dispuesta en cruz latina, privilegiando claramente el área del crucero cubierto por una gran cúpula. Pese al arcaísmo de sus bóvedas de crucería, la concepción general del edificio era plenamente barroca y el trabajo de cantería que lucían sus muros era el más fino de toda la ciudad.
Sentados en los bancos del templo estuvimos admirando el altar mayor. Su monumental retablo, adornado con columnas salomónicas e íntegramente dorado, tenía pinturas y tallas de gran interés, como una antigua imagen de la Virgen y una tabla que representaba La Transfiguración. Similar suntuosidad vimos en las tribunas labradas y en el resto de los retablos, algunos de los cuales pertenecieron al desaparecido templo de San Agustín. El templo también exhibía importantes pinturas de Marcos Zapata, como las conocidas escenas de bodas entre incaicas y descendientes de las casa de Loyola y Borja, que pudimos ver debajo del coro.
Subimos por una empinada escalera de madera hasta una de las torres desde donde pudimos contemplar una preciosa vista de la Plaza de Armas y de la Catedral. Desde allí nos fuimos a pasear por la calle del Loreto, donde en un patio abierto encontramos unas tiendas de artesanía que visitamos, comprando algunos recuerdos. Como ya era cerca de la hora en que habíamos quedado para asistir a la representación de bailes folklóricos, y estábamos algo alejados del lugar, no fuimos caminando hacia el lugar de encuentro. El espectáculo como ya expliqué con anterioridad fue muy agradable.
El día, como todos había sido muy intenso. Al día siguiente habíamos quedado con un guía, para que fuera del programa previsto, nos acompañara a una visita por los monumentos y sitios más importantes de la ciudad que nos faltaban por conocer. Fuimos a dormir a nuestro encantador hotel, para recuperar fuerzas y poder seguir conociendo este maravilloso lugar.
Día 23. Lunes.- Cuzco
Para ese día habíamos contratado a un guía, con objeto de recorrer el centro colonial de Cusco y algunos monumentos significativos que no habíamos podido visitar hasta entonces. Después de desayunar, quedamos en el vestíbulo donde nos estaba esperando el guía. Todo el recorrido lo haríamos a pié, de forma que pudiéramos disfrutar de las calles y casas coloniales que formaban parte de esa espectacular ciudad.
Iniciamos el recorrido por una calle cercana a nuestro hotel, llamada de las Siete Culebras por estar tallado este invertebrado sagrado en algunas de las piedras que componían los muros incas de ese callejón. Desde allí nos dirigimos hacia la calle de Hatunrumiyoc, que tomaba su nombre de la famosa piedra de los doce ángulos que se hallaba hacia la mitad de la segunda manzana. Esa piedra, magistralmente ajustada, formaba parte de un muro del palacio del Inca Roca, que actualmente albergaba al Museo de Arte Religioso, que no visitamos.
La bella mansión, contenía una fascinante colección de arte religiosos y algunos techos impresionantes. Nuestra siguiente parada, la hicimos en el Museo de Arte y Monasterio de Santa Catalina. El monasterio era de estilo renacentista, construido en el siglo XVII sobre los muros incas del templo de Acllawasi, donde albergaban a las mujeres escogidas como “vírgenes del sol”, dedicadas a labores rituales.
El monasterio albergaba un museo de arte, con una colección religiosa entre las que destacaban numerosas obras de la escuela de Cusco. Según nos explicó nuestro guía, y nosotros pudimos observar, los lienzos presentaban los rasgos andinos de sus propios creadores que se mezclaban con elementos de la cultura hispana e indígena. Visitamos la planta baja donde se encontraba una fuente del claustro originario y una capilla pintada con elementos hispano-indígenas.
Subimos al primer piso y en unas grandes salas vimos retratos de mujeres mártires, muebles, arcas pintadas y una custodia procesional de plata. A continuación bajamos a un sótano desde donde pudimos ver algunos enterramientos. Por último pasamos a la iglesia, donde contemplamos uno de los elementos más característicos del conjunto; la monumental reja coral que cubría toda la altura de la iglesia, separándola del coro de las monjas. Tanto los balaustres torneados como las tribunas altas y la coronación, decorada con un lienzo de la Virgen con San Joaquín y Santa Ana, constituían una auténtica obra maestra en el arte de la ensambladura. Todavía, según nos dijeron, existían monjas de clausura. Esta última parte que visitamos formaba parte de la zona de clausura.
Continuamos nuestro caminar por la calle Arequipa, donde se levantaban largos y perfectos muros incas. En esta calle se encontraba el palacio del inca Tupac Yupanqui. Los españoles dividieron el palacio en diferentes casas coloniales entre las que destacaba la de los Contreras Y Mauri, cuya bella portada blasonada pudimos apreciar. Pasamos a su interior, que estaban rehabilitando, en la que destacaban dos patios cubiertos conteniendo, cerámicas, adornos, columnas, muros incas originales y otros objetos del antiguo palacio inca. Desde allí seguimos por el callejón peatonal de Romeritas, por donde paseamos entre muros incas y altas paredes blancas rematadas con ventanales azules.
