SOSIEGO...
Sentado al atardecer en una de las bancas de la bonita plaza de armas de Huancavelica, contemplo la delicada luz del sol alumbrando las estrechas calles; a mi lado dos ancianos hablan un quechua dulce y pausado mientras que los niños corren y se esconden detrás de la fuente. Las ramas de los árboles se mecen sosegadamente y se extienden en su deseo de abrazar el cielo. Percibo hasta el mínimo sonido, lo puedo oír todo. ¿Cómo es posible esto en la plaza de una capital de provincia? ¿Dónde estuve vagando todo este tiempo sin conocer este lugar? Me pregunto. Luego concluyo que sí, que hay un lugar que donde el tiempo camina con pies pesados, donde se deshoja levemente, un lugar donde es posible hallar esa calma que en la ciudad es ficción pura: Huancavelica.
PREVIOS: HUANCAYO / EL CONVENTO DE OCOPA
Pero antes de llegar a esta ciudad he pasado por Huancayo donde aproveché el día para conocer algo de la ciudad, en realidad muy poco, e irme al Convento de Ocopa (del quechua “ucupi” que es “dentro”), que fue fundado en el siglo XVIII como misión franciscana para el adoctrinamiento de las tribus de la ceja de selva de Junín. Una maravilla de lugar enclavado en medio de un vallecito tranquilo en lo que sería la parte media de un triangulo que forman las ciudades de Huancayo, Jauja y Concepción. Es muy fácil llegar en poco más de media hora desde Huancayo en unas combis. Caminar dentro del Convento es como perderse en una especie de “gran retablo ayacuchano” puesto las paredes, los techos y los arcos están primorosamente pintados, es toda una explosión de colores. Además, la biblioteca, el museo de historia natural de la selva, los silenciosos claustros son algo digno de verse.
ALLI VAMOS...
Siendo como es que en el Perú no hay vías férreas y que las únicas están en Cuzco con precios siderales es una buena opción tomar el famoso “Tren Macho” para llegar a Huancavelica, con un pasaje que no pasa los 12 o 15 soles. Es conocida la explicación del nombrecito de marras con el que se conoce a este tren: sale cuando quiere y llega cuando puede. Pero tranquilos, ahora se respetan los horarios Es una experiencia irrepetible estar desde bien temprano en la mañana en la estación de Huancayo (adonde se debe llegar para comprar un ticket) haciendo cola para subir a algún vagón y hacerse de un espacio en medio de personas que suben y bajan, de mujeres que cuidan de sus bultos y costales mientras que dan de lactar a sus niños, de cajones de verduras y vendedores de quesos. El viaje se inicia, la bestia metálica ruge, hace un movimiento brusco y ahora así me esperan 5 horas de viaje en 128 kilómetros de recorrido para observar la descomunal y bestial belleza de los paisajes por donde se abre paso esta oscura serpiente de metal, siempre escoltada por el Mantaro. Orada la tierra, penetra en la entraña de los cerros, luces y sombras continuas se suceden cuando se pasan los 38 túneles, 16 puentes. ¿Cómo es que se hizo tamaña obra, cómo se desafió a uno de los más agrestes territorios de nuestro país para hacerlo? Inicialmente iba a llegar a Ayacucho pero un político huancavelicano movió sus influencias y de paso movió el trazo para desviarlo a su ciudad.
Paso por lugares como Aguas Calientes y la bondad de sus pozos de aguas termales, rodeados de inmensos árboles de eucalipto. Izcuchaca y su puente de cal, escenario de fragorosos sucesos de nuestra historia que van desde enfrentamiento entre huestes de Huascar y Atahualpa hasta la fiera resistencia que los izcuchaquinos dieron al invasor ejército chileno. Dos niñas se acercan, me ofrecen pan con relleno de calabaza. Tienen ojos hermosos y un gesto de dulzor que no he visto nunca. Les pido que me den 5 y me hablan como si me conocieran de años. Pruebo uno y el cielo se deshace en mi paladar. Caigo en la tentación, les pido que me vendan 40! Tienen pero ofrecen traerme unos recién salidos del horno. Les digo que estaré andando por el pueblo mientras que les espero. “Ya señor”, corren raudas y se desvanecen en la tarde. No me culpen si esta delicia le produce adicción. Por fin llegan y riéndose me dan una bolsa repleta. Me voy con el botín al tren y cuando está por arrancar las dos niñas suben a la loca para decir: “Chau señor, gracias señor”. Les levanto la mano, mudo, no vaya a ser que una palabra me haga caer en el abismo de la emoción, mejor dejar las lágrimas en mi silencio. Seguimos viaje y nos encontramos a Acoria, bello pueblo al que conocen como el “Paraíso Perdido” y en la que la paz casi se puede tocar mientras se pasea contemplando las aguas mansas de su río entre flores de retama, ichu y tuna. Avanzamos y ya estamos en Yauli adonde volvería después pero en combi.
LA VILLA RICA DE OROPESA
Y por fin Huancavelica. Presta a recibir al visitante con la cordialidad de su gente, con su cielo de un celeste irrepetible, con tanto candor que los años de postergación no han podido marchitar. Eso y mucho más es esta ciudad fundada con el nombre de Villa Rica de Oropesa en 1571 por el virrey Francisco de Toledo como respuesta a la necesidad que había de tener un asentamiento cercano a la opulenta mina del cerro Santa Bárbara de donde se extraía el azogue, mineral necesario para la refinación de la plata y el oro venidas de Potosí. Esto hizo que la Villa se convirtiera en una de las ciudades más ricas del reino pero que con el tiempo decayó hasta convertirse en una de las más deprimidas de nuestro país.
