Introducción
Perú ha sido un país que siempre me interesó. He tenido la oportunidad de viajar por todo ese territorio y la realidad ha superado a las expectativas. Me integré en un grupo organizado por la Agencia Magallanes.
Todo resultó muy bien, gracias a la buena organización efectuada y a los compañeros de viaje.a los cuales les dedico este pequeño relato. El último día cenamos todos juntos como despedida del viaje.
Por tal motivo escribí un, llamémosle poema, donde intenté relatar las impresiones de las experiencias vividas. En él pretendí plasmar el sentimiento que me produjo el viaje realizado.
Dice así el poema:
Blanca Arequipa, cercana al valle hondo del cóndor donde vuelan con misterio y nos miran sin sonrojo.
Por el lago Titicaca navegamos por sus islas y asombramos como flotan y como viven su vida.
Subimos a la Taquile y sentimos sus sonrisas Caminamos hacia el Cusco pasando por las ciudades que construyeron los Incas, visitando las iglesias que forjaron jesuitas en un barroco cusqueño unión de culturas mixtas.
Capital arquitectónica del universo latino nos encontramos en Cusco ciudad conquistada al Inca donde convivieron juntos el español y el indígena.
Por sus calles empedradas recordamos la conquista y el interior de sus templos que engrandecieron sus ruinas.
Visitamos Machu Picchu, ciudad sagrada del Inca y allí quedó el sentimiento y el recuerdo de una vida, recorriendo los senderos que atrás dejó la conquista.
Lima fue la capital de aquella tierra querida, el centro que recorrimos nos recordó aquellos días, y el pueblo que ahora vive para mejorar su vida.
Nazca con sus misterios y sus líneas jeroglíficas nos convirtió en “ave fénix” o simplemente en turistas.
Por último, las Ballestas nos sumergió con sus islas en un mundo fastuoso de aves, pingüinos, vistas y hasta leones del mar en sus cuevas de marismas.
Todo fue maravilloso, el viaje ya termina, sólo quedará el recuerdo y la amistad de aquel día en que juntos caminamos por Perú, tierra del Inca.
Día 11. Miércoles. Madrid-Lima
El avión hacia Lima tenía su hora de salida a las 22:35 horas, cuatro horas antes ya estábamos en la cola del mostrador de facturación en el aeropuerto de Barajas. Todos los trámites se realizaron sin ninguna incidencia, y prácticamente a la hora prevista despegó el avión rumbo a la capital peruana.
El viaje duró cerca de doce horas. A las 3:30 horas de la madrugada tomaba tierra el avión en el aeropuerto internacional de Jorge Chávez de Lima. En una sucursal bancaria del propio aeropuerto cambiamos algunas divisas. El aeropuerto se situaba dentro de la ciudad, en el barrio costero de Callao, a unos 15 kilómetros del distrito de Miraflores, lugar donde se encontraba nuestro hotel. Nuestro contacto llegó un poco más tarde que nosotros, y después de “chequear” nuestra equipaje subimos al autobús que nos estaba esperando rumbo a nuestro hotel.
Ya eran cerca de las 6:00 horas cuando llegamos al Miraflores Park, nuestro hotel en Lima. Subimos a nuestras habitaciones, con objeto de descansar un rato. Teníamos poco tiempo, ya que habíamos quedado con nuestra guía a las 8:30 horas para comenzar nuestra visita turística por la ciudad.
El Miraflores Park, era uno de los mejores hoteles de Lima. Contaba con 82 habitaciones y sus acabados en mármol, granito y vidrio estaban especialmente pensados para que el cliente descansase y disfrutase de la espectacular vista al mar. El hotel estaba situado en el exclusivo distrito residencial de Miraflores, donde la historia y tradición se confundían con importantes centros culturales, comerciales, de ocio y financieros. El hotel contaba con todo tipo de comodidades.
Día 12. Miércoles. Lima
A las 8:30 subíamos al autobús, todavía soñolientos, dispuestos a comenzar nuestra aventura limeña. Paramos un momento en el llamado Parque del Amor que se encontraba cerca del hotel. Sus mosaicos nos recordaban al Parque Güell de Gaudí en Barcelona. Era tradicional que las parejas al casarse, posaran ante la escultura de este parque, depositando su ramo de flores en la fuente.
Estaban escritas frases románticas de poetas peruanos. La monumental escultura representaba “El Beso”, obra del escultor Víctor Delfín. Desde el anfiteatro del parque pudimos contemplar una bella vista del Océano Pacífico. Subimos a autobús, y nos dirigimos hacia unas ruinas denominadas Huaca Huallamarca, que pudimos contemplar a través de las ventanillas.
La estructura de la Huaca semejaba una pequeña colina, conseguida por la superposición de hilados de adobe. Es probable que fuera en su origen un lugar ceremonial. Se han encontrado en este sitio un nutrido manto intermedio caracterizado por tumbas, cuyo menaje funerario presentaba influencias Tiahuanaco. No se hallaron elementos Incas, por lo tanto, se puede deducir que, a partir de mediados del siglo XV, este lugar, muy ruinoso, fue definitivamente abandonado.
Nos dirigimos a continuación al distrito de San Isidro. Es el distrito jardín de Lima. Extensas áreas verdes y exclusivos barrios residenciales. Desde el autobús pudimos ver el llamado Parque del Olivar. Fue fundado por el Conde de San Isidro sobre una extensión de 23 Ha. En 1560 don Antonio de Rivera, alcalde, trajo al Perú numerosos olivos, pero sólo llegaron vivos tres.
El censo en el año 2000 era de 1519 olivos. Hoy constituye una joya vegetal, que constituye no sólo un recuerdo vivo de la historia limeña, sino un gran pulmón para la ciudad. Dentro del parque pudimos observar la existencia de algunas bellas mansiones, algunas de la época colonial. A continuación, nos dirigimos hacia la Plaza de Bolívar, donde se ubicaba el Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia del Perú. En este museo, pudimos conocer la historia del Perú desde los primeros restos arqueológicos hasta la independencia.
Contenía una colección muy interesante de maquetas a escala de los grandes yacimientos arqueológicos, así como algunas estelas y obeliscos originales de la cultura chapín. Este edificio alojó a los héroes de la independencia San Martín y Bolívar y en el museo pudimos contemplar cuadros, muebles y recuerdos de los últimos años de la colonia y los primeros de la república. Una vez visitado el museo, fuimos hacia la zona central de Lima, para visitar su centro histórico. Nos dejó el autobús, cerca de la Plaza de las Armas, hoy llamada Plaza Mayor.