Pudimos ver imponentes casas coloniales, algunas convertidas en hoteles de Lujo. Al final de esta calle se encontraba el convento de Santo Domingo y el Qorikancha, que formaban un conjunto arquitectónico en el que la iglesia cristiana se superponía e integraba en el primitivo templo inca. Al conjunto, entramos por la portada de la iglesia y lo primero que nos sorprendió, fue la perfecta adaptación al templo incaico primigenio que lograron sus constructores. Y esto se comprobaba, con la forma en que surgía la bóveda, aprovechando la curvatura del muro prehispánico. Sobre él se elevaba una arquería española, al parecer usada eventualmente como capilla abierta. En el resto del templo, la solidez de los muros de piedra procuraba combinarse con la grandeza de este antiguo y sacro lugar. En la portería del convento nos llamó la atención unas pinturas murales que decoraban las bóvedas del techo.
Al entrar al claustro principal pudimos apreciar una de las arquerías renacentistas más grandes y bellas de toda la ciudad. En el centro del patio, en el lugar de la fuente tradicional, se colocaba una alberca rectangular de piedra procedente del templo incaico. La principal decoración del convento estaba constituida por un ciclo de pinturas sobre la vida del fundador de la orden, Santo Domingo de Guzmán. Muchos de los personajes aparecían vestidos a la española, de acuerdo con la moda imperante bajo el reinado de Felipe III.
En dos de los lados del claustro, la construcción colonial había sido desmontada para dejar al descubierto los templos que rodeaban al adoratorio principal. Eran magníficas construcciones de cantería, perforadas por hornacinas y vanos trapezoidales, donde se rendía culto a la luna, el rayo, el trueno y el arco iris.
Dado el protagonismo de La Orden de los Dominicos en la conquista del Perú, para la edificación de la iglesia y el convento de la orden los españoles no pudieron elegir mejor lugar que el monumento más importante del Tahuantinsuyo: el Koricancha, el mayor adoratorio para el culto del dios Sol.
Los cronistas españoles afirmaban que se trataba de una de las edificaciones más impactantes del Cusco incaico. En el interior, los muros de piedra finamente pulida lucían enteramente recubiertos con láminas de oro y plata que representaban ídolos diversos y, principalmente, el astro rey.
Al terminar la visita, recorrimos la explanada del Qorikancha, recuperada en años recientes, entrando en el museo del sitio donde pudimos ver los hallazgos arqueológicos realizados durante las últimas excavaciones en la zona.
Volvimos a la Plaza de las Armas por Pampa del Castillo, una calle de comercios y bares populares, como demostraban las desconchadas paredes, ajadas pinturas de balcones, y puestos de chicharrones, choclos o papas fritas. Al final se encontraba la calle de Loreto, largo callejón peatonal flanqueado a ambos lados por perfectos muros incas de negras y rectangulares andesitas colocados al estilo de los ladrillos modernos.
Desde la Plaza de Armas nos dirigimos a la plaza del Regocijo, para visitar el Museo de Historia Regional. Este Museo, ocupaba la casa del inca Gracilazo de la Vega. Pasamos por un singular pórtico abierto hacia la calle que precedía al zaguán. Esta casona, convertida en Museo Histórico Regional desde 1946, era un relicario del arte colonial. Recorrer su interior, fue como ingresar en otra época y conocer la vida cotidiana de un mestizo encumbrado del Cusco. En la primera planta de la casona, pudimos ver piezas arqueológicas del Cusco y de la costa peruana, así como valiosos documentos históricos, colección de objetos del período pre-inca: cerámica de culturas pre-incas del Cusco y del país, textiles inca, y herramientas de agricultura.
En la segunda planta se encontraban los instrumentos de música incas, pinturas y objetos metálicos del período colonial. Entramos en una capilla bañada en pan de oro y pudimos ver muebles y monedas de las épocas coloniales y republicanas. A la salida de la casona, le dijimos al guía, que nos gustaría conocer el mercado Central, que se encontraba cerca de la iglesia de San Pedro.
Los mercados son lugares interesantes para conocer las costumbres y parte de las formas de vida de las gentes del lugar. Ese mercado con sus muchas peculiaridades, era en cierta forma, en cuanto a su organización, sistema y orden de los puestos de venta, parecido al resto de los mercados que conocíamos.
