¡Qué bonita!, ¡Qué dulce!, en quechua: ima sumaq.
Esto es Perú. Que sentido tendría la vida sin los sueños, decía alguien, y añado: que hacemos en ella sino los perseguimos... los materializamos.
Conocer la tierra de los incas, ha sido hasta ahora un sueño, sí, porque en este mismo momento comienza mi periplo. Un viaje largo, aunque incompleto, pues abarcar este vasto territorio es una empresa imposible si el tiempo dedicado a ello tiene un límite. Mis sentidos abiertos, mi sensibilidad a flor de piel, es todo lo que debo aportar. Mucho se ha escrito sobre este país, intentare no repetirme, esquivando los tópicos.
La travesía es la siguiente: Lima – Nazca – Ballestas - Pisco – Arequipa – Colca – Ica –Chivay – Puno – Titicaca – Amantaní – Cuzco – Ollantaytambo - Aguas Calientes -Machu Picchu, además de otras poblaciones de menor importancia. Justo cuando anuncian el retrasado verano en España, se acercaran a los 42º de temperatura, aterrizo en Lima en pleno invierno. Me lo advirtieron, pero el forro polar no cabía en mi mochila. Si tuviera alma se congelaría.
Aterrizo en Guayaquil (Ecuador.) Una pequeña escala antes de proseguir hacia Lima, la capital, con doce millones de habitantes, la mitad de la población de Perú vive aquí. El barrio colonial de Miraflores me va albergar por esta noche. Un autobús de línea regular me traslada hasta Ica, y desde allí a Nazca en una furgoneta; aquí se encuentran las famosas y misteriosas líneas. 2000 años atrás las dibujaron sobre una zona desértica; muchas de ellas forman dibujos de animales que ahora están desaparecidos en la región.
Todavía no se conoce el por qué de estos dibujos. Son un misterio. Poco a poco me introduzco en el viaje y voy tomando contacto con este país, con sus gentes, sus formas de vida, su geografía, hasta el momento desértica en gran parte, con dunas que nada envidian a las existentes en los desiertos africanos.
Esta noche descansaré en Nazca... Las islas Ballestas en el Pacífico es la siguiente etapa: un paraíso natural. La lancha rápida me traslada hasta estas pequeñas islas donde las aves son las dueñas, conviven con algunos lobos marinos y pingüinos enanos. Los cormoranes sobre todo, son los responsables de la gran acumulación de guano, hoy se recoge cada cuatro años y en menor cantidad. Muchos años atrás, así lo afirma E. Galeano en su libro: “Las venas abiertas de América latina”; este fertilizante natural enriqueció a unos cuantos peruanos que tuvieron acceso a él.
Se convirtieron en importantes millonarios con gran influencia económica y política sobre el país. Incluso hubo una guerra de por medio para controlar este recurso que se exportaba a Europa y los EEUU. Los alimentos se adaptan bastante a mis gustos. También debo advertir que en este campo evito los experimentos.
No quiero sorpresas, eso sí, llevo mal lo de comer sin pan. Justo en estos días se celebran las Fiestas Patrias. La independencia de Perú; por lo que los peruanos gozan de cuatro días feriados para festejar su patriotismo, salir a comer, a bailar o realizar algún viaje, Por lo que las calles se encuentran bastante animadas. Recorro la Panamericana (los bordes de esta carretera están sembrados de cruces, recordando los accidentes sucedidos en la misma), durante horas camino de Pisco, realizando alguna parada, en una de ellas visito una necrópolis al descubierto perteneciente a los antiguos nazcas, en un paraje desértico, rodeado de dunas.
Conozco a una persona que se ha pasado la vida entre estos descubrimientos arqueológicos y las líneas de Nazca; me lleva a un lugar en plena pampa de rocas y arena para ver de cerca cómo son y cómo construyeron estos glifos sobre un lugar tan especial, lleno de silencio y misticismo. Nunca llegue pensar que una técnica tan sencilla obtenga tantos resultados al ver los dibujos desde cierta altura. Anochece pronto, así que decido visitar lo antes posible un oasis que se encuentra en el camino hacia Pisco. Dormiré en una localidad llamada Chaco, ya en la región de Paracas.