La plaza, estaba cercada por la policía antidisturbios. Había anunciada una huelga de transportistas ante el Palacio del Gobierno y no dejaban entrar a nadie excepto a los turistas, Tuvimos las oportunidad de contemplar esta espléndida plaza prácticamente solos. En el año 1988 la UNESCO declaró al centro histórico de Lima Patrimonio de la Humanidad por su originalidad y la concentración de monumentos históricos construidos en la época de la presencia hispánica, especialmente dentro del espacio llamado el Damero de Pizarro.
Pudimos contemplar el que fue escenario de la fundación española de Lima por Francisco Pizarro. La Plaza Mayor sirvió de marco a algunos de los más importantes sucesos de la historia del Perú. Originalmente estuvo rodeada por pequeñas tiendas y comercios. Fue también usada como plaza de toros y como lugar de ejecución de los condenados por el Tribunal de la Santa inquisición. Más tarde se colocó en su parte central la pila de bronce (1651) que la adorna hasta el día de hoy Fue aquí donde se proclamó, en 1821, el Acta de Independencia del Perú.
En sus lados se ubicaban el Palacio de Gobierno, la Catedral, el Palacio Arzobispal, con un precioso balcón tallado en madera y, muy próximo, el Palacio de Gobierno, antigua residencia de Pizarro y actual sede y vivienda del presidente del país. Al otro lado, la Municipalidad de Lima, que data de 1940, y lo que más nos sorprendió fue su impresionante fachada. Junto a este edificio pasamos por otro hermoso palacio que alberga en la actualidad el Club de la Unión, un lugar muy exclusivo con cierto aire de antigua opulencia rescatada. Por la estación de ferrocarril de los Desamparados, llegamos al monasterio de San Francisco.
Acompañados por Rosa nuestra guía, nos dispusimos a recorrer todo el conjunto histórico que conformaba esta interesantísima edificación. Durante la visita, pudimos reconocer todos los matices del barroco de estas tierras. Monumental complejo arquitectónico construido en el siglo XVII compuesto por la basílica y el convento de San Francisco. El templo ostentaba una riqueza decorativa del barroco limeño, destacando las labores de molduras y sus retablos barrocos, rococó y neoclásicos. Entre ellos resaltaba el altar de San Judas Tadeo, completamente realizado en plata.
Durante el recorrido pudimos apreciar sus claustros, sus patios adornados con azulejos sevillanos y la biblioteca llena de incunables en pergamino y piel. Allí se encontraba el primer diccionario de la Real Academia de la Lengua, que es sólo una de las joyas que se almacenaban en este evocador lugar. Bajo este complejo había una red de galerías subterráneas o catacumbas que fueron cementerio principal en la época colonial y que también visitamos. Pudimos observar con cierta morbosidad un buen número de huesos clasificados por tipos y dispuesto en algunas ocasiones de forma bastante “artística”. Es un lugar algo estremecedor. Antes de salir de la iglesia, pudimos contemplar la cúpula de madera de guayaquil, de 1625, en estilo mudéjar, localizada sobre la escalera principal, que es una verdadera maravilla. En ese momento terminaba la visita guiada y Rosa, nuestra guía, se despidió hasta la mañana siguiente.
Un grupo de los compañeros, nos acercamos a la Catedral y otros se quedaron en un parque cercano. El templo original de la Catedral data de 1555. Fue reconstruida después del terremoto de 1746 bajo la dirección del jesuita Juan Rehr. La barroca fachada, con su tonalidad amarilla parecía aportar luz a la plaza. El interior era más austero que el exterior, conteniendo algunos retablos de estilo churrigueresco, una bonita sillería de madera profusamente tallada y un púlpito y unas esculturas de indudable interés. Nos acercamos a la tumba de Francisco Pizarro. Sus restos mortales fueron descubiertos en 1977.
Por último también visitamos su pequeño Museo Catedralicio. Ya se acercaba la hora de la comida y las visitas nos habían levantado las ganas de comer. Dirigimos nuestros pasos a la calle Ucayali, que estaba cerca de la Catedral, donde se encontraba L’Eau Vive, un restaurante servido por monjas carmelitas francesas, enclavado en una tranquila y preciosa casa de estilo colonial, que significó todo un alivio después del ajetreado día de visitas y del cierto caos limeño. Como aperitivo pedimos un pisco sour, que nunca mejor dicho nos supo a gloria bendita. Comimos estupendamente y continuamos nuestro paseo turístico por el centro de Lima. Frente al restaurante pudimos ver el precioso palacio de Torre Tagle, aunque en ese momento no nos permitieron visitar su interior.
Actualmente es la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores y era sin duda una de las mansiones coloniales más bellas de todo el país. Tenía una preciosa fachada, con dos balcones de madera profusamente labrada que encajaban en la sinuosa portada barroca. Desde allí, tomamos el Jr. de la Unión por la parte lateral del palacio del Gobierno. A mitad de la manzana nos sorprendió el neoclásico pasaje de Correos que, elegantemente pintado de rosa une dos calles. Su techo acristalado dejaba pasar la luz, que iluminaba el concurrido espacio lleno de puestos, donde se vendían papel de cartas, sobres, felicitaciones de todo tipo, algunos recuerdos y postales. Al final del pasaje se encontraba la iglesia y el convento de Santo Domingo. Visitamos la iglesia, y dejamos para otro momento el convento, que como comentaré en su momento, resultó mucho más interesante.
La iglesia, fue construida en el terreno que Francisco Pizarro concedió al fraile dominico Vicente Valverde, que le acompañó durante toda la conquista. Está compuesta por tres naves con una sillería coral tallada en madera de cedro. El templo estaba coronada por una cúpula de gran tamaño, de las mejores que se encuentran en la ciudad. En su interior se veneraba la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Lima, la primera que llegó al valle del Rimac, Patrona de la Ciudad, tenía profunda relación con los santos peruanos y por su notable devoción fue coronada el año 1927 en un acontecimiento sin precedentes en la historia religiosa del País.
