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Jalapa México  

Mi viaje en solitario

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Euniceta
07/08/2007


Hice varios viajes antes que este, siempre fue en mejores condiciones y con buena compañía, entonces me interesaba lo mínimo por el presupuesto, por la logística y hasta por mi seguridad, para mi lo importante eran las personas que irían conmigo en esas aventuras.

Pero esta vez, todo cambió y una tarde con terquedad en el corazón compré un solo boleto de autobús, lo decidí rápido y sin pensar, así, como he tomado mis mejores decisiones. Era inevitable, tarde o temprano mi destino a visitar dependería de mis propios ingresos y fue esa la razón de que se me negará, de nuevo, ir para el norte.

No me importó, al fin y al cabo siempre me ha parecido que todo lo mejor está en el sur, pero tampoco terminé ahí, porque al estar frente a la repisa de venta recordé que siempre había querido conocer Jalapa, por eso tomé esa oportunidad. Nada me pareció igual como subir sola a ese camión, pasar esos tres escalones me hizo conciente de que por primera vez en mis 23 años todo dependía de mí, y de inmediato sentí algo de temor, que más bien podría calificarse de incertidumbre.

Olvidé que Jalapa es una ciudad y la imaginé pequeña, colonial, tranquila, además mi compañera de asiento alentó sin querer mis expectativas y, con sus rasgos de extranjera, me dio la bienvenida a su tierra. Eran las vacaciones navideñas, cuatro días para el año nuevo, y como de costumbre, no reservé un cuarto y tampoco preví que mi llegada sería a media noche, prácticamente me encomendé a la suerte de encontrar hospedaje en un hotel de 130 pesos, según mi consulta en internet, cuyo nombre resultaba algo ácido, Hotel Limón.  

En un principio, Jalapa me pareció una ciudad híbrida, grande para ser un pueblo, pero pequeña para ser ciudad. Como en la mayoría del país, en sus calles conviven el pasado “colonial” con la arquitectura moderna, pero a diferencia de otras sus callejones, sus casas y su color no lograron cautivarme porque me pareció una atmósfera forzada, todo para satisfacer al turista, ahora concuerdo con el famoso Papa y también sostengo que “sólo Veracruz es bello”.

Siempre ha sido mi plan subir antes que nada al trenecito turístico en cualquier lugar, para darme una idea ligera del sitio donde ando y además sé que los datos curiosos viajarán conmigo, pero me decepcionó aquel trayecto vacío, cuyos datos históricos olvidé con facilidad y no atraparon mi atención, así que esa vez, la idea del trenecito no funcionó. Sin embargo, las referencias de mis amigos jalapeños me lo dijeron “Ve a la Universidad de Veracruz, ahh también Xico y Coatepec son indispensables”, así que aún quedaba recorrido por hacer.

Pese a la primera impresión que me dejó Jalapa no me conformé y llegué al que me pareció su lugar más maravilloso: la Universidad de Veracruz. Además de todo el peso educativo que tiene a nivel nacional, esa universidad cuenta con una extensa zona de lagos donde los patos y los gansos conviven y son alimentados por las migajas lanzadas desde los puentes; en sus orillas, abundan los floripondios naranjas que cubren las casas de los estudiantes que caminan unos pasos para llegar a sus Facultades.

En ese lugar los ocasos tiñen de naranja los lagos que reflejan, cual cuadro de Vincent Van Gogh, el escenario a su alrededor: los árboles, los faroles, los puentes y las casas. Jalapa insistió en conquistarme y entonces me dirigí al Museo de Antropología, lo recorrí minuciosamente, vi las piedras talladas, los murales totonacas reconstruidos, las figurillas de animales, pero sobre todo me topé con las enormes cabezas olmecas, a las que conocía sólo por los recortes monográficos. Fue emocionante, como ver una pirámide o  una nueva zona arqueológica completa, allí estaba lo que para mí representaba la madre de la civilización mesoamericana.

La piedra es un poco porosa, quizá por el paso del tiempo, la parte trasera es plana y en algunos casos está rota; la cabeza principal, un poco más alta que yo,  está rodeada de vegetación en una sala externa del museo. Y allí estaba, comparando mi nariz ancha con la de la piedra, asombrada por sus ojos redondos y perfectos, además de los detalles de sus orejeras.  

Los veracruzanos se distinguen por su trato amable y pícaro, son divertidos, personas excepcionales, al menos los que he conocido, pero esa vez me tope sólo con “defeños”, personas que escaparon de la estridencia de la Ciudad de México, y que ahora sólo saben de ella por referencias de turistas como yo. Con uno de ellos comprendí que nosotros, los hijos del Distrito Federal, no podemos ubicarnos como “los” capitalinos, porque cada estado tiene su capital, entonces todos los que ahí habitan también son capitalinos… ¿chilangos? Tampoco, porque los chilangos son personas nacidas en provincia que arribaron al DF para vivir… entonces ¿qué somos? ¿Defeños? Que mal me suena, me rehúso a llevar esa denominación.  

Al día siguiente me subí a un camión foráneo rumbo a Coatepec, que está aproximadamente a 20 minutos de Jalapa. Al bajar sentí la presión del calor alrededor de mi cuerpo, aún más que en la capital veracruzana, ese pueblo es considerado “un pueblo mágico” por la Secretaría de Turismo. Pero no es el color de sus casas, ni los techos de teja lo que lo hacen especial, lo descubrí cuando al pasar por un ventanal y abrir su puertita de madera el tufo del café invadió de golpe mi olfato y mi garganta, en ese momento tostaban el grano y lo molían. Coatepec además de mágico, es un pueblo cafetalero.