El oasis es una auténtica sorpresa: un pequeño lago rodeado de palmeras en sus márgenes y algunas casas de comida para matar el hambre de los visitantes, y todo ello protegido por unas majestuosas dunas de cientos de metros de altura. Me dicen que hace mucho tiempo que no avanzan, sino acabarían devorando este vergel. Años atrás fue utilizado como zona residencial para la alta burguesía peruana. Un ejercitó de gallos me despiertan en cuanto asoman los primeros rayos solares. El autobús público me traslada hasta Lima, allá iniciaré mi vuelo hacia el sur, al altiplano, el Perú profundo. Arequipa a 2500 metros de altitud.
Debo aclimatarme a la altura poco a poco, pues en algún lugar alcanzaré los 5000 metros. El trayecto hasta Lima se me hace algo tortuoso, mi mochila debe ir encima de mis rodillas; con el billete de autobús te facilitan una nota en la que se advierte de que no pierdas de vista tu equipaje, pues existen muchos robos. Las paradas son continuas para recoger y dejar pasajeros. Cruzo la ciudad de Pisco, sumida en un abandono total, las calles de tierra en su mayoría y los niños buscando entre los vertederos. La injusticia social se hace dueña de la situación, ¿dónde están las autoridades de la ciudad?, ¿qué hacen?, siempre las mismas preguntas, en demasiados lugares del mundo. Pocos días más tarde esta ciudad sufriría un terremoto de grandes magnitudes, el 70 por ciento de sus casas se derrumbarían. La debilidad de la arquitectura del adobe.
Por fin llego al aeropuerto Chávez, aprovecho para escribir estas líneas hasta la salida de mi avión, en dos horas, Arequipa será mi nuevo destino. Es normal que durante el viaje atraviese por distintos estados de ánimo, ahora debo decir que me encuentro con muy buenas vibraciones. Un Perú mágico, la Luna llena y las inacabables Fiestas Patrias contribuyen a ello. Perú siempre ha estado entre mis objetivos viajeros; ha sido como una historia de amor que va atravesando por distintas etapas, ilusión, pasión, y... dolor... Aterrizo de noche sobre Arequipa, la segunda ciudad más grande de Perú. La ciudad blanca, de un millón de habitantes; cuna del escritor y camaleón político Vargas Llosa. Hace ya tiempo que deje de admirarlo; pero eso es otra historia.
Mi transformación, mi entrega al viaje es total. Me duermo con mi libreta, mi cuaderno de paso, entre las manos. El mate de coca que acabo de tomar esta produciendo sus efectos... Arequipa es una ciudad para callejearla, así que me ato las botas y me dirijo a visitar el museo de la momia “Juanita”: Una niña inca que fue sacrificada para aplacar la fiereza de un volcán. Los dioses se calmaron y desde hace quinientos años el cráter dejo de escupir lava. El nuevo día resulta más relajado, después de visitar un par de lugares más me queda tiempo para afeitarme y lavar la ropa, que ya apremiaba..
Las próximas cinco horas las voy a pasar dentro de un autobús; hasta pronto Arequipa, hasta nunca..., no lo sé, ahí quedas custodiada por dos volcanes de nieves perpetuas y cimas de 6000 metros. Chivay a 4000 metros, me espera, antesala del cañón del Colca. El soroche (mal de altura) acecha, acudo a los remedios naturales, los nativos entienden de esto: mucho líquido y mate de coca, de vez en cuando también la mastico, enseguida se asimila la técnica, los jugos salivares extraen las sustancias químicas de la hoja de coca. A mis espaldas se va quedando el volcán Chachani (ropa bonita), con su inaccesible cima a 6000 metros.