Desde la iglesia de Santo Domingo, fuimos hacia el Jirón de la Unión, la calle con más vida de toda la ciudad. Es un constante ir y venir de gentes que, entre restaurantes de comida rápida, deambulaban contemplando los cientos de escaparates llenos de mercaderías o las carteleras de los cines. Niños vendiendo pequeñas cosas, competían con los limpiabotas, con los micrófonos que en ocasiones anunciaban los productos y con la música estridente que se escapaba de las tiendas. Este populoso zoco era una vía peatonal.
En esta calle se ubicaba la iglesia de la Merced, una de las más bonitas de la urbe. Contemplamos el barroquismo de su fachada churrigueresca, cargada de esculturas y grandes formas volumétricas, pasamos a su interior, y pudimos observar algunas obras de arte que contenía esta iglesia, como el altar mayor dedicado a la Virgen de las Mercedes, o la bonita sacristía decorada con azulejos arabescos.
Esta iglesia del siglo XVIII es una de las que mejor representaban la arquitectura religiosa colonial española de la época. Siguiendo por la concurrida calle de la Unión, llegamos a la plaza de San Martín, símbolo histórico de la era republicana. Era una de las más grandes de Lima, presidida por la estatua ecuestre de José San Martín, y artísticas fuentes. Aquí es donde se celebraban la mayoría de los mítines y celebraciones oficiales. En ella se encontraba el precioso hotel Bolívar y su lujoso bar, donde recomendaban saborear su famoso pisco sour, pero que en aquel momento no nos apeteció.
Volvimos sobre nuestros pasos por la calle Ocaña donde junto a los cambistas callejeros oficiales y no oficiales con fajos de billetes y calculadoras en mano, abrían sus puertas un buen número de casas de cambio. En una de las calles transversales al Jirón de la Unión, y previa negociación, cogimos dos taxis que nos llevarían nuestro hotel en el distrito de Miraflores. Cada taxi nos costó diez soles. Ya era tarde, dimos una pequeña vuelta alrededor del hotel por el paseo marítimo, nos asomamos para contemplar el océano pacífico y subimos para comer algo de fruta que gentilmente la dirección del hotel nos había dejado en las habitaciones. Había terminado este intenso día. Mañana temprano saldríamos para la ciudad de Arequipa.
Día 13. Viernes. Lima – Arequipa
A las 7:30 salió nuestro avión. Nos levantamos a las 4:00 horas de la madrugada. El restaurante no estaba abierto y no pudimos disfrutar del suculento desayuno del hotel, nos tuvimos que contentar con un tentempié que nos suministraron en el hall. A las 8:30 aterrizamos en el aeropuerto de Arequipa.
Una ciudad que se acurrucaba en un fértil valle al pie del Misti (5.882 m.), volcán de perfecta forma cónica. Arequipa, se encontraba a 2.325 m. de altura. Una buena altitud para empezar a acostumbrarnos. Sería la altura más baja que tendríamos durante los siguientes doce días. La ciudad blanca, llamada así por el empleo del sillar blanco en sus edificaciones, es la segunda urbe más poblada del Perú y una de las más elegante, soleada, cuidada próspera y vistosa de todo Perú. Hacía un tiempo estupendo, quizás, demasiado calor.
Montamos en el autobús que nos estaba esperando y con nuestra guía nos dirigimos directamente a un mirador que se encontraba a unos 8 km de la ciudad donde pudimos admirar la fértil campiña dominada por la impetuosa imagen de los volcanes Misti y Chachani. Al lado del mirador había una tienda donde se podía comprar la hoja de coca, así como caramelos de coca y otra serie de curiosas plantas todas ellas con efectos milagrosos. Casi todos caímos en la tentación de comprar una bolsita de hojas de coca, que según nos indicaron era aconsejable tomar para combatir los posibles efectos del mal de altura o soroche. También nos proveímos de los caramelos de coca y de alguna otras hierbas que nunca tomaríamos.
En este lugar nos enseñaron y algunos probamos, una serie de curiosos frutos; la fruta de la pasión, el tamarindo, el aguacate y también pudimos contemplar las primeras llamas, camélido doméstico como la alpaca, que junto con sus parientes salvajes, los guanacos y las vicuñas, constituían el grupo de mamíferos andinos más importante. Nos dijeron que no nos acercásemos mucho a las llamas, ya que inesperadamente nos podían escupir e incluso patear. Montamos nuevamente en nuestro autobús para llevarnos hasta Yanahuara, donde visitamos su iglesia, construida en 1750, que estaba enclavada en una pequeña plaza, donde una pequeña orquesta de jóvenes alegraba con su música a los que allí nos encontrábamos. La iglesia albergaba a la venerada Virgen de Chapi. Al final de la plaza nos asomamos a un mirador con excelentes vistas de Arequipa y del Misti.
Volvimos por la avenida de Jerusalén camino del Hotel. Llegamos al hotel Libertador de Arequipa. Era el mejor de la ciudad. Estaba situado a 1,5 km del centro. Construido en 1940 al estilo colonial en Selva Alegre el parque más grande de Arequipa, el Hotel Libertador contaba con la más moderna infraestructura e instalaciones, convirtiéndose así en la mejor alternativa de alojamiento en la Ciudad Blanca. A la llegada al hotel, nos ofrecieron nuestro primer mate de coca, bebida que durante todos los trayectos consumimos con asiduidad. Se trataba de una infusión, derivada de las hojas de coca, de un sabor algo amargo, que con un poco de azúcar, podía resultar agradable.
Una vez colocado el equipaje, nos encontramos en el vestíbulo del hotel, para comenzar nuestra visita por la ciudad. Alrededor de la Plaza de las Armas, se concentraban los principales monumentos de Arequipa. La plaza era un bullicioso y frondoso jardín de palmeras con soportales de doble arcada que la rodeaban por tres de sus cuatro lados. Nos asediaron los comisionistas de lo restaurantes de los balcones sin llegar a ser agobiantes.
Ocupando todo el frente norte de la plaza nos encontramos con la catedral, a la que los seísmos la maltrataron sin cesar. El actual edificio exhibía un estilo neorrenacentista, de cierta influencia francesa, construido enteramente en piedra de sillar, en el siglo XIX. Pasamos a su interior, observando su sobriedad, destacando el monumental órgano de fabricación belga y el púlpito tallado en madera. A un costado de la plaza, pudimos admirar la preciosa fachada principal de la iglesia de la Compañía, con sus admirables labrados escultóricos de motivos vegetales, que recordaban a la simbología precolombina. A este sincretismo entre lo local y lo europeo, es lo que se ha dado a llamar el barroco mestizo del siglo XVII. Pasamos al interior de la iglesia donde se exhibía un importante altar barroco bañado en oro Visitamos la sacristía en la que destacaba una bóveda pintada al fresco con motivos indigenistas.
