ROMA, SIEMPRE ROMA.
Esta iba a ser una escapada singular por varios motivos. Uno de ellos es que poder viajar con una hija adolescente a la que admiro por su fuerza e independencia, y con la que además me río mucho, es de alguna manera una proeza. Digo proeza, porque lo lógico sería que ella no quisiera viajar conmigo, sino con sus amigas. Otro motivo es mi condición de historiadora, especialista en historia antigua hacía de Roma el lugar perfecto.
24 de mayo, 6 de la mañana, Almudena y yo estamos en el aeropuerto de Barajas, T-4. Siempre que voy a esta terminal, pienso lo mismo, odio la T – 4. Es una especie de laberinto en el que el minotauro es un tren diabólico que te transporta a la “gemela”, y allá te dice un letrero que aún te quedan 10 minutos por caminar, y tú piensas, “no puede ser”, pero es, 10 minutos exactos.
Lo primero que me llamó la atención en Roma fue el tráfico. Endiablado, caótico. Verdaderamente los romanos no saben para qué sirven los tres colores de los semáforos, ni falta que les hace, ellos son los amos de la calle, sobre todo los los motoristas, cientos de motos por metro cuadrado que campan a sus anchas por las calles romanas mientras los viandantes se juegan la vida, un poco al grito de “pita, pita, que como no te apartes tú.....!”
Esto me fascinó, y fuera de disgustarme, me encantó, porque lo confieso, me gustan las ciudades desordenadas y caóticas, donde las máquinas son máquinas y las personas son personas, no autómatas.
Nuestro hotel estaba justo al lado de la Fontana de Trevi, así que la vimos mil veces, pero no importa, todas las veces que se admire es poco. Por supuesto, lo primero que hicimos fue ir a verla con detalle, y echar la moneda, así que seguro que vuelvo. Lástima que estuviera tan llena de gente admirándola, a empujones nos pudimos acercar, pero mereció la pena. En ese momento recordé la película” Elsa y Fred,” en la que ella había soñado toda su vida con ir a Roma desde su Argentina natal, y al final, es Fred el que abandona todo lo que tiene en España para llevarla.
Por supuesto, lo siguiente fue salir corriendo a ver el Foro. Creo que miré cada piedra del camino, cada edificio, y mientras, Almudena me acariciaba la barbilla. No me podia creer que estaba allá!!! Pero sí, paseé, repaseé y volví a pasear por él.
Es verdaderamente difícil escribir un diario sobre Roma, porque hay miles de ellos escritos, con toda clase de descripciones. Así que intentaré comentar mis propias impresiones.
Entono el “mea culpa”, reconozco que mi deformación profesional es grande, y lo que de verdad me interesaba de Roma era todo lo referente a la Roma Antigua, aquel pueblo que dominó el mundo, lo latinizó y lo culturizó. Craso error. Roma es “La Historia”, y con eso quiero decir que en esa pequeña ciudad está compendiada toda la historia europea. Es imposible una disección entre la Roma clásica o la renacentista, la medieval o la de la unificación, porque todo está ahí, extrañamente unido, formando un todo que a mi me impactó sobremanera. Me pareció increible, poder pasear por una calle, admirar un templo, y en la siguiente esquina una iglesia renacentista, o una fuente de Bramante. Es casi imposible describir la cantidad de monumentos, edificios, palacios, restos arqueológicos, todos unidos por un lazo invisible que los entremezcla y de alguna manera, al turista también ata, y lo enamora.
Visita obligada es la Ciudad del Vaticano. Reconozco que para el católico creyente ha de ser algo grandioso. Yo no lo soy, y he de reconocer que la visita al museo vaticano por una parte me encantó en cuanto a la cantidad de obras de arte, pero por otro lado, mi yo agnóstico se rebelaba. El punto álgido de esta rebelión fue en la Capilla Sixtina, me salió del alma comentar a Almudena, “Lo que costó esto a Julio II, y con la gente muriendo en las calles por la pobreza!!! En fin, que merece la pena la visita, pero allá se quedó el poquito de fé católica que me quedaba.
La luz romana es algo espectacular, tan blanca, tan clara, tan transparente. Esto hace que los anocheceres sean rosados, y si se tiene la suerte de ver un anochecer atravesando el Tiber, recomiendo que mireis hacia la cúpula de San Pedro. Los tonos de las cúpulas van cambiando de color en tonos que van desde el pardo hasta el rojo intenso, para después oscurecerse hasta el negro.Un negro difuminado por miles de luces, porque Roma, como Madrid, es otra ciudad que no duerme.
Trastevere, Piazza Navona, Piazza de Spagna, Villa Borghese, las imágenes se agolpan en mi cabeza y me producen la sensación de que es una ciudad que nunca podré olvidar. Una ciudad maravillosa, una escapada fantástica, en la que hubo casi de todo. Debe ser mi sangre italiana lo que hace que me atraiga tanto este pais.
Nos faltó Pompeya, pero esa escapada ya está reservada para Almu y para mi.
|
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|