Apenas llego a la pequeña localidad de Chivay me hablan de unos baños termales, y allá me dirijo sin dudar, necesito darle un descanso a mi maltratado cuerpo. El pueblo está lleno de viajeros europeos. Todos muy abrigados; el frío es intenso. Durante el viaje he podido ver correteando cerca de la carretera a algunas llamas y vicuñas por primera vez en mi vida, y también por primera vez he llegado hasta los 5000 metros de altura, en autobús claro; desde el puerto he podido fotografiar la columna vertebral de Sudamérica: los Andes. Como dicen los indígenas estamos unos miles de metros más cerca de los dioses, en un ambiente espiritual y ceremonioso.
Quiero dar un gran salto en el tema, deseo decir algo sobre el anterior presidente de Perú: Fujimori. He tenido una larga conversación con un ciudadano peruano, y me dice: “Mira... acabamos de pasar por una carretera que aún no está inaugurada, y los agujeros y baches es lo más común, la hicieron con malos materiales, el dinero que les quedo se lo llevaron en maletines fuera del país. Lo mismo sucede con muchas escuelas recién construidas, “se están cayendo”, me comenta. Ésta era la política de Fujimori, además de practicar la tortura y el asesinato político.
Amanece frío y soleado, son las seis de la mañana, en el valle del Colca, rodeado de volcanes como el Misti, Sabancaya, Pichu Pichu, Ampato. Chucara... No puedo perder más tiempo si quiero avistar al ave rapaz más grande del mundo: el cóndor. El mejor punto de observación está en la Cruz del Cóndor. El cañón del Colca es uno de los más profundos del mundo, y sirve de refugio a una importante colonia de cóndores. Apenas llevo diez minutos observando, cuando surge de las profundidades del cañón un ejemplar de gran envergadura, luego otro, y otro más..., apenas mueven las alas: utilizan las corrientes térmicas.
Todavía impresionado por el vuelo de estas aves, inicio un recorrido a lo largo del cañón. La flora es diferente, irreconocible para mí; la gran variedad de cactus me deja asombrado. Apenas son las seis de la tarde y ya está anocheciendo. Debo descansar, mañana me espera la ciudad de Puno a orillas del lago Titicaca y a 3800 metros de altitud. Ésta travesía de doscientos cincuenta kilómetros, está alejada de las rutas turísticas. El recorrido es duro debido al mal estado de la carretera. Por su aislamiento, esta zona volcánica tiene un especial encanto. Durante el viaje puedo observar a algunas alpacas, llamas y vicuñas... El autobús en el que viajo lleva varias botellas de oxígeno por si algún viajero enferma por el mar de altura. A una joven viajera ya ha habido que aplicárselo. Han pasado seis horas desde mi partida hasta que diviso las primeras casas en la ladera de una montaña, con el lago Titicaca al fondo.
Estoy en Puno, una ciudad acogedora y bastante organizada, aunque con cierto caos circulatorio. Aquí debo aprovisionarme de alimentos y agua, los próximos días los pasaré en las islas Amantaní y Taquile, pernoctando en casas de nativos; en estos lugares es difícil conseguir los alimentos que mencioné. Comer en este país es barato, para un europeo claro, un ejemplo: acabo de cenar en una pequeña casa de comidas por un euro. El lago Titicaca es el más alto del mundo: 3800 metros, es también el hogar de diversas comunidades indígenas. Durante la travesía hacia la isla Amantaní, la lancha que me transporta hace un alto para visitar las islas Uros, son pequeños islotes flotantes donde viven los indios Aymara. Estos, las construyen con un tipo de junco que le llaman “totora”. Toda su vida transcurre sobre estos poblados lacustres.
Su principal medio de vida es la pesca y durante los meses de julio y agosto perciben algo de dinero proveniente de los turistas que les visitan. Los indios Aymara conservan modelos de sociedad inca, y se les considera descendientes del pueblo más antiguo de Sudamérica. Hay que apuntar que el agua del lago no es dulce, tiene un alto contenido en sal, por lo que no se puede utilizar para el consumo humano y la agricultura. Ignoro el motivo, pero la lancha navega demasiado lenta; van a ser casi cuatro horas de travesía, hay tiempo para conversar con el resto de pasajeros, originarios de distintos países. Muchas veces buscamos desesperadamente la tan cacareada calidad de vida, y no percibimos que está justo detrás de nosotros, sólo hay que dar unos cuantos pasos hacia atrás, renunciar a unas cuantas cosas, y con humildad, recuperar nuestros orígenes y algunos valores perdidos.