Algunos puestos servían comidas típicas, y se podían tomar jugos preparados al instante por simpáticas señoras. En otros puestos se ofrecían, por un sol, unos vasitos con la auténtica gelatina de pata. Existían establecimientos especializados en todo tipo de hierbas, que servían para curar todo clase de males. También ofrecían el guisado de duraznos con chancaca o los nísperos cusqueños en almíbar. Observamos que la mayoría de compradores y vendedores eran mujeres. Existían numerosos puestos vendiendo hojas de coca. Resultó ser una visita muy curiosa e ilustrativa.
Allí terminaba nuestro recorrido. Unos se fueron a comer al hotel, otros a descansar y otros nos fuimos a un restaurante ubicado en el portal de Panes de la plaza de Armas, llamado el Inka Grill. Ese lugar tenía una fama merecida y estaba recomendado tanto por su comida como por su servicio. Desde allí partimos al hotel para descansar y reponer fuerzas.
Esta tarde nos esperaba un interesante recorrido por el barrio de San Blas. Una parte del grupo había quedado en la puerta de la iglesia de Santa Clara, para visitar el convento. Era uno de los templos más particulares de Cuzco. El interior, estaba casi completamente recubierto de espejos, según contaron, los primeros clérigos lo utilizaban para atraer a los indígenas a la iglesia.
Un detalle curioso era la reja coral que abarcaba los coros alto y bajo, cuyas agudas púas metálicas de protección contribuían a separa y a recordar las severas reglas de la clausura monacal y su definitivo aislamiento del mundo exterior. A las siete de la tarde habíamos quedado en el vestíbulo del hotel con una parte del grupo, para recorrer el barrio de San Blas.
Ya era de noche cuando comenzamos nuestro paseo . Subimos por la calle del Triunfo, donde los muros incas daban paso a amplios portalones azules, antesala de los bellos patios coloniales. Seguimos por la calle Hantunrumiyoc, adornada por un soberbio balcón esquinado que pertenecía al antiguo palacio Arzobispal. En esta calle que ya conocíamos, se encontraba entre piedras desiguales y de enormes proporciones, la famosa piedra de los Doce Ángulos perfectamente encajada por sus juntas.
Al terminar la calle peatonal, comenzaba la empinada cuesta de San Blas, con pequeñas aceras y calzadas y resbaladizo empedrado donde pugnábamos por el paso, los coches y nosotros. En esa cuesta se encontraban innumerables tiendas de artesanía enmarcadas por la modestia de las paredes encaladas, puertas azules y ventanas enrejadas.
Culminamos la subida llegando a la plaza de San Blas, depositaria de los talleres más interesantes y de algunas terrazas donde durante el día, muchos visitantes se sentaban para aprovechar los rayos del sol. La plaza estaba dominada por la figura de la iglesia de San Blas, que desgraciadamente y dado la hora en que llegamos, estaba cerrada. No pudimos ver el famoso púlpito que tenía, finamente tallado en madera de cedro y considerado como una de las mejores tallas barrocas de Perú y del arte colonial de América. Desde su plazoleta, adornada por una singular fuente ligeramente iluminada, continuamos por la calle Tandapata que tenía un aspecto de calle pueblerina, exenta de grandes edificios que reseñar pero que, al caminar por ella, nos produjo una agradable sensación.
Nos sentimos muy cómodos por el silencio y ese aire cargado de romanticismo que flotaba en el ambiente, cuando recorrimos las calles del barrio de San Blas. San Blas era un barrio de escarpadas callejuelas flanqueadas por casas muy antiguas, pintadas la mayoría de blanco con puertas, postigos y balcones azules. Paseamos por las calles de Tandapata, Cachipata, Ladrillos y Huaynapata. Como era de noche, apenas nos cruzamos con otros caminantes, estaban desiertas y silenciosas.
El paseo nocturno por el barrio, nos permitió observar el ritmo de la vida de sus gentes, sin nada que ver con el ajetreo turístico existente en otras horas del día. Al final de la empedrada calle de Huaynapata, nos encontramos con un mirador desde el que pudimos contemplar una parte de la ciudad de Cusco iluminada. Bajamos por la calle Suecia, y después de curiosear en algunos portales, en cuyo interior descubrimos algunos muros de piedra del antiguo imperio inca, desembocamos en la Plaza de Armas.
Fue un agradable, curioso e interesante paseo. Conocimos otra faceta de esta bella ciudad de Cusco. Cenamos en un restaurante, ya conocido por todos, en los soportales de la plaza de Armas, y al terminar fuimos paseando hasta nuestro cercano hotel. Mañana, un avión nos llevaría a Lima.
Día 24. Martes.- Cuaco – Lima
Ese día volamos a Lima. El avión salió a la 11.15 del aeropuerto de Cuzco y tardó aproximadamente una hora y veinte minutos en aterrizar en el aeropuerto de Lima. Nos trasladamos al Hotel Miraflores Park, que como ya comenté, se encontraba en un sitio privilegiado al lado del mar, en un lugar llamado el Malecón de la Reserva. Comimos algo en el hotel y quedamos en el vestíbulo del hotel para recorrer algunos lugares del centro histórico de Lima, que deseábamos conocer.