Al terminar la visita de la iglesia de la Compañía dimos una vuelta por los claustros de la Compañía, que eran abiertos y alojaban un centro comercial con tiendas de artesanía. En el centro del bello Claustro Mayor, se alzaba una artística fuente, que fue objeto de nuestras cámaras fotográficas. Tomamos unas cervezas en la terraza de la primera planta de un bar, y encaminamos nuestros pasos hacia el Convento de Santa Catalina. Al pasar por la calle de Santa Catalina, pudimos ver la casona Iriberry, del siglo XVIII y actual sede de la Universidad de San Agustín. En esta calle se encontraba el Convento de Santa Catalina, que era el monumento más importante de toda la ciudad, y el único convento del mundo que contaba con una ciudadela propia. Su visita que estuvo cargada de misterio e interés, nos llevó casi dos horas. Según nos explicó la guía del convento, fue fundado en 1580 y estuvo cerrado al mundo durante más de tres siglos, hasta abrir sus puertas en 1970.
Era una ciudad, dentro de otra ciudad, con calles, barrios, plazas y viviendas, donde llegaron a vivir más de 400 novicias en 67 viviendas. Recorrimos las llamativas calles de Sevilla, Toledo, Granada. pintadas en llamativos colores azules, granates, ocres, que recordaban a los pueblos andaluces, mientras nos contaban la organización social de clases que tenía esta comunidad, donde el diferente estatus de cada una de las religiosas marcaba su posición. Mientras algunas tenían criadas, otras lo eran.
En este convento, tan sólo ingresaban las hijas mayores de acaudaladas familias españolas, con todo un séquito de criadas como novicias, y una buena dote de oro y plata para financiar al convento. Recorrimos el claustro principal, el de las Novicias, el de los Naranjos en azul, la calle Toledo de color granate y adornada con farolillos, o la plaza de Zocodover, con su fuente. Visitamos varias viviendas que, de manera independiente, contaban con cocina, retretes, patio, dormitorios, recibidor.. yen las que se conservaban objetos de la época. Fue curioso observar, los sistemas de desagüe, la lavandería, hecha con grandes tinajas partidas en dos, las bañeras que las monjas utilizaban y las estancias comunes creadas después de la reforma de 1871; la panadería, las cocinas y los dormitorios comunitarios. Por último subimos a la terraza de una vivienda, donde pudimos contemplar una vista panorámica del recinto.
En la visita a Santa Catalina, respiramos tranquilidad, al pasear por sus armoniosas calles llenas de luz, geranios y alegre sobriedad en un ambiente cargado de cierto misterio, quizás intrigas y también sacrificios y rigidez. Al terminar la visita, y después de acercarnos a una tienda que estaba frente al convento, la Posada del Monasterio, para recoger un regalito, incluido en la entrada, nos encaminamos por la calle de San Francisco a un restaurante, creo recordar que se llamaba El Camaroncito, que nos habían recomendado, para reponer fuerzas.
Algunos comimos el famoso cuy, una especie de conejo o cobaya, que frito resultó bastante aceptable. Aunque algunas personas, prometieron no volver a comerlo. La comida en general estuvo bastante bien. Al terminar de comer, una parte del grupo fuimos a visitar la iglesia y el convento de San Francisco, que se encontraba muy cerca del restaurante. El convento de San Francisco fue construido en el siglo XVI y restaurado posteriormente.
Quizás por la hora, estuvimos solos para realizar la visita en la que nos acompañó una guía del convento. El convento al igual que la iglesia, databa del siglo XVI, con amplios claustros y joyas de plata con motivos religiosos, un museo de sitio, interesante pero descuidada pinacoteca y una impresionante biblioteca con más de 20 mil volúmenes. La Iglesia era de estilo románico tardío de bella fachada en sillar y ladrillo, de estilo mestizo con influencias mudéjar. El coro era de sillar con ensayos de barroquismo. En el presbiterio destacaba un hermoso altar de plata repujada. Desde San Francisco nos dirigimos andando hacia el Museo de la Universidad Católica de Santa María. Allí habíamos quedado con el resto de los compañeros, que nos estaban esperando en el patio del Museo.
Después de una cierta espera comenzamos la visita. Este museo es famoso, porque en él se exponía la famosa Juanita, “la princesa de hielo”, el cuerpo congelado de una doncella inca sacrificada en la cumbre del Ampato hacía más de 500 años. La explicación comenzó con la proyección de un vídeo y continuó con una visita guiada a los objetos encontrados en el lugar del sacrificio; finalmente accedimos a la sala donde se exponía el cuerpo congelado de Juanita junto con otras momias preservadas en unos congeladores con paredes de cristal cuya temperatura se controlaba cuidadosamente. Cuando salimos, ya había anochecido, estábamos cansados y nos apetecía ir al hotel. Cogimos un taxi que nos llevó hasta nuestro alojamiento. Esa noche cenamos en la cafetería.
Día 14. Sábado.- Arequipa – Chivay.
Desayunamos muy pronto y como siempre muy bien. Nos dio tiempo de dar una vuelta por los jardines del hotel, donde los empleados del establecimiento estaban realizando unos ejercicios de convivencia. Hicimos unas fotos al borde de la piscina. Montamos en nuestro autobús, que nos esperaba a la puerta del hotel, para iniciar el viaje al valle del Colca. Sería una jornada larga, que terminaría en el pueblo de Chivay donde se ubicaba el hotel.
Al sentarme en el autobús, empecé a leer un artículo que había obtenido de internet, donde se relataba una pequeña historia sobre el cañón del Colca y que en resumen venía a decir que: El Colca, fue una de las zonas más importantes del Virreinato del Perú. Tal es que Francisco Pizarro encomendó a su hermano Gonzalo, que se estableciera en Yanque para ejercer el control del Valle. Entonces ese fértil valle era poblado por más de sesenta mil personas dedicadas a la producción agrícola, especialmente de maíz y papas. El Virrey aplicó la llamada Reducción de Indios a es vasta población, que obligó a concentrarlos en determinados pueblos. Los nuevos poblados se denominaron “Reducción de Indios”, y fueron diseñados desde España con una detallada planificación, dictando estrictas normas para su construcción en cuanto a; el ancho de sus calles, el hospital, la escuela, la cárcel, el asilo para ancianos, etc. y por supuesto una plaza mayor con su correspondiente iglesia.