Esto es lo que me encontré en la isla Amantaní al desembarcar, se respiraba en el ambiente. Me asignan una familia Aymara, voy a pasar dos días con ellos... una pequeña casa, un patio, animales domésticos, y nada de comodidades; sencillez, tranquilidad..., ¿algo más?, no es necesario. He llegado algo cansado del viaje, este tiempo me servirá para reponerme. Tengo que confesar que me entran ganas de quedarme para siempre, pero... me falta valentía para tomar semejante decisión. Estoy demasiado enganchado al sistema, al engranaje del primer mundo.
Es de obligado cumplimiento ascender hasta los 4115 metros que tiene la montaña de la isla para disfrutar de una puesta de sol inigualable. Todos los sentidos en alerta para captar todas y cada una de las sensaciones que te ofrece la naturaleza en su estado más puro.
Durante el descenso se hace completamente de noche. Ya sólo me queda cenar con mi nueva familia, los niños salen de todos los rincones de la casa. Todos cabemos en la pequeña cocina repleta de utensilios para cocinar a la luz de una vela y de la lumbre del hogar.
La noche va a resultar algo intranquila, el fuerte viento, el omnipresente lago debajo de mí, el sonido de una flauta y algunos tambores lejanos contribuyen a ello. Arriba la fuerza, la influencia de unas estrellas vivas y poderosas.
La historia que escuché de boca de un Aymara en la cima de la montaña junto a unas losas de piedra erosionada: “Una vez al año los indígenas suben a éste lugar a realizar el pago a los dioses, a la pachamama, a la madre tierra, reclamando una buena cosecha, y un año de lluvias.” Todos lo haven con su bolsa repleta de hojas de coca. Enseguida el sol se retira en el horizonte del Titicaca. Mi piel se eriza por el frío, debo bajar. Abajo me esperan los dueños de la isla desde hace cientos de años defendiendo una sociedad matriarcal y autogestionaria, con una sencillez primitiva, anclados a sus tradiciones, no quieren, no saben, no pueden entender el progreso. No dudo de que la felicidad les acompaña... a pesar de todas sus carencias.
Su proyecto, su ambición... pasar por esta vida sin hacer demasiado ruido. Temprano me traslado a otra isla: Taquile, muy distinta a la anterior, volcada por completo al turismo. Después de realizar una caminata rodeando la isla con fuertes subidas y bajadas, embarco otra vez en la lenta barca hacía Puno; otras tres horas de viaje por un lago algo revolucionado, el oleaje mueve la embarcación a su antojo, a punto estoy de marearme. Trescientos cuarenta kilómetros me esperan, casi siete horas realizando la travesía transandina Puno-Cuzco.
El minibús realiza varias paradas, una de ellas, en el nacimiento de una de las fuentes del río Amazonas a 4340 metros. Otro alto es para conocer el Templo del Sol inca, un lugar de peregrinaje bastante bien conservado. El magnetismo que desprende el Machu Picchu se va haciendo presente. Cuzco está muy cerca; ya veo las primeras casas. Una de las ciudades más bellas de Perú, volcada por completo al turismo. Antesala del Valle Sagrado y de la Ciudad Perdida. Cuzco: cuna y capital del Imperio Inca.
Las edificaciones coloniales desbordan un gran colorido. Son varios los edificios monumentales a los que hay que acercarse, sobretodo el Kori Cancha: resto del antiguo lugar de ceremonias inca; adoratorio dedicado a la muerte. El centro de adoración del agua de Tambomachay... Puca Pucara... Los lugareños afirman que Cuzco es el ombligo del mundo inca, no es para menos. El invierno ha teñido de color marrón y amarillo el paisaje peruano; sin embargo en estos valles el verde se apodera, la vegetación aumenta. Sigo mi travesía por el Valle Sagrado. Realizó una parada para visitar el mercado indígena de Pisac... unos kilómetros antes se encuentra Urubamba, un conjunto de ruinas al que se accede tras una caminata de hora y media... protegidos por las montañas se encuentra el Templo del Sol, el de la Luna, las Estrellas y el Arco iris; enfrente, el mayor cementerio inca. Hace unos siglos, en éste, como en otros lugares similares se celebraba el solsticio de invierno, y el de verano.