Desde el hotel, nos acercamos al centro comercial Larcomar, desde donde cogimos tres taxis que nos trasladaron hasta la Plaza de San Martín. Habíamos quedado frente a la puerta del Gran Hotel Bolívar. Dimos una vuelta por la Plaza de San Martín, construida a principios del siglo XX, que presentaba una arquitectura de influencia francesa y una estatua ecuestre del libertador general San Martín de bronce. Era una de las plazas más grande de Lima.
Desde allí marchamos para recorrer el Jirón de la Unión, pero antes nos acercamos a la calle Ocaña, lugar singular que se caracterizaba por albergar numerosas tiendas de compraventa de monedas, y cuya actividad se prolongaba durante las veinticuatro horas del día. En uno de los puestos, algunos cambiamos dólares o euros por soles peruanos. Una vez realizadas las operaciones financieras, nos dispusimos a recorrer la calle de La Unión, una de las calles con más vida de toda la ciudad.
Observamos un constante ir y venir de las gentes, que entraban salían o deambulaban, entre los restaurantes de comida rápida y las numerosas tiendas existentes. Hacia la mitad de la calle, en el número 554, se encontraba la iglesia de La Merced, una de las más bonitas de la ciudad. Contemplamos su fachada churrigueresca cargada de esculturas y grandes formas volumétricas, y pasamos a su interior, donde pudimos ver el altar mayor dedicado a la Virgen de las Mercedes, una obra de arte, y la bonita sacristía decorada con azulejos arabescas, desde donde pudimos ver a través de los cristales de una puerta cerrada, un bello claustro.
Dicen que esta iglesia del siglo XVIII es la que mejor representaba la arquitectura colonial española de la época. Nos dirigimos a continuación hacia la calle Camaná, paralela a la Unión, para ver la casa colonial de Riva Agüero. Tenía una atractiva fachada pintada en grana con los balcones verdes, que ofrecía un bonito contraste. No nos dejaron visitarla en su totalidad, pero pudimos entrar en el patio y a una capilla que daba a este recinto. Fue construida en el siglo XIX, siendo actualmente biblioteca y un pequeño museo de Arte Popular.
Al lado se encontraba la iglesia de San Agustín, que presentaba una impresionante y abigarrada fachada churrigueresca. Visitamos el interior que era mucho menos atractivo que su exterior. La iglesia databa del siglo XVII. Volvimos sobre nuestros pasos hacia el Jr. de la Unión, para seguir contemplando los numerosos escaparates llenos de distintas mercancías, mientras los niños que vendían golosinas, competían con los limpiabotas. Era un populoso y curioso zoco en una vía peatonal.
Llegamos a la Plaza de Armas que ya conocíamos, pero que nos permitió nuevamente gozar de los preciosos edificios que la rodeaban, nos dirigimos bordeando la plaza hacia la parte lateral del palacio del Gobierno, de donde partía el sorprendente y neoclásico pasaje de Correos.
El pasaje de Correos estaba elegantemente pintado de rosa. Estaba cubierto por un techo acristalado que dejaba pasar la luz que iluminaba el concurrido espacio lleno de puestos, donde se vendían papel de cartas, sobres, felicitaciones de todo tipo y algunos recuerdos para llevar.
El Pasaje de correos desembocaba en la calle Camaná, donde se ubicaba la iglesia y el convento de Santo Domingo. Vistamos en primer lugar la iglesia, que estaba compuesta por tres naves con una sillería coral tallada en madera de cedro. El templo estaba coronada por una cúpula de gran tamaño, de las mejores que se encontraban en Lima. En su interior se veneraba desde los primeros años de la ciudad la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Lima, la primera que llegó al valle del Rimac, Patrona de la capital, tenía una profunda relación con los santos peruanos y por su notable devoción fue coronada el año 1927 en un acontecimiento sin precedentes en la historia religiosa del País. Después del terremoto de 1746, que redujo a Lima a escombros, se inició la reconstrucción del convento y de la iglesia para convertirlas en el monumento que conocimos.
A continuación pasamos a visitar el convento, cuya entrada se encontraba al lado de la iglesia. El Convento ocupaba un espacio muy amplio. Aunque había tenido que ceder una parte al Colegio de Santo Tomás de Aquino que también era regentado por los sacerdotes de la orden. La visita fue guiada, y tuvimos la oportunidad de recorrer sus largos corredores, los claustros y portales que rodeaban los patios llenos de arbustos, flores y fuentes de bronce forjadas por los primeros frailes que cobijaron sus muros.