Con este motivo y bajo las directrices reseñadas, en el valle del Colca se construyeron catorce pueblos bien diseñados, con importantes obras arquitectónicas, como fueron casi todas las iglesias que en la actualidad siguen conservándose. Esta experiencia, causó graves problemas en la población existente, al producirse terribles epidemias como consecuencia de las nuevas enfermedades introducidas por los europeos, que produjeron una reducción importante de la población. Quedaron solamente unas quince mil personas.
Lo curioso fue, que de haber sido una importante región, pasó en la época republicana a ser totalmente ignorada. A finales de 1920 unos aviadores norteamericanos, realizando un levantamiento aerofotográfico encontraron un desconocido valle poblado que denominaron el “Desconocido Valle de los Incas, lo que motivó se realizara una expedición a la zona. Cuando efectuaron las primeras mediciones de la profundidad del cañón, informaron que esta, era el doble que la profundidad del cañón del Colorado, dato que hasta la fecha ha sido ignorado por el Nacional Geographics Society, que continua publicando equivocadamente que el Cañón del Colorado es el más profundo del mundo.
En el año 1975 y con motivo de la construcción del proyecto de irrigación de Majes, el Valle del Colca puede ser accesible por las nuevas carreteras y la infraestructura desarrollada para la estancia de los técnicos y del personal de la obra. Construcciones que pudimos observar durante nuestro trayecto. Estas posibilidades permitían recorrer actualmente parte del valle, aunque seguían existiendo largos tramos sin asfaltar lo que no facilitaban un desarrollo turístico adecuado. Esta falta de infraestructuras, presentaba una parte muy positiva, al implicar un menor deterioro de su paisaje, su fauna y su flora. Cuando finalicé de leer el artículo, observé a través de la ventanilla del autobús, que el camino seguía la línea del ferrocarril, y pude avistar entonces el volcán de Chachani. La carretera en este primer tramo estaba asfaltada pero presentaba numerosos parches.
El autobús se adentró en la Reserva Nacional de Salinas. Ya estábamos a una altitud de 3.850 metros. Empezamos a ver algunos ejemplares de alpacas, llamas y vicuñas, este último, el más grácil de los camélidos andinos. El pelo de la vicuña se considera el más fino del mundo. Este camélido, estuvo al borde de la extinción, pero tras varios programas de conservación, la más lujosa de las fibras pudo regresar al mercado aunque en cantidades ínfimas, lo que la convertiría en un artículo de lujo, casi inalcanzable. Nos cruzamos con alpacas y llamas. Las primeras eran las más numerosas de los cuatro camélidos sudamericanos, siendo la base de subsistencia de muchas familias altoandinas. Las llamas, con una piel más basta, han servido desde siempre como un medio de transporte del altiplano. El guanaco resultaba muy difícil de ver, pues la mayor parte había emigrado a los Andes argentinos y chilenos.
En el kilómetro 97, había un desvío que llevaba a la ciudad de Puno. A unas dos horas y media del viaje, hicimos una parada, donde en mitad del más absoluto desierto, se encontraba un bar que servía mate de coca, infusión destinada a combatir el mal de altura o soroche. Estábamos a una altitud de 4.150 metros. Entre la polvareda del camino pudimos advertir un paisaje lunar, que podía recordar la zona de Turquía, conocida como la Capadocia, que sin dejar de ser montañoso, resultaba árido desértico e incluso desolador. Alrededor del bar se asentaba un pequeño mercado artesanal, dedicado a los turistas que bajaban de los autobuses en este desolado pero curioso e interesante lugar.
La siguiente parada la efectuamos en el punto más alto del viaje (4.890 m), en el que muchos viajeros han levantado un campo de pequeños mojones de piedra que por acumulación, iban configurando un punto de referencia en el camino. Era curioso, porque este mismo fenómeno lo observé en una carretera que transcurría por las tierras vikingas de Noruega. Iniciamos un ligero camino descendente hasta alcanzar la puna, donde el paisaje cambió bruscamente.
Amarillos pastos poblaban las laderas del camino, y en su seno amplias turberas encharcadas formaban ricos pastos donde se congregaban camélidos del altiplano peruano. En algunas zonas húmedas existían pequeñas lagunas, donde pudimos ver como recalaban ibis y garzas andinas. Seguimos descendiendo en un espectacular zig –zag, y desde una de las curvas contemplamos un pueblo, se trataba de Chivay (3.700 m), nuestro punto de destino y capital del Valle del Colca., al cual llegamos justos para almorzar. Llegamos a la Casa Andina, nuestro hotel en el pueblo de Chivay.
Se encontraba en el centro del colonial pueblo, cerca de la Plaza de Armas. Contaba con una serie de cabañas con cómodas habitaciones. Una vez recibidas las maletas, fuimos al comedor, donde disfrutamos de una comida servida en plan buffet. La mayoría de los platos, eran típicos de la zona. Descansamos durante un rato en nuestras habitaciones y partimos por la tarde a una excursión a los baños termales de la Calera que se encontraban situados a unos 4 kilómetros del pueblo de Chivay, y en donde habían construido unas piscinas de agua mineral caliente, que según decían, tenían propiedades curativas. En el complejo termal, contaba con duchas y vestuarios.
Terminado nuestro baño en las aguas termales volvimos al hotel, de donde fuimos al pueblo para visitarlo. Chivay era un pueblo turístico que se acurrucaba en un hueco de las montañas, justo antes del principio del cañón. Era uno de los puntos de partida hacia la Cruz del Cóndor. Tenía un curioso mercado artesanal cubierto y un no menos interesante mercado de abastecimiento, con puestos de comida para la gente del pueblo. En su Plaza de Armas se estaba la iglesia colonial del siglo XVII, en aquél momento cerrada por obras de conservación.