Se realizaban ofrendas a Inti (sol)... Toda una cultura que sorprende y de la que todavía desconocemos mucho. Ollantaytambo, final de mi jornada, lugar incomparable, donde se inicia el Camino Inca, por sus calles circulan mochileros de medio mundo, porteadores e indígenas. Escabrosas montañas hacen de murallas defensivas; en una de ellas se encuentra una fortaleza inca, no hay que dejarla pasar. Esta localidad fue declarada capital mundial de la indianidad. Varias circunstancias me hacen tomar la decisión de ascender al Machu Picchu en tren. La ascensión caminando hasta la Ciudad Perdida dura cuatro jornadas, de las que no dispongo.
También me informan que el cupo de admisiones esta cubierto para varios meses. Existe otra alternativa, el camino quechua pero ésta ya no me atrae tanto. Hasta un ciego podría ver las atrocidades que cometieron los españoles en todo este mundo, con su guerra declarada contra el paganismo, declarando la “extirpación de idolatrías.” El cercano sol castiga con fuerza durante el día hasta el punto que ha dejado varias señales en la piel de mi rostro, a la que debo dedicarle algunos cuidados, el asunto no debe ir a mayores.
El cansancio también se va dejando notar, pues mi cuerpo se pone en marcha en cuanto amanece: sobre las seis de la mañana, y sólo deja de hacerlo a la puesta del sol. Me suelo abastecer de agua y comida en los innumerables mercadillos que voy encontrando en ciudades y pueblos. Son lugares multicolores, que desbordan una actividad febril, toda una fiesta de color. He probado por primera vez la chicha, bebida por excelencia del Cuzco, extraída de la fermentación del maíz. Los incas desarrollaron hasta más de cien tipos distintos de este producto agrícola, uno de ellos alcanza hasta dos centímetros en cada grano. Me proponen un trekking de unos catorce kilómetros desde las ruinas de Moray en lo alto de una montaña hasta las salinas de Marás y allá que voy.
Estas salinas son todo un espectáculo, producen sal a todo el valle y Cuzco, desde hace siglos. El cansancio por la caminata de ayer todavía me acompaña. Mi tren de Ollantaytambo hasta Aguas Calientes parte temprano desde la pequeña estación. A este tren le llaman cariñosamente “macho” porque sale de casa cuando quiere y llega cuando le da la gana”; ¿curioso no? Otro apunte curioso: me informan que el cóndor cuando se siente viejo y con pocas fuerzas; levanta el vuelo hasta lo más alto que puede, luego pliega sus alas y se deja caer en picado, suicidándose contra el fondo del valle. El tren como avanza, va dejando la sierra y el paisaje de puna para entrar en la llamada “ceja de selva” o selva alta, a través de un estrecho valle junto a un río de aguas bravas, hasta Aguas Calientes; una pequeña población a los pies de Machu Picchu (Pico Viejo), dedicada por completo a los viajeros que van a visitar esta nueva maravilla del mundo según el show organizado por el cineasta suizo Bernard Weber.
Todo un negocio tramado con oscuros intereses. Si esto sirve para mejorar la calidad de vida de los moradores cercanos bienvenido sea; pero tengo serías dudas de que esto sea así. Una indígena quechua-hablante de trenzas negras me decía en una conversación a la vez que masticaba coca: “la pulpa babeada”, en la Plaza de Armas de Ollantataytambo: “casi todo el dinero que proporciona nuestro Machu Picchu se va para Lima, no nos tienen en cuenta.” Empleo la tarde en descansar y darme un baño en las aguas sulfurosas y muy calientes de este simpático lugar, catapulta hacia la Ciudad Perdida. A las cuatro de la madrugada ya estoy en marcha, es necesario éste madrugón para tomar el primer vehículo que sube casi escalando hasta Machu Picchu, y me explico: el otro pico que se encuentra arriba, y más alto aún el Wayna Picchu tiene un límite de ascensiones diarias de cuatrocientas personas, y yo quiero estar entre ellas.