Camino con calma desde la estación hasta la plaza, busco hoteles, son muy económicos y limpios. La ciudad tiene también un hotel de turistas muy lindo pero mucho más caro.
Salgo a recorrer la ciudad, camino contagiado por este sosegado ritmo con que se vive. Me lleno los ojos con la barroca portada de la catedral de finales del XVII cuyo color rojizo contrasta con la blanca fachada. Voy por la calle peatonal rumbo a la plaza Bolognesi donde un grupo de músicos ameniza la tarde con sus guitarras y conozco las hermosas iglesias de San Francisco y San Sebastián, está ultima colindante a la Casa del Sol ornada por un lindo balcón de cajón del XVII. No es raro hallar piedras talladas en las calles, balcones que penden en el vacío con un peso añejo.
Camino en la avenida Manco Capac, entro a un restaurante y el hombre que atiende me recomienda tomar un ponche de hayrampo para calentarme un poco. Otra delicia. Una vez que he tomado algo de calor veo a un anciano que mira el vacío, elegantemente vestido, está allí, rumiando su silencio. Le arranco un saludo y entonces no deja de hablar y de contarme todo. Y yo no quiero que se detenga, que no rompa el hechizo hipnótico de su voz calmada. Que siga diciendo esas historias Don Ricardo, que en su palabra leo un libro. Cómo es eso de viajar en la tolva de los camiones cuando se es muchacho, cómo es eso de las serenatas que llevaba a las mozas de entonces, cómo es eso de ser un niño y perderse entre los sembríos de los alrededores, cómo es eso de hablarle a un extraño con una cordialidad y fineza que no entiendo. Cómo es eso de su tristeza por ver cómo Huancavelica está cada día más desordenada y violenta. ¡Hay que imaginarse entonces cómo era! Y así, este digno caballero huancavelicano me agradece haber venido y me invita a regresar. Gracias don Ricardo, si regreso es porque usted es un ser repetido en todas las esquinas de este pueblo.
Desde la ciudad se puede partir hacia el bosque de piedras de Sachapite plagado de rocas en las que el tiempo y el viento ha esculpido formas caprichosas y continuar hacia las ruinas de Ushkus Inkañan, testimonio de la presencia Inca y cerca de la cual pasa un ramal del camino incaico. Otra alternativa es visitar la mina de Santa Bárbara, considerada “la preciosa alhaja de la Corona Española” ya que fue durante 150 años la mayor productora de mercurio del mundo y cuyo tamaño era tal que era prácticamente una ciudad subterránea con calles, plazas, capillas y hasta un sitio para la corrida de toros. Pero que al mismo tiempo fue tumba de miles de indios mitayos. El paseo no estaría terminado sin continuar hasta el bello pueblo de Sacsamarca para luego regresar a la ciudad.
CAOS IRIDISCENTE : YAULI (MAS VIVO QUE NUNCA)
El sábado me voy a Yauli, a 20 minutos de Huancavelica. Tomo una combi que por 2 soles me lleva hasta ese pueblo. Lastimosamente la plaza es un monumento al cemento como en muchos de los lindos pueblos serranos. Pero el trago amargo se pasa con lo que pasa allí mismo. Llego y me siento un ente contaminante. No hay nadie en este pueblo que sea foráneo, soy el único, no hay hordas de turistas. Todos visten sin necesidad de ser un maniquí que los visitantes fotografíen. Hay una feria en la que el pueblo bulle de vida. En el suelo las mujeres van vendiendo hoja de coca, cebo de animales, queso, pobladores intercambiando productos, jovencitas que pasean con sombreros ornamentados con flores que significa que están en edad de casarse, mientras que los hombres los tienen con borlas multicolores que según su color indican que están en edad de matrimoniarse, comerciantes bien ataviados con los “maquitos” (típicas mangas de lana que adornan los brazos) vendiendo sus productos, parejas de recién casados tomándose las fotos de rigor en la plaza mientras a su alrededor una banda anima el acontecimiento y cuya música se deja sentir en todos sitios. Los niños me miran, algunos se esconden. Vida, vida, vida en abundancia. Todo fluye, se esconde, emerge. El sol cae como plomo sobre mi cabeza y no me importa, esta gente está aquí y no me ven como un billete que camina, ni siquiera me ofrecen vender nada, no me hostigan y lo agradezco. Lo importante allí al final no soy yo, son ellos, que están reforzando sus lazos de amistad, de comercio. Sinfonía de colores en todas las ropas, el quechua me asalta en su encanto y mis manos quieren asir la belleza. Pero es imposible porque la belleza no se toca, se siente y yo la tengo entrando por mis poros, por mis ojos, por mis oídos. Estoy en el ojo de huracán, si no floto es un milagro y dan ganas de llorar.
Ya el regreso lo hice en bus por 40 soles, un viaje muy pesado pero es que tenía mucho apuro por llegar. Esta es Huancavelica tan hermosa y única, pueblo que pace un sueño de siglos en medio de la postergación pero al que no le falta riqueza. Sea original. Tenga el placer de conocer lo distinto. Esta ciudad y su gente lo esperan.
Pablo |
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