Nos sorprendió los coloridos atuendos de sus habitantes y el musical idioma quechua que escuchamos por sus calles. Cuando se ocultó el sol, la temperatura bajo bastante. Volvimos al hotel para cenar, y asistir a continuación a una sesión en el Planetario ubicado en el hotel. La Casa Andina y el Instituto Peruano de Astronomía, han construido en el Hotel un Planetario, donde nos invitaron, previo pago, a sumergirnos en los misterios nocturnos del Valle del Colca, y a disfrutar del cielo limpio y profundo que desde allí se observaba. Inicialmente nos proyectaron las constelaciones, con un comentario de cómo los antiguos pobladores de los andes interpretaban el cielo de acuerdo con sus mitos y creencias. Posteriormente pudimos contemplar las estrellas del Valle del Colca a través de un telescopio profesional. Después de tan interesante y agotador día, nos fuimos a la cama para descansar y reponer fuerzas para iniciar mañana una jornada dedicada a recorrer el maravilloso Valle del Colca.
Día 15. Domingo. Visita al Valle del Colca
Desayunamos muy temprano para dirigirnos en autobús hacia la Cruz del Cóndor, mirador natural desde donde se puede apreciar la magnitud del Cañón del Colca y con suerte, el espectacular cóndor en pleno vuelo. Salimos de Chivay por la ruta panorámica a lo largo del río Colca, desde donde se domina todo el cañón. Pudimos observar en la zona conocida como Lagunas Misteriosas, numerosos andenes de cultivo de construcción pre-incaica, que se extendían por todas las laderas del valle. Este sistema de cultivo, el único que permitía aprovechar la fértil tierra, aún se seguía utilizando por los agricultores de esta región.
El autobús siguió avanzando por la parte superior del valle, pudiendo ver además de los cultivos en terraza, los pueblecitos del valle del Colca, que en esta zona era abierto y muy fértil. El "Valle de las Maravillas", como lo llamara el escritor peruano Mario Vargas Llosa, comprendía una red prácticamente interminable de caminos de herradura que recorrían sus montañas uniendo caseríos coloniales de inusitada belleza. Añadían un toque de interés a la ruta la existencia de bellas lagunas, singulares formaciones de piedra erosionada y la presencia de especies de fauna y flora silvestre única y abundante, como el cóndor andino y las vicuñas, los bosques de queñual y numerosas variedades de cactus.
Antes de que el valle se cerrara para formar un angosto cañón extremadamente hondo, hicimos una parada para contemplar las famosas tumbas colgantes construidas con anterioridad a los incas. En un recodo del camino el autobús hizo una nueva parada. Nuestra guía nos indicó que deberíamos bajar para seguir el camino hacia la Cruz del Cóndor a pié. Continuamos a través de un sendero que transcurría por el filo del cañón. El panorama que contemplamos durante la caminata fue espectacular, pues abajo discurría el río Colca a una profundidad de 1.200 metros mientras que el murallón de enfrente, llegaba a medir 3.100 metros de altura, en cuyas cumbres podían verse las nieves perpetuas. Proseguimos por el camino, hasta que llegamos al esperado Mirador del Cóndor, desde donde observamos una soberbia vista panorámica de todo el valle.
Era un sitio privilegiado para admirar la profundidad del cañón, la vegetación y si teníamos suerte, el vuelo de los cóndores, el ave más representativa de la región. Este mirador constituía un espectáculo natural y una interesante experiencia para el visitante. Estaba a 3,287 m.s.n.m. Se ha construido una gran cruz y un pequeño muro de piedra para la comodidad de los turistas. El avistamiento del cóndor generalmente se hacía de 10 a 12 del mediodía. En la Cruz erigida en la parte más alta, nos hicimos las fotografías de rigor.
En este mirador decenas de turistas se agolpaban para intentar ver el vuelo del ave más representativa y mítica de los Andes. Tuvimos la suerte de observar el vuelo de los cóndores que anidaban en los acantilados del cañón y salían en la mañana para aprovechar las corrientes ascendentes de aire caliente. El espectáculo de esos enormes pájaros fue el momento cumbre de la excursión. Nos habían dicho que ese día, se iba a celebrar una ceremonia en conmemoración de Juanita, la bella niña inca que fue sacrificada en el volcán Ampato, y descubierta casi intacta en 1995, al encontrarla congelada. La ceremonia consistió en un reclamo turístico, para que los que allí nos encontrábamos visitásemos el pueblo de Cabanaconde. No obstante, pudimos asistir a un espectáculo, que aunque folklórico fue curioso. Durante el regreso a Chivay, pudimos ver nuevamente el vuelo majestuoso de otra pareja de cóndores que desaparecieron tras las montañas.
Paramos en el mirador de Pinchollo, donde en una pequeña roca tallada, se supone, se representa un mapa de los bancales, y se divisaba una vez más, un paisaje extraordinario. El autobús hizo una pequeña escala en el pueblo de Maca (3.262 m), donde nos hicimos unas fotos frente a su iglesia colonial del siglo XVII, y algunos compañeros se fotografiaron con un águila que estaba atada para esos menesteres.
Llegamos al hotel a la hora de almorzar. Descansamos algo en nuestras habitaciones. A las 15:00 horas habíamos quedado con nuestra guía para realizar una caminata por los alrededores de Chivay. Por la tarde fuimos en autobús hasta Coporaque. Allí bajamos del autobús e iniciamos una caminata hasta el pueblo de Yanque. Fue una excursión muy agradable, con una duración aproximada de dos horas.
A la media hora de caminar, llegamos al mirador de Ocalle, desde donde pudimos contemplar el llamado anfiteatro de Coporauqe, con una espectacular vista de andanerías pre-incas. Descendimos hasta el río y atravesamos el Puente Colgante de Sifón que unía los pueblos de Coporaque y Yanque. Asomados al puente, pudimos contemplar las colcas, unas cuevas existentes en las paredes del desfiladero que servían de almacén para los alimentos y que se ubicaron en lugares de difícil acceso. Subimos un buen trecho y llegamos al pueblo de Yanque (3.417 m), donde no pudimos visitar por encontrarse cerrada su hermosa iglesia barroca del siglo XVIII, que se construyó en la Plaza de Armas. En Yanque nos estaba esperando el autobús para regresar a nuestro hotel.