Es todo un privilegio. La lluvia, que me va a acompañar durante casi todo el día, y un irrespetuoso gallo, me despiertan puntualmente a las cuatro de la mañana. Casi de noche el autobús comienza a rodar. Muy pronto se va a cumplir el cincuenta por ciento del objetivo de este viaje. A las seis de la mañana llega el primer autobús y todos salimos corriendo hacia la entrada del Wayna Picchu. Sobre las siete, comenzamos la ascensión de cuatrocientos metros, lloviendo, la pared, en ocasiones se pone casi vertical y hay que sujetarse a la sirga anclada a la montaña. Sigue lloviendo hasta que supero las nubes que se quedan debajo de mí; estas impiden ver desde arriba el Machu Picchu.
El agua va calándome hasta la piel. Debo bajar. El cielo se despeja un poco dejando paso a un arco iris limpio, no recuerdo haberlo visto nunca así. Ya se ven las primeras vistas de la Ciudad Perdida, mi piel se eriza y mi corazón se desboca, no es para menos, este lugar emana una magia y una energía que muy pocos lugares del planeta son capaces de irradiar. Un lugar trágico, anárquico, bello. Machu Picchu; “Pico viejo”: tierra sagrada, lugar de ceremonias y chamanes.
De pagos y rituales exotéricos. Una borrachera visual. Voy a permanecer allí durante varias horas, recorriéndolo de arriba a abajo, pisando las piedras, las ruinas... sentándome en las laderas aterrazadas para conseguir una concentración mayor. Veo a personas que están ensimismadas y que no se quieren ir... Pero ya es hora de bajar y dar la espalda a un lugar difícil de igualar. Hasta siempre. El viaje sigue, el mundo también y la Ciudad Perdida la encontraran miles de viajeros todos los días. Otra vez el autobús, el tren, Aguas Calientes y Cuzco. Se hace interminable... pero ya lo sabemos, la vida del viajero es dura. El sol está ya muy alto cuando estoy subiendo a un autobús regular que va desde Cuzco al pueblecito de Chincheros, a una hora y media.
Un pueblo anclado en el pasado, en el que sus habitantes son indígenas en su mayoría, vestidos con sombrero, un aguajo y una pollera. Todavía utilizan el trueque en sus relaciones comerciales. Sus principales atractivos son el bullicioso y colorido mercadillo, y unas ruinas incas cercanas, justo aquí me encuentro con una escena algo sorprendente: un grupo de anglosajones está realizando en un lugar solitario de las ruinas una ceremonia, utilizando algunos rituales, como lanzar semillas al viento, hacer sonar campanillas; mientras, dos personas destacadas pasan sus manos sobre los cuerpos del resto. ¿una limpieza de espíritus malignos? No lo sé...
Es algo que se me escapa. Me voy a almorzar a un modesto local de comidas, sólo dan un plato de arroz con carne, patatas y un pimiento llamado “rocoto” que me hace saltar de la mesa al morderlo, mis glándulas salivares echan fuego y mi frente, un sudor que me empapa; el picor se convierte casi en dolor, rápidamente me pasan un vaso de chicha para intentar apagar el fuego. El escozor de mi boca va a durar aún varias horas. Es mi último día en Cuzco, la Capital Arqueológica de América y la ciudad habitada más antigua del continente; cuna y capital del Impero Inca, y lo dedico a callejear y visitar algunos museos. Su Plaza de Armas no tiene parangón: Cuando la noche se adueña de este espacio, es difícil alejarse de ella. Gracias a que el viaje llega a su fin, porque le estoy tomando cierta afición a masticar la hoja de coca, y no es aconsejable introducir una bolsita de esta planta en mi maleta con destino a España.