También visitamos una espaciosa Sala Capitular de estilo renacentista-barroca, una antigua cripta donde se enterraban a los miembros de la orden, y una valiosa biblioteca. Según nos comento nuestra guía, en la sala capitular, fue el lugar donde se fundó la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1551. Desde uno de los claustros observamos una imponente torre de sesenta metros de altura, una de las más altas de la ciudad.
Los claustros con sus patios de estilo sevillano y sus típicos azulejos, nos parecieron preciosos. El segundo piso de uno de ellos era de madera tallada. En una de sus capillas estaba enterrado San Martín de Porras, popularmente conocido como “Fray Escoba”. Aprendió el oficio de barbero y de enfermero, pero su verdadera vocación fue servir al prójimo. En el año 1603 ingresó en el convento de Santo Domingo como "donado", ya que por ser mulato ilegítimo no podía aspirar a la condición de lego. Durante 33 años, hasta su muerte, el 3 de noviembre de 1639, Martín será el enfermero, cirujano y barbero de la institución, ayudando y atendiendo a muchos menesterosos. Fue canonizado por el papa Juan XXIII en 1962.
San Martín de Porres fue el primer santo americano de color. Sus restos se veneraban en el convento, cerca de los de otros dos grandes santos peruanos: Santa Rosa de Lima, contemporánea suya y a quien conoció en persona, y San Juan Macías. Terminamos la visita en una gran sala de espera, que poseía un espectacular techo tallado en madera.
La visita nos gustó mucho, quizás debido, a que en aquel momento fuimos los únicos visitantes que recorríamos el convento, y la tranquilidad, el silencio, el ambiente y las amenas explicaciones de la guía completaron el escenario. A la salida del convento, paseamos por la calle Conde de Superunda, donde descubrimos bellas mansiones con fachadas de color muy bien conservadas. De todas ellas la más bella era la del antiguo Palacio de Osambela, lucía cinco sorprendentes balcones de madera y un mirador, que según contaban, permitía observar las entradas y salidas de los barcos del puerto de Callao. Nos fijamos en sus bonitas cúpulas de inspiración morisca.
Volvimos hacia el comienzo de la calle, y frente a la iglesia de Santo Domingo quedaban las Artesanías de Santo Domingo, una especie de gran bazar donde pudimos curiosear por las múltiples tiendas que albergaban los numeroso artículos que se exponían para su venta: prendas textiles, bolsos, tapices, mates burilados, cerámicas, abalorios diversos, etc.
Después de casi una hora de deambular por el interior de estas galerías artesanas, y teniendo en cuenta que se acercaba la hora de cenar, pusimos rumbo al restaurante L’Eau Vive (El Agua Viva) que se encontraba relativamente cerca. El restaurante se encontrba frente al palacio de Torre Tangle, quizá fuese uno de los establecimientos más particulares de la mesa peruana. Estaba regentado, servido y preparado por monjas carmelitas francesas, donde se podían cenar varias especialidades de la cocina francesa, en un comedor austero pero acogedor, en un patio cerrado de una preciosa casa colonial.
Lo que nos resultó muy original esa noche, fue que durante la cena se cantó el Ave María, con el acompañamiento de los comensales que así lo desearan. Las monjas, nos acompañaron a la salida y nos consiguieron varios taxis, llegando con los taxistas a fijar el precio de la carrera hasta el hotel en que nos hospedábamos. Fue una tarde muy agradable y provechosa. Conocíamos un poco más de la capital del Perú. Mañana iniciaríamos la última etapa de nuestro viaje. Iríamos en autobús hasta Nazca e Ica, y una embarcación nos llevaría navegando por las islas Ballestas.
Día 25.- Miércoles. Lima – Ica
Ese día realizamos un largo recorrido, aproximadamente unos trescientos kilómetros. Nuestro primer destino fue Ica. Desde que abandonamos Lima, la carretera Panamericana se adentró en un mar de tierra y en un paisaje desértico que nos sobrecogió por su inmensidad.
En esta zona del país, y según nos explicó nuestra guía, la vida actual se sustentaba, debido a que los asentamiento se ubicaban al lado de los ríos que traían el agua del deshielo de los Andes, a la pesca y al turismo. Vimos reducidas zonas agrícolas de viñedos, olivos y espárragos que formaban la base de su economía. Eran pequeños oasis en mitad de la sequedad reinante. Pasamos por Pucusana, pequeño pueblo de pescadores situado a 68 kilómetros de Lima. Actualmente era un popular centro turístico.
Al pasar por el kilómetro 97, nuestra guía nos informó, que durante el periodo estival, ese punto de la Panamericana, se convertía en un punto de encuentro, con un frenético ambiente, donde en una docena de clubs, se podía bailar bajo los ritmos de las últimas tendencias musicales. Esta “ciudad de la marcha” aparecida prácticamente en medio de la nada, era un lugar donde los pinchadiscos podían poner el volumen a tope sin molestar a nadie.