  A Coatepec me acompañó un poco de rock alternativo, que no escucho con cotidianidad, además Silvio y Pablo en Argentina me cantaron también sobre un unicornio azul y me recordaron que él ya no estaba en ese breve espacio.

Los mapas me indicaban que en el cerro de Las culebras había un mirador desde donde se ve todo el pueblo y quizá, si estiraba mi visión vería el destello del sol reflejado en el mar, tenía que llegar hasta ahí. Acostumbrada a andar entre cerros, la empresa de subir a lo más alto me pareció sencilla, además se distinguía perfectamente el camino cubierto con piedras de río

¿Cuál sería el problema?

Ninguno, hasta que a la mitad de la ruta me di cuenta que ya no podía retroceder, había subido lo suficiente para echarlo a perder, pero me faltaba aún bastante como para continuar, yo sentía que ya no podía, pero pensé “Eunice,  no sabes cuándo tendrás de nuevo está oportunidad, realmente quieres saber cómo se ve desde arriba”,  claro, entonces respiré, amarré mi chalina en la frente y sentí el escurrimiento del sudor por mi cuerpo mientras subía cantando, todo paso a paso… 

Llegar al pueblo de Xico no tardó más de diez minutos desde Coatepec, en el trayecto las hojas de los platanales invadían el camino y se mezclaban con la planta del café, verde claro todo el panorama, sólo dividido por lo negro de la carretera. 

Mi estancia en las calles de Xico, similares a las de Coatepec, fue breve, aunque las recorrí una y otra vez en busca de un taxi que nunca llegó para llevarme a las famosas cascadas de Xico. Me hubiera ido caminando, al parecer no estaba lejos del lugar, sin embargo me decidí por subir a una motoneta y llegar allá por el monte. Ya no tenía mucho dinero, pero ese guía joven y guapo me convenció para gastar 250 pesos en una nueva aventura, algo fuera de lo planeado. Valió la pena,  pasar entre los cafetales, por su tierra húmeda, saludar  a los señores que salían de sus labores campesinas, estar yo sola manejando por primera vez una motoneta, a kilómetros de mi casa y aun de mi hotel.

Las cascadas de Xico son tres: Texolo, la monja y Velo de Novia, la principal sólo se aprecia desde arriba, en un mirador, lástima no pude sumergirme en sus aguas; la Velo de novia resultó ser sólo un pequeño chorro entre piedras de río y la monja se disfruta desde un puente colgante, sitio ideal para la fotografía del recuerdo. 

Estuve dos días y medio en Jalapa,  el tiempo no me alcanzaba para llegar a Tecolutla y conocer sus manglares, a cambio no lo pensé dos veces y fui  de “pisa y corre” al Puerto, no podía regresar sin haber caminado por ese malecón y cerrar con broche de oro mi recorrido gastronómico, así, al mole de Xico, al café de Coatepec, a los chiles jalapeños y a las picadas, se unieron los tradicionales Hot dogs de Veracruz, con su tocino, chorizo, cebolla, dos quesos, jamón ah¡¡ y la salchicha, ahora sí el viaje había sido un éxito. Debido a que no había camiones del puerto para Taxqueña, a las once de la noche del sábado 30 de diciembre del 2006  estaba de regreso en Jalapa, quince minutos después partí de regreso a mi ciudad.

Era otra, esa soledad borró la tristeza, Jalapa me quitó la pesadez de un año para el olvido,  el cerro de las culebras me reencontró conmigo misma, el camino a las cascadas me reafirmó quien soy.

Llegué a la Terminal del sur a las cuatro de la mañana… de nuevo no lo preví, pues llegaría de sorpresa  y nadie pasaría por mi.

 Con los cuarenta pesos que me quedaron de todo el viaje llegué a casa, mi perro anunció mi llegada, mis padres y hermana se despertaron para abrazarme, me extrañaron y yo a ellos, así, con toda la alegría y aprendizaje que mi viaje en solitario me dejó, recibí el año nuevo en Morelos.  
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ELACAMPADOR dijo:

HOLA MUY INTERESANTE TU DIARIO Y GRACIAS POR CONPARTIRLO CON NOSOTROS LOS LECTORES

miércoles, 8 de agosto de 2007, a las 23.49

viajosipuedo dijo:

¿Que tal esta el hotel en que te quedaste?

miércoles, 17 de octubre de 2007, a las 15.35

La_cuca dijo:

A veces la razón no nos deja despegarnos de lo seguro, el instinto nos ayuda a descubrir lo que desconocemos de nosotros mismos. Saludos.

martes, 18 de marzo de 2008, a las 09.44

luzluna dijo:

si igual soy una viajera en solitario o espero serlo en el proximo mes y me das animos para irme de pata de perro, mi viaje empieza en el cervantino y quiero ir a veracruz, en serio que si me hospedare en el limon, y felicidades por no claudicar en esas tristezas que a uno lo llenan de mala vibra, pero que bien que te haya gustado yu vieje , y poder contarlo sana y salva

viernes, 12 de septiembre de 2008, a las 15.54

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