Qué por cierto, lo hice. Todavía de noche; aún falta una hora para que amanezca, me encamino hacia el aeropuerto de Cuzco con destino a Lima. La capital peruana me recibe en su estado natural: con una espesa capa de nubes que va atravesando mi avión para posarse poco a poco en la gris y húmeda pista de aterrizaje. Hace frío. Sin dudar, me dirijo hacia la Plaza de Armas en un taxi desvencijado y bajo un precio prepactado con su propietario. ¡Sorpresa!, después de atravesar un centro desordenado con gentes dispares esquivando a cientos de contaminantes automóviles, me encuentro la citada plaza cerrada a cal y canto con gruesos barrotes de hierro y enmascarados policías armados hasta los dientes detrás de los mismos. “¡No se puede pasar! : me dicen, “¿porqué?”: preguntó, “Hay una manifestación de policías en contra del gobierno”: me contestan. Impotente, ante una situación surrealista como ésta, decido retirarme hacia otro lugar más relajado y relajante: al malecón frente al Océano Pacífico.
La humedad y la polución despiertan mi dormida alergia. Desisto de visitar el barrio de la Chanchería, ero uno de mis propósitos pero alguien me convence de que no debo acometer aventuras innecesarias, este suburbio es un ejemplo palpable de la injusticia social, sus moradores subsisten nadando en la miseria, encima de un vertedero maloliente. Bajo estas condiciones de vida sólo hace falta un poco de conciencia para cruzar la línea, y pasarse al otro lado y tomar el camino de la violencia como medio de autodefensa. Las ciudades se han convertido en los refugios de los expulsados del campo. Me gustaría no dejar pasar de lado la figura de Tupac Amaru: El último inca de la dinastía rebelde de Vilcabamba, o el que se rebeló contra los españoles y luego fue descuartizado por éstos.
Todo tiene su fin. Mi travesía acaba y debo tomar el camino de retorno. Mi relación con los aviones, o mejor dicho con las compañías aéreas está salpicada de incidencias, hasta ahora resolubles, y sin demasiadas salpicaduras: en este caso mi asiento, mi plaza, la habían vendido dos veces, así que en la escala de Guayaquil, sube un ciudadano ecuatoriano que con toda justicia quiere ocupar mi lugar. Después de una negociación, los responsables de la aeronave deciden ubicarme en clase preferente; esta va a ser la primera vez que viajo con los vips. Tengo la ligera impresión de que desentono con este ambiente mimado y servil.
Doce horas de vuelo dan para todo. En algún momento mientras dormito, me sobreviene a la memoria un recuerdo de gran sensibilidad que viví en un pueblecito remoto del Perú profundo... una niña se acercó a saludarme mientras descansaba sobre una piedra con la intención de que le comprase unas monedas antiguas, no las tenía consigo, por lo que la acompañe hasta su humilde casa de adobes por un camino irregular y polvoriento, sorteando agujeros y animales de corral. Tras esperar unos minutos salió con varias monedas en la mano, no pude negarme y le compré algunas. Recuerdo que hacia calor y el polvo se adhería a mi piel, que un gallo revoloteaba entre mis pies, y que un cóndor se perdía volando silencioso sobre la cordillera andina.
Los graves acontecimientos sucedidos al término de esta travesía, empañan de alguna forma un viaje intenso y emocionante. La pachamama, la madre tierra, tembló hasta extremos irreconocibles derribando las precarias e infrahumanas viviendas de adobes y matando a centenares de sus moradores. Los desheredados, los sin tierra, pagaron las iras del terremoto. Los más pobres de entre los pobres, los ciudadanos de Pisco, Ica... quedaron sepultados bajo los escombros; sólo perdieron sus vidas, lo único que tenían. Los vivos... mientras, reclaman, gritan pidiendo ayuda. Pero los de arriba están sordos, no escuchan los lamentos.
Las gruesas paredes antisísmicas de sus palacios no dejan pasar las voces. Es inútil. Enterremos los muertos. No hagamos más preguntas y abandonemos el camino de la resignación. El cansancio me vence y me duermo sin remedio mientras sobrevuelo el Océano Atlántico.
juan j. maicas
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