Paramos en una gasolinera para ir a los servicios y tomar algo a quien le apeteciera. Mientras permanecimos en la gasolinera, algunos notaron un leve movimiento de la tierra que pisábamos, que sin darle mayor importancia, la guía nos dijo que podría haberse tratado de un movimiento sísmico.
A 235 kilómetros de Lima, pasamos por la ciudad de Pisco-actualmente destruida por un terremoto-, que había dado nombre al licor de uva blanca que se producía en la región. Sin parar en esa ciudad seguimos camino hacia Ica, la ciudad-oasis capital del departamento. Fue fundada por los españoles en el año 1563. Tenía una importante actividad industrial vinícola y del pisco. Antes de entrar a la ciudad, paramos en una bodega, donde nos enseñaron como se prensaba el vino al modo tradicional. Suceso que ocurría en los meses de febrero y marzo. Visitamos las instalaciones de la bodega y tomamos una degustación de pisco o de una especie de vino dulce, que algunos compañeros compraron.
Fuimos un momento al Hotel Las Dunas, que sería nuestro alojamiento, para dejar las maletas y proseguir el viaje. Seguimos camino hacia la laguna de Huacachina, lugar donde estaba previsto que comiéramos. La laguna era un oasis de agua y verdor a pocos kilómetros de Ica, rodeado de palmeras y dunas de arena. El encanto de su paisaje, las propiedades medicinales de sus aguas y la belleza de las dunas, hacían de este espejismo real del desierto una de las sorpresas difíciles de olvidar.
Comimos en el porche de un bonito restaurante instalado en las orillas de la laguna. Después de comer, quisimos conocer el desierto más de cerca. Para ello nos montamos en unos coches llamados areneros tubulares (Buggys), que son una especie de vehículos especialmente diseñados, que conducidos por expertos pilotos nos permitieron ir a unos lugares inaccesibles para otros vehículos, ofreciéndonos a los usuarios una cierta seguridad, en una travesía que resultó ser muy original y con una buena dosis de emoción y aventura.
En los vehículos que montamos, la carrocería original había sido reemplazada por una estructura de tubos, eliminando puertas, techo y ventanas, resultando un vehículo de muy bajo peso que mejoraba ampliamente la estabilidad. Contaba con asientos de butaca y sus respectivos cinturones de seguridad y unas gruesas ruedas apropiadas para correr por la arena del desierto.
Nos imaginábamos un tranquilo tour por el majestuoso desierto de Ica. Desde que los coches arrancaron vimos que lo que pasaba era muy diferente. La velocidad se incrementaba y los coches temblaban sobre la arena al alcanzar velocidades superiores a los 100 kilómetros por hora, eran clara evidencia de que aquello no era solo un paseo., era lo más parecido a montarse en una montaña rusa, quitándole la seguridad de las vías y agregándole la belleza de un paisaje desértico rodeado de altas dunas de hasta 100 metros de altura.
Sentíamos como las ruedas del vehículo arenero saltaban sobre vertiginosas pendientes de más de 45 grados, para caer en aceleración al otro lado de las dunas. Era impresionante, cuando nos posábamos en lo más alto de las dunas y mirábamos a la base a la que íbamos a bajar acelerando la velocidad del mucho más allá de donde la gravedad natural nos podría llevar.
Paramos en varias ocasiones para contemplar el maravilloso paisaje que pensaba sólo se podría disfrutar en algunas partes de África y en una ocasión para deslizarse, quien se atreviese, sobre una tabla y practicar el sanboard. Fue una pequeña aventura, que duró casi dos horas, y que nos permitió disfrutar del sol, de la brisa y del paisaje, además de poder desplazarnos libremente sobre la arena del desierto subiendo y bajando cerros o dunas de diferentes tamaños y de sortear todo tipo de dificultades propias de ese terreno. Fue para nosotros una mezcla de aventura y emoción y también una experiencia inolvidable en contacto con la desértica naturaleza de esa zona sorprendente del Perú.
Cuando terminamos el recorrido, subimos a nuestro autobús que nos llevó a las afueras de la ciudad de Ica, donde visitamos su Museo Regional. Este museo disponía de una excelente colección de piezas paracas, nazcas e incas y de algunos estupendos ejemplos de telas paracas.
Había siniestras momias bien conservadas de todo tipo, desde niños a un pequeño guacamayo, cráneos trepanados, y una muestra fascinante de lo que se puede descubrir a través del examen de los restos óseos. Nuestra guía nos comento que en el año 2004, el museo había sido objeto de un espectacular robo, en el que se llevaron valiosísimas piezas de telas paracas y tejidos hechos de plumas.