Día 16. Lunes. Valle del Colca-Puno
Después de desayunar en el hotel, subimos al autobús dispuestos a iniciar nuestra etapa del día hasta la ciudad de Puno, enclavada a orillas del lago Titicaca. Nos acompañaba un nuevo guía, se llamaba Alvaro y pertenecía a la tribu aymara. Llevaba un sombrero de cuero de ala ancha, del que no se despojó en todo el viaje. Resultó un hombre amable y conocedor de los lugares que recorrimos. Durante el primer tramo del viaje, fuimos por el mismo camino que habíamos recorrido anteriormente para llegar a Chivay.
Paramos otra vez en Vizcachani (4.150 m), que si recordáis se trataba de un lugar situado en una zona desértica que recordaba a la Capadocia turca, donde estaba enclavado un bar que vendía mate de coca para combatir el mal de altura. Alrededor del bar se asentaban una serie de puestos donde se vendían artesanía típica de la zona. Nuestra siguiente parada fue en Lagunillas, donde se encontraba una laguna de agua salobre perteneciente al departamento de Puno, situada a una altura de 4.000 metros. Su profundidad máxima era de 47 metros, y su extensión de 54 Km2. Fuimos andando hasta cerca de la orilla, para estirar un poco las piernas, desde donde pudimos observar algunas especies de aves.
Pasamos por Santa Lucía, que se encontraba también a unos 4.000 metros de altitud. Era un pequeño pueblo altiplánico del departamento de Puno. Llegamos a Juliaca, ciudad andina situada a 3.825 metros sobre el nivel del mar. Era la mayor ciudad de la región, dedicada fundamentalmente al comercio de la lana . Según nuestro guía, era una ciudad deprimente, ruidosa y sucia, que lo mejor que deberíamos evitarla. Pasamos por sus calles sin bajarnos del autobús. Nos sorprendió la enorme cantidad de bici-taxis que circulaban constantemente por todas las calles, interrumpiendo y dificultando el tráfico de coches y autobuses.
También nos dijo Alvaro, que era una ciudad con un alto índice de delincuencia. A las 13:30 aproximadamente llegamos al complejo arqueológico de Sillustani, emplazado junto a la laguna de Umayo, una de las más grandes e impresionantes necrópolis de América. Como era la hora de comer, nos acercamos a un bar desde donde se divisaba la laguna, donde dimos cumplida cuenta del picnic que nos habían preparado en el hotel, que acompañamos de una bebida que pedimos en el bar.
Finalizado nuestro almuerzo con tan espectacular escenografía, iniciamos nuestro recorrido por el yacimiento arqueológico de Sillustani. Subimos una pequeña cuesta y comenzamos a recorrer el complejo arqueológico. Observamos una especie de torres de piedra denominadas "chullpas" que fueron edificadas por collas, para enterrar a sus muertos. Algunas a medio caer, otras de pie como torres de ajedrez resistiendo el paso del tiempo Sus constructores, verdaderos maestros en el arte de erigir colosos de piedra, escogieron para su obra, una espectacular escenografía: una cima frente a la laguna de Umayo. Las "chullpas" eran casi 90 y estaban diseminadas en un área de 150 hectáreas.
Muchas de ellas superaban los 12 metros de altura y tenían un mayor diámetro en la parte superior que en la base. Antes de ser colocados en la chullpa, el cadáver era momificado en posición fetal. Con la momia se colocaban sus pertenencias, en algunos casos objetos de oro y plata, utensilios de cerámica y alimentos, puesto que las creencias decían que después de la muerte resucitarían en otra parte donde necesitarían comer y beber. Observamos diferentes tipos de torres, desde las más rústicos, Pre-Incas, hasta los mausoleos más sofisticados, con piedras de muchos ángulos perfectamente encajados. Fechadas en los siglos XII al XIV, pertenecían a la cultura preinca colla, un pueblo guerrero de lengua aymara que dominaba la región del lago ante de la llegada de los incas. Pudimos apreciar la pequeña entrada por la parte este de las “chullpas”, para que el difunto pudiera comunicarse con el dios Sol.
También pudimos apreciar gracias a las explicaciones de Álvaro, las cámaras funerarias abovedadas y las cornisas sobresalientes en la parte superior, algunas, con curiosos relieves, tales como un lagarto y otros dibujos totémicos. Cuando terminamos el recorrido, que duró algo más de una hora, reiniciamos nuestro viaje hacia la ciudad de Puno. Nos quedaban por recorrer unos 35 kilómetros. Empezamos a ver las estribaciones del inmenso lago Titicaca. El lago navegable más alto del mundo (4.000 m), la masa de agua interior más extensa de Latinoamérica. Y aunque en la región todo parecía eclipsarse por la sosegada espectacularidad de este bello mar interior, las altiplanicies que rodeaban el lago, la apacible imagen de llamas y alpacas pastando, o el paso del lento tren descolorido, evocaban, una sensación de paz tranquilidad y un cierto misticismo.
Después de una curva en la carretera, descendimos hacia la ciudad de Puno, situada en la orilla noroeste del Lago Titicaca a 3.827 metros de altitud. Pasamos por el centro de la ciudad camino del hotel. Nos hospedamos en el Hotel Libertador. Toda una referencia en la zona, situado en su propia isla privada, en la parte occidental del lago. La isla estaba unida a Puno por una carretera de unos 6 kilómetros. La mayoría de las habitaciones, tenían una vista fabulosa, bien al lago o a la bahía de Puno. El hotel estaba rodeado de un precioso jardín donde vivían 34 llamas, que oficiaban de mascotas del lugar. Luego descubriríamos otros animales.
Después de asearnos y recibir las maletas en las habitaciones, tomamos unos taxis y fuimos a la ciudad de Puno para conocerla. Puno era una ciudad con unos 110.000 habitantes. Aunque fue fundada en 1668, quedaban pocas construcciones coloniales. La ciudad no se caracterizaba por su monumentalidad. Los taxis nos dejaron en la plaza de Armas, donde en uno de sus laterales, como no, se alzaba la Catedral, del siglo XVII de simétricas torres y barroca portada, cargada de armoniosos relieves escultóricos. No pudimos visitarla, porque en ese momento estaba cerrada.
Cerca de la catedral pudimos ver la Casa del Corregidor y el Balcón del Conde de Lemos. Se contaba que en esta casa se alojó el virrey Conde de Lemos cuando llegó a la zona para sofocar una rebelión. Actualmente funcionaba en el lugar el complejo cultural del Instituto Nacional de Cultura de la región Puno y albergaba una galería de arte. Desde la plaza, no encaminamos al jirón de Lima. Era una calle peatonal donde se ubicaban los mejores restaurantes y tiendas de la ciudad.