Al salir del museo, fuimos a la ciudad de Ica, donde visitamos su Catedral que databa del siglo XVIII, y fue parte del conjunto monumental de la Compañía de Jesús. La iglesia tenía dos estilos, en el exterior el neoclásico representado en su portada y en el interior, el barroco, donde destacaban el púlpito y los altares. Al salir del templo nos encontramos con una procesión- cabalgata. Estaban celebrando la peregrinación del Señor de Lauren, que culminaba con una procesión tradicional que duraba casi toda la noche.
Estuvimos durante un buen rato viendo pasar numerosas carrozas. Fue un curioso epílogo al interesante día que habíamos pasado. El autobús nos llevó al hotel Las Dunas, que se encontraba a unos diez kilómetros de Ica. Era un agradable hotel enclavado entre dunas y que contaba con todas las comodidades posibles. Piscinas, canchas de tenis, campo de golf. Todo un lujo en aquella zona. El hotel lo formaban numerosos bungalows, donde se ubicaban las habitaciones.
Día 26. Jueves.- Líneas de Nazca
Desayunamos temprano, y partimos en el autobús, hacia Nazca. Este evocador nombre parecía traer un único pensamiento a la mente: las misteriosas y enigmáticas líneas de las pampas de San José, declaradas por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad. Después de recorrer más de 100 kilómetros por la carretera Panamericana, fuimos directamente al aeródromo María Reiche, que se localizaba a unos 4 km del centro de la ciudad.
Tuvimos que esperar un rato en una sala del aeródromo, y lo primero que nos impresionó de esta experiencia fue, tener que subir a una avioneta de cinco pasajeros como máximo, cosa que la mayoría de nosotros realizábamos por primera vez. Despegamos por la árida pampa que se extendía ante nosotros.
El vuelo prosiguió hasta que se avistaron las enormes líneas que se perdían en el infinito y empezaron a aparecer los dibujos, que el piloto nos iría indicando para poder divisarlos. Al situarse sobre los geoglifos, la avioneta dio varios giros a su alrededor, por lo que no era extraño que el estómago se subiera a la garganta. Un loro, la araña, el árbol, las manos, el cóndor, el colibrí, varias espirales, el lagarto, el astronauta, el mono… e impresionantes e interminables líneas, rectángulos y círculos que se entrecruzaban y avanzaban sin llegar a ningún sitio. Pero, ¿Quién las hizo? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Para qué? ¿Cómo? Preguntas para las que existían un buen número de teorías, pero para las que no hay ninguna verdad confirmada.
El misterio y la imaginación quedaban servidos. Para algunos la explicación estaba relacionada con la teoría de un observatorio astrológico con vinculaciones religiosas e incluso agrícolas. También había quien aseveraba el origen extraterrestre de las líneas como pistas de aterrizaje.
Para los analistas de este fenómeno, las líneas eran sencillos surcos en el suelo: pequeñas zanjas que no superaban los 30 cm de ancho por otros tantos de profundo. La superficie de la tierra estaba compuesta por una capa de guijarros de un color rojizo oscuro causado por la oxidación, que cubría otra de un color amarillento claro. Los nazcas se limitaron a retirar las piedra superiores siguiendo un trazado que previamente habían señalados con estacas y cuerdas. Las piedras eliminadas eran acumuladas en pequeños túmulos que todavía pueden verse. No obstante la visión desde el aire era muy llamativa, y a pesar de las muchas explicaciones, el misterio continuaba y nos seguía dejándonos atónitos su contemplación.
El vuelo duró algo más de treinta minutos. Al finalizar, la guía nos llevó a la ciudad, donde fuimos a casa de un alfarero entrado en carnes, que nos dio toda una serie de explicaciones de cómo él, su familia y anteriormente sus progenitores, habían trabajado la arcilla, para elaborar la bonita cerámica que exponían en otra habitación, para su venta.
Terminada la visita, nos fuimos al hotel para comer. La tarde la teníamos libre. Unos se dedicaron a montar en bicicleta, otros a intentar darle a una pelota de golf en el campo otros a pasear y algunos se atrevieron a darse un baño en la piscina. Fue una tarde de relajo y descanso en un precioso complejo hotelero. Prácticamente el viaje daba a su fin. Mañana navegaríamos por las Islas Ballestas que serviría como magnífico colofón de este espectacular viaje y seguiríamos camino hacia Lima. Al día siguiente embarcaríamos para Madrid.
Día 27. Viernes.- Ica – Lima
Desayunamos, y salimos en nuestro autocar en dirección a la Reserva Nacional de Paracas A la altura de Pisco nos desviamos para tomar una carretera que nos conduciría a Paracas. Embarcamos en una lancha en el puerto existente en el propio Hotel Paracas. Las Islas Ballestas eran unas islas en el océano Pacífico, próximas a la costa del Perú. Se encontraban en las cercanías de la ciudad de Pisco y la península de Paracas. En ruta a las Islas Ballestas pasamos por otras islas. En una de ellas había un grabado en la arena, al que llamaban el “candelabro”, una figura grabada en las dunas de arena, que se asemeja a un tridente.
La barca nos paró unos instantes para que pudiéramos fotografiar la figura. Ha sido relacionada con las líneas de Nazca, aunque de igual modo se desconocen su origen y significado. La llegada a las islas Ballestas, resultó una experiencia excitante. Por el camino vimos numerosos bandadas de aves. Estas aves, según nos contaron, se alimentaban de peces marinos, siendo la anchoveta su principal sustento.
Nos aproximamos a las islas, y las aguas se poblaron de expertos nadadores que tímidos mantenían una prudente distancia de nuestra embarcación; eran los lobos marinos que poblaban las pequeñas playas y roquedales de las Islas Ballestas. Aunque no era posible bajar en las Islas, medida que ayudaba a mantener a salvo el hábitat de estos animales, la lancha hacía un recorrido por los alrededores de cada islote mostrándonos desde diferentes ángulos la enorme biodiversidad que en cada uno de ellos se escondía.
Nos sumergimos en un paraíso natural rebosante de vida, donde las aves cumplían también un papel muy importante. Guiadas por una ley natural, desconocida para nosotros, cientos de aves dirigían su vuelo hasta esas costas en su proceso anual de migración para unirse a otras tantas que ya habían hecho de ese lugar su hogar permanente. Entre las especies que pudimos ver estaban, el Piquero Peruano, el Guanay y el Pelícano.
En otras islas, ubicadas en la Reserva, pudimos observar el Potoyunco y al Pingüino de Humboldt que al igual que el Potoyunco estaban en peligro de extinción. También fue posible ver al Cóndor y al Gallinazo Cabeza Roja en los bordes de los acantilados. Otras aves que también vimos fueron los cormoranes, gaviotas y flamencos. Vimos a los lobos marinos apostados en las playas de rocas golpeadas por el oleaje, que luchaban por encaramarse a las mismas.
El escenario que albergaba a esta fauna, era espectacular. Montañas de roca sólida elevándose desde las profundidades del océano y arcos y túneles naturales, impresionantes obras de la naturaleza. La concentración de tanta fauna salvaje en las islas Ballestas, nos llegó a desconcertar. Permanecimos suficiente tiempo para que la contemplación de esta maravilla de la naturaleza, fuera un placer. Fue como vivir en directo uno de esos reportajes televisivos del Nacional Geographic.
El gruñido al unísono de millares de animales que descansaban tranquilos al sol o que juguetones chapoteaban junto a la barca, emocionaba y sobrecogía. En el regreso nos acompañó durante un momento una bandada gigantesca de alcatraces piqueros que estaban pescando. La lancha, durante unos instantes, se encontró dentro de la acción, en el centro de la nube de piqueros.
En todo nuestro alrededor, los piqueros se lanzaban desde el aire al agua. Un espectáculo curioso e indescriptible. Subimos al autobús, y al poco tiempo estacionó, para que bajásemos y pudiéramos ver unas formaciones rocosas de caprichosas formas que jalonaban una obra que llamaban La Catedral un gran arco de roca sobre el mar. Me recordó las costas del Algarbe portugués y las playas de dunas del cabo de Gata. Al continuar camino hacia el norte por la carretera Panamericana, se daba uno cuenta, de hasta qué punto el desierto costero dominaba esa parte del país.
El paisaje se revelaba con una aridez sorprendente, aunque los oasis originados por los valles que desembocaban en el mar rompían de vez en cuando la monotonía del paisaje. Fue en esta zona donde, comenzó a levantarse el llamado viento de Paracas, una pequeña tormenta de arena que llegó en algún momento a ocultar la carretera por la que con dificultad circulábamos. Paramos en un pequeño pueblo costero de pescadores para comer. Estuvimos en un restaurante taberna, donde disfrutamos de una comida a base de pescados y mariscos.
Dimos una vuelta por el puerto de pescadores, donde se aglomeraban numerosos ejemplares de aves. Recordé por un momento la película de “Los pájaros” de Alfred Hitcoch. Nos encontrábamos a algo más de 100 kilómetros de la ciudad de Lima, a la que llegamos casi de noche. Habíamos previsto cenar en un precioso restaurante metido en mar, en un malecón de madera, y muy cercano al hotel, que se llamaba la Rosa Naútica. Estaba considerado como uno de los mejores restaurantes de Lima, alojado en un fabuloso edificio, al final del muelle histórico de la playa Costa Verde.
La ubicación y el ambiente fueron únicos: el mar estaba iluminado y las olas se oían y olían perfectamente. Fuimos en taxis hasta el muelle, y celebramos todo el grupo nuestra cena de despedida de este magnífico viaje. La cena estuvo muy bien, y al finalizar volvimos a nuestro hotel. Había terminado nuestro maravilloso viaje.
En Madrid a 27 de diciembre de 2006 |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|