Al final de esta calle, en el parque Pino, entramos en la iglesia de San Juan, que visitamos. Era sencilla y austera. Fue construida hace más de doscientos años para ser el templo de los indígenas, quizás por esta razón era el hogar de la Virgen de la Candelaria, la patrona de Puno. Reconstruida en 1876, San Juan presentaba una fachada de estilo ojival francés, con tres hermosos altares góticos y lienzos religiosos en su interior. Tuvimos la oportunidad de charlar un rato con el párroco de esta iglesia.
Paseamos por las calles de Puno, viendo tiendas de artesanías, comprando algunos recuerdos y visitando algunos patios de antiguas casas coloniales, la mayoría convertidas en hoteles. Se estaba acercando la hora de cenar, y nuevamente encaminamos nuestros pasos hacia la calle Lima, donde se encontraba el restaurante que nos habían recomendado en el hotel y donde habíamos apartado para cenar todos juntos. La cena estuvo bien, pero algo lento el servicio. Al salir del establecimiento tomamos varios taxis y nos fuimos al hotel. Mañana navegaríamos por el lago Titicaca para visitar algunas de sus islas.
Día 17. Martes.- Puno. Lago Titicaca
Al despertar pude contemplar una maravillosa salida de sol desde la habitación del hotel. Después del desayuno, nos acercamos hasta el mirador del hotel desde donde admiramos el lago Titicaca y la bahía de Puno.
Después nos dirigimos todos al embarcadero del hotel, donde una barca a motor nos estaba esperando para navegar en primer lugar a la isla de Uros y posteriormente a la isla Taquile. A media hora de navegación, desembarcamos en una de las islas más célebre y curiosas del lago Titicaca, las islas flotantes de Uros. Su visita nos permitió descubrir un modo de vida único. Estas islas son artificiales y están construidas de totora, una planta de hojas delgadas y largas que crecen en el agua y trabajaban después de secarlas. El suelo, las casas, las escuelas, todo reposaba sobre un lecho de totora y pilotes hechos de troncos de eucalipto. Este archipiélago constaba de unas 40 islas de totora, y eran habitadas por los Uros, descendientes de una de las culturas más antiguas del continente americano Cuando caminamos sobre ellas, nuestros pies se hundieron varios centímetros en el suelo de totora. La isla que visitamos estaría habitada por unas cuatro o cinco familias, que vivían en pequeñas chozas, también hechas de juncos. Lo que ellos te enseñaban, era que el hombre se podía adaptar a cualquier clase de ambiente. La vida de los nativos era una lucha constante. Las islas, que podían durar hasta 30 años, se pudrían por la parte inferior con mucha rapidez, por lo que nuevos juncos debían ser añadidos constantemente. Alvaro, nuestro guía, nos solicitó que no diésemos propinas por las fotografías, sino que comprásemos sus trabajos artesanales. De esa manera ellos podrían mantener sus tradiciones y su dignidad. Sólo diez de las islas admitían visitantes. Dimos una pequeña vuelta en una de sus tradicionales barcas, construidas de totora. Al finalizar la visita, montamos nuevamente en nuestro barco a motor para navegar hacia la isla de Taquile, que se encuentra a más de dos horas de donde estábamos. El tiempo era bueno, y nos acomodamos en la parte superior del barco, lo que nos obligó a abrigarnos.
Atracamos en un pequeño embarcadero de la isla de Taquile.
El pueblo se hallaba en lo alto de la isla a 4.050 metros de altura. Subimos por la parte trasera de la isla para evitar los 584 escalones que había desde el pequeño puerto, que luego utilizaríamos para volver. La ascensión se hizo penosa por lo empinado del camino y por la altitud, que dificulta la respiración, por lo fue necesario efectuar algunas paradas para tomar aliento. Según íbamos ascendiendo el paisaje se volvía cada vez más impresionante. Pudimos observar las terrazas labradas en las rocas y divisar, lo que nos pareció la otra orilla del lago Titicaca, ya que el día estaba muy despejado. Durante la ascensión nos cruzamos, mejor dicho, nos adelantaron, hombres y mujeres con recipientes en la espalda. ¡Una persona llevaba dos bombonas de gas¡ Increíble.
El pueblo se hallaba situado en lo más alto. Sus habitantes mantenían un fuerte sentimiento de identidad grupal, formando una sociedad eminentemente endogámica, casándose raras veces con personas ajenas a Taquile. Vimos como los hombre tejían sus propios sombreros de lana, que recordaban los gorros de dormir. El color de estos gorros indicaban: si eran rojos, estaban casados, blancos y rojos si eran solteros. Las mujeres portaban polleras superpuestas y blusas delicadamente bordadas.
En la plaza visitamos un pequeño museo, donde se exponían distintos tipos de ropas tradicionales. Paseamos por sus calles empedradas y nos cruzamos con los isleños, todos ellos ataviados con sus típicas ropas y gorros, que mirábamos de soslayo, para adivinar si eran solteros o casados. Como era la hora de comer, entramos en un restaurante de la plaza donde tomamos sopa de quinua y huevos fritos con patatas.
Nos pareció una comida excelente. Después de comer comenzamos el descenso por los 584 escalones existentes. El panorama que contemplamos fue de una gran belleza. Abajo se divisaba el pequeño puerto, donde los barcos esperaban la vuelta de los visitantes de la isla de Taquile.
Después de veinte minutos de descenso, montamos en nuestro barco, que nos dejó nuevamente en el embarcadero del hotel, después de más de tres horas de navegación. Esa tarde no tuvimos ganas de acercarnos a la ciudad de Puno. Preferimos quedarnos en el hotel y disfrutar de sus instalaciones. Dimos una vuelta por la isla el hotel donde pudimos contemplar las llamas y un cervatillo que nos acompañó durante todo el camino, correteando a nuestro lado.
Mañana partiríamos hacia la ciudad de Cusco. Nos esperaban unas cuantas horas de carretera.
Día 18. Miércoles.- Puno – Cuzco
Nos levantamos temprano, teníamos que realizar un largo viaje en autobús, estaba prevista una duración superior a siete horas, que haríamos en varias etapas. Había lugares muy interesantes que visitar; Pucará, Raqchi y Andahuaylillas.
(Fin de la primera parte) |
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